
Dicen los ingleses, que son los que lo inventaron, que el fútbol es un deporte de nobles practicado por plebeyos, y a mí me parece que no les falta razón, pues por un lado eso de tratar a la gente y a los objetos a patadas siempre ha sido una cosa muy aristocrática y por otro la plebeyez de la mayor parte de los futbolistas que conozco por referencias o en persona es algo que está fuera de toda duda. Los mismos ingleses sostienen que en cambio el rugby, un juego paralelo al primero cuyas reglas ellos también se entretuvieron en fijar, es un deporte de patanes practicado por caballeros, y viendo la planta y la jeta de los jugadores no seré yo el que ose llevarles la contraria en esta afirmación ni en ninguna otra, sobre todo considerando que los caballeros acostumbran a tener estudios universitarios y por lo tanto son perfectamente capaces de averiguar con una rápida revisión de la cabecera de este texto cómo me llamo y con un par de sencillas reglas de tres dónde vivo.
El futbolista medio no será un aristócrata, de acuerdo, pero tiene la ocasión de convertirse en un nuevo rico que además de disfrutar de la bendición del dinero goza de la equívoca caricia de la fama y algunas veces incluso la aprovecha: eso no le convierte en un gentleman pero le permite pagar a una legión de pelotas para que le repitan constantemente que lo es, justo lo contrario de lo que hacía el César al contratar bufones para que le recordaran entre tiento a la pata de cordero y mordisco al racimo de uvas que no era más que un simple mortal. Así, el popular deporte del balompié se puede convertir en un trampolín social para quienes lo practican, que en muchos casos pasan de jugar a las tragaperras en los billares del barrio a codearse con lo más florido de la ‘jet’ en exclusivas fiestas ibicencas, pero no en un medio de redención cultural: en los saraos de moda el futbolista se sigue comportando como el sencillo buscavidas que trataba de engañar al chico de la riñonera de cuero que da el cambio tras la ventanilla para sacarle unas monedas y echarse otra partida al Tetris, lo cual hace por cierto que se integre al instante con el resto de los poco cultivados ricachones y que encaje de maravilla entre ellos.
Si la Naturaleza lo dota de una pierna musculosa con la que patear balones con la fuerza y colocación necesarias para hacer que la meritoria estirada del guardameta sea infructuosa, ya puede olvidarse uno de pasar largas tardes ante los áridos libros de texto y de preocuparse por aprender a leer, escribir y hablar como Dios manda, pues se hallará en condiciones de acceder a todos los lujos imaginables sin necesidad de poner en práctica estas mundanas habilidades: hay mucho odio y bastante envidia en mis palabras y en mi corazón, es cierto, y si les recitara en vivo y en directo el presente párrafo ustedes advertirían en el quebrado timbre de mi voz un inequívoco matiz de resentimiento y un deje triste y amargo, pero esta mi desoladora circunstancia no le resta ni un punto de verdad a mi aserto ni hace que la realidad sea ni siquiera un poco menos terrible.
Con lo que un repeinado jugador del Madrid gana en un año yo podría montar un hospital en Biafra y vivir como un pachá durante una década con la pasta que me sobre. Para ello tendría que ponerme en evidencia contestando obviedades llenas de anacolutos en todas y cada una de las concurridísimas ruedas de prensa que se celebran después de los partidos, pero ese es el pequeño impuesto que hay que pagar para tocar el Cielo de los elegidos con las dos codiciosas manos: todo hombre tiene un precio, y yo estoy dispuesto a entregar en una bandeja de plata mi dignidad a cambio de la oportunidad de llevar una vida más placentera que la modesta pero honrada y por supuesto anónima existencia que hasta el momento vengo arrastrando por esos cafetines y esas bibliotecas y poder codearme con los ricos excéntricos y los artistas de variedades en la zona VIP de las discotecas donde atruena la inframúsica que pone banda sonora a las actividades sociales de la gente de posibles y aspirar a que un día ese desaseado sujeto con perro y flauta a quien bien los padres que lo concibieron una noche negra de tormenta o bien un enemigo cruel y traicionero con mano en el registro civil o la discográfica dieron en bautizar como Melendi me dedique una canción rebosante de llanos elogios que haga que mi nombre y mi imagen estén por lo que queda de siglo en los labios y en los sueños de todas las muchachitas.