
Cuando me haga mayor en toda la extensión de la palabra, quiero ser juez independiente: como hoy por hoy creo que no hay ninguno además de mayor me haré famoso y ganaré mucho dinero contando mis experiencias y explicándole a los periodistas de las revistas del corazón cómo me siento. Si la mujer del siglo XXI ha alcanzado la independencia, no veo por qué no lo van a hacer los jueces, que al menos mientras se celebran las audiencias también acostumbran a llevar enaguas y que en los países anglosajones además lucen unas pelucas que no puedo menos que calificar como monísimas.
Los jueces disfrutan del impagable privilegio de poder golpear el mobiliario de las salas de lo Penal y lo Civil con un martillo y delante de la policía sin que se les caiga el pelo en el caso de que aún lo conserven o en el de que hayan invertido una parte de sus cuantiosos ingresos en reimplantárselo. Generalmente lo hacen, golpear la mesa y los objetos que hay sobre ella, para llamar la atención a los asistentes a las vistas públicas cuando comen palomitas e inflan globos de chicle y para dictar sentencia a favor de los militantes del partido con que simpatizan.
Creo que a los jueces les ha llegado la hora de emanciparse, aunque me temo que les va a costar tanto lograrlo como a los mileuristas de treinta y nueve años que todavía dependen de la generosidad de sus progenitores para encontrar un techo bajo el que dormir la triste borrachera cada noche. Los jueces dependen de la de los gobernantes para acceder a las plazas vacantes en los tribunales que más molan, así que no es extraño que quieran hacer méritos y quedar bien con ellos o con los distinguidos integrantes de la feroz oposición, que previsiblemente un día alcanzarán el poder y estarán en disposición de repartir regalías y prebendas.
Creer en la independencia de los poderes del Estado es tan ingenuo como hacerlo en los Reyes Magos, Supermán, el ratoncito Pérez, el socialismo utópico, la economía de mercado, la generación espontánea, los viajes hacia atrás en el tiempo, la ciencia infusa, los votos matrimoniales, el amor eterno, la heterosexualidad de los franceses, la objetividad de los medios de comunicación, la paz mundial o Dios. Sin embargo, nos empeñamos en actuar como si los jueces no supieran nada de los políticos y viceversa y seguimos acicalándonos para ir a la iglesia todos los domingos y fiestas de guardar y permitiendo que nuestros hijos malgasten su tiempo y su ilusión en redactar largas cartas que ningún rey de Oriente recibirá. Mal hecho.
La de juez es una profesión llena de alicientes: se cobra un dineral y eso de tener la vida y el futuro de la gente en las manos y poder mandar a chicos y mayores a la trena y liberar a quien a uno le parezca para que ocupe el hueco que aquéllos dejan en la sociedad debe de ser un placer sólo comparable al que experimentan los reos recién puestos en la calle por decisión judicial al abandonar la jaula para dejar sitio a los nuevos perjudicados por una sentencia firme que implique insoslayable privación de libertad. Estoy convencido de que si además de disfrutar de los desmadrados privilegios que la legislación les otorga pudieran ejercer con tranquilidad su libre albedrío y gozar en público y en privado de su hoy solamente teórica independencia de los partidos políticos, los conspicuos miembros de la judicatura serían sin duda aún más felices de lo que en los para ellos prósperos tiempos que corren son y dictarían con juvenil voz autos benévolos y luminosos que nos harían sonreír a boca llena o incluso aplaudir con febril y poco disimulado entusiasmo a todos y a todas, inocentes y culpables.



