
Una de las mayores ventajas de ser niño es que uno no es legalmente responsable de sus actos, y uno de los mayores inconvenientes es que nadie le avisa a uno de que no es legalmente responsable de sus actos. Si yo hubiera sido consciente del abanico de oportunidades que se abría ante mis recién estrenados ojos durante mi niñez, no les quepa duda de que habría sabido sacar partido de la situación ni de que ahora no estaría aquí escribiendo tonterías sino tomando el sol tumbado a la bartola junto a la enorme piscina de una de mis mansiones señoriales, que, como todo el mundo sabe, son las mejores mansiones.
La infancia es el momento más propicio para amasar una fortuna, y no es necesario ser Joselito o Marisol para hacerlo: basta con carecer de escrúpulos, y me temo que los niños, en general, salvo honradas y honrosas excepciones, nunca han sido unos tipos demasiado melindrosos. El niño es un discapacitado por razón de edad que goza, en el mejor sentido de la palabra, de unos privilegios que no estoy seguro de que se merezca y que me consta que no ha hecho nada para ganarse: el día, espero que lejano, en que sean conscientes de su superioridad legal sobre el resto de los hombres, los colegiales dominarán la Tierra.
Para un niño, robar pensando en el día de mañana es lo mismo que estudiar pensando en el día de mañana, con la diferencia de que si mete la pata en un examen lo pueden suspender pero si comete un delito y lo cogen no lo pueden meter en la cárcel. El crimen perfecto no es aquel tras el cual no es posible pillar al culpable, sino aquel otro tras el que da igual si se le pilla o no se le pilla porque no hay forma de castigarlo. El niño, tal y como están las leyes, es el delincuente ideal: una pequeña máquina infalible de robar, matar y extorsionar que además cabe por cualquier butrón o conducto de aire acondicionado.
Todos los niños, todos, mienten como bellacos, y lo hacen constantemente y sospecho que lo harían sin pestañear ante un tribunal, pero nosotros preferimos decir que lo que pasa es que son fantasiosos e imaginativos, y para colmo les aplaudimos por serlo y les regalamos caramelos y les damos amistosos cachetitos en sus mofletes de delincuente satisfecho. Según la Ley, todos somos inocentes hasta que se demuestra lo contrario, salvo los niños, que siempre, hagan lo que hagan, resultan absueltos y son liberados cual teléfono móvil, aunque se les coja con sus infantiles manos en la masa y se pruebe más allá de cualquier duda razonable que son más culpables que Landrú.






