martes

Arsa: elecciones con duende

El domingo 22, los andaluces tendrán que hacer caso a su himno y levantarse para ir a votar. Aquí presentamos a los tres principales candidatos

Sé que vosotros veis nuestras elecciones como una especie de maratón televisivo de Los Morancos, pero a los andaluces nos interesa mucho lo que pueda ocurrir en ellas. Estoy de acuerdo en que los candidatos son como de chiste de Pepe Da Rosa y en que cuando hablan uno se arrancaría por palmas si no se hubiera quedado helado por lo que acaba de oír, pero os rogaría que nos tomarais en serio. Tenemos nuestro corazoncito y además lo que nos pase hoy les puede pasar a los demás mañana. Somos el burbujeante tubo de ensayo de la democracia y os conviene estar atentos por si explotamos, o por si, por el contrario, el contenido del vaso se revela como una líquida piedra filosofal capaz de convertir el plástico duro de la desesperanza en el oro de la salida de la crisis, que el Hado es caprichoso y nunca se sabe. Lo bueno de las regiones periféricas es que uno puede estudiar lo que pasa en ellas con cierta distancia emotiva que facilite el análisis, y Andalucía es tan periférica como ninguna, aunque secularmente se ha mantenido al margen de veleidades independentistas y sus habitantes no hemos tenido el empuje necesario como para inventarnos un idioma propio en el que subrayar el hecho diferencial. Eso nos convierte en una Miniespaña casi perfecta, que comparte un gran número de genes con la España global y es por ello tan apta para la experimentación social como lo pudiera ser un ratón de laboratorio perezoso y bajito. Venced vosotros la pereza, despertad de la siesta de la razón y asomad la cabeza por encima de la valla del cortijo para conocer a nuestros candidatos.

Susana Díaz lleva las de ganar porque en Andalucía siempre gana el PSOE, porque es la actual presidenta inelecta, lo cual le ha otorgado una visibilidad que de momento no se ha vuelto en su contra, y porque responde a una tipología de probado tirón electoral en estas tierras. A los andaluces nos gustan los políticos cercanos, y preferimos mil veces votar a la frutera que a un notario porque nos identificamos más con ella que con él. Susana Díaz no es una frutera de mercado tradicional al estilo de Celia Villalobos, triunfadora de signo opuesto que se mantuvo durante años en la alcaldía de Málaga antes de ascender al olimpo nacional y que aun hoy sigue regalándonos momentos grandiosos, sino más bien una dependienta de gran superficie, que manipula las berenjenas con guantes de plástico y siempre da las gracias al cliente con la fórmula que marca la empresa. Tradición y modernidad. Acento cerrado y desprejuiciados anacolutos, sí, pero también pseudotecnicismos y muletillas de diseño. Un caballo ganador, y con esto no estamos haciendo alusión a su dentadura, cuyo impacto visual no le alcanza como para convertirla en recurso publicitario, como lo fueran la ceja de ZP, el bigote de Aznar y la colosal cabeza de Chaves o lo es la coleta de Pablo Iglesias. Susana, además, tiene el suficiente desparpajo, probablemente derivado de la inconsciencia, como para mirar a los ojos del elector y decirle que ella no sabía nada de todo aquello de los ERE sin que la vergüenza haga que la voz se le quiebre y el rubor aflore a sus mejillas, y eso en la política moderna es un activo.

Juan Manuel Moreno Bonilla es más nuevo en esto y no se le conoce demasiado. Criado a bellota en las Nuevas Generaciones del PP de Málaga, saltó a la fama doméstica hace unos años, cuando se descubrió que su brillante currículum era una creativa invención suya o de su equipo de asesores. Algo como lo que contaban que hizo Monedero, pero en esta ocasión de verdad y a lo grande. Moreno Bonilla presumía de tener una licenciatura en Dirección de Empresas y un máster en algo por el estilo que luego resultó que no existían. Hace un par de años, ya cuarentón, obtuvo un grado en Protocolo y Organización de Eventos, que a mí me suena a eso de poner la cuchara a la derecha y el tenedor a la izquierda, y es que ahora se le llama grado a cualquier cosa y hay titulaciones que avalan las habilidades menos universitarias que a uno se le puedan ocurrir. El dato más estremecedor del historial académico de este buen señor es el que dice que, previamente a todo, es decir, previamente a casi nada, inició y no consiguió acabar la carrera de Psicología en la UMA. A juzgar por las fechas que constan en el informe con el que me he documentado, en la Facultad debió de coincidir con otras tres luminarias como El Malaguita de la película Torrente, Pablo Pineda y yo mismo. Él no terminó y nosotros tres sí. Yo lo hice borracho y os aseguro que es muy, muy fácil. No obstante, el Universo tiende a ordenarse solo y ofrece segundas oportunidades a quienes las merecen: la actividad parlamentaria andaluza no es muy exigente, y si Moreno Bonilla no fuera elegido presidente tendría tiempo para estudiar algo por las tardes y volver a ser el hombre de provecho que un día fue en la ficción curricular.

Teresa Rodríguez es la cabeza de lista de Podemos. Es visualmente todo lo contrario a Moreno Bonilla, y si uno los pone juntos se da cuenta de que son como los protagonistas de Ocho apellidos vascos, aunque con ellos no hay necesidad de cruzar Despeñaperros para apreciar el choque de mundos: son dos planetas que orbitan, giran y se bambolean en ese soleado microcosmos que hay al sur de Sierra Morena. Teresa es de Cádiz, pero encarna ejemplarmente a la joven vecina de Getxo que casi todos llevamos dentro y que siempre está a punto de prenderle fuego a un contenedor de basura, y a Juan Manuel es difícil imaginarlo sin una medalla de la Virgen del Rocío colgada del cuello, una pulsera con la bandera de España en la muñeca y un rebujito en la mano, lo cual da bastante más miedo que lo otro, o al menos me lo da a mí que soy bastante descreído con las tradiciones. Hace no mucho, Teresa Rodríguez apareció desnuda en unas fotos robadas que corrieron por Internet y saltaron a los medios de comunicación convencionales, siempre atentos a la actualidad, pero luego resultó que la de la foto no era ella, igual que las licenciaturas de Moreno Bonilla no eran licenciaturas. El posible elector de Teresa se habrá sentido así subconscientemente defraudado, sobre todo si llegó a recortar y guardar en la cartera la instantánea, y eso, en unos tiempos en los que se valora tanto la autenticidad, es un lastre para ella. Si la foto nos promete Teresa y en realidad nos está dando un clon anónimo y depilado, ¿qué no ocurrirá cuando estos chicos lleguen al poder?

Díaz, Bonilla y Rodríguez se reparten prácticamente ellos solos esos gráficos multicolores de quesito que alegran las páginas de los periódicos y las pantallas de los diarios virtuales en estas fechas. Los otros contendientes carecen de opciones reales de victoria. Aunque probablemente tengan nombre y apellidos, los andaluces no los conocemos y tal vez nunca los lleguemos a conocer, dadas las perspectivas, que no son benévolas con sus aspiraciones. El campeón de IU es víctima de la invendible trayectoria reciente de su formación y del auge de Podemos, y el candidato de Ciudadanos andará lamentando que la campaña no sea un par de meses más larga para confirmar el ascenso que su grupo muestra en las encuestas. Los demás viven con aún menos alegría: el de UPyD estará buscando el modo de explicar a sus hijos su fracaso usando al mismo tiempo un argumento y el contrario, para hacer honor a la difusa y acomodaticia ideología de su partido, el de VOX matará el rato construyendo murallas mentales que nos salven de la invasión árabe, el comunismo y los masones y el del Partido Andalucista se consolará recordando ese pasado feliz en el que sus correligionarios eran unos comparsas con cierta presencia pública que al menos tenían asegurado el subir al casi testimonial tercer peldaño del podio. Alguno de ellos podría alcanzar a última hora el estrellato y perder la condición anónima por la vía de los pactos postelectorales: en este terreno, el que parte con ventaja es el de Ciudadanos. ¿Quién no querría pactar con un ciudadano? Los ciudadanos están precisamente para eso y para ayudarte a cambiarle una rueda al coche. O para darte unas clases de pesca. 


Publicado originalmente en El Estado Mental

La Croqueta

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jueves

El apoyabrazos

No sé si han montado alguna vez en autobús interurbano. Lo peor de este medio de transporte es que te obliga a viajar con un compañero de asiento, que viene a ser algo bastante parecido a un siamés. El azar hace girar su ruleta caprichosa y empareja a todos los viajeros por unas horas o unos cientos de kilómetros. Es como cuando jugábamos en el colegio a eso de la botella y esta jamás señalaba a la persona que queríamos (peor aún era cuando sí la señalaba y ella salía corriendo despavorida, pero de ese drama hablaremos en su momento). Lo bueno y lo malo del autobús es que si la botella apunta hacia ti, no te puedes echar atrás y tienes que apechugar con las consecuencias. El autocar no nos une para siempre, pero sí lo hace por períodos más largos que ciertos matrimonios, y aquí la opción de divorciarse no existe (a no ser que haya sitio libre al fondo) y la de ir a por tabaco tampoco se contempla.

Generalmente, lo único que nos separa de nuestro compañero de asiento es un apoyabrazos de plástico, que puede o no ser abatible. Pues bien: en el control de este apoyabrazos está la clave de la comodidad del recorrido. El apoyabrazos es el peñón de Gibraltar de los desplazamientos interprovinciales y su ocupación tiene un alto valor estratégico. Quien posa el codo en él, condena a su rival a pasar el viaje con los hombros encogidos, replegado sobre sí mismo y sumido en sus negros pensamientos, y se asegura en cambio un relativo desahogo postural que hará que la prosaica odisea que se avecina sea un poco más llevadera. El apoyabrazos es un territorio vital tan codiciado como la franja de Gaza, y creo que el símil geográfico es más pertinente que el anterior, porque los tíos que se te sientan al lado en estos autocares casi siempre son moros, aunque no resulta del todo descartable que en la rifa te toque en gracia un simio, si bien lo normal es que se trate de uno más parecido a un orangután que a cualquiera de esos monitos que alegran con sus juegos y pequeños hurtos la vida en la colonia británica.

La ocupación del espacio conflictivo se suele realizar con disimulo: aprovechando un bostezo con desperezamiento, se estira uno y luego deja caer el brazo sobre el objetivo, esto es, sobre el reposabrazos. Igual que los adolescentes de las comedias americanas hacen cuando van al cine con sus ligues para echarles la mano al hombro, pero con un fin muy diferente, no erótico, sino supervivencial: no es un furtivo lote entre las brumas, con viable aunque improbable paja como guinda, lo que está en juego, sino algo mucho más trascendente. Como decían en aquella otra película de boxeo, esto es una cuestión de dignidad: tratamos de ganarnos la nuestra arrebatándole al contendiente la suya. Pero la gloria del vencedor y la vergüenza del derrotado en esta pugna no son tan efímeras como en el cuadrilátero: si tras un combate de pesos pesados a doce asaltos se cumplimenta el ritual de levantar el puño del vencedor ante su cabizbajo adversario y después se manda a cada cual a su casa, aquí el vencedor y su vencido son obligados a permanecer juntos, bajo el mínimo foco de la lámpara de lectura, tomando conciencia de quién es quién y de todo lo que ello implica, durante cinco, seis, siete interminables horas, el tiempo que el autobús tarda en alcanzar su siempre lejano destino, tras traquetear por las autovías con la velocidad de un vehículo que transita caminos vecinales.

El viaje, por lo común, se realiza en silencio. Durante el mismo, nos convertimos en una especie de discapacitados globales, condenados al mutismo y la inmovilidad, aunque por desgracia no privados del sentido del olfato, y como a tales sólo nos queda resignarnos y matar las horas viendo caminar a la gente que sí puede en la película del televisor de a bordo, suponiendo que lo haya, mientras intentamos olvidarnos de la presencia del odioso tipo de al lado, sobre todo si nos ha ganado la partida, y rezamos porque se baje en alguna de las paradas intermedias. Es posible aprovechar una de estas, si es de las que incluyen descanso de quince minutos para estirar las piernas y tomar café en un área de servicio, y dar un golpe relámpago de Estado que revierta el orden de las cosas: basta con volver al vehículo antes que el enemigo y esperarlo cómodamente repantigado, con una sonrisa que tanto puede ser de saludo como de superioridad, para disfrutar a partir de entonces de las mieles del triunfo y una postura más cómoda. Pero no es usual que esto ocurra: la posesión del apoyabrazos le infunde a uno moral, como si en lugar de un cacho de plástico fuera la mismísima espada Excalibur recién arrancada de la roca, y le hace sentirse tan superior al rival (abrumado y desmoralizado, a su vez, por la ignominiosa derrota) que lo más frecuente es que el statu quo se mantenga hasta el término del trayecto.
                                                                                    
Entonces, al final del recorrido, llega el momento del adiós. El ganador y el derrotado (siempre hay uno de cada clase en una pareja) se levantan, se estiran, ahora con sinceridad, para desentumecerse, recogen su equipaje de mano (uno de los dos se lo puede alcanzar al otro, en ofrenda sumisa o regalo de desagravio) y se despiden con gesto más o menos hosco. Del autobús se apean treinta campeones y otros tantos perdedores, con la frente alta o meditabundos, según corresponda a su condición, que descienden a un mundo donde la guerra y la pareja serán algo muy diferente a lo que han sido durante las últimas horas. La gran botella de la vida girará para buscarles amores que duren más que un viaje y ellos, irremediablemente, tendrán que pelearse aquí y allá por ganarse un apoyabrazos conceptual, ficticio, metafórico, hecho del mismo material con el que se forjan los sueños, porque si alguna moraleja extraemos de este texto es que para estar bien casi siempre hay que fastidiar a algún vecino y para quedarse a gusto no hay nada como molestar un poco al prójimo.

lunes

Proletariado


A pesar de lo que pudieran sugerir mi elegante indumentaria y mis exquisitos modales, formo parte del proletariado, y eso me obliga a ingerir periódicamente raciones completas de huevos con patatas y chorizo y a ponerme ciego de vino en cartón. Uno ha de ser fiel a su clase y no debe dejarse seducir por las tentaciones que abundan en los mundos que no le pertenecen: mi innata elegancia y mi apostura me han abierto mil veces las puertas de los salones de la alta sociedad, pero nunca he caído en la trampa de creerme un miembro de pleno derecho de la misma y siempre he recordado que mi cuerpo pertenece a las comunitarias calles (y mi estómago a los establecimientos que ofrecen menú económico a cinco euros y que dejan que el hambriento repita el primer plato).

Aunque algún bromista con acceso al ropero de una señorita vista a un mono hembra con prendas de la más fina seda, éste seguirá siendo un mono y conservará su tendencia a comer plátanos y su costumbre de defenderse arrojando sus propios excrementos a aquellos que osen acercarse por sus dominios. Cada uno es lo que es y será inútil que luche por aparentar que es otra cosa, pues siempre habrá un gesto, un lapsus o un desliz de distinta naturaleza que lo delate. Lo mejor es aceptar las desgracias con deportividad, asumirlas según van viniendo y alzar la frente para admitir ante el mundo con real o fingido orgullo lo que hay: a todos digo aquí y ahora y para que quede constancia de ello lo hago por escrito  que yo soy proletario y obrero en el sentido amplio de la expresión, ya que mis delicadas manos no me permiten serlo en el otro.

Es cierto que el hábito no hace al monje, aunque ayuda mucho a reconocerlo, y mis cuidados ropajes no deben confundir a nadie: soy un peón del pueblo oprimido y albergo en mi fuero interno tanta ciega ira contra el clero y la patronal como es posible desde el punto de vista médico. Cuando veo a un tipo vestido de etiqueta fumarse un habano de los buenos siento incontrolables impulsos homicidas, y me pasa algo muy parecido cuando me presentan a alguien con nombre raro y apellido compuesto. Opino que la guillotina fue el invento más útil y revolucionario de su época, y mis deseos de tomar nuevamente La Bastilla sólo son comparables a los de hacer lo mismo con el Palacio de Invierno, cuidando esta vez de que no se escape ninguna infantil y adorable Anastasia por la puerta de atrás. Los proletarios somos así y la enseñanza secundaria obligatoria no va a cambiarnos.

Soy capaz de tararear la Internacional de corrido y puedo levantar el puño izquierdo con tanta convicción como el que más, que creo que hoy por hoy sigue siendo Fidel Castro, un hombre al que por cierto sí perdono que fume todos los puros habanos que quiera y la salud le permita. Me sé al menos veinte chistes verdes sobre la monarquía, que probablemente harían reír como niños a estos afables Borbones a quienes nadie confundiría con una familia de obreros (aunque salieran todos juntos a la calle en camiseta interior sin mangas y con un casco amarillo y una riñonera), y puedo cantar el himno de España de cabo a rabo sustituyendo la añeja y mil veces recordada letra de Pemán por esa otra tan graciosa en la que aparece el mismo Franco y se hace alusión a una marca de detergente.

Ya voy olvidando los eslóganes anticapitalistas porque el tiempo no pasa en balde y el contenido lírico de las manifestaciones de los últimos años se ha vuelto un tanto ecléctico, pero pongo a Lenin por testigo de que conocía un buen montón y acostumbraba a entonarlos con seguridad y entusiasmo en cuanto se me presentaba la oportunidad, en ocasiones valiéndome de una melodía de apoyo y un megáfono para subrayar la innegable verdad que había en ellas. Todavía tengo conciencia de clase, que es la forma de conciencia más superficial y menos comprometedora que existe pero que es conciencia al fin y al cabo, y eso en los tiempos que corren no es poco: soy consciente de cuál es mi papel en el trágico teatro de la vida y del modesto lugar que ocupo en la empinada pirámide social, y me paseo por los clubes hípicos y me pavoneo en las recepciones del embajador con el aire chuleta y confiado del que sabe que puede beber como un cosaco (y pasarse con la gente tanto como le apetezca) porque no le importa un pimiento que los guardas jurados lo levanten por los sobacos y lo pongan de patitas en la calle.

domingo

Semáforos


El silbido con que el semáforo acompaña la señal verde que permite cruzar al peatón me recuerda al de un hombre que llama a un perro. El semáforo nos silba y nosotros cruzamos, solícitos, la carretera, apretando el paso como si al otro lado nos esperase una golosina. El semáforo es nuestro amo, y seguimos sus órdenes sin cuestionar ni por un momento su oportunidad. Nos dice “Venid, bonitos, venid” y allá que vamos, sin detenernos un momento para mirarnos y decir “Eh, pero ¿qué es esto?”. Somos el perro de Pavlov de la Dirección General de Tráfico, que hace con nuestros cuerpos lo que quiere. Títeres. Usted es un títere, señora, un muñeco articulado que se juega una fractura de cadera al correr sobre el asfalto mojado cada vez que una máquina con luces de colores se lo ordena. Su caso es comprensible porque la última vez que oyó un silbido humano por la calle tenía treinta años y de eso hace otros tantos, y la nostalgia y el querer volver a ser lo que uno fue son dos estímulos poderosos que a veces nublan la razón, pero ¿yo? Yo cruzo aún más rápido, con toda la velocidad que me permiten mis jóvenes piernas, hacia el semáforo exigente. Aquí estamos los dos, pasando del trote al galope porque el semáforo se impacienta y empieza a meter ruido del bueno. No es una carrera entre ambos, sino una prueba contra nosotros mismos y una cuestión personal con algo que no es una persona: corremos porque no podemos decepcionar a ese autoritario y callejero mueble, a quien le basta con silbar para conseguir que obedezcamos, cuando a un guardia urbano de los de siempre se le exigían también gestos y profusión de manoteos. Da la impresión de que respetamos más a un montón de hierros y de cables que a un padre de familia que llevaba porra y estaba autorizado para arrearnos con la misma, de cintura para abajo, a la primera salida de tiesto, y el reflexionar sobre ello nos puede ayudar a entender a qué incomprensible punto de degeneración están llegando las cosas.

Mírese, señora, y míreme a mí. Parecemos los camellos mecánicos de esa vieja atracción de feria, que corrían a medida que el jugador iba lanzando pelotas a un agujero voraz, pero aquí nadie tiene que afinar la puntería ni dejarse los cuartos para que movamos el culo: cada silbido del semáforo es una bola que da en el blanco y nos obliga a caminar a toda prisa. Somos víctimas de la tecnología que hemos creado (usted no ha creado nada, lo sé, pero permítame la licencia), más en concreto estamos siendo sojuzgados por una desgarbada máquina con vago aspecto de ayuda de cámara inglés, un mayordomo mecánico que se ha acostumbrado a mandar y nos ordena la vida en lugar del cajón de las corbatas. Este robot vertical y pasivo ha dado un discretísimo golpe de Estado, ha ocupado las calles sin que se note y de momento lleva todas las de ganar en una batalla que nadie sabe que existe. A nosotros sólo nos queda oponernos a la dictadura de las máquinas con las armas que tenemos, es decir, desarmados: abrazar una resistencia pasiva que tarde o temprano desembocará en una ola de atropellos que diezmará más nuestras filas cuanto más prietas estén. Eso o resignarnos a seguir las reglas del juego y correr como conejos cuando se nos manda, que es, dese usted cuenta, lo que estamos haciendo en este preciso instante: apretemos el paso, señora, que ya vuelve a silbar el hombre de hierro, sigamos sus órdenes aunque sepamos que al alcanzar la meta no vamos a recibir una medalla, ni una felicitación ni absolutamente nada y que, como de costumbre, las prisas solo nos servirán para descubrir que esta vez tampoco hemos llegado a ninguna parte.

jueves

Cacas de perro

La ley obliga a los propietarios de perros a recoger sus cacas de la calle. Como lo oyen. En caso de que no lo hagan, se arriesgan a ser duramente multados y a sufrir la desaprobación de los vecinos. Esta situación jurídica hace que sea frecuente ver a señores hechos y derechos arrodillados en la acera y toqueteando una caca de perro con la única protección de un guante desechable. Esos hombres recogen el mullido residuo de la digestión de sus mascotas y dejan la dignidad en el lugar que este ocupaba. Es posible que elijan horas inauditas y parajes recónditos para llevar a cabo el ritual, pero ninguno de ellos estará completamente seguro de que no lo vaya a ver un niño, un vecino o la joven que, si lo hubiera conocido en cualquier otra situación, habría podido llegar a ser la mujer de su vida.

 Es cierto que, en una mañana fría, el tacto en la mano de una majada recién puesta, cálido a través del finísimo plástico, puede resultar turbiamente reconfortante, pero este dudoso placer no compensa la pérdida de fuerza moral que el hombre experimenta cada vez que consuma el acto bochornoso. También lo es (cierto) que existen una especie de recogedores automáticos que facilitan la tarea al condenado, y que le permiten mantenerse erguido durante el proceso y prescindir de relacionarse directamente con el controvertido producto orgánico, pero esto no es más que un modo de encubrir la humillación: un hombre que trinca una bosta con una pinza unida a un palo sigue siendo un hombre que trinca una bosta, por más que interponga higiénicos objetos entre él mismo y su destino y finja que maniobra con naturalidad e indiferencia.

 Prefiero un millón de veces ver la calle sembrada de excrementos (que son un abono inmemorial y la prueba de que hay vida en el asfalto) a asistir a la genuflexión diaria del propietario del perro de turno. El civismo y el amor a los animales son dos cosas que están muy bien, pero no justifican determinados gestos. Ninguna ley debería forzar a un hombre a coger cacas en público y nada debería obligarnos a nosotros a ser testigos de esa blanda, cotidiana y sibilina vejación. Esquivar de vez en cuando una caca en gallardo slalom es preferible a tener que esforzarse por borrar de la memoria la imagen del mártir arrodillado o aprender a convivir con ella: hay mojones que nos molestan de un modo físico y otros que estorban en la conciencia, y los primeros son más fácilmente saltables o rodeables que los segundos, que se nos vuelven a materializar delante, casi tridimensionales y corpóreos, por más que intentemos pensar en otra cosa.

Democracy

No es que yo tenga nada a favor de la democracia, que me parece una cosa así como proletaria y sudorosa y que, si nos lleva a alguna parte, será a un lugar poco selecto y lleno de familias con dos niños y coche verde, pero oye uno a Cohen recitar su canción y parece que el concepto se dignifica. Porque Cohen infunde verdadera solemnidad a ítems que en principio no la tienen, y lo hace escogiendo con tino de orfebre las palabras, inyectando en ellas la dosis justa de resultón cripticismo y recurriendo, de manera tan invariable como eficaz, a una parsimonia justo al borde de lo exasperante. Cohen nos enseña que hables de lo que hables, si lo haces suficientemente despacio y con una voz apropiadamente profunda (sin incurrir en guturalidades paródicas), el objeto de tu discurso ascenderá a la categoría de lo que merece la pena, caerá sin remisión en el saco de lo que amamos. La eficacia de la maniobra depende de cómo se jueguen las cartas, que es como decir de quién lo haga: en este caso, como en tantos otros, el cantante es tan importante como la canción. Si la chica de Amaral entona histriónicamente la palabra “Tiananmen”, aparte de grima, a uno le dan ganas de pilotar un tanque y llevarse por delante a tres o cuatro estudiantes chinos. Si Cohen la dicta del modo en que acostumbra, con la pausa y la firmeza que requieren los guisos caseros y los polvos de despedida, de repente Tiananmen es algo que me importa, de repente resulta que los chinos se dejaban matar por una causa que tenía algún sentido y de repente la democracia, en fin, es una circunstancia deseable.

La democracia sólo es un estado de las cosas reivindicable allá donde las cosas están en otro estado: no es muy distinta del amor, por ejemplo, material poético de primera pero contingencia vital problemática como ninguna. No es posible poetizar el amor pleno o la democracia consumada sin que el almíbar de la obviedad lo inunde todo y nos ahogue, a no ser que lo hagamos en clave de comedia absurda. A la democracia, además, hay que cantarle muy despacio para que todo funcione: el amor, por su cualidad hormonal y emotiva, sí acepta ganchos pegadizos y estribillos saltarines. Y, como decimos, hay que trovar siempre a su ausencia, a la del amor, a la del gobierno popular: la canción de la democracia es elegíaca por fatalidad y por definición. Cohen se lamenta por la falta de democracia en los lugares a los que no ha llegado y sobre todo en aquellos en los que pretendidamente sí existe, que es como llorar, tan despacio como a uno le es posible, el desamor o el amor falso. Temas, sí, folclóricos hasta el extremo, pero es que la tradición no es sino un compendio de obsesiones intemporales, y ya me dirán ustedes qué hay menos perecedero que eso del querer y no tener o haber perdido. Lo de Cohen, en el fondo, es copla de la de toda la vida, pero en fino y en judío: con una bata de cola uno puede presentarse sólo en ciertos sitios, pero todos convendrán conmigo en que con un Holocausto bien documentado a cuestas se va a cualquier parte.


 Publicado originalmente en el especial sobre Leonard Cohen de Standdart

martes

Vacas


Si tengo que escoger entre el ganado cimarrón y el ganado estabulado, me quedo con el segundo sin ningún género de dudas. Un caballo percherón luce muy bonito piafando sobre una loma, pero todos estaremos más seguros si se le confina en un recinto adecuado. Esta afirmación cobra especial sentido cuando hablamos de animales provistos de esos hirientes apéndices llamados cuernos. Puede resultarnos muy divertida la imagen del pastor persiguiendo, taburete y cubo en mano, a la vaca por el prado con el propósito de ordeñarla, pero la vida será más fácil para todos si el voluminoso animal reside en una casita oportunamente acondicionada para alojar rumiantes.

Hemos heredado un planeta hermoso y nuestra obligación no es la de preservar esa hermosura, sino la de mejorarlo, y en el mundo ideal de mis sueños los seres potencialmente peligrosos están separados de mí por un foso o más de tres pulgadas de metacrilato. Si no son capaces de donar su leche y su miel civilizadamente, y a todas luces parece que en efecto no lo son, habrá que tomar medidas para que la situación siga siendo sostenible, la botella aparezca cada mañana junto a mi puerta, el campo sea un lugar seguro por el que pasear junto a alguien y al ganadero una vaca no le arranque los cojones de una coz cuando este le eche mano a las ubres, y para ello lo más seguro es atarle las patas.

Por supuesto que quiero que el día de mañana mis hijas puedan ver caballos, bueyes y todo tipo de fauna (espero que a mis hijos no les dé por esas sensiblerías y estén jugando al fútbol y a la guerra), pero para eso se crearon las granjas escuela y los parques zoológicos. La historia del mundo es la historia de la lucha de especies y nosotros hemos ganado la pelea: ocupemos con orgullo la cúspide de las pirámides legal y alimenticia y pongamos un poco de orden en el patio antes de que haya un disgusto, sin crueldad pero con la mano firme que se hace necesario exhibir para tratar con las bestias. Porque a ver si os creéis que una piara de gorrinos iba a tener compasión de vuestros hijos lactantes si se los encontrasen a la salida de un bar de moda.

miércoles

Dinero

El tintineo de unos céntimos en el platillo del mendigo cojo activa, como la campana del perro de Pavlov, alguna conexión dormida en mi cabeza y me hace pensar en lo redundante del hecho de que existan las monedas, fraccionarias o no. Desde que el hombre abandonó el franco trueque e introdujo, no sé, los sestercios en el protocolo comercial, la vida ha ganado en impostura y ha perdido en transparencia y en naturalidad. El tener se ha convertido en una metáfora del tener y la riqueza en un concepto abstracto y al mismo tiempo cuantificable, que es una cosa a la que seguro que los matemáticos llaman de alguna forma. En los viejos tiempos podíamos tasar nuestra grandeza utilizando el sistema métrico: las tierras, el trigo e incluso las vacas que uno poseía eran perfectamente expresables en metros cuadrados o cúbicos. Alguien ha conseguido que renunciemos a lo tangible, y probablemente a lo real, y que nos conformemos con exhibir e intercambiar trocitos de papel, como si la vida fuera un gigantesco Monopoly. Es como si de repente nosotros tampoco fuésemos nosotros, sino una especie de 'clicks' de Playmobil a medida del universo económico de bolsillo que hemos creado. Lo que siempre fue un acto físico (trocar o robar alimentos u objetos que nos resultaban necesarios para sobrevivir o nos hacían disfrutar de la existencia) se convierte en un gesto simbólico que en ocasiones ni siquiera precisa de la mediación del billete bancario o la calderilla. Hemos asumido el estado de las cosas hasta el punto de que la mera posesión del dinero como tal, o la constancia de que disponemos de una determinada cantidad en la cuenta de ahorro, aunque no tengamos la intención de comprar con ella nada útil, nos hace tan felices como en el pasado lo hubiéramos sido si nos entregan una choza y cuatro bueyes, y lo hemos asumido todos, incluso aquellos a quienes las circunstancias han dejado al margen del sistema. Porque si al mendigo del plato le doy un par de euros se deshace en reverencias y bendiciones, pero si le pongo en los brazos una gallina lo mismo me persigue a muletazos hasta casa.

Ortodoxia

Si coges La casa de Bernarda Alba, cambias a Bernarda por un travesti y metes tres chistes de pedos, tienes una película de Almodóvar. Si coges La casa de Bernarda Alba, cambias a Bernarda por un San Bernardo rabioso y a sus hijas por un grupo de habitantes de Connecticut, tienes Cujo, de Stephen King. No recuerdo qué teórico sostenía que el número de situaciones dramáticas es limitado y que narrar viene a ser repetir una y otra vez los mismos esquemas, pero coincido con él en que contar una historia es contar otra vez la historia de siempre: tenemos en la cabeza algo parecido a un croquis de cómo deben ocurrir las cosas y nos gusta que quien venga se limite a completar los espacios en blanco. Cuando un perturbado o visionario los rellena con material poco corriente, decimos que ha nacido una vanguardia: entonces nos las damos de sinceros y aseguramos que no entendemos nada o nos ponemos la medalla de que lo comprendemos todo. Al poco, las aguas vuelven a su cauce y el género humano al confort de lo ya sabido, o por lo menos eso es lo que ha venido pasando hasta ahora.

Supongo que este mecanismo es el que hace que los niños exijan que les cuenten siempre el mismo cuento y reaccionen con desconcierto o ira si uno cambia aquí o allá algún detalle, porque si no ya me explicarán a qué responde tan rígida conducta, confirmada por siglos de observación pediátrica. Tratemos con menores o con adultos, proceder contra natura puede ser doloroso, y aunque llega un momento en que la experimentación es necesaria para avanzar, lo mejor es asentarla sobre las bases de lo mil veces probado. La moraleja de todo esto es que, si queremos que la obra de arte que tenemos entre manos funcione, haremos bien en ceñirnos un corsé de ortodoxia bajo la camiseta de la innovación y sacar un solitario pie del tiesto, con el otro bien plantado en tierra fértil. Con eso suele bastar, y con tener los cuatro conceptos básicos claros, algo que no siempre ocurre. Porque Almodóvar cree que una menopáusica que se tira pedos es poesía, y todo el que ha leído a Becquer sabe que las cosas no son así.

lunes

Tenis

El tenis será todo lo deporte de caballeros que se quiera, pero uno cierra los ojos durante un partido y lo que oye, al margen del cloc rítmico del choque de raquetas y pelotas, es una sucesión de gritos selváticos. Gritan los jugadores, grita el árbitro y gritan, tan inarticuladamente como los demás, los jueces de línea. Los centenares, miles de miembros del distinguido público son obligados, en cambio, a guardar un temeroso silencio: no sólo a no gritar selváticamente, sino también a no reírse de los gritos ajenos, a no toser, a respirar sólo cuando toque y sin ostentaciones.

Unos (pueblo, al fin y al cabo) callan como aristócratas tras cita galante y otros (élite millonaria, carne de club de tenis) se conducen como ese energúmeno que anima con gutural ímpetu el Mambo nº 7 de Pérez Prado. Una inversión de papeles que recuerda a una suerte de gala de Carnaval reglada y absurda, que en esta época protagonizan actores como Novak Djokovic, en el papel de perfecto animador de boda de barrio, o nuestro Rafael Nadal, que se atavía como un nativo de las islas Fidji e invierte gran parte del tiempo que pasa sobre la pista en trastear con la goma de su ropa interior, en un gesto parecido al de un indígena del Amazonas que se sintiera incómodo con los primeros calzoncillos que le obligan a usar en el mundo civilizado.

Todo pose, todo posturas para la foto y todo, a la postre, liberadora máscara. Los de la grada, dejando a un lado a las celebridades presentes y a los inquilinos de las localidades más caras, siguen siendo plebe y los de la pista no dejan de ser gente educada y de bien, que, pese al circo y la parafernalia silvestre, arregla sus diferencias manteniendo una prudente distancia y metiendo una red por medio. En el tenis, la tecnología (la red, la raqueta) se interpone entre el hombre y su animalidad. El instinto de golpear la bola, que ni siquiera es el enemigo, sino apenas la redonda metáfora de este, queda mediatizado, suavizado por la presencia de esos dos objetos. No te pego a ti, ni siquiera toco tu pelota: empuño una raqueta, que es a la vez el agente último de la agresión y el gestor diplomático de mi ira. Es normal que con tanta pijada a uno le entren ganas de aullar como un mandril.

domingo

Camarón en Estocolmo

No hay nadie que con dos copas encima sea capaz de negar que si dice que le gusta el flamenco es por una sola razón: porque los gitanos le dan miedo. Que sí, que vale, que ver a un fulano llorando anacolutos en una silla de enea puede tener su gracia y su interés antropológico, pero de ahí a que a uno le entre por la oreja lo que canta va un trecho. Es algo parecido a lo que pasa con el ‘blues’ primitivo: no el que los blancos (y los negros que querían ser como ellos) domesticaron y masticaron en los sesenta, sino el de antes. Robert Johnson grabó unas canciones rasposas e indisfrutables por el oído humano, pero, cojones, era negro, y a ver quién se pone delante de un hermano de Harlem y se caga en sus raíces. Además, adornó su leyenda con historias sobre pactos con el diablo, algo que siempre garantiza la transigencia de la propia generación y de las futuras: nosotros no creemos en estas cosas, pero las dejamos quietas por si acaso. Lo mismo pasa con el ‘hip-hop’, y cuando digo que lo mismo pasa quiero decir que es otra mierda, pero por algo los MC del ramo se preocupan de consignar en sus rudimentarias letras que llevan pistola y son de gatillo fácil, además de tener la piel tirando a café con leche. Que si yo he escrito lo que aquí pone es porque me consta que 50Cents no sabe leer y no se va a enterar de que lo he dicho: si no, otro gallo nos cantara, mejor o peor que él.

Se entiende que todo esto es atávico, una cosa cocinada en el genoma al fuego lento de los milenios: los gitanos de hoy no van a venir a ajustarnos las cuentas porque difícilmente van a encontrar el camino a la civilización desde sus poblados, y los negros no son peligrosos porque están demasiado ocupados intentando que les dejen sentarse en la parte de delante de los autobuses como para pasar a reivindicaciones secundarias, como la de que se aplaudan sus ancestrales gorgoritos. Pero, por difuso que sea, el pavor que infunden sigue ahí, dando lugar tanto a genocidios como a reportajes a cuatro páginas en el Rockdeluxe. Es muy fácil decir que no os gusta Madonna, porque ella, como sus equivalentes del ayer, no tiene dos hostias y sus 'fans' (homosexuales de mediana edad, exclusivamente) son gente centrada que no tira de 'spray' de pimienta o tronchapitos así por las buenas. Pero atreveos con los jinchos y con los morenos, que llevan el peligro pigmentado en la piel, como las avispas. Y sí, ahora alguien dirá que con Camarón se le ponen los vellos de punta y que el sonido de un dobro del Misisipi le hace cerrar los ojos y oler los campos de algodón del viejo Sur. No voy a ocultar que a mí también me pasa, pero seguro que eso tiene un nombre y está relacionado de alguna manera con el síndrome de Estocolmo.

miércoles

MTV

La MTV ha cambiado y, en lugar de emitir sin interrupción videoclips que ilustran éxitos de radiofórmula con imágenes de chicas en actitud insinuante, hace lo propio con ‘realities’ en los que las referidas chicas van más allá de la insinuación gestual y entablan relación física con varones de mentalidad similar a la suya. Esto supone un avance y una adaptación al signo de los tiempos: dejamos atrás a la mujer como icono pasivo y objeto de deseo y le damos voz y papel en el televisado teatro de la vida. De la mujer florero a la mujer flor, que crece y se abre, curiosa y receptiva, al entorno. Lo que no sé es cómo encaja en todo esto el nombre de la MTV, con esa eme inaugural y mayúscula que significa “música”, pero tampoco lo tenía muy claro antes, porque en la mayor parte de los casos las canciones que ponían guardaban sólo una relación tangencial con tan excelso arte sonoro.

Uno de los ‘realities’ estrella de la actual MTV ha sido bautizado con el turbador título de Embarazada a los 16. Cuando una flor se abre al entorno y le da muestras de receptividad suelen pasar estas cosas, y la MTV, que es testigo y fedataria de los hechos que conforman nuestra época, no podía sino dejar constancia de ello. Ojeando la parrilla de la cadena, vemos que en su fuego se cocina otro espacio llamado Teen mom 3, que presuntamente aborda una temática similar, aunque no estoy seguro de que no se trate del mismo, rebautizado así para captar a un público anglófilo.  A este programa le sigue el ‘reality’ Ya no estoy gordo, cuyo nombre arroja suficientes pistas acerca de los pormenores de su argumento. También está ese otro sobre la vida en común de Alaska y Mario Vaquerizo: es una reposición de hace dos o tres años, pero no importa, porque hay personas eternas que son a la vez el ayer y el hoy, la flor y el florero, la adolescente y la madre y el antes y el después del régimen de adelgazamiento.

En España siempre hemos ido con retraso en estas cosas y tradicionalmente recibíamos las novedades culturales cuando en sus focos de origen habían dejado de serlo hace tiempo, de manera que bastaba con encender la parabólica para ver el futuro, es decir, para enterarse de qué tendencia era la que imperaba en la poderosa América y nos iba a apabullar pasado mañana, pero la globalización y la TDT parecen haber cambiado las normas y hoy la ciencia y el progreso llegan a la vez a todos los rincones del universo. Vivimos, por lo tanto, en la zozobra y cualquier predicción acerca del porvenir será arriesgada, en lo que se refiere al mundo y en lo que se refiere a su reflejo en la MTV, cuyos contenidos de 2015 son ahora mismo un arcano. Según la lógica bíblica, a la Sodoma y Gomorra de ‘atrezzo’ en la que audiovisualmente habitamos debería seguirle una lluvia de fuego de guardarropía, pero vaya usted a saber. Yo, precisamente porque la incertidumbre es el signo de los tiempos, auguro una explosión definitiva del ya pujante fenómeno de las pitonisas. Es sólo una conjetura sin mayor fundamento: tres años son muchos y ni siquiera es del todo seguro que Alaska vaya a estar con nosotros para entonces.

lunes

Screenplay by

Lo que hace que las películas resulten más redondas y creíbles que la vida, al margen de la pericia canónica de los guionistas, generalmente escrupulosos con aquello del planteamiento, el nudo y el desenlace, lo que hace, decía, que la película del sábado por la tarde funcione mejor que el propio sábado por la tarde, es la música. O más bien: la adecuación de la música a lo que en cada instante ocurre. En una película, por mala que sea, oiremos música más o menos siniestra cuando sale el malo, música de follar cuando toca follar y música trepidante en los minutos de acción. En la vida real no impera esa lógica y lo más probable es que la agonía de tu abuela se vea amenizada por el reguetón de la vecina de abajo. A las verdaderas rupturas amorosas nadie les pone violines melancólicos y durante las mismas uno sólo oye el runrún de sus negros pensamientos, lo cual, hay que admitirlo, hace que el trascendente momento se parezca a un anticlímax de Lars Von Trier. Con los hitos bélicos ocurre tres cuartos de lo mismo: sin una fanfarria que ayude a clarificar las cosas, uno no sabe si el neutralizar en solitario un nido de ametralladoras es una hazaña o una gilipollez, y lo malo es que los agazapados infantes de marina que ejercen de público tampoco, y así es difícil que recompensen tu arrojo con su aplauso y su respeto. Siempre nos queda el recurso de canturrear entre dientes para ambientar la escena, pero eso nos desconcentraría al avanzar hacia el búnker granada en mano, irritaría aún más a la chica que nos está dando boleto y sembraría el desconcierto entre los testigos del último aliento de la yaya, que seguramente estén acostumbrados a gestionar su aflicción siguiendo procedimientos no musicales. Es una lástima que los días no vengan con auriculares y una lista de Spotify adjunta, como en el cine hay sonido cuadrafónico para amplificar las calculadas intervenciones de la orquesta: una banda sonora bien dosificada subraya las acciones y justifica todas las poses, y una película sin música resulta sosa y ambigua por parecerse demasiado a la vida, que poco más o menos consiste en tratar de romper un silencio incómodo.

Pronto en su ciudad

Protagonista


Me siento muy incómodo en el teatro y los conciertos porque noto que los actores y los músicos me roban protagonismo. Trato de llamar la atención del respetable con aspavientos y gritos estentóreos, pero en los grandes auditorios hay mucho follón y no siempre lo consigo. Para colmo, el servicio de seguridad de estos establecimientos suele tratarme con bastante descortesía y rara vez me deja expresarme con libertad y lucir mi talento al cien por cien.

Con los niños tengo más o menos el mismo problema: todo el mundo los mira y les hace cucamonas y se olvida de que yo estoy allí, vestido con mis llamativas ropas, improvisando ingeniosos comentarios y entonando variados e irresistibles cánticos. El gran público, que no está educado, disfruta con las cosas más tontas y, en general, porque algún éxito sí que he tenido, no sabe apreciar lo realmente sofisticado y bueno.

Los parroquianos y habitantes de los bares y hogares con televisor se empeñan en atender a los comentaristas de los partidos de fútbol o a los locutores de los informativos en lugar de hacerme caso a mí, que les puedo ilustrar con mucha más solvencia sobre las sutilezas tácticas del balompié y la situación política internacional que estos bien pagados profesionales. De nada sirve que yo alce la voz o dibuje croquis explicativos en un folio o una servilleta de papel: sólo les oyen a ellos, e incluso parecen molestarles mis por lo general atinadas intervenciones y hasta mi simple presencia.

Los viandantes dan generosas limosnas a los pedigüeños ancianos o tullidos y en cambio se cruzan de acera cuando yo los abordo con mi hucha, mi estudiada sonrisa y mis pasos de claqué. Las muchachas en edad de merecer y las ajadas bellezas otoñales se enamoran de las estrellas de cine y los boys de discoteca y rechazan mis galantes ofertas por mucho que hayan bebido, a pesar de que yo mantengo mi torso depilado y ungido con aromáticos aceites y empleo para dirigirme a ellas el más seductor de mis acentos franceses.

Quiero ser protagonista, centro de todos los comentarios y objeto de la pasmada atención de la concurrencia, pero Occidente ha perdido sus referentes estéticos y dirige su bizca mirada a donde no debe: a los falsos profetas, a los ídolos con pies de barro que lo ponen todo perdido porque no saben para qué sirve esa esterilla que hay en la puerta y a los niños, que por definición son bajitos e inmaduros, no tienen estudios ni criterio y por tanto están lejos de ser un buen ejemplo para los otros niños ni para nadie.

Tarzán


De todos los personajes históricos que conozco, Tarzán es mi favorito. Siempre he querido pasearme por ahí dando gritos en taparrabos. He podido cumplir mi deseo en alguna fiesta, pero la vida no es una fiesta, sino, en todo caso, una tómbola, y en las tómbolas el peluche grande siempre le toca a la señora gorda de al lado. Este mundo es un mundo para hombres duros, y no creo que nadie vaya a discutirme a estas alturas que Tarzán era un hombre duro.

Tarzán era un héroe todoterreno que igual se pegaba con los gorilas de la niebla que escalaba rascacielos en Manhattan. Tarzán era más nativo de la selva que los nativos de la selva y más señor que muchos truhanes que conozco. Tarzán no bebía ni fumaba. No salía de noche. No tomaba drogas. No. Lo de Tarzán tenía mucho mérito. No sé si han intentado ustedes matar un cocodrilo con las manos o ir de un punto ‘A’ a un punto ‘B’ saltando de liana en liana. Por ejemplo. Prueben. Ya me contarán.

Hay más. Tarzán consiguió ligar en la selva, con lo difícil que estaba la cosa antes del boom turístico. Tarzán fue el primer metrosexual de la historia: siempre iba perfectamente depilado, aunque nunca se le vio hacerse la cera. Creo. No sé si el secreto de su éxito con las nenas estaba en la depilación o en la educada rudeza con que las trataba. Porque Tarzán no era de esos conquistadores que seducen y abandonan: cuando encontraba a una mujer que le hacía caso, la tomaba como esposa y fundaba una familia.

Tarzán es el único hombre que ha impedido a sus hijos que vayan al colegio sin que se le echen encima los servicios sociales. Tarzán es la prueba de que no hace falta estar alfabetizado para tener éxito en la vida. El que alfabetiza a sus hijos les priva de la oportunidad de llegar a ser Tarzán. Cada uno tiene derecho a educar a sus hijos como quiere, y lo mejor para que el niño desarrolle una personalidad ruda, que tantos éxitos le proporcionará con las mujeres de la selva, es no alfabetizarlo

jueves

Cirugía


Estoy a favor de la cirugía estética y reparadora: debemos reparar los errores que ha cometido con nosotros la Madre Naturaleza. Uno no puede ponerle buena cara al mal tiempo si no tiene una buena cara. Me parece bien que quien quiera inyectarse silicona lo haga y que quien necesite retocarse la nariz le dé carta blanca para ello al cirujano. Creo que operarse debería ser gratuito y, en algunos casos, obligatorio: este mundo es demasiado feo como para que nosotros lo empeoremos con nuestra jeta.

La cirugía estética es buena para todos. Después de una operación, tanto el paciente como el médico están más a gusto consigo mismos. Al médico le saluda con más respeto el director de su sucursal bancaria y al paciente los niños no le insultan por la calle. Yo no me he operado, sólo hablo de oídas, y por eso no sé si, tras la intervención, te dan el trozo de nariz que te han quitado en un bote con formol o se limitan a pasarte la factura y a despedirte con una palmadita en la espalda. A nadie le viene mal una palmada en la espalda o en el hombro de vez en cuando: yo habría sido un adolescente más feliz si me hubieran administrado alguna que otra a su debido tiempo.

Nadie es buen cirujano de sí mismo. Tratar de arreglarse las orejas en el cuarto de baño con un cuchillo afilado y unas vendas es peligroso y probablemente no dé buenos resultados. Uno siempre debe ponerse en manos del mejor profesional que pueda permitirse, si es que puede permitirse ponerse en manos de un profesional: el nivel entre los cirujanos amateur está subiendo, pero todavía no se puede decir que operarse en una peluquería sea muy seguro.

Antes de los cuarenta uno tiene la cara que le ha tocado en suerte y después tiene la que puede pagarse. Todo el mundo estará de acuerdo conmigo en que es mejor ser rico que ser pobre y ser guapo que ser feo. La belleza y el dinero abren muchas puertas: los que las han cruzado afirman que al otro lado hay más belleza y más dinero, que sirven para abrir nuevas puertas. Etcétera. Si usted es cerrajero, lo suyo es que se opere cuanto antes: le recomiendo que se ponga en manos del mejor profesional que pueda permitirse.

miércoles

Fiestas


En verano nuestra geografía se llena de alegres fiestas durante las cuales la gente bebe y se pelea y le arranca la cabeza a un pollo vivo o le tira bengalas a un toro manso: en España sí que sabemos divertirnos. Todavía no hemos abandonado la ancestral costumbre de ir armados a los guateques, y cuando uno tiene un arma termina usándola, sobre todo si se ha metido entre pecho y espalda tres litros de vino dulce y un mozo del pueblo de al lado intenta quitarle la novia, que también ha bebido y se ha convertido en el centro de atención y oscuro objeto de deseo de toda la verbena y de toda la comarca. En todas las peleas en que he intervenido, la cosa ha seguido el mismo patrón: en algunos casos me ha tocado hacer de novio celoso, en otros de mozo del pueblo de al lado y en los menos de novia que ha bebido, pero eso era cuando todavía tomaba alucinógenos.

Por lo que pueda pasar, nunca le dirijo la palabra a las amigas de los tíos que tienen patillas de bandolero, ya que éstos tienden a tirar de navaja con bastante facilidad. Yo mismo me he dejado patillas para intimidar a los posibles rivales amorosos, y estoy intentando convencer a mi novia para que se las deje ella también, más que nada para despistar un poco. Cuando uno llega vivo a cierta edad aprende a comportarse en las verbenas y las fiestas patronales: hay una serie de reglas no escritas que nadie va a enseñarte y que uno deduce por el método de ensayo y error. Lo más sensato es quedarse en casa y no acudir a estos eventos, pero es que he nacido en el Mediterráneo y la sangre me tira mucho.

En el sofisticado Manhattan la gente no suele llegar a las manos y soluciona las cosas a base de miradas llenas de desprecio y mordaces comentarios entre canapé y canapé, pero nosotros no vivimos en Nueva York ni asistimos a ‘parties’ en las que el políglota camarero se pasea entre los invitados con una bandeja de ‘delicatessen’ en cada mano. En la fiesta de la cosecha puede uno ensayar sus despectivas miradas y prodigar sus ácidas pullas, pero lo más probable es que eso termine por cabrear a algún tipo con patillas que acaba de arrancarle la cabeza a un pollo, y yo prefiero no enfrentarme con rivales de esa talla ni de ninguna otra, a no ser que esa otra talla sea mucho más pequeña que la mía, y tener la fiesta en paz, si es que tal cosa es posible.

domingo

Polillas


Dejé vivir a la primera que vi en el salón. No me molestaba en absoluto: era una especie de mariposa proletaria, un invertebrado honesto y discreto. Cuando empezó a haber más decidí atraparlas en un bote y soltarlas por la ventana. De este modo mantenía mi conciencia tranquila y la casa libre de bichos. Después colonizaron la cocina. En la cocina hace falta higiene y las polillas no son unos insectos especialmente limpios. Por más que yo les brindaba una salida digna —la ventana— ellas seguían apareciendo por todas partes, así que tuve que tomar medidas extremas: rocié de veneno la despensa y pasé tres días con fiebre y temblores en la cama. Desde entonces las mato con saña y un periódico enrollado. A veces la crueldad con los animales es necesaria.

El que haya polillas implica la existencia de gusanos y crisálidas. Espero no encontrarme con ninguna crisálida que me hile con su seda un jersey de asco infinito. También espero que los gusanos no llenen mi ropa de agujeros. Las polillas copulan en las paredes y se dan la espalda para copular, como harían los viejos matrimonios si pudieran. Yo les pego con el periódico y mueren sin tiempo de preguntarse por qué ni de encomendarse a nadie —aunque a juzgar por las que aún quedan siempre que cae una nace otra que ocupa su lugar—. Mi psicoanalista me ha recomendado que no le dé importancia a la cosa y que la acepte como una consecuencia inevitable de la primavera, pero estamos en verano y creo que lo más lógico es pensar en una plaga bíblica.

Por supuesto que ya no me parecen mariposas ni proletarias. Las incluyo en la misma categoría biológica que a las chinches y en la misma categoría social que a los flautistas callejeros. No sé qué diablos comen, pero seguro que es algo que yo he ganado con el sudor de mi frente. Ayer desarticulé uno de los nidos y apliqué a sus integrantes una arbitraria ley antipolillas. He comprado una bolsa con bolas de naftalina y he formado un círculo con ellas a mi alrededor en medio del dormitorio. Según la tradición una polilla no puede entrar en ese círculo, pero dudo que éstas conozcan la tradición o tengan la intención de respetarla.