
Me siento muy incómodo en el teatro y los conciertos porque noto que los actores y los músicos me roban protagonismo. Trato de llamar la atención del respetable con aspavientos y gritos estentóreos, pero en los grandes auditorios hay mucho follón y no siempre lo consigo. Para colmo, el servicio de seguridad de estos establecimientos suele tratarme con bastante descortesía y rara vez me deja expresarme con libertad y lucir mi talento al cien por cien.
Con los niños tengo más o menos el mismo problema: todo el mundo los mira y les hace cucamonas y se olvida de que yo estoy allí, vestido con mis llamativas ropas, improvisando ingeniosos comentarios y entonando variados e irresistibles cánticos. El gran público, que no está educado, disfruta con las cosas más tontas y, en general, porque algún éxito sí que he tenido, no sabe apreciar lo realmente sofisticado y bueno.
Los parroquianos y habitantes de los bares y hogares con televisor se empeñan en atender a los comentaristas de los partidos de fútbol o a los locutores de los informativos en lugar de hacerme caso a mí, que les puedo ilustrar con mucha más solvencia sobre las sutilezas tácticas del balompié y la situación política internacional que estos bien pagados profesionales. De nada sirve que yo alce la voz o dibuje croquis explicativos en un folio o una servilleta de papel: sólo les oyen a ellos, e incluso parecen molestarles mis por lo general atinadas intervenciones y hasta mi simple presencia.
Los viandantes dan generosas limosnas a los pedigüeños ancianos o tullidos y en cambio se cruzan de acera cuando yo los abordo con mi hucha, mi estudiada sonrisa y mis pasos de claqué. Las muchachas en edad de merecer y las ajadas bellezas otoñales se enamoran de las estrellas de cine y los boys de discoteca y rechazan mis galantes ofertas por mucho que hayan bebido, a pesar de que yo mantengo mi torso depilado y ungido con aromáticos aceites y empleo para dirigirme a ellas el más seductor de mis acentos franceses.
Quiero ser protagonista, centro de todos los comentarios y objeto de la pasmada atención de la concurrencia, pero Occidente ha perdido sus referentes estéticos y dirige su bizca mirada a donde no debe: a los falsos profetas, a los ídolos con pies de barro que lo ponen todo perdido porque no saben para qué sirve esa esterilla que hay en la puerta y a los niños, que por definición son bajitos e inmaduros, no tienen estudios ni criterio y por tanto están lejos de ser un buen ejemplo para los otros niños ni para nadie.
