
Tengo una capacidad innata para hacer correr y chillar a las mujeres: cuando me mantengo sobrio y me muestro frío e indiferente acuden a mí al galope como bellas y equinas moscas a la golosa miel y permanecen a mi lado como hipnotizadas dando constantes muestras de arrobo y embeleso, pero cuando tomo tres o cuatro digestivos más de la cuenta y dejo salir y manifestarse al sociable conquistador que todos llevamos dentro corren como bisontes en estampida mientras maldicen entre dientes o me insultan en voz alta y hacen todo tipo de muecas y visajes. Creo que esto no es sino una muestra de la veletesca condición de los miembros del llamado sexo débil y de su falta de coherencia emocional y absoluta dependencia afectiva de las circunstancias: no son capaces de separar a mi persona de su incidentalmente penosa anécdota y me evitan como si yo fuera esa tambaleante y balbuciente bestia alcoholizada que ocupa por una noche mi lugar.
Tanto las mujeres frívolas que le dan su debida importancia a la gallardía y el atractivo físico, dos cualidades que jamás pierdo por perjudicado que me halle, como las más reflexivas y cerebrales que consideran que lo único que merece la pena es lo que paradójicamente se llama belleza interior deberían hacer caso omiso de las palabras y las miradas al escote que les dirijo cuando lo que el poeta llamó litros de alcohol corren por mis venas y o bien pasmarse con la griega perfección de las es cierto que desencajadas facciones del sujeto emisor de esas palabras o bien conmoverse con el recuerdo de la sensible persona que dicho individuo fue hasta hace no más de un par de horas y con la certeza de que al día siguiente le espera una sorda y dolorosa resaca que sin duda le hará reflexionar sobre su forma de entender la vida en sociedad. Sin embargo confunden lo contingente con lo sustancial, lo temporal con lo perenne, el fondo con la forma, lo efímero con lo duradero, la amarga corteza con la rica pulpa y en definitiva al hombre que hasta ayer fui y volveré a ser a partir de mañana con el fulano que les propone improvisar una orgía en el cuarto de baño a voces y sin emplear circunloquios ni parábolas, y como consecuencia de su grave aunque tal vez comprensible error de apreciación tratan al primero como si fuera el segundo y al segundo como al primo oligofrénico y beodo de Tony Genil.
En este país lo que falta es formación filosófica y apertura de miras y lo que sobran son injustificados melindres y prejuicios adquiridos a lo largo de cientos de años de tradición judeocristiana: aprovecho esta tribuna para decir a las nenas proclives a sonreírle al hombre sobrio y misterioso y a huir en desbandada ante las sinceras efusiones de su hermano gemelo el patán que hay que aprender a distinguir lo que en realidad es bueno de lo que a pesar de las serenas apariencias es malo y vitalmente empobrecedor para tener alguna posibilidad de alcanzar algún día la siempre esquiva felicidad y que muchas veces detrás del energúmeno que les canta boleros a oído con los pantalones en los tobillos y que lleva la camiseta empapada de vino tinto se esconde un ser cariñoso con un corazón de oro que sólo quiere que alguien lo abrace, le preste la atención que todo ser humano se merece y a ser posible lo invite a un par de tragos.

