viernes

Obras


Por alguna extraña razón, todo, la ciudad, el país y probablemente el mundo, está en obras. Las calles son tomadas por albañiles que cavan profundas zanjas que bien podrían servir como trincheras, los campos se pueblan de grúas que levantan muy urbanos edificios, los ayuntamientos conceden licencias a troche y moche (y a los constructores) y los vecinos deciden al unísono cambiar sus suelos de gres por otros de parqué y derribar las paredes que los separan de sus familiares más cercanos: parece que no nos gusta el paisaje que vemos y queremos borrarlo y pintar en su lugar otro que seguramente vaya a ser más moderno y funcional, si es que un paisaje puede ser tales cosas, que yo creo que no, pero que de momento sólo resulta más molesto y más ruidoso.

No sé si pecamos de pensamiento y palabra, pero desde luego lo hacemos de obra, y más por exceso que por defecto. Si al hombre se le conoce por sus obras, a nuestro contemporáneo se le va a conocer exhaustivamente en el futuro. Los arqueólogos de dentro de diez siglos se van a poner las botas con nosotros, en el mejor sentido de la expresión: estamos dejando más huella en el planeta que los egipcios, los mayas y los dinosaurios juntos. Un día, y no me refiero al de mañana sino a uno un poco más lejano, alguien excavará en alguna parte y encontrará los restos perfectamente conservados de una vivienda unifamiliar adosada. Si está bien informado sobre la arquitectura de nuestro siglo, cavará al lado y encontrará otra idéntica.

El hombre moderno es un ser paradójico que destruye todo lo que ve a su alrededor para construir todo lo que ve a su alrededor. No sólo ha perdido el respeto por la obra de la madre Naturaleza, que no hay más que una y a la otra mi padre la encontró en la calle, sino que también lo ha perdido por su propia obra, que declara en ruinas y derriba a las primeras de cambio. Nos esforzamos como burros en rehabilitar a los delincuentes, que, unos más que otros, algo habrán hecho, y no movemos un dedo para arreglar las fachadas, que estaban ahí quietecitas sin meterse con nadie.
No seré yo el que niegue que echar abajo muros es divertido, sobre todo si uno utiliza una de esas bolas gigantes de acero, que cavar hoyos desahoga y ejercita tanto los músculos del tren superior como los del inferior, que la correcta colocación de ladrillos es un arte y una ciencia y que el trabajo de los albañiles es un espectáculo incomparable del que han disfrutado como felices niños los jubilados de todas las épocas, pero creo que nos estamos pasando un poco de la raya con tanto ruido y tanta zanja y tanta licencia y tanta carretera y tanto pantano y tanta obra y tanta gaita.

Tabaco


No sé si estoy a favor o en contra de la ley antitabaco: me gusta ver sufrir a la gente y sé que con esta ley la gente lo hace, sufrir, pero detesto que me prohiban cosas. Se supone que no debo fumar porque es malo para mi salud y la de los que me rodean. Cuando me rodean me pongo muy nervioso: me acuerdo de esa película en la que los indios rodean al Séptimo de Caballería y no dejan títere con cabeza ni soldado con cabellera. Si el tabaco me ayuda a evitar que me rodeen, estoy a favor del tabaco.

No. No nos pueden privar del incomparable placer de hacer volutas y echar el humo por la nariz. El humo es lo más digno que un ser humano puede echar por la nariz o por la boca. No nos pueden impedir esperar fumando al hombre que yo quiero, sobre todo ahora que está en glorioso vigor la ley de matrimonios homosexuales. Somos un país moderno: aquí un hombre puede casarse con otro hombre y una mujer puede casarse con otra mujer siempre que el padrino de la boda no reparta puros durante el banquete.

A partir de hoy no podremos fumar después de hacer el amor, sobre todo si hacemos el amor en un lugar público, y tampoco podremos abandonar el domicilio familiar con la excusa de salir a por tabaco. No podremos ofrecer fuego a una chica para ligar con ella, lo cual, bien mirado, nos ahorrará más de un chasco y más de dos. Si vamos a la cárcel, y tal y como se está poniendo la cosa lo más probable es que tarde o temprano vayamos, los amigos y familiares no nos podrán llevar tabaco los fines de semana.

La ley antitabaco reduce de forma drástica el abanico de cosas que podemos hacer en la vida. Hagamos lo que hagamos, no luciremos en el trance un relajante cigarro entre los labios, a no ser que el cigarro esté apagado. No somos polvo, aunque probablemente nos convirtamos en polvo algún día: somos humo, o al menos hasta ahora lo éramos. Si ustedes son andaluces y le hacen caso a la letra del himno de su Comunidad, querrán volver a ser lo que fueron y fumarán. Fumarán.

Exámenes


Echo de menos los exámenes por la misma razón por la que echo de menos las vacaciones de tres meses o los muñecajos de La Bola de Cristal: porque entonces era más joven y tenía muchas menos responsabilidades. Si me pillaban haciendo trampa en un parcial, me suspendían y punto: si ahora me cogen engañando a la Seguridad Social o a Hacienda me puede caer un paquete bastante más gordo. No hay nada como ser insolvente y menor de edad para escapar del largo brazo de la Ley: la juventud es la edad dorada del hombre por eso y sólo por eso, digan lo que digan los poetas.

De entre todos los exámenes que he tenido que superar, guardo un recuerdo especialmente grato del de Selectividad. Es estupendo que un tribunal decida por ti cuál va a ser tu futuro: siempre me ha costado mucho tomar determinaciones tan importantes. Nunca he tenido una vocación clara, y elegí mi carrera de entre las más fáciles a las que podía acceder con la nota que había sacado. Reconozco que aprobé copiando, empollando con apuntes prestados e hipnotizando con la mirada a las profesoras más sensibles a este tipo de magia. ¿Que no?

Dejé muy pronto de ponerme nervioso en los exámenes, por una cuestión de estética y porque la idea de suspender y en consecuencia alargar mi vida de estudiante no me parecía tan desagradable. De hecho, me las he apañado para seguir haciendo vida estudiantil después de terminar la carrera, lo cual me ha ayudado a mantener este lozano aspecto pero me ha impedido convertirme en un hombre de provecho con tarjeta Visa, familia e hipoteca. La vida bohemia es cómoda, pero poco lucrativa: si lo que quieren es ganar dinero, olvídense de las camisetas de rayas y las fiestas en coquetos áticos.

No entiendo la prisa de nuestros jóvenes por incorporarse al mercado laboral, que es el mercado más negro que conozco. (Tampoco entiendo este pánico a los exámenes: a mí me encanta que me examinen, sobre todo si lo hace una doctora vestida de conejita con un fonendoscopio con forma de corazón.) El poeta dijo, y creo que aquí acertaba, que con la prisa no se va a ninguna parte. Yo prefiero llegar el último a la madurez, a la vejez y sobre todo a la muerte, que según tengo entendido es un trance de lo más desagradable, mucho peor que un examen.

lunes

Marbella


Soy un hombre sin escrúpulos para lo moral y para lo sexual, que son dos cosas completamente distintas, y si me hubiera visto en la piel de alguno de los diversos y sucesivos alcaldes y concejales de Marbella habría trincado como el que más, que creo que ha sido el tal Roca. Eso no quiere decir que el bueno de Cachuli y sus satélites me caigan bien: me parecen una panda muy cutre de chorizos sin estudios ni luces, pero es que, todo hay que decirlo para evitar malentendidos, tampoco tengo una buena opinión de mí mismo. Pónganme delante una hucha del Domund y júrenme que no hay testigos y verán cómo saco de inmediato el abrelatas y qué maña me doy con él, y olviden un maletín con un par de kilos en billetes pequeños en la calle y a mi alcance y tengan la completa seguridad de que no haré el más mínimo esfuerzo para localizar a su legítimo propietario.

O sea: si algún día me presento a alcalde o a diputado y desean lo mejor para sus municipios o países, signifique esta última palabra lo que signifique, no me voten. Aunque, conociéndolos a ustedes, no me extrañaría que, a pesar de mi declaración de principios e intenciones, lo hicieran, votarme, tal y como votaron a los hoy célebres inquilinos de la aristocrática prisión de Alhaurín, sabiendo de lo que iba el tema, o sea, sabiendo de qué pie cojeaban los angelitos y de qué manera lo hacían, cojear. Porque si eligieron a esta alegre cuadrilla de bandoleros pensando, por un lado, que eran los hombres y mujeres mejor preparados para el puesto, que manda huevos, y por otro que eran honestos y se preocupaban por el bienestar de su pueblo, que también, harían mejor en quedarse en casa el día en que se celebren las próximas elecciones: a eso se le llama abstención responsable y practicarla es muestra de honradez y prueba de que existe un saludable conocimiento de las propias limitaciones.

Ya puestos a hacer el canelo, les sugiero, nunca les ordeno, que cojan el dinero de sus impuestos y tasas municipales, lo metan en un sobre con uno o dos sellos y lo remitan a mi nombre a la dirección que encontrarán en la guía telefónica: les aseguro que sabré qué hacer con él y que lo invertiré con buen criterio. Prometo no comprar ningún chalé y decorarlo con cabezas de animales muertos ni empezar una colección de relojes de lujo o gastarme una pasta en joyas para seducir a una folclórica con bigote: faltaría más, habiendo como hay cadenas y colgantes de oro, apartamentos en primera línea de playa y supermodelos postadolescentes y anoréxicas adictas al sexo y a la cocaína.

viernes

Contra el arte


A mí eso de que pintar óleos, esculpir bustos o escribir novelas sea una cosa excelsa y eso otro de que quienes lo hacen o hacemos merezcan o merezcamos que nos aplaudan y nos subvencionen por ello me parecen dos enormes tonterías. El arte es la actividad más improductiva del mundo: de hecho, incluso dudo de que sea una actividad. Sé que estoy tirando piedras contra mi propio tejado, ya que yo o soy artista o no soy nada, pero es que hoy me siento especialmente autodestructivo y además no se me ocurre otra cosa que decir, o sí, pero creo que es mejor que me la calle en beneficio de todos.

Hay muchas profesiones que respeto: por ejemplo, la de médico, la de encofrador y esa otra que consiste en arrancar con una espátula los chicles pegados en la acera. Sin las personas que desempeñan estos trabajos la vida sería mucho más difícil. Sin Goya o Velázquez, por poner a dos pintores de los que lo hacían bien, las cosas nos irían más o menos igual, y sin la mayor parte de los artistas plásticos contemporáneos las cosas nos irían bastante mejor: nadie debería estar autorizado a exponer un cuadro que no sea más bello y funcional que una pared desnuda.

Si el hombre de Altamira se hubiera dedicado a cazar bisontes en lugar de a pintarlos, probablemente hoy todavía siguiera viviendo en Altamira. El arte frena el progreso y distrae a las masas de lo que realmente importa, sea esto lo que sea. La frase ‘Escuela de Arte y Oficios’, que tantas veces encontramos rotulada en la fachada de nuestros edificios públicos, encierra una tremenda contradicción: una cosa es el arte y otra muy distinta, la opuesta, los oficios. Hablar del oficio del artista es como hablar de la muerte digna, la inteligencia militar, las hamburguesas vegetales o la libertad condicional: un contrasentido.

Me dirán ustedes que el arte sirve para entretener a la gente, pero miren lo que pasó con la liebre y la tortuga: aquélla se entretuvo más de la cuenta y tuvo que ver cómo la carrera era ganada injusta y cómicamente por ésta. Recuerden también la fábula de la cigarra y la hormiga: si quieren que sus hijos no se mueran de hambre y de frío cuando llegue el invierno y de paso les apetece vivir tranquilos y disfrutar del silencio de su hogar, impídanles que toquen la guitarra y edúquenlos para que hagan algo productivo: por ejemplo, arrancar con una espátula todos estos chicles que hay pegados en la acera.

martes

Farmacia


Hoy voy a hablar de los medicamentos, y lo voy a hacer en términos elogiosos. Eso de que te comas una píldora blanca y deje de dolerte la cabeza o de que te tragues una azul y recuperes la juventud perdida me parece cosa de magia, y tal vez lo sea. Soy un hombre enfermizo física y moralmente y a lo largo de mi vida he tomado todo tipo de pastillas y bebido todo tipo de jarabes, de los que se dispensan con receta y de los que se compran por consejo de una vecina. Tanto los unos como los otros me han parecido excelentes productos, y los efectos secundarios que me haya podido ocasionar su consumo me han resultado de lo más llevadero y en ningún momento me han hecho plantearme la triste posibilidad de suspender el tratamiento y consultar con mi médico o farmacéutico.

Cuando entro a una farmacia se me iluminan los ojos, como a un niño en una juguetería o a un septuagenario en un sex-shop. En la farmacia encuentro el mismo consuelo que en el bar o en la consulta del psicólogo, con la ventaja de que al día siguiente me levanto fresco como una rosa y la de que no tengo que dar detalles acerca de mi vida íntima a alguien que probablemente se lo vaya a contar todo esa misma tarde a sus colegas de profesión y esa misma noche a sus compañeros de timba. El farmacéutico, también conocido como boticario, es una especie de barman con estudios y está sujeto a un código deontológico que en teoría le impide servirte prozac de garrafón. Además, lleva bata blanca, y eso hace que su noble figura me inspire mucha más confianza que la del psicólogo, que, es cierto, también tiene código deontológico.

Estoy a favor de los paraísos, tanto si son naturales como si son artificiales. Para encontrar los primeros uno tiene que viajar al Tercer Mundo, que es un lugar de lo más incómodo, pero para disfrutar de los segundos basta con buscar un camello, que es un acto de legalidad dudosa que por supuesto no recomiendo a nadie, o con llegarse a la farmacia más cercana. En los paraísos naturales suele haber hormigas y turistas, y los artificiales los disfruta uno solo con sus felices circunstancias, lo cual siempre, al menos a mi juicio, es una ventaja. Bajo al centro de salud a fingir un par de síntomas, que hoy está el médico suplente y a lo mejor pica y me receta algo fuerte que me ayude a sobrellevar esta penosa y monótona existencia.

sábado

Ciclismo


Del mismo modo que considero que el fútbol es una metáfora de la vida y que la Liga me parece un acontecimiento filosófico trascendental, tengo que decir que no entiendo el ciclismo. Opino que la bicicleta es un objeto absurdo y que montar en ella es un acto más que temerario: la ciencia ha demostrado que es imposible mantener el equilibrio en un vehículo de menos de tres ruedas, y las bicicletas, si las cuentas no me fallan, que no sé por qué van a fallarme, solamente tienen dos.

Cuando dan ciclismo por la televisión (los ciclistas tienen la extraña costumbre de programar sus carreras a la hora de comer), cambio de cadena y pongo un documental de leones. Reconozco que sí seguía el Tour en la época de Induráin, pero es que me gustaba verlo humillar a los franceses en su propia casa: cualquier persona que se dedique a hostigar gabachos cuenta y contará con mis simpatías e incondicional apoyo. Si hay algo que une y define a los españoles, sea lo que sea eso de España, es el odio africano (África empieza en los Pirineos) a todo lo que venga de Francia, excepto a los niños que vienen de París.

La bicicleta debió pasar a la Historia el día en que se inventó el motor de explosión; sin embargo, se ven docenas de ellas por la calle, lo cual demuestra que el hombre le da la espalda al progreso. La de montar en bicicleta es una práctica obsoleta y peligrosa: en un choque frontal entre una bici y un camión de cinco ejes, la bicicleta y su piloto llevan todas las de perder. No pienso aprender a montar en bici ni pienso ponerme uno de esos ajustados pantalones de ciclista, aunque estoy seguro de que esta coqueta prenda resaltaría mucho mi enorme atractivo natural.

De todos los medios de locomoción, y dejando a un lado el patinete, tan de moda hoy entre nuestra realeza y nuestros jóvenes ejecutivos, la bicicleta es el más rústico. Prefiero un millón de veces el transporte público: en un coche de línea se suda casi lo mismo que subiendo un puerto de montaña, pero si uno se cae al suelo puede tener la seguridad de que no le va a pasar otro coche de línea por encima. Además, en el autobús se conoce gente: en el que yo suelo coger para ir al trabajo se han forjado sólidas amistades y se ha concebido más de un niño que crece sano y feliz y a quien sus padres, tarde o temprano, terminarán regalando una flamante y absurda bicicleta.

miércoles

Libros


Me gustaría animar a la gente a que lea, aunque es obvio que la gente que esté leyendo esto ya lee. En la historia de la Humanidad no ha habido mejor momento para leer que el que vivimos. Hoy en día los libros son de papel: eso puede ser malo para la selva amazónica, no digo yo que no, pero es una bendición para la espalda de los lectores empedernidos, que son, qué duda cabe, los mejores lectores.

Los mesopotámicos escribían en tablillas, y cualquier libro de más de diez tablillas era un tocho imposible de manejar, ilegible. Los egipcios grababan símbolos en la piedra, de manera que el que quería leer tenía que ir a la montaña, en lugar de esperar a la montaña en casa, como hacía Mahoma. Un horror. Hoy en día nadie es mesopotámico y casi nadie es egipcio: corren buenos tiempos para la lectura.

Sin embargo, la práctica totalidad de los menores de cinco años no ha leído nunca un libro, y me temo que al menos la mitad de los mayores, tampoco. Exhorto a la gente a que lea y animo a los que no sepan hacerlo a que aprendan. Leer es mucho más fácil de lo que parece. Quien más, quien menos, todo el mundo se sabe el alfabeto: partiendo de ahí sólo hay que profundizar en los conocimientos y perseverar. La pe con la a, y así hasta el infinito.

Saber leer tiene muchas ventajas. Uno entiende las instrucciones de los electrodomésticos y le puede sacar todo el partido al televisor. También puede estudiar los prospectos de los medicamentos caducados y repasar la letra pequeña de los contratos leoninos antes de firmarlos. No me malinterpreten: es posible llegar muy lejos en la vida sin saber leer ni una palabra, muy lejos, mucho, pero esto de la lectura es como el carné de conducir: nunca viene mal.

Nunca sabe uno cuándo le van a exigir que tenga coche propio o que sepa escribir correctamente su nombre. La vida está muy difícil, y cualquier habilidad, por superflua que nos parezca, puede ser de utilidad para salir de un apuro. Lean. Háganme caso. El saber leer y escribir les hará ganar puntos sobre los que no saben: todos los menores de cinco años y, calculo, la mitad de los mayores.