lunes
Protagonista

Me siento muy incómodo en el teatro y los conciertos porque noto que los actores y los músicos me roban protagonismo. Trato de llamar la atención del respetable con aspavientos y gritos estentóreos, pero en los grandes auditorios hay mucho follón y no siempre lo consigo. Para colmo, el servicio de seguridad de estos establecimientos suele tratarme con bastante descortesía y rara vez me deja expresarme con libertad y lucir mi talento al cien por cien.
Con los niños tengo más o menos el mismo problema: todo el mundo los mira y les hace cucamonas y se olvida de que yo estoy allí, vestido con mis llamativas ropas, improvisando ingeniosos comentarios y entonando variados e irresistibles cánticos. El gran público, que no está educado, disfruta con las cosas más tontas y, en general, porque algún éxito sí que he tenido, no sabe apreciar lo realmente sofisticado y bueno.
Los parroquianos y habitantes de los bares y hogares con televisor se empeñan en atender a los comentaristas de los partidos de fútbol o a los locutores de los informativos en lugar de hacerme caso a mí, que les puedo ilustrar con mucha más solvencia sobre las sutilezas tácticas del balompié y la situación política internacional que estos bien pagados profesionales. De nada sirve que yo alce la voz o dibuje croquis explicativos en un folio o una servilleta de papel: sólo les oyen a ellos, e incluso parecen molestarles mis por lo general atinadas intervenciones y hasta mi simple presencia.
Los viandantes dan generosas limosnas a los pedigüeños ancianos o tullidos y en cambio se cruzan de acera cuando yo los abordo con mi hucha, mi estudiada sonrisa y mis pasos de claqué. Las muchachas en edad de merecer y las ajadas bellezas otoñales se enamoran de las estrellas de cine y los boys de discoteca y rechazan mis galantes ofertas por mucho que hayan bebido, a pesar de que yo mantengo mi torso depilado y ungido con aromáticos aceites y empleo para dirigirme a ellas el más seductor de mis acentos franceses.
Quiero ser protagonista, centro de todos los comentarios y objeto de la pasmada atención de la concurrencia, pero Occidente ha perdido sus referentes estéticos y dirige su bizca mirada a donde no debe: a los falsos profetas, a los ídolos con pies de barro que lo ponen todo perdido porque no saben para qué sirve esa esterilla que hay en la puerta y a los niños, que por definición son bajitos e inmaduros, no tienen estudios ni criterio y por tanto están lejos de ser un buen ejemplo para los otros niños ni para nadie.
Tarzán

De todos los personajes históricos que conozco, Tarzán es mi favorito. Siempre he querido pasearme por ahí dando gritos en taparrabos. He podido cumplir mi deseo en alguna fiesta, pero la vida no es una fiesta, sino, en todo caso, una tómbola, y en las tómbolas el peluche grande siempre le toca a la señora gorda de al lado. Este mundo es un mundo para hombres duros, y no creo que nadie vaya a discutirme a estas alturas que Tarzán era un hombre duro.
Tarzán era un héroe todoterreno que igual se pegaba con los gorilas de la niebla que escalaba rascacielos en Manhattan. Tarzán era más nativo de la selva que los nativos de la selva y más señor que muchos truhanes que conozco. Tarzán no bebía ni fumaba. No salía de noche. No tomaba drogas. No. Lo de Tarzán tenía mucho mérito. No sé si han intentado ustedes matar un cocodrilo con las manos o ir de un punto ‘A’ a un punto ‘B’ saltando de liana en liana. Por ejemplo. Prueben. Ya me contarán.
Hay más. Tarzán consiguió ligar en la selva, con lo difícil que estaba la cosa antes del boom turístico. Tarzán fue el primer metrosexual de la historia: siempre iba perfectamente depilado, aunque nunca se le vio hacerse la cera. Creo. No sé si el secreto de su éxito con las nenas estaba en la depilación o en la educada rudeza con que las trataba. Porque Tarzán no era de esos conquistadores que seducen y abandonan: cuando encontraba a una mujer que le hacía caso, la tomaba como esposa y fundaba una familia.
Tarzán es el único hombre que ha impedido a sus hijos que vayan al colegio sin que se le echen encima los servicios sociales. Tarzán es la prueba de que no hace falta estar alfabetizado para tener éxito en la vida. El que alfabetiza a sus hijos les priva de la oportunidad de llegar a ser Tarzán. Cada uno tiene derecho a educar a sus hijos como quiere, y lo mejor para que el niño desarrolle una personalidad ruda, que tantos éxitos le proporcionará con las mujeres de la selva, es no alfabetizarlo
jueves
Cirugía

Estoy a favor de la cirugía estética y reparadora: debemos reparar los errores que ha cometido con nosotros la Madre Naturaleza. Uno no puede ponerle buena cara al mal tiempo si no tiene una buena cara. Me parece bien que quien quiera inyectarse silicona lo haga y que quien necesite retocarse la nariz le dé carta blanca para ello al cirujano. Creo que operarse debería ser gratuito y, en algunos casos, obligatorio: este mundo es demasiado feo como para que nosotros lo empeoremos con nuestra jeta.
La cirugía estética es buena para todos. Después de una operación, tanto el paciente como el médico están más a gusto consigo mismos. Al médico le saluda con más respeto el director de su sucursal bancaria y al paciente los niños no le insultan por la calle. Yo no me he operado, sólo hablo de oídas, y por eso no sé si, tras la intervención, te dan el trozo de nariz que te han quitado en un bote con formol o se limitan a pasarte la factura y a despedirte con una palmadita en la espalda. A nadie le viene mal una palmada en la espalda o en el hombro de vez en cuando: yo habría sido un adolescente más feliz si me hubieran administrado alguna que otra a su debido tiempo.
Nadie es buen cirujano de sí mismo. Tratar de arreglarse las orejas en el cuarto de baño con un cuchillo afilado y unas vendas es peligroso y probablemente no dé buenos resultados. Uno siempre debe ponerse en manos del mejor profesional que pueda permitirse, si es que puede permitirse ponerse en manos de un profesional: el nivel entre los cirujanos amateur está subiendo, pero todavía no se puede decir que operarse en una peluquería sea muy seguro.
Antes de los cuarenta uno tiene la cara que le ha tocado en suerte y después tiene la que puede pagarse. Todo el mundo estará de acuerdo conmigo en que es mejor ser rico que ser pobre y ser guapo que ser feo. La belleza y el dinero abren muchas puertas: los que las han cruzado afirman que al otro lado hay más belleza y más dinero, que sirven para abrir nuevas puertas. Etcétera. Si usted es cerrajero, lo suyo es que se opere cuanto antes: le recomiendo que se ponga en manos del mejor profesional que pueda permitirse.
miércoles
Fiestas

En verano nuestra geografía se llena de alegres fiestas durante las cuales la gente bebe y se pelea y le arranca la cabeza a un pollo vivo o le tira bengalas a un toro manso: en España sí que sabemos divertirnos. Todavía no hemos abandonado la ancestral costumbre de ir armados a los guateques, y cuando uno tiene un arma termina usándola, sobre todo si se ha metido entre pecho y espalda tres litros de vino dulce y un mozo del pueblo de al lado intenta quitarle la novia, que también ha bebido y se ha convertido en el centro de atención y oscuro objeto de deseo de toda la verbena y de toda la comarca. En todas las peleas en que he intervenido, la cosa ha seguido el mismo patrón: en algunos casos me ha tocado hacer de novio celoso, en otros de mozo del pueblo de al lado y en los menos de novia que ha bebido, pero eso era cuando todavía tomaba alucinógenos.
Por lo que pueda pasar, nunca le dirijo la palabra a las amigas de los tíos que tienen patillas de bandolero, ya que éstos tienden a tirar de navaja con bastante facilidad. Yo mismo me he dejado patillas para intimidar a los posibles rivales amorosos, y estoy intentando convencer a mi novia para que se las deje ella también, más que nada para despistar un poco. Cuando uno llega vivo a cierta edad aprende a comportarse en las verbenas y las fiestas patronales: hay una serie de reglas no escritas que nadie va a enseñarte y que uno deduce por el método de ensayo y error. Lo más sensato es quedarse en casa y no acudir a estos eventos, pero es que he nacido en el Mediterráneo y la sangre me tira mucho.
En el sofisticado Manhattan la gente no suele llegar a las manos y soluciona las cosas a base de miradas llenas de desprecio y mordaces comentarios entre canapé y canapé, pero nosotros no vivimos en Nueva York ni asistimos a ‘parties’ en las que el políglota camarero se pasea entre los invitados con una bandeja de ‘delicatessen’ en cada mano. En la fiesta de la cosecha puede uno ensayar sus despectivas miradas y prodigar sus ácidas pullas, pero lo más probable es que eso termine por cabrear a algún tipo con patillas que acaba de arrancarle la cabeza a un pollo, y yo prefiero no enfrentarme con rivales de esa talla ni de ninguna otra, a no ser que esa otra talla sea mucho más pequeña que la mía, y tener la fiesta en paz, si es que tal cosa es posible.
domingo
Polillas
Dejé vivir a la primera que vi en el salón. No me molestaba en absoluto: era una especie de mariposa proletaria, un invertebrado honesto y discreto. Cuando empezó a haber más decidí atraparlas en un bote y soltarlas por la ventana. De este modo mantenía mi conciencia tranquila y la casa libre de bichos. Después colonizaron la cocina. En la cocina hace falta higiene y las polillas no son unos insectos especialmente limpios. Por más que yo les brindaba una salida digna —la ventana— ellas seguían apareciendo por todas partes, así que tuve que tomar medidas extremas: rocié de veneno la despensa y pasé tres días con fiebre y temblores en la cama. Desde entonces las mato con saña y un periódico enrollado. A veces la crueldad con los animales es necesaria.
El que haya polillas implica la existencia de gusanos y crisálidas. Espero no encontrarme con ninguna crisálida que me hile con su seda un jersey de asco infinito. También espero que los gusanos no llenen mi ropa de agujeros. Las polillas copulan en las paredes y se dan la espalda para copular, como harían los viejos matrimonios si pudieran. Yo les pego con el periódico y mueren sin tiempo de preguntarse por qué ni de encomendarse a nadie —aunque a juzgar por las que aún quedan siempre que cae una nace otra que ocupa su lugar—. Mi psicoanalista me ha recomendado que no le dé importancia a la cosa y que la acepte como una consecuencia inevitable de la primavera, pero estamos en verano y creo que lo más lógico es pensar en una plaga bíblica.
Por supuesto que ya no me parecen mariposas ni proletarias. Las incluyo en la misma categoría biológica que a las chinches y en la misma categoría social que a los flautistas callejeros. No sé qué diablos comen, pero seguro que es algo que yo he ganado con el sudor de mi frente. Ayer desarticulé uno de los nidos y apliqué a sus integrantes una arbitraria ley antipolillas. He comprado una bolsa con bolas de naftalina y he formado un círculo con ellas a mi alrededor en medio del dormitorio. Según la tradición una polilla no puede entrar en ese círculo, pero dudo que éstas conozcan la tradición o tengan la intención de respetarla.
jueves
Certezas

Soy infalible, como Dios, que no inflable, como los globos, y por esa sólida e incontestable razón me puedo permitir el lujo de tener absolutas certezas sobre temas acerca de los cuales los demás no albergan sino hondas dudas que en los más de los casos los atormentan y no les dejan quedarse dormidos hasta bien entrada la madrugada, con el consiguiente e inmediatamente posterior menoscabo en su rendimiento laboral matutino. Puedo predecir, por poner un ejemplo, y con una exactitud que si no me lo impidiera la modestia no dudaría en calificar como asombrosa, todo lo que va a suceder a cinco minutos vista en cualquier película española o americana de cierto presupuesto aunque la esté disfrutando por primera vez: eso me ha llevado a ganar algunas nada despreciables sumas de dinero apostando con mi compañero de butaca y también ha hecho que el impaciente acomodador, a instancias de la parte más quisquillosa del resto del público, me eche con cajas destempladas de dos o tres salas de cine de cuyo nombre no quiero acordarme.
Es duro saberlo todo, ya que termina uno viéndose obligado a cargar con una no sé si merecida fama de repelente y granjeándose las antipatías de muchos hombres honestos con los que quisiera llevarse bien y salir a tomar copas en condiciones de igualdad y jugar a los acertijos con la emoción que le da a la cosa el no estar seguro de quién demonios va a salir victorioso en la partida. La gente es demasiado democrática y amante de la muy manida libertad, de la casi siempre pegajosa fraternidad y en especial de la horriblemente injusta igualdad, y por eso tiende a evitar a los que la superan de manera evidente en estatura y conocimiento del medio y a menospreciar o incluso humillar a quienes por razones genéticas o por culpa del cada día más deteriorado sistema educativo quedan por debajo de ella y la avergüenzan con sus comentarios no pertinentes y sus absurdas salidas de tono en reuniones de trabajo e informales saraos nocturnos: cuando los desempleados y entrados en años veteranos del barrio nos decían con aire paternal en los concurridos futbolines de media mañana eso de que en la mili no hay que ser ni el más listo ni el más tonto trataban de ilustrar precisamente el fenómeno que acabo de exponer, aunque juzgo muy improbable que fueran conscientes de que lo hacían y temo que se limitaran a repetir una resultona frase tópica que con toda seguridad habían aprendido durante su larga y forzosa estancia en el cuartel para cumplir con el mencionado y un millón de veces por ellos referido y exagerado servicio militar.
Aquellos de ustedes que no hayan sufrido en sus carnes los rigores de la LOGSE y dominen por lo tanto las oraciones interrogativas se estarán preguntando cómo es posible que si siempre acierto y nunca me equivoco me halle aquí dirigiéndoles la palabra a cambio de una retribución que un pobre de solemnidad tacharía de mísera y un ciudadano de clase media definiría como simbólica en vez de aprovechar el universo de posibilidades que me abre mi don y correr a cobrar el dineral que he ganado con las quinielas y comprar con él enormes yates en cuya semidesnuda cubierta retozar durante interminables horas cual tierno infante o gorrino asilvestrado y jugar con los verdes billetes que la Casa de la Moneda imprime para mí a modo de homenaje y en edición personalizada. La respuesta es tan sencilla como una canción de los Cuarenta Principales, pero a pesar de ello o tal vez precisamente por serlo da una muestra más de hasta dónde llegan cuando la ocasión lo requiere mi elefantiásica grandeza y mi cuasi omnímodo poder: de entre todas las perlas de sabiduría que atesoro en el disco duro de mi cabeza la que prefiero y contemplo con más asiduidad es la que me permite saber qué preguntas son las que no debo hacerme jamás para seguir manteniendo mi fabuloso récord y no perder mi condición de adivinador infalible, y les adelanto que las relacionadas con rifas y sorteos de otro tipo, predicciones bursátiles y deshojamientos amorosos de margarita ocupan un destacado lugar en el abultado y jamás menguante montón en que éstas se agolpan de la manera más promiscua y desordenada que uno pueda alcanzar a imaginarse y que ya ha llenado mi habitación y amenaza con crecer y crecer hasta ocupar por completo mi casa y el mundo y el tiempo y arruinar el hermoso paisaje que le sirve de marco a mi envidiable y por tantos comentaristas tachada de excesivamente frívola y disipada vida.
sábado
Fútbol

Dicen los ingleses, que son los que lo inventaron, que el fútbol es un deporte de nobles practicado por plebeyos, y a mí me parece que no les falta razón, pues por un lado eso de tratar a la gente y a los objetos a patadas siempre ha sido una cosa muy aristocrática y por otro la plebeyez de la mayor parte de los futbolistas que conozco por referencias o en persona es algo que está fuera de toda duda. Los mismos ingleses sostienen que en cambio el rugby, un juego paralelo al primero cuyas reglas ellos también se entretuvieron en fijar, es un deporte de patanes practicado por caballeros, y viendo la planta y la jeta de los jugadores no seré yo el que ose llevarles la contraria en esta afirmación ni en ninguna otra, sobre todo considerando que los caballeros acostumbran a tener estudios universitarios y por lo tanto son perfectamente capaces de averiguar con una rápida revisión de la cabecera de este texto cómo me llamo y con un par de sencillas reglas de tres dónde vivo.
El futbolista medio no será un aristócrata, de acuerdo, pero tiene la ocasión de convertirse en un nuevo rico que además de disfrutar de la bendición del dinero goza de la equívoca caricia de la fama y algunas veces incluso la aprovecha: eso no le convierte en un gentleman pero le permite pagar a una legión de pelotas para que le repitan constantemente que lo es, justo lo contrario de lo que hacía el César al contratar bufones para que le recordaran entre tiento a la pata de cordero y mordisco al racimo de uvas que no era más que un simple mortal. Así, el popular deporte del balompié se puede convertir en un trampolín social para quienes lo practican, que en muchos casos pasan de jugar a las tragaperras en los billares del barrio a codearse con lo más florido de la ‘jet’ en exclusivas fiestas ibicencas, pero no en un medio de redención cultural: en los saraos de moda el futbolista se sigue comportando como el sencillo buscavidas que trataba de engañar al chico de la riñonera de cuero que da el cambio tras la ventanilla para sacarle unas monedas y echarse otra partida al Tetris, lo cual hace por cierto que se integre al instante con el resto de los poco cultivados ricachones y que encaje de maravilla entre ellos.
Si la Naturaleza lo dota de una pierna musculosa con la que patear balones con la fuerza y colocación necesarias para hacer que la meritoria estirada del guardameta sea infructuosa, ya puede olvidarse uno de pasar largas tardes ante los áridos libros de texto y de preocuparse por aprender a leer, escribir y hablar como Dios manda, pues se hallará en condiciones de acceder a todos los lujos imaginables sin necesidad de poner en práctica estas mundanas habilidades: hay mucho odio y bastante envidia en mis palabras y en mi corazón, es cierto, y si les recitara en vivo y en directo el presente párrafo ustedes advertirían en el quebrado timbre de mi voz un inequívoco matiz de resentimiento y un deje triste y amargo, pero esta mi desoladora circunstancia no le resta ni un punto de verdad a mi aserto ni hace que la realidad sea ni siquiera un poco menos terrible.
Con lo que un repeinado jugador del Madrid gana en un año yo podría montar un hospital en Biafra y vivir como un pachá durante una década con la pasta que me sobre. Para ello tendría que ponerme en evidencia contestando obviedades llenas de anacolutos en todas y cada una de las concurridísimas ruedas de prensa que se celebran después de los partidos, pero ese es el pequeño impuesto que hay que pagar para tocar el Cielo de los elegidos con las dos codiciosas manos: todo hombre tiene un precio, y yo estoy dispuesto a entregar en una bandeja de plata mi dignidad a cambio de la oportunidad de llevar una vida más placentera que la modesta pero honrada y por supuesto anónima existencia que hasta el momento vengo arrastrando por esos cafetines y esas bibliotecas y poder codearme con los ricos excéntricos y los artistas de variedades en la zona VIP de las discotecas donde atruena la inframúsica que pone banda sonora a las actividades sociales de la gente de posibles y aspirar a que un día ese desaseado sujeto con perro y flauta a quien bien los padres que lo concibieron una noche negra de tormenta o bien un enemigo cruel y traicionero con mano en el registro civil o la discográfica dieron en bautizar como Melendi me dedique una canción rebosante de llanos elogios que haga que mi nombre y mi imagen estén por lo que queda de siglo en los labios y en los sueños de todas las muchachitas.
jueves
Cánones

Pues yo a la Elsa Pataky la veo un poco demasiado fondoncilla. No es que me desagrade como objeto ornamental y mucho menos como ser humano, pero la verdad es que me excita más el rollo desnutrido: si no temiera la airada y probablemente justa reacción de la directora del Instituto de la Mujer, diría que las anoréxicas son unas jóvenes admirables a las que no importa poner en peligro su salud en exclusivo beneficio de la Belleza y que para mí esa es la máxima expresión del amor al Arte, en el sentido amplio de las palabras amor y Arte. Cada uno es como es, y yo siempre me he contado entre los que prefieren la sutileza a la rotundidad y lo etéreo a lo corpóreo: discrepo en este punto y no sé si en alguno más con los pintores flamencos del siglo XVII, que perdían el culo por chicas con el porte aproximado de una yunta de bueyes, contundentes damiselas que hoy tendrían serios problemas para ser aceptadas por sus compañeras de colegio y todos los papeles para ser señaladas como el vergonzante prototipo de ciudadano que no sabe comer en los programas sobre nutrición de la tele. O era eso o que, al igual que sucede ahora, las modelos flacas cobraban diez o veinte veces más que las otras y los por definición apurados artistas plásticos del momento no se podían permitir el asiático lujo de contratarlas y por culpa del vino y de su obligada fidelidad a una dieta baja en fósforo no se hallaban en condiciones de pintarlas de memoria.
Sí, estoy ciegamente a favor de las maniquíes livianas como plumas de cisne y opino que el impedirles que desfilen en las más selectas pasarelas es un ejercicio de discriminación de la peor especie. Es posible que con su delgadez estén dando un mal ejemplo a la juventud, pero eso es precisamente lo que han venido haciendo los Rolling Stones durante los pasados cuarenta y cinco años y sin embargo les tendemos la alfombra roja allá por donde van y para completar la jugada arrojamos a sus pies flores y pétalos de rosa. Los Beatles. Los Beatles también eran una referencia harto perniciosa para los adolescentes de su época y mire usted en el altísimo concepto que se les tiene ahora a los cuatro. No podemos andar denostando a lo tonto y a lo loco a la gente para después encumbrarla al cabo de los lustros porque si lo hacemos perderemos credibilidad y nos tomarán por una especie de veletas estéticos e intelectuales y tiraremos por la borda todo el crédito que nos hemos ido ganando con los años como jueces de lo que mola y lo que por el contrario no mola y nadie ya confiará en nuestra capacidad de discernimiento. Si vamos a machacar a las indefensas niñas escuálidas de la moda, hagamos antes hondo examen de conciencia y cerciorémonos de que pasado mañana no vamos a sentir el impulso de rectificar y ponerlas por las nubes, como por cierto opino que se merecen.
Creo que si me viera forzado a escoger entre la deglución de un bocadillo de jamón serrano y la pasiva contemplación del palmito de una modelo postadolescente rumana y no hiciera más de tres días que ingerí la última reconfortante ración de alimento sólido o de sopa caliente me decantaría sin dudarlo por la segunda alternativa, y lo más maravilloso de todo es que estoy seguro de que si ella tuviera que elegir entre el mismo sabroso bocadillo y cualquier otra vianda que engorde un poco menos incluyéndome por supuesto a mí también se decidiría por la opción B: vivimos en un mundo complejo y las personas y animales que según nuestro criterio nos resultan atractivas se rigen a su vez por un canon en el que en el mejor de los casos pues igual hasta ocurre que entramos nosotros y ahí es justamente cuando surgen como margaritas de entre el barro el fiero deseo y la carnal pasión. Las cosas casi nunca son blancas o negras y por lo general están sobriamente teñidas de toda una gama de grises y para colmo de confusiones aquí cada cual ve los colores de una manera y lo que para unos es amarillo que tira a verde para otros es más bien lo contrario. Aun a sabiendas de que la frase no termina de tener sentido y de que por lo tanto llevará a confusión a los lectores silábicos diré que todos somos daltónicos de nosotros mismos: hay una ley natural según la cual a nadie salvo a los hombres retorcidos de veras le puede parecer que sus hijos y nietos sean feos ni que el objeto de su desinteresado amor esté innoble y toscamente gordo o flaco como un galgo hambriento y no merezca desfilar donde le venga en gana o ser fotografiado en primer plano y sin recibir previamente la humanitaria visita de un hábil maquillador homosexual.
viernes
Dios salve a la Reina

Nunca he entendido eso de la flema británica. Según mi diccionario, que es muy completo y está actualizado, una flema es un gargajo. No obstante, los británicos, flemáticos o no, me caen muy bien, sobre todo por la humorística distancia con que se enfrentan al mundo y esas cosas. Tenemos mucho que aprender de ellos, y para hacerlo no nos queda más remedio que estudiar su curiosísima lengua, ya que de otra forma difícilmente le sacaremos el más mínimo provecho a las lecciones. Para empezar, y por ponernos una meta que podamos alcanzar sin entender aún ni una palabra del idioma de Shakespeare, deberíamos copiarles la bandera. La bandera de Gran Bretaña es un trapo la mar de cuco que luce igual de bien frente a la fachada de las Naciones Unidas que en la chaqueta de polipiel de un punki. En cuanto a diseño y garra visual, le da doscientas vueltas a la nuestra, que no obstante la supera en capacidad de acojone y colorido. Con la bandera británica se puede ir a cualquier lado, pero con la de España sólo a manifestaciones de la AVT y a los partidos que pierde la selección de fútbol.
Luego está el himno. El himno de Gran Bretaña es majestuoso y orquestal, y el nuestro parece una especie de pasodoble de verbena de pueblo. Cuando uno oye el Dios Salve a la Reina, que probablemente fue compuesto para conmemorar un histórico apuro regio que se suponía que sólo podría tener solución mediante providencial intervención divina, le entran ganas de acometer épicas gestas patrióticas, y cuando oye el otro lo que le apetece es sacar a una moza a bailar agarrado y tratar de meterle mano con disimulo y de convencerla para que se venga a la era: dos impulsos que por cierto guardan una relación directa con el papel que juega cada país en el concierto mundial. Los símbolos de una nación nos dicen mucho acerca de la esencia de la misma, y los del Reino Unido hablan de dignidad, saber estar y opíparos desayunos que incluyen huevos fritos y tres lonchas de bacon. Es fácil ir por ahí siendo de Londres: todos dan por sentado que eres un caballero y se esfuerzan por quedar bien contigo y por estar a la altura de las circunstancias.
Todo hombre con un hondo conocimiento del entorno y de las idiosincrasias de los mil territorios que uno encuentra en el mapamundi es al mismo tiempo francófobo y anglófilo. He nacido español y el odio al vecino de arriba se me supone como el valor a un recluta anónimo, de manera que quiero dejar aquí constancia de mi amor a lo inglés y por extensión a lo británico. Soy devoto de los sombreros hongo, las pintas de cerveza, los días nublados, el té con pastas a la hora del té con pastas, la cortesía cercana a la afectación y la puntualidad rayana en lo enfermizo, y si tengo que elegir entre el Big Ben, la Torre Eiffel y la plaza de toros de Las Ventas y ordenar los tres monumentos según mis preferencias, lo haré sin un rastro de duda en mi voz o con trazo firme si es que la encuesta se me presenta por escrito y pronunciaré o garabatearé primero el nombre del redondo reloj, luego el del mítico coso y por último y si no queda otra alternativa el de la aparentemente inacabada construcción parisina.
Por eso siempre me hago el tonto cuando un tipo vestido de bandolero se me acerca por la calle y me pide una firma para que nos devuelvan Gibraltar: para mí Gibraltar es y será guiri por mucho que un día la caprichosa legislación internacional lo pueda poner de nuevo en nuestras irresponsables manos, exponiendo con ello a sus habitantes a quién sabe qué castizas catástrofes vitales. Gibraltar es un trozo de la Gran Bretaña que late en nuestra tierra como mi corazón es una víscera que dice pom pom con acento de Surrey dentro de mi pecho. Me gustaría ser civilizado como los ingleses y la única manera de conseguirlo que se me ocurre es permitir que nos colonicen en condiciones, con submarinos nucleares y bases militares secretas rebosantes de aguerridos soldados, y no con vuelos de bajo coste repletos de hooligans y de septuagenarios que vienen a nosotros en busca de sexo fácil y bebida barata y que por efecto del alcohol o de los años han olvidado los bellos valores que inspiraron a los héroes que pusieron los cimientos de su patria.
lunes
Detective privado

Yo antes quería ser detective privado, pero el otro día me senté a reflexionar sobre la realidad de ese oficio y he cambiado de opinión y de intenciones. El detective es un tipo gris, pero su grisura está muy lejos de la épica mediocridad que nos muestran las películas de cine negro. La parte más vistosa de su trabajo consiste en sacarle fotos a maridos infieles abrazando a camareras rusas de veinticinco años y en perseguir a adolescentes descarriadas para después chivarse ante sus padres de que beben cubatas y fuman porros. Lo cual, sin duda, ha de hacer que se sienta como un gusano: el detective es lo más parecido al acusica de la clase que despachan en formato adulto, y comparte con éste, con el acusica, las nulas probabilidades de éxito a la hora de iniciar un acercamiento sentimental a las mencionadas adolescentes casquivanas, y eso lo va desgastando poco a poco por duro que sea y acendrada vocación que tenga y menoscaba su autoestima y mina su moral.
Ni siquiera, y dado que vivimos en un país subtropical y escasamente lluvioso, puede el detective lucir en la vida real una de esas gastadas gabardinas que tan bien le quedan en la gran pantalla, a no ser que quiera arriesgarse a que le tomen por tonto o por un exhibicionista de los de antes, que los de ahora ya han descubierto las ventajas del chándal como uniforme de faena. La existencia del detective es arrastrada, monótona y vacía de emociones, y ni los casos que se le plantean tienen nada que ver con los complejos problemas casi ajedrecísticos con que se desayunaban Hércules Poirot o Sherlock Holmes ni sus aventuras suelen culminar con una heroica persecución pistola en mano por las calles de una ciudad tan pinturera como Chicago o Nueva York, sino más bien con el interminable repaso de una miríada de documentos legales y obscenas polaroids en el despacho del juez encargado de repartir el botín de un divorcio.
La policía jamás recurre, por más que la televisión y la literatura no dejen de hacer referencias al supuesto lance, a los detectives privados para que le resuelvan los crímenes que escapan a su entendimiento: para este menester prefieren los acreditados servicios de videntes y quiromantes, que además por regla general trabajan gratis bajo la amenaza de ser detenidos por actividad empresarial ilícita y estafa. Las mujeres fatales rara vez irrumpen en la oficina de un detective privado para pedirle que las ayude a encontrar al asesino de su acaudalado marido: en lugar de ello corren a las discotecas frecuentadas por futbolistas de Primera División e hijos de baronesas dueñas de palacios y vastas colecciones pictóricas para tratar de dar otro braguetazo antes de que el tiempo traicionero entre en la cocina de su belleza y provoque que se les pase el arroz y se les pegue dolorosamente a la sartén.
Por su condición de sujeto sigiloso, el detective vive y muere siendo un ser anónimo que no llama la atención de nadie y apenas se distingue del paisaje. Todas sus dudosas hazañas quedan en la esfera de lo privado y jamás serán referidas por los medios de comunicación ni glosadas en los libros de texto: en todo caso hallarán aburridos oyentes en los nietos que en el futuro sus hijos dejarán a su cuidado cuando se vayan con sus parejas de vacaciones a Mallorca, aunque habrá de exagerarlas convenientemente y de adornarlas con nuevos personajes, tales como gnomos y hadas, para hacerlas asequibles a los gustos infantiles y dotarlas de la dignidad que él sabe de sobra que nunca tuvieron. Quien se esfuerza a diario por pasar desapercibido tiene todas las papeletas para con los años terminar por conseguirlo y confundirse para siempre con el soso decorado de la vida como un insecto palo se camufla en el suelo lleno de hojas secas del bosque, y hay poca gloria en el currículo de los bichos de este tipo y en la biografía de los que se desviven por ocultar sus méritos en vez de sacar pecho e intentar anotarse los goles del vecino, como hacen los miembros de todos los demás gremios con la única y obvia excepción del de los espías y solemos hacer también los maleantes sin corazón y la mayor parte de los haraganes y los desocupados.
martes
Butano

Estoy convencido de que este fulano que emite desafinados alaridos en la calle anunciando su gaseosa mercancía es un tipo de lo más honrado, pero a mí me pone de los nervios. Tiene que haber una manera de pregonar el género sin necesidad de romper la relativa paz de media mañana con esa tosca exhibición de capacidad pulmonar y ese monótono y mil veces repetido grito inarticulado. El tristemente extinto afilador por lo menos adornaba el publicitario lance canoro que tan célebre le hiciera tocando una especie de armónica entre berrido y berrido y se preocupaba por dotar de una cierta melodía a su mensaje, pero aquí el tío del butano se lo monta a capella y sólo acompaña sus estridentes voces con el percusivo estruendo que provoca agitando en el mismo camión las por cierto explosivas bombonas y haciéndolas chocar entre sí o con la estructura metálica que las sujeta aunque veo que no protege de sus manos y golpeándolas con lo que desde el privilegiado balcón que ocupo y me sirve de atalaya me parece identificar como una barra de hierro.
O sea. Yo siempre he admirado a esos titanes con mono de faena y toleraba su expansividad y sus bramidos como quien soporta las manías de los genios a cambio de poder disfrutar de sus alardes de fuerza física: alguien capaz de cargarse una de esas pesadas cosas de color naranja al hombro y subir con ella cuatro pisos a pie sin despeinarse tiene bula para hacer con sus cuerdas vocales lo que le dé la gana y para desahogarse emulando a un Tarzán histérico y redundante cada vez que lo estime conveniente. Pero es que las bombonas de hoy en día no pesan nada: son como latas grandes y plateadas de cerveza y cualquier alfeñique podría levantar una en cada mano y llevarse las dos a casa como si en lugar de botellas repletas de peligroso combustible fueran una pareja de confiados escolares. Eso priva al butanero de coartada para sus fechorías y lo coloca en la misma categoría ontológica que los jovencitos que vuelan sobre las asfaltadas calles nocturnas de la ciudad a lomos de trucados ciclomotores sin tubo de escape y lo hace acreedor al llano y lícito odio de todos los ciudadanos de bien.
Ya no hay excusa ni porqué para tanto abuso. Las bombonas modernas son tan ligeras que las niñas de colegio de monjas las podrían vender de puerta en puerta como si fueran magdalenas para pagarse el próximo e inevitablemente iniciático viaje de fin de curso, y estoy seguro de que si ellas nos castigasen con esos zafios aullidos al ofrecernos la mandanga nosotros no sólo no se la compraríamos sino que las haríamos huir a cien por hora cual manada de gráciles gacelas valiéndonos de nuestra mayor talla física y una escoba. No es justo que estos antaño heroicos hombres sigan viviendo de las rentas y gozando de las prebendas que les fueron concedidas como pago a las tremendas, increíbles hazañas deportivas del pasado: debemos exigirles que se integren de manera efectiva en la comunidad y que no nos castiguen más con esos comportamientos disruptivos que hasta hoy y por razones coyunturales les hemos tolerado.
España siempre ha levantado bombonas de veinte kilos. Si hoy somos Europa y nos hemos pasado al envase de aluminio ultraligero y hemos renunciado al llamativo pero poco sofisticado color naranja es hora también de que adoptemos el tono quedo de voz y los contenidos modales de nuestros amigos del norte. El butanero debe olvidar su añeja cantinela y acostumbrarse a llamar con educación al timbre y a utilizar el portero electrónico, artilugio que hace lustros que dejó de ser una novedad y que todos tenemos la cívica obligación de aprender a manejar cuanto antes. Yo he dado el primer paso y he puesto la piedra inaugural de la obra de la carretera de peaje que ha de conducirnos a la tranquilidad y a la concordia: sólo falta que alguien con capacidad para las relaciones públicas y la persuasión, don de gentes y cintura para esquivar los hipotéticos mandobles dibujados en el aire con el puño que sostiene la quizá no tan liviana bombona plateada baje a la calle ahora que llega el camión y le coloque el cascabel al robusto y viril gato.
A favor del burka

Si una imagen pornográfica es la que lo muestra todo y una imagen erótica la que deja partes del cuerpo a la fantasía, ¿no sería el burka el no va más del erotismo desatado? Creo que es por eso, por el modo en que estimula los rincones más recónditos de nuestra corteza cerebral y fomenta nuestros deseos secretos e impuros, y no por otra cosa, por lo que los políticos de derechas habrían de pedir que se ilegalizara en todo el planeta y se prohibiera tajantemente su fabricación industrial y se cerraran los talleres artesanales donde con tanto mimo se confeccionan las más sublimes y codiciadas de entre las prendas de su clase. Los políticos de izquierdas, que siempre han tenido fama de cachondos, deberían sin embargo abogar por la generalización forzosa y universal de su uso y proponer de inmediato su adopción como uniforme femenino de invierno en los institutos públicos, cuyos patios de recreo podrían así igualar en cuanto a ambiente y torridez a los de los privados y católicos, que ahora ostentan el título oficioso de templos de la sensualidad gracias al empleo abusivo por parte de la mitad femenina del selecto alumnado de esas falditas de tabla y esos diabólicos calcetines de encaje a juego.
Un burka bien cosido aguanta hasta tres temporadas sin estropearse y se puede utilizar tanto para ir a un elegante cóctel como para quedarse tranquila en casa oyendo la radio, y además libra a su afortunada propietaria de la esclava obligación de depilarse las interminables piernas y el rostro periódicamente, dos prácticas que amén de ser muy dolorosas se cuentan entre aquéllas a las que más tiempo dedican las coquetas mujeres occidentales y dan lugar a que a lo largo del año éstas pierdan decenas de horas de productivo trabajo doméstico o por cuenta ajena para desgracia de parientes y pequeños y medianos empresarios y perjuicio de la sociedad que todos conformamos. Reprochar a alguien que lo luzca o aconseje a los miembros femeninos de su familia que lo hagan es tratar de imponer la forma europea de entender la belleza y fomentar unos hábitos consumistas exagerados que tarde o temprano nos llevarán a la ruina fiscal y que ya nos han sumido en la decadencia moral: con lo que nos gastamos anualmente en cera tibia, vaqueros de talle bajo, ceñidísimas camisas que para colmo se transparentan cuando uno riega o arroja un cubo de casta agua fría a su propietaria, polvos de maquillaje más o menos llamativos y antialergénicos y carísimos y hay que decir que poco efectivos afeites varios nos llegaría para construir cientos de hospitales en Biafra y llenarlos de ingeniosos aparatos que ayuden a curar y hasta a erradicar los males de los negritos del África.
El burka es una prenda progresista que hace que todas las mujeres sean o parezcan iguales y evita que las menos atractivas se vean como hasta ahora viene sucediendo discriminadas a la hora de optar a un empleo en el caso de que como es casi norma obligada en estas situaciones la parte contratante haya colocado al frente del equipo de selección de personal de la empresa a lo que indistintamente podríamos definir como un esteta o un salido: exhorto desde aquí a las autoridades competentes a que pongan en marcha de manera inmediata una campaña de promoción del uso de tan democrática, solidaria y sexy joya textil y de concienciación de la descocada sociedad fascista acerca de las innumerables e insoslayables ventajas que para la moderna y joven profesional urbana tiene el calzársela cada mañana después de la jabonosa ducha y no quitársela hasta el feliz momento de meterse en la cama por la noche tras una fructífera jornada y hacer horizontal balance de todo lo acaecido y de las buenas acciones llevadas a cabo durante las últimas veinticuatro horas y para ponerle un broche de oro al día propinarle un amoroso ósculo a la persona o personas que tenemos al lado y apagar la luz para dormir y esperar entre soñados angelitos a que dentro de unas horas penetre por la ventana el nuevo sol.
viernes
Monarquías

Lo que a mí me llena de pasmo y hace que me lleve las manos a la cabeza y pierda horas de mi precioso tiempo pensando que las cosas no tienen sentido no es que a estas alturas de la Historia siga habiendo reyes y reinas y príncipes uniformados de marinero e infantas vestidas de tul, sino que en pleno siglo XXI aún haya legiones de monárquicos que aplauden la jugada y se tiran a la calle a celebrar el nacimiento de cada nuevo pequeño miembro de la Casa Real y se desgañitan con sentidos vítores en los que ponen toda su alma y su talento poético al paso de las triunfales comitivas regias que desfilan marciales rumbo a la catedral siempre que se celebra una de las frecuentes y ostentosas bodas con las que sus altezas y majestades suelen sellar los amores que las atan a otras altezas y majestades. Ya me chocaba la expectación que levantaban también a su paso los contusionados Cristos y las dolientes Marías de cartón piedra durante las populares y multitudinarias procesiones de Semana Santa, pero es que al menos a éstos, Crucificados y Vírgenes, se les supone una vida pródiga en penosos sacrificios y espectaculares milagros que les puede hacer acreedores a la admiración y la lisonja del populacho, y a los otros, monarcas y herederos mejor o peor situados en la vertical línea de sucesión, se les conoce una existencia disipada que esencialmente transcurre en pistas de esquí alpinas o pirenaicas o a bordo de lujosos y marineros bergantines.
Porque no se puede negar que los reyes viven como reyes, o hasta, en el caso de que su corona les otorgue el derecho a dar órdenes a los súbditos de varios países, como emperadores. El único inconveniente de tener sangre real en las azules venas es que a veces hay que aguantar que algún dibujante se descuelgue con una caricatura en la portada de una revista satírica y que la parte más levantisca de la plebe se eche unas risas a cuento de los defectillos de uno hasta que el juez de turno da un puñetazo en la mesa y manda cerrar con tres candados el chiringuito. Pero mientras ande yo caliente dentro de un anorak de importación y sobre unos lisos y veloces esquíes de competición ya se puede descojonar el personal, que seguro que pasa más frío que una rata en invierno aunque no venga a hacer elegante eslálom a Baqueira y se tenga que conformar con a lo sumo llegarse dos días a Sierra Nevada y tirarse por la ladera del blanco monte usando un plástico grande a modo de improvisado y rústico trineo y es tan primo que se paga el fin de semana de su propio bolsillo y vuelve pitando el domingo por la noche a casa para estar el lunes a primera hora de la mañana dando el callo en la oficina o en el andamio.
Daría un meñique por ser rey y convertir mi vida en un serial de amor y lujo y poder ponerme esos ternos militares llenos de medallas y esos polos de marca con bermudas y zapatos náuticos tan limpitos y tan informales, pero me arrancaría yo mismo todas las uñas de los dedos de los pies antes que hacerme monárquico. Una cosa es vivir del cuento y esquilmar a un pueblo soberano que además recibe el sablazo dando hondas muestras de satisfacción como si se tratara de un masoquista en mitad de una galopante crisis afectiva provocada por el síndrome de Estocolmo y otra es ser un miembro de ese pueblo soberano y esquilmado que para colmo adora y venera a quien se gasta en caviar y langosta el dinero de sus impuestos y besa el suelo que éste pisa y sueña con que un día él o alguno de sus apuestos familiares carnales o políticos rompa el protocolo y se acerque al expectante gentío que lo aclama detrás de la valla de seguridad y estreche precisamente su mano ignorando la de todos los demás e incluso lo distinga con un campechano y ennoblecedor abrazo. Hay dos formas de estar en este negocio y si me dejan elegir yo opto por la primera: siempre he preferido ser bota de futbolista a balón de reglamento, por más que como bota me halle estresado por los rigores de la etiqueta y no me permitan ir ni a la vuelta de la esquina sin guardaespaldas y como balón pueda ser despreocupadamente feliz y disfrute con los paisajes de papel cuché que descubro al volar por los aires después de recibir cada patada. O emparento ya por lo civil o por la Iglesia con la familia real o me lío la manta tricolor a la cabeza y me pongo a mandar mensajes de móvil exhortando a la gente a salir a la calle a pedir a megafónicas voces el inmediato advenimiento de una nueva República, a ser posible y si no es mucha molestia popular o federal, a ver qué es lo que pasa y si con un poco de suerte alguien me hace caso y nos podemos reír un rato con la pataleta de Jaime Peñafiel.
Petróleo

No es que el oro me vuelva loco. Siempre me ha parecido una horterada, tanto cuando lo he visto en pulseras o colgantes con la efigie de la Virgen del Rocío o Camarón como cuando lo he encontrado en la sonriente dentadura de algún ex presidiario o me lo han mostrado en sólidos lingotes con el nada cristiano fin de despertar mi codicia y mi envidia, pero eso de llamarle oro negro al petróleo se me antoja una hipérbole forzada y una metáfora difícilmente sostenible. El petróleo es un fluido que mancha todo lo que toca, como una especie de extraño y gorrino trasunto del rey Midas, y aunque a mí su olor me pueda parecer agradable o incluso estimulante creo que es justo y necesario que ponga un gesto grave para afirmar con absoluta solemnidad que apesta. Si no fuera porque una vez refinado permite que los coches anden y los jeques árabes y los magnates tejanos con corbatín de lazo y sombrero de cow-boy se forren y puedan dedicar sus vidas a beber té moruno y fumar de sospechosas pipas de agua sentados en ostentosas alfombras persas los primeros y a coleccionar todo tipo de objetos raros y hacerse traer piedra a piedra castillos medievales desde España los segundos, el petróleo sería un producto de poco tirón comercial y escasamente valorado por el público y su nombre apenas se escucharía en los noticieros de televisión ni tendría peso en nuestra cultura.
El petróleo se esconde bajo tierra, como los bichejos más repugnantes y las peores alimañas, y para extraerlo hay que emplear enormes taladros de aspecto fálico cuya presencia nunca podrá ser tolerada por los perplejos beduinos que transitan los inhóspitos desiertos a lomos de sus jibados y resistentes dromedarios y los conservadores campesinos de moral rígida que pueblan las vastas llanuras de la América profunda y levantan con sus propias y solidarias manos grandes casas de madera en las que los nuevos matrimonios que surgen dentro de la endogámica comunidad criarán a sus prolíficas descendencias. Después se distribuye por el mundo empleando un ingenioso sistema de tuberías al que algún hábil lingüista con cierta capacidad para la combinación de raíces latinas ha bautizado como oleoducto o se transporta en gigantescos barcos de tripulación por cierto exclusivamente masculina con tendencia a embarrancar y verter su precioso contenido en los mares, que ingratos lo arrastran con sus olas hasta las más o menos lejanas costas de Galicia y asfaltan de manera gratuita sus amplias y bellas playas como paso previo a su inevitable urbanización y a la lucrativa construcción de una batería de bloques de apartamentos con vistas al Cantábrico o al océano Atlántico.
Este pringoso líquido, además, y por si todo lo antedicho fuera poco, ha desbancado a la famosa perfidia femenina como primer generador histórico de conflictos bélicos. Los líderes de las poderosas naciones que antes se declaraban la guerra por el corazón de la Helena de Troya de turno ahora se tiran bombas por el control de los últimos yacimientos: eso priva a las campañas militares del inspirador trasfondo poético que un día tuvieron y las convierte en meras y estruendosas operaciones comerciales, por más que nos empeñemos en bautizarlas con nombres de novela de acción barata y hablemos de tormentas del desierto y libertades duraderas y por mucho que insistamos en comparar al mismo petróleo con el oro como si al fin hubiéramos dado con la archibuscada piedra filosofal. El petróleo se agotará un siglo de estos y entonces alguien encontrará otro milagroso chollo que haga que funcionen los motores y los raudos coches corran a la misma velocidad a la que se llenan sus bolsillos, pero hasta ese momento y según la infalible ley de la oferta y la demanda su precio seguirá subiendo a medida que las existencias vayan menguando y habrá cada día más tortas para hacerse con una lata de gasolina y esto terminará por parecerse de una forma bastante incómoda a la película ‘Mad Max’: el barril de crudo está por las nubes y a mí me da hasta miedo pensar a cuánto se pondrá cuando lo cocinen y qué demonios tendrá que hacer uno para conseguir que el fascista especulador o el organismo gubernamental marxista y quién sabe si leninista que controla las últimas reservas le recargue el mechero que necesita para encender el porro que le ayude a olvidar tanta miseria.
jueves
En la playa

Lo digo para aquellos habitantes del interior de la península que aún no tengan convenientemente afianzado el concepto pero se acerquen a él de manera intuitiva: la playa es ese sitio con arena que sale en los documentales y en las series con más éxito de la televisión y que está junto al mar, que es ese otro lugar al que según los poetas y los expertos en geografía física van a parar los ríos. Por alguna razón para mí de momento incomprensible, la playa se ha convertido en un gran centro de interés turístico y atrae como un imán a visitantes nacionales y extranjeros de toda edad y condición, que dejan pasar los semidesnudos días tumbados bajo un sol que alguien con más afición a los tópicos y las frases hechas no dudaría en definir como abrasador y que un astrónomo en cambio clasificaría como estrella.
No sé qué es lo que busca esta gente en nuestras hermosas costas, que de no ser por las tumbonas y los chiringuitos no tendrían nada que envidiarle en cuanto a aridez y ausencia de servicios al más impopular de los desiertos africanos. Cualquiera de las cosas que puede hacer uno en la playa las puede hacer también de manera mucho más cómoda en su santa casa, en un moderno y relativamente económico solario o en un práctico y discreto peep show de los que funcionan con monedas. Sea lo que sea eso que a los turistas se les ha perdido aquí, parece evidente que no lo encuentran en su primera excursión, ya que vuelven tercamente verano tras verano a poblar de risas y carreras los pasillos de los hoteles de nuestro litoral y a descocarse en las discotecas anejas a éstos e incluso llegan a comprarse casitas en tal o cual localidad costera a precios es cierto que para ellos asequibles pero para nosotros abusivos y pasan en ellas y en bermudas y chanclas con rigurosos calcetines blancos los años dorados de su jubilación, que temo que serán de manera inevitable los últimos y más penosos de su ya larga y seguramente sosa vida. Creo que Dios creó la playa para los extranjeros y que todos los españoles de bien deberíamos comportarnos como si tan húmedo y arenoso enclave no existiera para no indisponernos con Él y mantener las patrióticas señas de identidad que nos distinguen de los demás pueblos: si no, nos arriesgamos a terminar siendo turistas en el país que nos vio nacer y a sufrir las estafas de los taxistas sin escrúpulos, los malos modos de los camareros sin conocimientos de inglés y francés y las crueles burlas de los críos.
(Reconozco que no soy pero que nada objetivo en mis valoraciones acerca de este tema. Guardo un recuerdo traumático de la playa que me impide acercarme a menos de cien metros de la misma y por tanto me incapacita para tomar baños de sol y agua salada. Cuando era más joven y aún me drogaba con LSD, y tras una agitada y psicodélica noche de loca jarana en la que los límites de la realidad quedaron bastante en entredicho, decidí llegarme dando un paseo hasta ella para disfrutar del entorno, pasmarme con la inmensidad del mar océano y entrar en comunión con la Naturaleza. Caminé descalzo por la orilla sintiendo el masaje de la arena húmeda en los pies, nadé desnudo en todos los estilos que conozco entre las cariñosas olas hasta casi desfallecer y tras hacerlo y tocar con mucho esfuerzo tierra firme dejé secarse las gotas de agua yodada que perlaban mi juvenil y extenuado cuerpo tumbado a la bartola sobre las cálidas dunas. Eran las doce de la mañana de un domingo de verano: cuando el sol me hizo volver milagrosamente en mí me di cuenta de que estaba rodeado por una vasta legión de atónitas familias y de que las abiertas bocas de niños y mayores no iban a cerrarse hasta que yo me vistiera y me fuese de allí para no volver nunca jamás.)
Vocaciones

Llega un momento en la vida de todo hombre en el que debe decidir a qué quiere dedicar dicha vida: por lo general esto ocurre cuando el mencionado hombre aún no es en rigor un hombre sino un atolondrado mozalbete de dieciséis o diecisiete años más preocupado de conseguir revistas con las que documentarse para practicar el autoerotismo en el cuarto de baño y de esconderlas bien para que no se las robe su padre que de sopesar las ventajas e inconvenientes de escoger uno u otro camino de entre los que parten de la metafórica encrucijada en que se halla. En esas condiciones tiene todas las papeletas para equivocarse y labrarse un futuro más incierto que esplendoroso y verse abocado a abrazar una manera de vivir que le deprima y le resulte molesta y le haga lamentarse por las esquinas y en la barra de los bares por el resto de sus monótonos e interminables días.
Elegir un oficio o una carrera equivale a poner solemnemente la primera piedra de las obras de la carretera hacia el fracaso y la desilusión. La única forma de vida digna en toda la extensión de la palabra es la del millonario ocioso, y la sociedad reserva siguiendo las normas no escritas de una tradición milenaria la mayor parte de las plazas que encajan de alguna forma en esta categoría digamos laboral para los hijos primogénitos de los propios millonarios ociosos. Es posible alcanzar el estatus de rico desocupado y proclive a tomar el sol daiquiri en mano junto a su piscina particular jugando a la lotería o robando a manos llenas durante años, pero la primera actividad no es segura desde el punto de vista crematístico y la segunda no lo es desde el punto de vista policial y por lo tanto y por razones legales y sobre todo morales no puedo recomendarlas.
Es cierto que hay oficios dignos y gratificantes más allá del mero no tener ni precisar oficio: los futbolistas viven como pachás sin pegar un palo al agua, pero no todo el mundo vale para jugar en Primera División y nadie puede hacerlo pasados los treinta y cinco o en casos extremos los cuarenta, y los actores pornográficos llevan una existencia francamente placentera y despiertan el deseo de los espectadores del sexo opuesto al suyo y la admiración y la envidia de los del propio, pero tampoco pueden mantenerse en el candelero hasta más allá de una cierta edad y a partir de ésta no hacen sino esperar la lejana muerte recordando tiempos mejores y contando las picantes historias del pasado a los compañeros de partida de petanca o dominó.
Con todo, lo normal es verse obligado a soportar un infierno de nueve a dos y de cinco a ocho a cambio de unas monedas que le permitan a uno comer a diario para mantenerse en pie y poder volver al tajo al día siguiente y beber para olvidar que tiene que hacerlo y dedicar el poco tiempo libre que el trabajo nos deje a fantasear con todo lo que hubiéramos querido ser y ya no seremos y sobre todo a lamentarnos por lo que somos y jamás hubiéramos querido ni debido ser: nunca me cansaré de decir que si no fuera porque el fútbol y los toros nos roban el tiempo y las energías nos levantaríamos de una vez por todas en armas y pondríamos en marcha una sangrienta, socialmente justa y francamente ruidosa revolución cuyo más que probable éxito no nos convertiría en ricos ociosos y en consecuencia felices pero que al menos sí convertiría a éstos en tristes exiliados o en pobres de solemnidad como nosotros.
viernes
Colores

Es fácil darse cuenta, a no ser que uno sea un toro o un perro, que son dos animales que al parecer han hecho del daltonismo extremo una forma de vida, y si esto no es cierto y hay por aquí algún toro o perro le ruego que muja o ladre y me corrija, es fácil darse cuenta, decía, de que el mundo está pintado con un arco iris de mágicos colores. Lo cual sin duda le resta cierto sobrio encanto al paisaje, que en blanco y negro probablemente se parecería a una elegante película de los años cuarenta y que tal y como están las leyes de la refracción luminosa, si es que son éstas las que determinan el color de los objetos y de la gente, que sospecho que no, y ruego que si hay por aquí algún científico loco éste tome la palabra y me saque de dudas y si le apetece de paseo, tal y como están las leyes ópticas, repito, tiene toda la pinta de ser el estudio de televisión en que se graba una de esas series americanas para adolescentes.
Todo lo que nos rodea es de colores y me parece estupendo que lo sea, ya que éstos han demostrado que son muy útiles y le prestan impagables servicios a España y a la Humanidad. Sin ellos nos resultaría más difícil entender las señales que nos mandan los semáforos, especialmente si no tenemos claros los conceptos de arriba y abajo, y las ciudades se convertirían en un horroroso sindiós de peatones que hacen vida social en la calzada y de coches que siembran el caos y el desconcierto en las aceras. Sin colores nos sería prácticamente imposible distinguir en el supermercado los cartones blancos y azules de leche desnatada de los blancos y rojos de leche entera, sobre todo si no sabemos o no nos molestamos en leer las clarificadoras palabras que en ellos aparecen rotuladas, y difícilmente podríamos entender qué demonios está ocurriendo en los campos de fútbol durante los partidos y si es el equipo local o el visitante el que se halla en posesión de la pelota y amenaza con marcar gol.
Hay todo un lenguaje y una ciencia de los colores y la gente que los conoce pinta las cosas de uno u otro dependiendo de lo que quiere comunicar o conseguir con ello. En los pueblos las casas se encalan para dar una falsa impresión de inocencia y pureza de sus habitantes y para que las blancas paredes reflejen la luz solar y ésta ciegue a los turistas y los convierta en presa fácil para los rateros y timadores. Los artistas de vodevil jamás se visten de amarillo porque es un color que ofende a la vista y además no combina con prácticamente nada que no ofenda también a la vista y por ende a lo que se viene llamando buen gusto. Los quirófanos son verdes. En teoría la visión de este color nos relaja porque lo asociamos con la naturaleza, pero yo no tengo muy claro que la campiña sea un entorno sedante ni por lo tanto que el verde tranquilice: a mí la verdad es que me recuerda a los hospitales. Pintar los quirófanos de verde es como teñirlos de rojo: hay pocas diferencias entre una de estas asépticas y clínicas salas y el horrendo cuarto de despiece de un clandestino matadero.
jueves
Resistencia hortícola

Soy consciente de que hacer la lista de la compra es una concesión al pequeño angelito burgués que todos llevamos dentro y que mantiene un constante tira y afloja dialéctico con el demonio comunista con cuernos y rabo que hay en el corazón de cada hombre y que le pide que robe sobre la marcha lo que le vaya haciendo falta sin pararse a pensarlo dos veces como haría un fascista especulador, pero es que si no apunto lo que necesito luego se me olvida y si no hago la compra no puedo comer ni beber y por lo tanto me pongo triste y languidezco. Sé que cuando me llevo un tomate a casa el comerciante, el mayorista y el intermediario se enriquecen inmoralmente a mi costa y a la del agricultor que lo sembró y lo hizo crecer con el sudor de su frente y con abono orgánico, pero no dispongo de huerto ecológico ni frecuento la compañía de generosos campesinos que me puedan proporcionar uno de estos frutos a un precio que coincida con su valor, de manera que no me queda más remedio que renunciar al tomate, y quien dice tomate dice alcachofa o huevo blanco o pinto de gallina, o entrar en la vertiginosa espiral capitalista y soltar la pasta que me pide una inflexible cajera que tampoco va a pillar demasiado cacho en el reparto.
Es difícil seguir siendo rojo y masón cuando uno tiene dinero en el bolsillo y hay una tienda de ultramarinos a la vuelta de la esquina. El hombre tiende por naturaleza a anteponer las necesidades primarias a las secundarias o terciarias y a los simples caprichos y la revolución sólo es una necesidad cuando se convierte en medio indispensable para conseguir el tomate que devoraremos a mordiscos y sin pan para matar el gusanillo antes de que éste nos mate a nosotros. Por otro lado, levantarse en armas es un deporte peligroso y cansadísimo y la resistencia pasiva que empieza por negarse a hacer la lista de la compra es una forma de lucha de lo más aburrido y que a la larga resulta tan perniciosa para la salud del que la practica como el combate cuerpo a cuerpo, aunque es cierto que las huelgas de hambre ayudan muchísimo a perder peso y a conservar la línea y bien publicitadas con la ayuda de los medios de comunicación afines a la ideología que uno defiende pueden hacer a su protagonista bastante famoso en determinados círculos masocas.
Los dictadores inteligentes, dentro de las limitaciones que su habitual condición de militares les impone, dan a su pueblo la cantidad justa de fruta y verdura para que a éste le parezca más cómodo quedarse en casa viendo el fútbol que lanzarse a la calle pancarta o escopeta en mano a cambiar para siempre la cosa o al menos a conseguir su chusco de pan. En este sentido, las democracias occidentales funcionan más o menos igual que las dictaduras, con la única aunque doble diferencia de que uno no sabe a ciencia cierta quién es el truhán que se está llevando su dinero calentito y de que si a alguien se le ocurre levantar la voz para hacer ver a los que le rodean la inmoralidad de lo que está sucediendo el resto de los demócratas lo llamarán golpista en lugar de tildarlo de revolucionario: todos estaremos de acuerdo en que en tales condiciones lo único que uno puede hacer sin arriesgarse a ir a la cárcel o a convertirse en un poco popular paria que no liga en los bares es dejarse arrastrar por la inercia y pagar religiosamente, sin rechistar o en todo caso refunfuñando de manera muy discreta y educada y regateando lo menos posible la larga, dura y escasamente justa cuenta del reaccionario supermercado.
viernes
Eufemismos

Estoy francamente a favor de los eufemismos, las perífrasis y las metáforas, que nos dan la posibilidad de revestir el lenguaje de una cierta dignidad que termina por hacer que nosotros mismos parezcamos también un poco más dignos. Una de estas figuras retóricas bien empleada en un texto o en una conversación permite que digamos algo y que al propietario de un oído no entrenado le parezca que estamos diciendo cualquier otra cosa y por lo tanto baje la guardia y quede a nuestra merced si es alguien débil o no se dé por aludido y no tome represalias si por el contrario es alguien fuerte y con capacidad de respuesta.
Por ejemplo, hablamos de fallos judiciales para referirnos a tal o cual sentencia dictada por un magistrado, cuando no es necesariamente cierto que dicho magistrado haya fallado al dictarla y por tanto entra dentro de lo factible el que haya acertado e incluso lo haya hecho de manera plena. Encabezamos las cartas de protesta a los directores de los periódicos cuya línea editorial no coincide con nuestra línea de pensamiento y a los que por tanto detestamos porque nos ponen inenarrablemente enfermos con un invariable “Estimado señor” que a duras penas oculta la inquina que le tenemos al destinatario de la con toda probabilidad airada misiva.
Decimos que nos lavamos las manos cuando nos desentendemos de manera cobarde y vil de un problema y dejamos a aquél que viene a pedirnos ayuda en la más negra estacada, un acto que difícilmente puede catalogarse como limpio y al que sí le va como anillo al mugriento dedo el calificativo de sucio. Hemos oído un millón de veces eso de que tal o cual fulano ha pasado a mejor vida cuando lo que quería dar a entender el que empleaba la manida oración era que el sujeto de la misma había abandonado para siempre este valle de lágrimas o en definitiva que la había palmado, seguramente entre atroces dolores, y que su cadáver estaba dispuesto para ser pasto de los bichos o de las llamas.
Más: definir a alguien como “un señor maduro” cuando hace ya treinta o cuarenta años que su cuerpo ha madurado y quince o veinte que ha enfilado la vertiginosa cuesta abajo que un día lo llevará a morir y a pudrirse poco a poco, y no forzosamente en este orden, no es en rigor mentir, pero se le acerca bastante y también está muy feo. Afirmar que un hombre es sensible a la belleza femenina es muy distinto a decir que es un cerdo y un baboso, y sin embargo ambas frases están expresando lo que en esencia es una sola idea y pueden ser aplicadas de manera indistinta a la misma persona según la circunstancia en que nos hallemos y lo lejos que aquélla se encuentre de nosotros.
Son cosas que se dicen y que prueban el poder que llegan a tener la palabra y la retórica en boca de un buen orador cuando éste carece de prejuicios o escrúpulos. No obstante, creo que la gran hazaña del lenguaje perifrástico ha sido conseguir que los medios de comunicación y la gente de la calle llamen “demócratas liberales” a los miembros más radicales de la extrema derecha de toda la vida, a quienes se reconoce al primer golpe de vista por el bigotillo, la gomina y los insultos que profieren contra todo el que les lleva la contraria: dos expresiones que en principio remiten a universos ideológicos opuestos terminan significando lo mismo y lavándole de paso la pétrea cara a los hijos más salvajes y menos libertarios del capitalismo extremo: que vivan muchos años y gocen para siempre de buena salud el habla eufemística y la santa madre que la vino a parir un día negro.
Los agravios de la edad

Los años nos pasan por encima como esas molonas máquinas apisonadoras que manejan los rudos obreros especializados que se dedican a construir las autopistas que cruzan llanas y veloces el suelo de todas nuestras comunidades autónomas y por extensión el de nuestra Patria, y van dejando huella en cada rostro y cada cuerpo como el enamorado que graba iniciales y corazones con un punzón en la corteza de un árbol milenario. Nadie escapa a esta suerte de maldición, y quienes por genética o contactos en el mundo de la cirugía plástica retrasan por unos lustros el momento de ver las delatoras arrugas en sus caras no pueden evitar que la edad los pudra y desgaste por dentro como inexorablemente hace con todo hijo de vecino.
El tiempo, que nos arrastra de los pelos hacia la tumba en lugar de quedarse quietecito dentro de los relojes, tiene un agravio específico para cada etapa de la vida: castiga a los niños con una especie de enanismo temporal y con una falta de criterio que les impide valerse por sí mismos y contraer matrimonio con adultos o mantener noviazgos informales con éstos sin empujarlos a un destino cien veces peor que la muerte y votar en elecciones generales o municipales y referéndums sin recurrir a un carné de identidad falso, convierte a los adolescentes en seres llenos de granos y de complejos a quienes una fuerza inexplicable lleva a forrar sus carpetas con fotos de malos actores sin camiseta en el caso de que pertenezcan a lo que tradicionalmente se ha venido llamando el sexo femenino y a pasar largas horas encerrados en el cuarto de baño explorando sus recién estrenados cuerpos si es que pertenecen al masculino, hace brotar pelo en las fosas nasales, los hombros y la espalda de los varones de mediana edad mientras de paso los deja calvos y les condena a una vida de trabajo y privaciones y deforma los antaño prietos cuerpos de sus esposas hasta desproveerlos de cualquier tipo de atractivo, algo que tampoco les duele mucho, a ellas, digo, ya que están demasiado ocupadas fregando platos y criando niños que no pueden valerse por sí mismos como para pensar en seducir o impresionar a nadie, y convierte a lo que el poeta llamó viejas de ambos sexos en montones temblorosos de piel y osteoporósicos huesos a quienes por suerte la razón ha abandonado evitando que se den cuenta de lo triste que es su sino.
El calendario es un objeto cruel que no cuenta los días que pasan dejando su carga de dolor sobre nuestros hombros, sino los que quedan hasta la fecha en que las cosas no puedan ir a peor y la muerte venga a poner su guinda vil en el pastel de infortunio que es toda existencia. Y a la Naturaleza fiera y el inclemente Dios no les basta con que nosotros seamos conscientes de en qué vergonzante estadío del desarrollo nos encontramos y de cuán cercano o lejano está el negro destino que al cabo del viaje nos espera: por eso o tal vez como parte de un juego macabro y sin sentido han dispuesto que cualquiera pueda hacerse una idea de lo jóvenes o viejos que somos con sólo mirarnos un segundo a la cara y calcular el tiempo de vida que nos resta contándonos las canas y las arrugas y haciendo una sencilla regla de tres y un par de multiplicaciones sin decimales. Lo peor no es ser un anciano decrépito, un hombre gris cuyo mañana es punto por punto igual que su hoy y sospechosamente parecido a su ayer, un adolescente granujiento y memo que desconoce las más básicas normas de urbanidad y pega a sus compañeros o es golpeado con frecuencia diaria por éstos o un niño sin fuerza física ni capacidad de raciocino y con una autonomía de acción comparable a la de un motocarro antiguo sin gasolina, sino que todo quisque pueda saber que lo eres y no tengas forma de negar que perteneces a uno de estos cuatro vergonzantes clubes sin verte forzado a admitir de manera implícita o explícita que eres socio de pleno derecho de alguno de los otros y que has sido o con casi entera probabilidad y con los años serás miembro de todos y cada uno de los demás.
jueves
Extraterrestres

Para creer que hay vida inteligente en otros planetas antes tendría que tragarme eso de que existen otros planetas, algo de lo que dudo tanto como de que haya un Dios omnipresente que todo lo puede y todo lo conoce. Nunca he visto un planeta más que en fotografía, que por cierto es más de lo que puedo decir de Dios y de cualquiera de sus santos de confianza, y para asumir su existencia habría de hacer un gigantesco acto de fe, que es el único gesto irracional que no está catalogado como tal en los manuales de psiquiatría. Tengo por norma no creer ni de coña lo que no veo con mis propios ojos y sin cristales de por medio e incluso dudar sistemáticamente de que lo que veo y toco sea real y no producto de una ilusión endógena o inducida: es lo que se llama espíritu científico: sin él el mundo no avanzaría y seguiríamos anclados en la superstición y la ignorancia.
Aun poniéndonos en el caso de que efectivamente existieran los extraterrestres, no entiendo el porqué de este afán por conocerlos y esta manía de rastrear el espacio con sondas y telescopios y obligar a los ingenuos astronautas a embarcarse en peligrosísimas misiones tripuladas para ver si nos damos de bruces con ellos, con los extraterrestres. Sospecho que el amor del hombre hacia los marcianos es una de esas pasiones no correspondidas de las que tanto hablan los libros: dudo que los hipotéticos alienígenas dediquen a pensar en nosotros todo el tiempo que nosotros pasamos pensando el ellos como colegialas enamoradas que fantasean con seducir a su profesor de latín y romper su matrimonio y por extensión su hogar y quedarse a la larga con la mitad de lo que su ex mujer le deje tras el divorcio.
Habrá quien diga que los extraterrestres podrían revelarnos los secretos del Universo y que por eso es conveniente que nos pongamos en contacto con ellos a la mayor brevedad. Todavía no somos capaces de explicar los misterios que nos rodean, y estoy pensando en los calcetines sin pareja que llenan nuestros cajones y adornan los tendederos del mundo y en el éxito en los negocios y en la política que invariablemente tienen todos los hombres sin estudios, y sin embargo pretendemos conocer las verdades fundamentales de la Creación y el porqué último de todas las cosas: eso es empezar la casa por el tejado, comprar el collar sin haber robado el perro o abonar la consumición antes de que ésta nos sea servida y podamos comprobar si el licor está aguado o procede de un cien veces relleno garrafón.
Cuando uno trata de desentrañar un misterio, se arriesga a salirse con la suya y a que el resultado de sus pesquisas no le satisfaga y le suma en la decepción o, lo que es peor, en la depresión o en un océano de pánico y zozobra. Creo que la duda es mucho más poética y confortable que la certeza: es mejor no saber qué es lo que nos depara el enigmático futuro y qué es lo que hay más allá de la Luna en el caso de que finalmente haya algo. No me apetece encontrarme con una raza superior de alienígenas que pretenda utilizarme como juguete sexual o servirse de mí como alimento, con una civilización inferior a cuyos miembros nos veamos obligados a enseñar penosamente a leer y escribir para poder comunicarnos con ellos o con una especie más o menos tan fuerte o inteligente como la nuestra con la que tengamos que competir por la supremacía universal o guerrear por el control de los menguantes recursos naturales de la Tierra y de su remoto y aún desconocido planeta hasta que éste o aquélla terminen destruidos y convertidos en yermos páramos infértiles y ellos o nosotros acabemos extinguidos como individuos y por lo tanto y si la lógica no me falla como estirpe y con mala suerte nuestros hijos y con buena suerte los suyos no lleguen a nacer y por esa razón no estén en condiciones de ver la luz del Sol que tal vez ya no se eleve sobre el horizonte en el amanecer del hoy no tan lejano día de mañana.
Domicilio y hotel

No me importaría pasar el resto de mi vida en un hotel de dos o más estrellas: he tenido experiencias poco agradables en establecimientos hosteleros de inferior categoría que me han llevado recelar de la comodidad y salubridad de los mismos. Me gusta eso de que me hagan la cama como Dios manda y me limpien a conciencia el cuarto todos los días, que es algo que no ocurre en mi santa casa a no ser que sea yo quien se remangue y se ocupe personalmente de ello. Habrá excepciones, pero en la mayor parte de los casos los hoteles están atendidos por más o menos solventes profesionales y los domicilios particulares por simples aficionados sin preparación específica que no cobran un duro por su trabajo o directamente por lo que podríamos definir como nadie en absoluto. La cosa empeora bastante si para colmo de males y desgracia de todos los que lo visitan además de ser particular el hogar es familiar: estos suelen hallarse habitados por multitud de personas que casi siempre afirman haber adquirido ciertos derechos sobre uno y que uno ha contraído un buen número de obligaciones generalmente vitalicias con ellos y que no piensan renunciar a las molestas prerrogativas que la ley les otorga ni están predispuestos a liberar así porque sí a nadie del yugo de sus deberes parentales.
Suponiendo que todavía sigan ahí, ustedes habrán levantado una ceja y el dedo índice de la mano derecha, si son diestros, o el de la izquierda, en el caso de que por el contrario sean zurdos, para decirme que todo esto está muy bien pero que yo no tengo cara, aunque probablemente sí porte, de millonario y que dormir en un hotel en el que el nuevo cliente no se encuentre de forma invariable con la doble y poco grata sorpresa de que hay una gruesa capa de polvo en la mesita de noche y manchas de excrementos en las paredes del único baño de toda la planta y con que de madrugada se celebran apasionantes y reñidas carreras de bien entrenadas y veteranas cucarachas por el suelo de la habitación, y les aseguro que les estoy describiendo una pensión en la que he tenido ocasión de pasar unos días y que me estoy ahorrando algunos de los detalles más sórdidos, sale pero que muy caro. Yo les respondo desde ya, antes de que formulen su lógica objeción, que sí, pero que vivir de alquiler o pagar una hipoteca tampoco es barato y que a ver por cuánto tiempo las tarifas hoteleras siguen resultando más gravosas que las letras de los pisos de cuarenta metros cuadrados más el agua, la luz y los gastos de la comunidad de vecinos, que son, los vecinos digo, otra figura que por lo general uno no tiene que soportar en los hoteles y sí en la propia casa por muy sagrada que sea ésta.
Los hoteles cuentan con la ventaja añadida de que casi siempre están en otra ciudad, de manera que el frecuentarlos lo convierte a uno en un tipo viajado y cosmopolita, y en no pocas ocasiones se encuentran en un país extranjero, y ya sabemos que por lo general éstos molan bastante más que el nuestro. Vivir en casa es un acto pueblerino y antiguo que debemos intentar no cometer si aspiramos a ser algún día ciudadanos europeos con todas las de la ley y a acceder a los mejores trabajos y dejar de currar como decimonónicos negros de limpiabotas y de humillantes cosas por el estilo, o incluso a ser ciudadanos americanos y a tener todo tipo de molones derechos avalados por el previo y religioso pago de nuestros impuestos y a disfrutar de un coqueto estudio amueblado en un barrio lleno de rascacielos sito junto a un caudaloso río cuyo nombre no somos capaces de pronunciar y a sufrir atentados con aviones suicidas y no con bombas normales y corrientes: a realizarnos plenamente como seres sociales y a identificarnos con los fulanos que salen en los reportajes sobre la Bolsa y en las sofisticadas teleseries ambientadas en la Costa Azul o Nueva York y no con los honestos agricultores que llegan a su cabaña sudados y comidos por los sabañones tras un duro día de trabajo en el campo y con esos simpáticos nativos de países remotos y septentrionales que suelen atravesarse un ornamental hueso en la nariz y que con tanta condescendencia son retratados por los autores de los lujosos documentales sobre el Tercer Mundo que produce esa benemérita y peregrina institución que por la razón que sea fue bautizada por sus británicos fundadores como National Geographic Society.
viernes
Desconfianza

He oído cien veces a los filósofos decir que la confianza da asco, así que procuro no fiarme de nadie por honesto que parezca y por muy buenas referencias y bien caligrafiadas cartas de recomendación que traiga. Trato de no darle nunca la espalda a la gente, lo cual me crea muchos problemas y me obliga a ejecutar movimientos muy extraños por la calle, que es un lugar inhóspito y transitado por personas no siempre comprensivas con las rarezas del prójimo, y jamás tomo alimento o cato vino que no haya probado un voluntario antes que yo, algo que por cierto me ha hecho muy popular entre los parroquianos de los bares en los que almuerzo y entre los indigentes y menesterosos del mundo entero.
Pongo en duda por sistema las noticias que aparecen en los periódicos y dan en los informativos de la televisión, especialmente aquellas en cuya valoración positiva o negativa están de acuerdo los comentaristas de todos los diarios y cadenas. También sospecho de la sinceridad de las homilías del párroco de mi barrio, que probablemente esconda algo raro bajo la sotana y a quien a pesar de ello he confesado como ahora hago con ustedes que hay algunos puntos del Antiguo Testamento que me parecen más producto de la fantasía de sus autores que resultado de un minucioso trabajo de documentación.
Nunca hago caso a los horóscopos, aunque tengo que reconocer que a veces aciertan, y me tomo con todas las reservas las predicciones de brujas, quiromantes y oráculos, por mucho que éstos salgan en la tele, estén titulados en alguna universidad ignota y cobren cien euros por una sesión de media hora. Miro compulsivamente a izquierda y derecha antes de cruzar la carretera, algo que sólo hago en caso de que sea estrictamente necesario y utilizando los pasos de peatones habilitados al efecto, y siempre vigilo a los taxistas para que no manipulen el contador durante la carrera y les presiono para que no se entretengan más de la cuenta en los semáforos y para que no den demasiadas vueltas gratuitas para ellos y onerosas para mí por la ciudad.
Procuro no dejar muestras de ADN en los vestidos de mis amistades femeninas y me encargo personalmente de la recogida, inspección y destrucción del material profiláctico utilizado durante cada velada romántica, para evitar hipotéticos chantajes y embarazos no deseados por mi parte y sí por la de la futura madre. Obligo a dentistas y tatuadores a esterilizar ante mis ojos todo el instrumental y a lavarse por lo menos una vez las manos antes de cada tratamiento o sesión, y les pido que me muestren sus papeles y permisos de residencia y les bombardeo con preguntas trampa para ver si les pillo en un renuncio: prefiero pasarme un poco con estas cosas y poner la venda antes de que me hagan la herida a quedarme corto y ver cómo la mencionada herida queda al aire, expuesta a la indiscreta mirada del público y la crítica y al ataque de las traicioneras miasmas que todo lo infectan y todo lo corrompen.
Palabras

Las palabras son un invento diabólico que nos permite atormentar a los demás con la exposición pormenorizada de nuestras obsesiones y nuestros miedos. Sin ningún género de dudas, la Civilización avanza gracias al lenguaje, pero no tengo claro hacia dónde lo hace, avanzar. En general, y unos menos que otros, calladitos estamos bastante más guapos que hablando, aunque sea del tiempo, que según los ingleses es hablar de otra cosa. El idioma nos sirve para entendernos, pero no estoy completamente seguro de que eso de entendernos vaya a ser una buena idea: la de comprender cómo son y qué piensan los demás es una hazaña que con entera probabilidad nos conducirá a la decepción y al hastío.
Todo el que tiene ciertas nociones de biología sabe que si los animales viven felices y contentos en el campo es entre otras cosas porque la mayor parte de ellos son mudos y no pueden decirse las verdades que duelen a la cara. Por esta razón en la naturaleza agreste reinan la paz y la concordia y la mayor parte de los entornos bucólicos también son idílicos. Abundando en la misma línea de pensamiento, podríamos concluir que los bebés de nuestra propia especie pasan ante los ojos de los adultos por seres encantadores y en definitiva nos resultan adorables porque solamente emiten vagos sonidos guturales: no tienen suficientes recursos lingüísticos como para tramar maldades ni disponen del talento verbal que les haría falta para insultar con coherencia y humillar con eficacia a sus padres y cuidadores.
Según los árabes, que al parecer sabían mucho de estos temas, nadie debería decir nada que no sea más bello que el silencio, aunque teniendo en cuenta que los adjetivos que con más frecuencia suelen acompañar al sustantivo “silencio” son “aterrador” y “sepulcral”, dar con una expresión que supere en hermosura a las imágenes que tales palabras nos traen a la cabeza no se antoja una tarea complicada sino más bien un sencillísimo juego de niños y una misión trivial que está al alcance de cualquiera que se haya tomado la molestia de sacarse el graduado escolar.
El diccionario es un libro nefasto y las autoridades competentes, si es que estos dos vocablos pueden emplearse en la misma frase sin dar lugar a la risa de todos y al general jolgorio, deberían iniciar los trámites pertinentes para prohibir su lectura en los centros educativos y su presencia en las bibliotecas públicas y aun en las particulares: en sus cientos de repletas páginas cualquier desaprensivo con un poco de tiempo libre puede encontrar todas las herramientas necesarias para mentir como un bellaco al mundo y engañarnos a usted y a mí como a inocentes chinos y para ofender, presionar y difamar al prójimo en abstracto o a un prójimo concreto y hacer corrosivo y lúdico escarnio de él, que está muy tranquilo en casa y no se ha metido con nadie, que yo sepa.
El poeta dijo que somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios, y aunque empleara un buen número de palabras para hacerlo creo que tenía más razón que un santo. Parece evidente que ser dueño de algo es preferible a ser esclavo de alguien, por más que ese algo sea una completa baratija y este alguien resulte ser un amo comprensivo que administra a sus subordinados amistosas palmaditas en la espalda en lugar de latigazos: es mejor que pongamos punto en boca en lugar de hacerlo sobre la i y nos mantengamos callados e impasibles ante las adversidades con que nos castiga la vida. Así por lo menos no diremos nada que haga empeorar las cosas y dejaremos en quienes nos observan la grata impresión de que somos unos tipos reservados y prudentes.
jueves
Realidad virtual

Me tiro tanto tiempo delante del ordenador que ya tengo problemas para distinguir lo que ocurre dentro de la pantalla de lo que sucede fuera de ella, del mismo modo que durante el año sabático que me tomé en mi juventud para dormir y meditar tenía dificultades para distinguir lo que me había ocurrido al bajar a la farmacia a comprar más Rohipnol de lo que había soñado, algo que por cierto me creó más de un problema con el boticario y su hija y con varios de los personajes que se pasean por los prados de mi fantasía. Gracias a Dios he madurado y he escapado de los posesivos brazos de Morfeo, lo cual me permite pasar gran parte del día lejos de la cama, pero dedico una parte muy importante de mi vida a matar cibernéticos marcianos y a navegar por las autopistas de la información, lo cual no deja de ser un contrasentido, ya que por las autopistas y las carreteras en general no se navega salvo en caso de tsunami o gota fría y en la habitación del ordenador no suele llover a no ser que éste sea portátil y su propietario un humilde vagabundo sin hogar.
Creo que la realidad virtual es tan real como la otra y que precisamente por eso se le llama realidad, aunque después se le añada un ambiguo adjetivo para confundir al lector u oyente. El poeta, que no sabía estarse callado, dijo que en este mundo, que a la sazón se le antojaba traidor, nada es verdad ni es mentira, y yo estoy en parte de acuerdo con él: opino que hay verdades que parecen y que por tanto merecen ser mentira y que hay trolas tan vívidas o repetidas o convenientes que han alcanzado la categoría honorífica de verdad. Distinguir en lo que se refiere a estos temas el grano de la paja y separar las ovejas churras de sus aristocráticas compañeras las merinas es un trabajo ímprobo que no suele tener recompensa y sí traer muchos disgustos al que se afana en él. Por lo general la realidad y la verdad son bastante dolorosas y en las más de las ocasiones es mejor no conocerlas: por eso he renunciado a afrontar la vida con espíritu crítico y tiendo a creerme cualquier cosa que me digan mirándome a los ojos y le doy validez a todo documento que lleve un sello oficial, que esté mecanografiado o escrito a mano y en mayúsculas o que me hayan enviado por correo electrónico.
Lo inteligente es no preocuparse de si los objetos que nos rodean son de verdad o de pega y de si las noticias son o no son un montaje y aplicarse en falsificar antigüedades y en inventar mentiras lucrativas para sacar partido de la confusa situación. Hay mil y una eficaces triquiñuelas para engañar al personal y convencerle de que el show o la información que uno despliega ante sus ojos es real. Los directores de cine que quieren darle un tono especialmente veraz a sus películas las ruedan en tres dimensiones, un acreditado sistema que obliga al espectador a ponerse unas ridículas gafas bicolores pero que a cambio lo lleva a un universo poblado por dinosaurios que parecen ir a saltar de la pantalla y por trogloditas con cachiporra que amenazan jocosamente con golpearnos de un momento a otro en la cabeza con resultado de muerte, y los periodistas que pretenden dotar de verosimilitud a una noticia no contrastada y los cientos de usuarios de agencias de contactos de Internet que desean sumarle un atractivo extra a su currículum suelen acompañar a éste o a aquélla de fotografías trucadas: por culpa de ese diabólico invento llamado Photoshop y de los hombres y mujeres sin escrúpulos que se valen de él para medrar y anotarse puntos con sus superiores o sus conquistas uno confunde el ser con el no ser, la verdad con la mentira, lo bonito con lo feo en todos los numerosos sentidos de ambas palabras y lo bueno con lo malo en general y va por el árido valle de lágrimas que es la vida con la picha hecha un lastimoso y acomplejante lío.
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