viernes

Dios salve a la Reina


Nunca he entendido eso de la flema británica. Según mi diccionario, que es muy completo y está actualizado, una flema es un gargajo. No obstante, los británicos, flemáticos o no, me caen muy bien, sobre todo por la humorística distancia con que se enfrentan al mundo y esas cosas. Tenemos mucho que aprender de ellos, y para hacerlo no nos queda más remedio que estudiar su curiosísima lengua, ya que de otra forma difícilmente le sacaremos el más mínimo provecho a las lecciones. Para empezar, y por ponernos una meta que podamos alcanzar sin entender aún ni una palabra del idioma de Shakespeare, deberíamos copiarles la bandera. La bandera de Gran Bretaña es un trapo la mar de cuco que luce igual de bien frente a la fachada de las Naciones Unidas que en la chaqueta de polipiel de un punki. En cuanto a diseño y garra visual, le da doscientas vueltas a la nuestra, que no obstante la supera en capacidad de acojone y colorido. Con la bandera británica se puede ir a cualquier lado, pero con la de España sólo a manifestaciones de la AVT y a los partidos que pierde la selección de fútbol.

Luego está el himno. El himno de Gran Bretaña es majestuoso y orquestal, y el nuestro parece una especie de pasodoble de verbena de pueblo. Cuando uno oye el Dios Salve a la Reina, que probablemente fue compuesto para conmemorar un histórico apuro regio que se suponía que sólo podría tener solución mediante providencial intervención divina, le entran ganas de acometer épicas gestas patrióticas, y cuando oye el otro lo que le apetece es sacar a una moza a bailar agarrado y tratar de meterle mano con disimulo y de convencerla para que se venga a la era: dos impulsos que por cierto guardan una relación directa con el papel que juega cada país en el concierto mundial. Los símbolos de una nación nos dicen mucho acerca de la esencia de la misma, y los del Reino Unido hablan de dignidad, saber estar y opíparos desayunos que incluyen huevos fritos y tres lonchas de bacon. Es fácil ir por ahí siendo de Londres: todos dan por sentado que eres un caballero y se esfuerzan por quedar bien contigo y por estar a la altura de las circunstancias.

Todo hombre con un hondo conocimiento del entorno y de las idiosincrasias de los mil territorios que uno encuentra en el mapamundi es al mismo tiempo francófobo y anglófilo. He nacido español y el odio al vecino de arriba se me supone como el valor a un recluta anónimo, de manera que quiero dejar aquí constancia de mi amor a lo inglés y por extensión a lo británico. Soy devoto de los sombreros hongo, las pintas de cerveza, los días nublados, el té con pastas a la hora del té con pastas, la cortesía cercana a la afectación y la puntualidad rayana en lo enfermizo, y si tengo que elegir entre el Big Ben, la Torre Eiffel y la plaza de toros de Las Ventas y ordenar los tres monumentos según mis preferencias, lo haré sin un rastro de duda en mi voz o con trazo firme si es que la encuesta se me presenta por escrito y pronunciaré o garabatearé primero el nombre del redondo reloj, luego el del mítico coso y por último y si no queda otra alternativa el de la aparentemente inacabada construcción parisina.

Por eso siempre me hago el tonto cuando un tipo vestido de bandolero se me acerca por la calle y me pide una firma para que nos devuelvan Gibraltar: para mí Gibraltar es y será guiri por mucho que un día la caprichosa legislación internacional lo pueda poner de nuevo en nuestras irresponsables manos, exponiendo con ello a sus habitantes a quién sabe qué castizas catástrofes vitales. Gibraltar es un trozo de la Gran Bretaña que late en nuestra tierra como mi corazón es una víscera que dice pom pom con acento de Surrey dentro de mi pecho. Me gustaría ser civilizado como los ingleses y la única manera de conseguirlo que se me ocurre es permitir que nos colonicen en condiciones, con submarinos nucleares y bases militares secretas rebosantes de aguerridos soldados, y no con vuelos de bajo coste repletos de hooligans y de septuagenarios que vienen a nosotros en busca de sexo fácil y bebida barata y que por efecto del alcohol o de los años han olvidado los bellos valores que inspiraron a los héroes que pusieron los cimientos de su patria.

lunes

Detective privado


Yo antes quería ser detective privado, pero el otro día me senté a reflexionar sobre la realidad de ese oficio y he cambiado de opinión y de intenciones. El detective es un tipo gris, pero su grisura está muy lejos de la épica mediocridad que nos muestran las películas de cine negro. La parte más vistosa de su trabajo consiste en sacarle fotos a maridos infieles abrazando a camareras rusas de veinticinco años y en perseguir a adolescentes descarriadas para después chivarse ante sus padres de que beben cubatas y fuman porros. Lo cual, sin duda, ha de hacer que se sienta como un gusano: el detective es lo más parecido al acusica de la clase que despachan en formato adulto, y comparte con éste, con el acusica, las nulas probabilidades de éxito a la hora de iniciar un acercamiento sentimental a las mencionadas adolescentes casquivanas, y eso lo va desgastando poco a poco por duro que sea y acendrada vocación que tenga y menoscaba su autoestima y mina su moral.

Ni siquiera, y dado que vivimos en un país subtropical y escasamente lluvioso, puede el detective lucir en la vida real una de esas gastadas gabardinas que tan bien le quedan en la gran pantalla, a no ser que quiera arriesgarse a que le tomen por tonto o por un exhibicionista de los de antes, que los de ahora ya han descubierto las ventajas del chándal como uniforme de faena. La existencia del detective es arrastrada, monótona y vacía de emociones, y ni los casos que se le plantean tienen nada que ver con los complejos problemas casi ajedrecísticos con que se desayunaban Hércules Poirot o Sherlock Holmes ni sus aventuras suelen culminar con una heroica persecución pistola en mano por las calles de una ciudad tan pinturera como Chicago o Nueva York, sino más bien con el interminable repaso de una miríada de documentos legales y obscenas polaroids en el despacho del juez encargado de repartir el botín de un divorcio.

La policía jamás recurre, por más que la televisión y la literatura no dejen de hacer referencias al supuesto lance, a los detectives privados para que le resuelvan los crímenes que escapan a su entendimiento: para este menester prefieren los acreditados servicios de videntes y quiromantes, que además por regla general trabajan gratis bajo la amenaza de ser detenidos por actividad empresarial ilícita y estafa. Las mujeres fatales rara vez irrumpen en la oficina de un detective privado para pedirle que las ayude a encontrar al asesino de su acaudalado marido: en lugar de ello corren a las discotecas frecuentadas por futbolistas de Primera División e hijos de baronesas dueñas de palacios y vastas colecciones pictóricas para tratar de dar otro braguetazo antes de que el tiempo traicionero entre en la cocina de su belleza y provoque que se les pase el arroz y se les pegue dolorosamente a la sartén.

Por su condición de sujeto sigiloso, el detective vive y muere siendo un ser anónimo que no llama la atención de nadie y apenas se distingue del paisaje. Todas sus dudosas hazañas quedan en la esfera de lo privado y jamás serán referidas por los medios de comunicación ni glosadas en los libros de texto: en todo caso hallarán aburridos oyentes en los nietos que en el futuro sus hijos dejarán a su cuidado cuando se vayan con sus parejas de vacaciones a Mallorca, aunque habrá de exagerarlas convenientemente y de adornarlas con nuevos personajes, tales como gnomos y hadas, para hacerlas asequibles a los gustos infantiles y dotarlas de la dignidad que él sabe de sobra que nunca tuvieron. Quien se esfuerza a diario por pasar desapercibido tiene todas las papeletas para con los años terminar por conseguirlo y confundirse para siempre con el soso decorado de la vida como un insecto palo se camufla en el suelo lleno de hojas secas del bosque, y hay poca gloria en el currículo de los bichos de este tipo y en la biografía de los que se desviven por ocultar sus méritos en vez de sacar pecho e intentar anotarse los goles del vecino, como hacen los miembros de todos los demás gremios con la única y obvia excepción del de los espías y solemos hacer también los maleantes sin corazón y la mayor parte de los haraganes y los desocupados.

martes

Butano


Estoy convencido de que este fulano que emite desafinados alaridos en la calle anunciando su gaseosa mercancía es un tipo de lo más honrado, pero a mí me pone de los nervios. Tiene que haber una manera de pregonar el género sin necesidad de romper la relativa paz de media mañana con esa tosca exhibición de capacidad pulmonar y ese monótono y mil veces repetido grito inarticulado. El tristemente extinto afilador por lo menos adornaba el publicitario lance canoro que tan célebre le hiciera tocando una especie de armónica entre berrido y berrido y se preocupaba por dotar de una cierta melodía a su mensaje, pero aquí el tío del butano se lo monta a capella y sólo acompaña sus estridentes voces con el percusivo estruendo que provoca agitando en el mismo camión las por cierto explosivas bombonas y haciéndolas chocar entre sí o con la estructura metálica que las sujeta aunque veo que no protege de sus manos y golpeándolas con lo que desde el privilegiado balcón que ocupo y me sirve de atalaya me parece identificar como una barra de hierro.

O sea. Yo siempre he admirado a esos titanes con mono de faena y toleraba su expansividad y sus bramidos como quien soporta las manías de los genios a cambio de poder disfrutar de sus alardes de fuerza física: alguien capaz de cargarse una de esas pesadas cosas de color naranja al hombro y subir con ella cuatro pisos a pie sin despeinarse tiene bula para hacer con sus cuerdas vocales lo que le dé la gana y para desahogarse emulando a un Tarzán histérico y redundante cada vez que lo estime conveniente. Pero es que las bombonas de hoy en día no pesan nada: son como latas grandes y plateadas de cerveza y cualquier alfeñique podría levantar una en cada mano y llevarse las dos a casa como si en lugar de botellas repletas de peligroso combustible fueran una pareja de confiados escolares. Eso priva al butanero de coartada para sus fechorías y lo coloca en la misma categoría ontológica que los jovencitos que vuelan sobre las asfaltadas calles nocturnas de la ciudad a lomos de trucados ciclomotores sin tubo de escape y lo hace acreedor al llano y lícito odio de todos los ciudadanos de bien.

Ya no hay excusa ni porqué para tanto abuso. Las bombonas modernas son tan ligeras que las niñas de colegio de monjas las podrían vender de puerta en puerta como si fueran magdalenas para pagarse el próximo e inevitablemente iniciático viaje de fin de curso, y estoy seguro de que si ellas nos castigasen con esos zafios aullidos al ofrecernos la mandanga nosotros no sólo no se la compraríamos sino que las haríamos huir a cien por hora cual manada de gráciles gacelas valiéndonos de nuestra mayor talla física y una escoba. No es justo que estos antaño heroicos hombres sigan viviendo de las rentas y gozando de las prebendas que les fueron concedidas como pago a las tremendas, increíbles hazañas deportivas del pasado: debemos exigirles que se integren de manera efectiva en la comunidad y que no nos castiguen más con esos comportamientos disruptivos que hasta hoy y por razones coyunturales les hemos tolerado.

España siempre ha levantado bombonas de veinte kilos. Si hoy somos Europa y nos hemos pasado al envase de aluminio ultraligero y hemos renunciado al llamativo pero poco sofisticado color naranja es hora también de que adoptemos el tono quedo de voz y los contenidos modales de nuestros amigos del norte. El butanero debe olvidar su añeja cantinela y acostumbrarse a llamar con educación al timbre y a utilizar el portero electrónico, artilugio que hace lustros que dejó de ser una novedad y que todos tenemos la cívica obligación de aprender a manejar cuanto antes. Yo he dado el primer paso y he puesto la piedra inaugural de la obra de la carretera de peaje que ha de conducirnos a la tranquilidad y a la concordia: sólo falta que alguien con capacidad para las relaciones públicas y la persuasión, don de gentes y cintura para esquivar los hipotéticos mandobles dibujados en el aire con el puño que sostiene la quizá no tan liviana bombona plateada baje a la calle ahora que llega el camión y le coloque el cascabel al robusto y viril gato.

A favor del burka


Si una imagen pornográfica es la que lo muestra todo y una imagen erótica la que deja partes del cuerpo a la fantasía, ¿no sería el burka el no va más del erotismo desatado? Creo que es por eso, por el modo en que estimula los rincones más recónditos de nuestra corteza cerebral y fomenta nuestros deseos secretos e impuros, y no por otra cosa, por lo que los políticos de derechas habrían de pedir que se ilegalizara en todo el planeta y se prohibiera tajantemente su fabricación industrial y se cerraran los talleres artesanales donde con tanto mimo se confeccionan las más sublimes y codiciadas de entre las prendas de su clase. Los políticos de izquierdas, que siempre han tenido fama de cachondos, deberían sin embargo abogar por la generalización forzosa y universal de su uso y proponer de inmediato su adopción como uniforme femenino de invierno en los institutos públicos, cuyos patios de recreo podrían así igualar en cuanto a ambiente y torridez a los de los privados y católicos, que ahora ostentan el título oficioso de templos de la sensualidad gracias al empleo abusivo por parte de la mitad femenina del selecto alumnado de esas falditas de tabla y esos diabólicos calcetines de encaje a juego.

Un burka bien cosido aguanta hasta tres temporadas sin estropearse y se puede utilizar tanto para ir a un elegante cóctel como para quedarse tranquila en casa oyendo la radio, y además libra a su afortunada propietaria de la esclava obligación de depilarse las interminables piernas y el rostro periódicamente, dos prácticas que amén de ser muy dolorosas se cuentan entre aquéllas a las que más tiempo dedican las coquetas mujeres occidentales y dan lugar a que a lo largo del año éstas pierdan decenas de horas de productivo trabajo doméstico o por cuenta ajena para desgracia de parientes y pequeños y medianos empresarios y perjuicio de la sociedad que todos conformamos. Reprochar a alguien que lo luzca o aconseje a los miembros femeninos de su familia que lo hagan es tratar de imponer la forma europea de entender la belleza y fomentar unos hábitos consumistas exagerados que tarde o temprano nos llevarán a la ruina fiscal y que ya nos han sumido en la decadencia moral: con lo que nos gastamos anualmente en cera tibia, vaqueros de talle bajo, ceñidísimas camisas que para colmo se transparentan cuando uno riega o arroja un cubo de casta agua fría a su propietaria, polvos de maquillaje más o menos llamativos y antialergénicos y carísimos y hay que decir que poco efectivos afeites varios nos llegaría para construir cientos de hospitales en Biafra y llenarlos de ingeniosos aparatos que ayuden a curar y hasta a erradicar los males de los negritos del África.

El burka es una prenda progresista que hace que todas las mujeres sean o parezcan iguales y evita que las menos atractivas se vean como hasta ahora viene sucediendo discriminadas a la hora de optar a un empleo en el caso de que como es casi norma obligada en estas situaciones la parte contratante haya colocado al frente del equipo de selección de personal de la empresa a lo que indistintamente podríamos definir como un esteta o un salido: exhorto desde aquí a las autoridades competentes a que pongan en marcha de manera inmediata una campaña de promoción del uso de tan democrática, solidaria y sexy joya textil y de concienciación de la descocada sociedad fascista acerca de las innumerables e insoslayables ventajas que para la moderna y joven profesional urbana tiene el calzársela cada mañana después de la jabonosa ducha y no quitársela hasta el feliz momento de meterse en la cama por la noche tras una fructífera jornada y hacer horizontal balance de todo lo acaecido y de las buenas acciones llevadas a cabo durante las últimas veinticuatro horas y para ponerle un broche de oro al día propinarle un amoroso ósculo a la persona o personas que tenemos al lado y apagar la luz para dormir y esperar entre soñados angelitos a que dentro de unas horas penetre por la ventana el nuevo sol.