viernes

Niños


Una de las mayores ventajas de ser niño es que uno no es legalmente responsable de sus actos, y uno de los mayores inconvenientes es que nadie le avisa a uno de que no es legalmente responsable de sus actos. Si yo hubiera sido consciente del abanico de oportunidades que se abría ante mis recién estrenados ojos durante mi niñez, no les quepa duda de que habría sabido sacar partido de la situación ni de que ahora no estaría aquí escribiendo tonterías sino tomando el sol tumbado a la bartola junto a la enorme piscina de una de mis mansiones señoriales, que, como todo el mundo sabe, son las mejores mansiones.

La infancia es el momento más propicio para amasar una fortuna, y no es necesario ser Joselito o Marisol para hacerlo: basta con carecer de escrúpulos, y me temo que los niños, en general, salvo honradas y honrosas excepciones, nunca han sido unos tipos demasiado melindrosos. El niño es un discapacitado por razón de edad que goza, en el mejor sentido de la palabra, de unos privilegios que no estoy seguro de que se merezca y que me consta que no ha hecho nada para ganarse: el día, espero que lejano, en que sean conscientes de su superioridad legal sobre el resto de los hombres, los colegiales dominarán la Tierra.

Para un niño, robar pensando en el día de mañana es lo mismo que estudiar pensando en el día de mañana, con la diferencia de que si mete la pata en un examen lo pueden suspender pero si comete un delito y lo cogen no lo pueden meter en la cárcel. El crimen perfecto no es aquel tras el cual no es posible pillar al culpable, sino aquel otro tras el que da igual si se le pilla o no se le pilla porque no hay forma de castigarlo. El niño, tal y como están las leyes, es el delincuente ideal: una pequeña máquina infalible de robar, matar y extorsionar que además cabe por cualquier butrón o conducto de aire acondicionado.

Todos los niños, todos, mienten como bellacos, y lo hacen constantemente y sospecho que lo harían sin pestañear ante un tribunal, pero nosotros preferimos decir que lo que pasa es que son fantasiosos e imaginativos, y para colmo les aplaudimos por serlo y les regalamos caramelos y les damos amistosos cachetitos en sus mofletes de delincuente satisfecho. Según la Ley, todos somos inocentes hasta que se demuestra lo contrario, salvo los niños, que siempre, hagan lo que hagan, resultan absueltos y son liberados cual teléfono móvil, aunque se les coja con sus infantiles manos en la masa y se pruebe más allá de cualquier duda razonable que son más culpables que Landrú.

jueves

Coros y danzas


Con tanta Europa y tanta democracia y tanta guasa nos estamos quedando sin referentes estéticos. Nuestro acervo cultural se empobrece cada día un poco más, como los jugadores de bolsa sin vista, la dieta de los vegetarianos o la economía de los países del Tercer Mundo. Hoy voy a hablar sobre un tesoro artístico y monumental que siempre ha estado muy presente en nuestras vidas y que por desgracia hemos perdido de manera tal vez irremediable: por supuesto, y como los más despiertos de ustedes probablemente ya habrán adivinado, me refiero a los bailes regionales.

Hasta hace poco, y eso me gustaba, no había en este país fiesta popular sin su jota o su sardana, dependiendo de en qué zona de la geografía patria se celebrara el evento, ni tranquila mañana de sábado ante el televisor sin sus coros y sus danzas. No había mozo ni muchacha que no guardara en su armario uno o dos trajes o vestidos típicos de su tierra y que no se sintiera orgulloso de lucirlos los domingos ni pueblo grande o pequeño sin su esforzada y nutrida agrupación folclórica. Entonces las cosas estaban más claras y uno podía saber de dónde era un desconocido simplemente fijándose en su forma de bailar: ahora sólo se puede saber, y no es poco, qué tipo de droga ha tomado.

Aquí ya no hay un dios que toque la gaita, la bandurria o el laúd, que son instrumentos nobles cuyo sonido hace exaltarse simultáneamente, como debe ser, los espíritus regional y nacional, y pocos de nuestros estudiantes podrían decir a la primera y sin tartamudear cuál es el baile típico de su provincia, en el suponer de que a alguien se le ocurriera preguntárselo. Hoy las niñas se apuntan a clases de aerobic o de lambada, que, como todo el mundo sabe, es un ritmo prohibido, en lugar de aprenderse los recatados pasos de las sevillanas, y los niños, si es que el ir a colegios mixtos no les ha sumido en una incapacitante crisis de identidad sexual, quieren ser doctores en filosofía o jugadores de baloncesto en lugar de soñar despiertos y dormidos con ser toreros, como Dios manda.

El día en que los jóvenes escuchen a los ancianos y aprendan de ellos a hacer ese simpático ruido con una cuchara y una botella de anís, el día en que las chicas cambien sus provocativos tops y minifaldas por las viejas polainas y los castos pero femeninos refajos, el día en que los hombres dejen de beber ginebra y de fumar canutos y vuelvan a colocarse con la sidra y el vino de toda la vida mientras ven a las mozas bailar en corro, ese día, que por fortuna para los rojos y los masones y por desgracia para todos los demás presumo bastante lejano, ese día, decía, volveremos a ser el soleado imperio que en el pasado fuimos.

viernes

El pensamiento de las plantas


Que me perdonen los ecologistas, pero a mí las plantas me parecen los seres más inútiles de la creación, mucho más que los microbios y por lo menos tanto como las folclóricas. Hablo con conocimiento de causa: en mi loca juventud, y bajo los efectos desinhibidores de la droga, traté de entablar conversación con alguna de ellas, quiero decir, con alguna planta, y jamás obtuve respuesta por su parte, de manera que cada potencial diálogo quedó reducido a simple y poco enriquecedor monólogo. Es cierto que cuando me hallaba en esas condiciones otros seres vivos, como por ejemplo las mujeres, también se negaban a contestarme e incluso huían de mí, pero siempre me dio la impresión de que, si hubieran querido, me refiero a las mujeres, habrían podido dar réplica a mis beodos argumentos, y de un modo bien contundente, y con frecuencia advertí un brillo inteligente en sus asustados ojos.

Creo que la prueba definitiva de la necedad de los miembros del reino vegetal es el comportamiento de los girasoles: mirar cara a cara al Astro Rey siempre ha sido una cosa como de tonto del pueblo, y si al tonto del pueblo sus paisanos le han otorgado ese cargo y distinguido con ese apelativo será por algo. No se puede esperar nada sensato de un girasol ni hay forma de llegar a un entendimiento con una patata o una calabaza: ni siquiera es posible amaestrarlas como a las pulgas, que son los bichos con menos recursos cognitivos que hay. El único animal cuya fama de burro se acerca o aproxima a la de los vegetales es el chorlito, a quien la ciencia y el imaginario popular atribuyen una fuerza mental comparable a la del alcornoque.

A las personas con escaso entendimiento y pocas luces se les llama membrillos, y hay una poderosa razón detrás de este hecho. Las plantas nos superan ampliamente en número y a pesar de ello no han conseguido dominar el mundo, que hoy por hoy sigue en nuestras manos. Dicen que hace cien años uno podía cruzar España saltando de árbol en árbol, suponiendo que fuera dado a hacer tales cosas, pero hoy para ver a un bobo y poco cultivado vegetal en vivo y en directo hay que mirar en un tiesto y asegurarse de que las hojas no son de plástico, aunque, y es una verdadera lástima y probablemente una injusticia que así sea, el material de que están hechos no afecta en lo más mínimo al rendimiento intelectual de los geranios.

lunes

Países


En este mundo hay países grandes, países pequeños, países bonitos y feos, países amigos y países enemigos, países dentro de otros países. Esté uno donde esté, a no ser que nade en medio del océano, puede apostar a que está pisando el suelo de un país. Lo cual será, sin duda, tomado como una ofensa por los grupos nacionalistas: pisar las cosas, por muy moreno que esté uno y mucho garbo que le eche al pisotón, siempre ha sido una falta de respeto.

Me he estado informando y sé que no hay que confundir un país con una nación, aunque todavía no he entendido dónde está la diferencia. Tampoco hay que confundir el país con la Patria. Sólo hay dos tipos de patrias: la Patria y la patria chica. Los militares están obligados a darlo todo por la primera, pero no sé qué proporción de ese todo deben dar por la segunda: no hice la mili por falta de agallas y no conozco las interioridades del ejército.

Seguro que todo esto de la Patria y la nación es muy sencillo, pero yo no termino de verlo claro. Y eso que todavía no hemos hablado del pueblo. ¿Qué es un pueblo? Para algunos es abrir una ventana en la mañana y respirar y para otros es un sitio lleno de casitas blancas: todo es según el color del cristal con que se mira. Creo que lo mejor es mirar las cosas a pelo, sin cristal: eso no quiere decir que tengamos que abrir una ventana en la mañana y respirar, sino, más bien, todo lo contrario.

A los nativos de un país se les llama paisanos, siempre y cuando sean nativos del mismo país que uno. Si el país del que son nativos los paisanos es Estados Unidos, se dice que son ciudadanos americanos. A los habitantes de una ciudad, sea cual sea, también se les llama ciudadanos. Los ciudadanos no están obligados a darlo todo por su ciudad ni por su Patria: basta con que paguen sus impuestos. A no ser que se empadronen en Andorra: en ese caso se les considera ciudadanos del mundo y se les exime de sus obligaciones fiscales.

Deconstrucción


Entiendo de cocina, y por eso sólo como cosas deconstruidas. Es un problema, ya que, aunque entiendo de cocina, no soy muy bueno deconstruyendo: no es lo mismo saber de relojes que ser relojero. (En esta metáfora yo sería el que sabe de relojes y Ferrán Adriá, por ejemplo, el relojero. Los relojes serían la comida. Eso no quiere decir que yo coma relojes: no lo hago ni lo haría aunque fueran relojes blandos como los de Dalí. Pongan un poco de su parte y nos ahorraremos los malentendidos y las
explicaciones.)

Los tiempos y el menú están cambiando. Lo importante ya no es que la comida sea abundante, como opinaba el hombre medieval, ni que sea equilibrada, como creía el hombre del siglo XX. Lo importante es que esté deconstruida. Si usted va a un restaurante y quiere un filete con patatas, puede pedirlo, siempre que no parezca que pide un filete con patatas. Puede usted pedir, por ejemplo, espuma de filete con aire de patatas, aunque si traga aire probablemente tenga problemas de gases.

Sólo me gusta la comida deconstruida. Si me sirven, por ejemplo, unos huevos con chorizo sin deconstruir, pueden estar seguros de que no los probaré, por mucha hambre que tenga, y a la hora de comer suelo tenerla. Hambre. Los huevos con chorizo, es cierto, forman parte de nuestra tradición, pero a los que entendemos de cocina no nos gusta la tradición, sino la vanguardia, es decir, no nos gustan los huevos con chorizo, sino otra cosa. En cocina no debemos mirar hacia el pasado, sino hacia el futuro. Hacia el segundo plato.

Hoy no se come para crecer, que es para lo que, como todos los niños saben, se ha comido siempre, sino para quedar bien. La comida debe entrar por la vista y, sobre todo, le debe entrar por la vista al vecino. Dime lo que comes y te diré, más o menos, lo que ganas. Comer es una forma como otra cualquiera de aparentar. Comer, hoy en día, sólo es fingir que se come.

Guerra


La guerra es el estado natural del ser humano: casi todos los países están casi siempre en guerra. Eso no quiere decir que la guerra sea buena: no todo lo natural es bueno ni todo lo artificial es malo. La muerte natural es tan definitiva como la otra muerte y la respiración artificial ha permitido a los médicos y a las enfermeras salvar muchas vidas a lo largo de la Historia. Mal por la muerte natural, bien por los médicos, las enfermeras, los celadores, el resto del personal hospitalario, la respiración artificial y la respiración asistida.

Decir a estas alturas que las guerras son inútiles es una redundancia, pero es verdad. Lo que no es verdad es que las guerras no las gane nadie: las ganan los petroleros y los fabricantes de armas, que son esos señores gordos que viven rodeados de chicas en biquini. Tal como está el mundo, lo mejor que puede hacer uno es invertir en vivienda o en bombas que destruyan las viviendas: dos negocios seguros.

Necesito un socio capitalista para montar una fábrica de armas o una inmobiliaria. Engordaremos juntos y viviremos rodeados de chicas en biquini que se comportarán como si no hubiéramos engordado: la erótica del poder es la erótica del poder. Fumaremos habanos y tomaremos daiquiris tumbados junto a la piscina. Odiaremos a los pacifistas y miraremos con condescendencia a los pequeños y medianos comerciantes, a los que veremos como copias honradas e imperfectas de nosotros mismos.

Cada uno cuenta la guerra como le ha ido en ella, y para que las cosas vayan bien lo más inteligente es ponerse del lado de los que siempre ganan: un club exclusivo en el que no nos aceptarían ni a Groucho Marx ni a mí, ni probablemente a ustedes, a no ser que ustedes sean chicas en biquini. En ese caso me gustaría que nos viéramos en persona para hablar de éste y de muchos otros temas: hay que abrir un debate social para acabar con las guerras y con el resto de las lacras de nuestro tiempo.

viernes

Bomberos


Sólo hay dos seres en la creación que corran hacia el fuego en lugar de huir de él: las polillas, en el extremo inferior de la escala evolutiva, y los bomberos, por supuesto, no hay más que verlos, en el superior. Pero mientras que las primeras hacen lo que hacen llevadas por su ciega memez, los segundos se mueven empujados por su valor y sus ideales. Cada vez que veo un bombero, y dado que cuando gritan fuego yo tiendo a huir en la dirección contraria a aquella de la que proviene el grito, me siento tan abyecto como una polilla, aunque bastante más inteligente que ésta.

El bombero es como un jardinero con testosterona que utiliza su manguera para apagar las feroces llamas en lugar de regar las mansas flores. Ambos profesionales comparten estatus de mito erótico con el fontanero, ya que la gente de todas las culturas tiende a hacer asociaciones mentales tanto entre herramientas y órganos sexuales como entre profesiones y actividades amorosas, pero de los tres, fontanero, jardinero y bombero, es éste el que goza de un mayor predicamento entre los miembros del sexo débil, probablemente en parte porque el peligro es una cosa que excita mucho, en parte porque todos los hombres estamos guapos de uniforme y en parte porque su sueldo, gracias al plus de peligrosidad, es el más alto.

Nunca he tenido vocación de héroe ni ganas de palmarla en un incendio, de manera que, ni siquiera en la infancia, que es cuando uno es más proclive a fantasear con estas cosas, se me ha pasado por la cabeza la idea de ser bombero, tal vez porque algún pariente protector acertó a decirme o explicarme a tiempo eso tan cierto y tan acojonante de que quien juega con fuego termina por quemarse, pero admiro y respeto, por muchas razones, a los miembros de este gremio, el de los bomberos, y he de reconocer que envidio sus velludos torsos y sus abultados bíceps, que son dos atributos que molan un montón, no como los velludos bíceps y los abultados torsos, que no molan nada.

Los bomberos, a pesar de su nombre, no son unos hombres que ponen bombas, sino algo que se parece mucho a todo lo contrario. Por ése y por varios otros motivos, como su sobrehumana habilidad para trepar por una cuerda o su talento para abrir puertas blindadas con una radiografía, se han hecho merecedores de nuestro homenaje y deben ser objeto del aplauso y la veneración de todos, por más que tengan derecho a allanar nuestras moradas en cuanto vean humo y por más que nos despierten, ellos sabrán por qué humanitaria razón, una noche sí y otra también haciendo sonar esas escandalosas y absurdas sirenas.

Viajar


No entiendo cómo a la gente le puede gustar viajar, con lo barato que es quedarse en casa. El poeta dijo que como en casa no se está en ninguna parte, y yo estoy completamente de acuerdo con esa afirmación. En casa no te roban las maletas, no hay lugareños hostiles, no te pierdes a no ser que vayas muy mamado y no te cobran seis eurazos por un pincho de tortilla. Es verdad que tampoco hay playas paradisíacas, a no ser que uno viva precisamente junto a una playa paradisíaca, ni museos, a no ser que uno sea la baronesa Thyssen, pero suele haber una bañera a cuyo grifo de agua caliente ya le tenemos cogido el truco y un bonito tapiz con una escena de caza colgado en la pared del comedor.

Si lo que usted quiere es ver mundo, puede comprarse un libro con fotos o ponerse un documental del National Geographic, una organización altruista formada por hombres que se dedican a viajar a países exóticos y a fotografiar todo lo que allí ven para ahorrarnos el trabajo a nosotros. Si lo que quiere es probar comidas raras, deje que cocinen sus hijos pequeños, si lo que desea es conocer gente, baje al bar, y si lo que le apetece es ver animales salvajes, eche un vistazo detrás de mi nevera. ¿Por qué salir a buscar fuera lo que tenemos al alcance de la mano?

Nos ha costado demasiado trabajo convertir este país en un lugar civilizado como para renunciar a sus comodidades e ir a pasar quince días al segundo o al tercer mundo. (Los mundos se numeran por orden de confortabilidad, y el tercero es el menos cómodo de todos.) Es cierto que podemos visitar países más avanzados que el nuestro, pero allí nos miran como si viniéramos de África y nos ofrecen los trabajos que ellos no quieren hacer, que son, salvo bien pagadas excepciones, aquellos en los que se suda o en los que hay que agacharse.

Nunca me he sentido extranjero en mi propia ciudad, algo que, según los testimonios de los que lo han experimentado, debe de ser horrible, pero me he sentido extranjero en otras ciudades y les aseguro que tampoco es muy agradable. En una ciudad extraña uno no sabe dónde están las cosas, quién es el que manda y en qué dirección debe correr si hay algún problema, que probablemente lo haya. Los exiliados no hacen más que llorar y lamentarse y decir que quieren volver a casa, y nosotros pagamos una pasta, porque viajar no es barato, a no ser que vaya uno a dedo y con la mochila al hombro, por exiliarnos: no me digan que no es raro.