
Me cuelo en todas las fiestas, pero luego me comporto con educación y exhibo mis mejores modales antes de exhibir mi cuerpo desnudo, bien en su ebria totalidad o bien por partes. La alegría de la gente siempre es motivo de regocijo para mí y cuando me hallo en un entorno festivo o participo en una celebración prodigo con generosidad propia de un príncipe sonrisas y palmadas en la espalda de los que me rodean sin hacer distinciones en lo que respecta a la circunstancia de los destinatarios de las mismas. Mastico canapés a dos carrillos con el exclusivo propósito de corresponder a la magnanimidad del anfitrión y honrar a la siempre esforzada cocinera, y no olvido guardar algo de tortilla y de jamón en un táper para seguir correspondiendo a aquélla y honrando a ésta cuando se apagan las luces, cesa la música y yo vuelvo tambaleándome a mi casa.
Procuro beber al menos un vaso o taza del contenido de cada botella de licor que los organizadores del evento hayan puesto a mi alcance y trato de experimentar mezclando de forma inusual distintos alcoholes y néctares: considero que no hacer lo primero sería una gran descortesía y que renunciar a lo segundo supondría traicionar al espíritu científico de que debe hacer gala todo hombre culto y educado. Me muestro lisonjero con todos los asistentes a la reunión y los piropeo al empezar y terminar cada una de las frases que les dirijo, y en cuanto tengo ocasión les manifiesto con palabras y si el ambiente lo pide con gestos mi plena disponibilidad para un hipotético encuentro sexual de carácter personal o preferentemente colectivo.
Si la fiesta se celebra en un domicilio particular intento visitar todos los rincones de la casa y busco en los cajones de las grandes y señoriales cómodas o las funcionales y modestas mesitas de noche información que me ayude a conocer mejor a aquéllos que lo habitan para así poder estrechar los más sólidos lazos de afecto y amistad con ellos. Me asomo a cuantas ventanas puedo abrir e invito empleando mi más seductora y potente voz a los viandantes de toda edad y condición a unirse al guateque, e impreco con dureza a los que rechazan mi generoso ofrecimiento para que entiendan que su negativa respuesta me ha ofendido y que no aceptar y agradecer la hospitalidad de los desconocidos es una cosa que está pero que muy fea.
Si por el contrario el lúdico acontecimiento tiene lugar en un local hostelero, sea éste un humilde bar o un más aristocrático salón de baile y sea un vulgar cumpleaños o una postinera boda real lo que en ellos se celebra, lo que hago es rebuscar en los bolsillos de las chaquetas y abrigos de toda la concurrencia y memorizar los datos que aparecen en los documentos de identidad de los miembros de la misma para poder llamar a cada quién por su nombre y visitarlo en casa. Por fin, cuando me marcho, bajo si la hay la persiana metálica y aseguro el cierre con dos sólidos candados que siempre llevo encima: así regalo a los que se quedan dentro unas cuantas horas extra de bailable música moderna, loca y comunal alegría y tonificante buen humor.


