
Soy un hombre soberbio y orgulloso y creo que se me dan muy bien la mayor parte de las cosas y presumo de ello en voz alta en cuanto tengo la oportunidad de hacerlo, pero sin embargo me considero infradotado para determinadas actividades, sobre todo aquellas que requieren mantener la concentración durante periodos largos de tiempo, atender a varios estímulos sensoriales a la vez y utilizar simultáneamente los pies y las manos. No valgo para conducir y por lo tanto no se me ocurre, por una cuestión de ética y responsabilidad en general, ponerme a los mandos de un coche utilitario o deportivo y mucho menos a los de un autobús de dos plantas o un camión de cuatro ejes, ya que según tengo entendido éstos son los más grandes de entre los vehículos de su categoría y los que más problemas pueden ocasionar al conductor prójimo y mayor devastación pueden sembrar en la carretera y sus alrededores en el infortunado caso de que se produzca un accidente de circulación.
La experiencia que ya voy teniendo en el trato casual o cotidiano con el resto de la Humanidad me lleva a pensar que los demás integrantes de ésta, en su mayoría, y dejando a un lado a los pilotos de carreras y los habilidosísimos ladrones de autos que salen sin cesar de la inagotable cantera de nuestros barrios marginales, tampoco son capaces de conducir como Dios manda, esto es, sin hacer peligrar con cada maniobra su propia vida, que a decir verdad me la trae floja, y la de los demás, que me importa bastante más en tanto en cuanto al hablar de ella estoy hablando también de la mía y de mi casi segura muerte, y a explicarme el porqué de las altísimas cifras de siniestralidad que reflejan los datos que los locutores del telediario leen con voz monótona un lunes tras otro después de repasar los faxes que alguna oscura secretaria con el corazón ya helado envía a la redacción de informativos desde las oficinas de la Dirección General de Tráfico. Sin embargo, aquí todo el mundo conduce como si realmente valiera para hacerlo y se lanza a la carretera con el aire confiado del que conociendo a la perfección los pasos del fox-trot saltara a la pista de baile de una sala de fiestas de los años veinte.
Si la memoria no me falla, que probablemente sí, los accidentes de tráfico causan más muertos al año entre los miembros de determinados sectores de la población que los infartos de miocardio, el cáncer o el SIDA. Ponerse al volante del coche un sábado por la noche es más peligroso que practicar el sexo anal con un enfermo diagnosticado de hepatitis C sin utilizar el preservativo. Aprovecho esta tribuna para solicitar a las autoridades competentes el inmediato inicio de una campaña masiva de prevención de las conductas de riesgo al volante, es decir, de cualquier tipo de práctica automovilística, incluyendo las de arrancar, meter primera, segunda y sucesivas marchas, acelerar, frenar y por supuesto operar con el embrague, y a la Iglesia la inmediata condena y prohibición de todo acto de pilotaje salvo los realizados dentro del matrimonio, que habrán de llevarse a cabo sin cinturón de seguridad ni protección de ninguna otra clase y preferentemente de noche y con las luces largas, cortas y de cruce apagadas.


