jueves

Cánones


Pues yo a la Elsa Pataky la veo un poco demasiado fondoncilla. No es que me desagrade como objeto ornamental y mucho menos como ser humano, pero la verdad es que me excita más el rollo desnutrido: si no temiera la airada y probablemente justa reacción de la directora del Instituto de la Mujer, diría que las anoréxicas son unas jóvenes admirables a las que no importa poner en peligro su salud en exclusivo beneficio de la Belleza y que para mí esa es la máxima expresión del amor al Arte, en el sentido amplio de las palabras amor y Arte. Cada uno es como es, y yo siempre me he contado entre los que prefieren la sutileza a la rotundidad y lo etéreo a lo corpóreo: discrepo en este punto y no sé si en alguno más con los pintores flamencos del siglo XVII, que perdían el culo por chicas con el porte aproximado de una yunta de bueyes, contundentes damiselas que hoy tendrían serios problemas para ser aceptadas por sus compañeras de colegio y todos los papeles para ser señaladas como el vergonzante prototipo de ciudadano que no sabe comer en los programas sobre nutrición de la tele. O era eso o que, al igual que sucede ahora, las modelos flacas cobraban diez o veinte veces más que las otras y los por definición apurados artistas plásticos del momento no se podían permitir el asiático lujo de contratarlas y por culpa del vino y de su obligada fidelidad a una dieta baja en fósforo no se hallaban en condiciones de pintarlas de memoria.

Sí, estoy ciegamente a favor de las maniquíes livianas como plumas de cisne y opino que el impedirles que desfilen en las más selectas pasarelas es un ejercicio de discriminación de la peor especie. Es posible que con su delgadez estén dando un mal ejemplo a la juventud, pero eso es precisamente lo que han venido haciendo los Rolling Stones durante los pasados cuarenta y cinco años y sin embargo les tendemos la alfombra roja allá por donde van y para completar la jugada arrojamos a sus pies flores y pétalos de rosa. Los Beatles. Los Beatles también eran una referencia harto perniciosa para los adolescentes de su época y mire usted en el altísimo concepto que se les tiene ahora a los cuatro. No podemos andar denostando a lo tonto y a lo loco a la gente para después encumbrarla al cabo de los lustros porque si lo hacemos perderemos credibilidad y nos tomarán por una especie de veletas estéticos e intelectuales y tiraremos por la borda todo el crédito que nos hemos ido ganando con los años como jueces de lo que mola y lo que por el contrario no mola y nadie ya confiará en nuestra capacidad de discernimiento. Si vamos a machacar a las indefensas niñas escuálidas de la moda, hagamos antes hondo examen de conciencia y cerciorémonos de que pasado mañana no vamos a sentir el impulso de rectificar y ponerlas por las nubes, como por cierto opino que se merecen.

Creo que si me viera forzado a escoger entre la deglución de un bocadillo de jamón serrano y la pasiva contemplación del palmito de una modelo postadolescente rumana y no hiciera más de tres días que ingerí la última reconfortante ración de alimento sólido o de sopa caliente me decantaría sin dudarlo por la segunda alternativa, y lo más maravilloso de todo es que estoy seguro de que si ella tuviera que elegir entre el mismo sabroso bocadillo y cualquier otra vianda que engorde un poco menos incluyéndome por supuesto a mí también se decidiría por la opción B: vivimos en un mundo complejo y las personas y animales que según nuestro criterio nos resultan atractivas se rigen a su vez por un canon en el que en el mejor de los casos pues igual hasta ocurre que entramos nosotros y ahí es justamente cuando surgen como margaritas de entre el barro el fiero deseo y la carnal pasión. Las cosas casi nunca son blancas o negras y por lo general están sobriamente teñidas de toda una gama de grises y para colmo de confusiones aquí cada cual ve los colores de una manera y lo que para unos es amarillo que tira a verde para otros es más bien lo contrario. Aun a sabiendas de que la frase no termina de tener sentido y de que por lo tanto llevará a confusión a los lectores silábicos diré que todos somos daltónicos de nosotros mismos: hay una ley natural según la cual a nadie salvo a los hombres retorcidos de veras le puede parecer que sus hijos y nietos sean feos ni que el objeto de su desinteresado amor esté innoble y toscamente gordo o flaco como un galgo hambriento y no merezca desfilar donde le venga en gana o ser fotografiado en primer plano y sin recibir previamente la humanitaria visita de un hábil maquillador homosexual.