
He nacido en España y soy un hombre que se viste por los pies, sobre todo cuando me pongo los pantalones, y por lo tanto odio a los franceses. Para quien nunca haya tenido la desgracia de tropezarse con uno, aclararé que me refiero a esos desagradables fulanos que salen en las películas de arte y ensayo y que hablan un extraño idioma lleno de graznidos e impronunciables vocales cerradas y lo hacen poniendo morritos, como si quisieran besar en la boca a alguien de su propio sexo. En el siglo XIX, capitaneados por el tal Napoleón, los franceses nos invadieron sin preguntar antes si nos apetecía que lo hicieran y trataron de imponernos una ignominiosa democracia republicana: por supuesto, nos levantamos en armas y los corrimos a gorrazos. Más recientemente, y con mucho más éxito, han contribuido de forma bien activa a popularizar entre nosotros esa cocina minimalista en cantidades pero maximalista en precio y número de ingredientes que tan de moda está y que tanto desagrada a los chefs de la vieja escuela y a los amantes de la buena mesa y del comercio justo.
Recuerdo que siendo joven sufrí y me indigné mucho al ver en un aciago telediario cómo los gabachos se divertían quemando en la frontera nuestros camiones de naranjas mientras brindaban con burbujeante champán y celebraban el lance con sonoras palmas y groseras risotadas. Eso hizo que mi inquina hacia todo lo que viniera de Burdeos o París, incluyendo por supuesto a los niños, creciera hasta extremos que mi primer psicólogo definió, creo que de manera acertada, como rayanos en la demencia: he de confesar que en alguna ocasión llegué, tras asistir al pase en versión original de una película de Godard o de Renoir, y Dios sabrá como resultado de qué alambicada asociación de ideas, a correr desnudo por la calle haciendo ondear sobre mi cabeza una bandera rojigualda mientras entonaba una selección patriótica de jotas especialmente bravías.
Creo que he madurado y ya no me tomo las cosas tan a la tremenda, pero todavía odio a los franceses, su religiosamente injusta República y su cocina huérfana de potajes. Sin embargo, no tengo nada en particular contra sus compatriotas las francesas, que me parecen encantadoras cuando ponen morritos e incluso cuando graznan y que siempre se han portado bien conmigo: no sería un perfecto caballero andaluz si no dijera que si en alguna ocasión una de ellas me ha mirado por encima del hombro ha sido tan sólo porque la erótica naturaleza de la situación no le dejaba otra salida. A sus paisanos de género masculino los detesto, sí, pero tengo que reconocer que también los necesito, como un fresco parterre de rosas precisa que de cuando en cuando un jardinero de pulso firme esparza a su alrededor unas cuantas paletadas de abono orgánico: para sentirme vivo, para saber a ciencia cierta dónde está y en qué gargajeante idioma habla el enemigo, para ser español y dentro de lo que cabe ser feliz.



