martes

La Croqueta

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jueves

El apoyabrazos

No sé si han montado alguna vez en autobús interurbano. Lo peor de este medio de transporte es que te obliga a viajar con un compañero de asiento, que viene a ser algo bastante parecido a un siamés. El azar hace girar su ruleta caprichosa y empareja a todos los viajeros por unas horas o unos cientos de kilómetros. Es como cuando jugábamos en el colegio a eso de la botella y esta jamás señalaba a la persona que queríamos (peor aún era cuando sí la señalaba y ella salía corriendo despavorida, pero de ese drama hablaremos en su momento). Lo bueno y lo malo del autobús es que si la botella apunta hacia ti, no te puedes echar atrás y tienes que apechugar con las consecuencias. El autocar no nos une para siempre, pero sí lo hace por períodos más largos que ciertos matrimonios, y aquí la opción de divorciarse no existe (a no ser que haya sitio libre al fondo) y la de ir a por tabaco tampoco se contempla.

Generalmente, lo único que nos separa de nuestro compañero de asiento es un apoyabrazos de plástico, que puede o no ser abatible. Pues bien: en el control de este apoyabrazos está la clave de la comodidad del recorrido. El apoyabrazos es el peñón de Gibraltar de los desplazamientos interprovinciales y su ocupación tiene un alto valor estratégico. Quien posa el codo en él, condena a su rival a pasar el viaje con los hombros encogidos, replegado sobre sí mismo y sumido en sus negros pensamientos, y se asegura en cambio un relativo desahogo postural que hará que la prosaica odisea que se avecina sea un poco más llevadera. El apoyabrazos es un territorio vital tan codiciado como la franja de Gaza, y creo que el símil geográfico es más pertinente que el anterior, porque los tíos que se te sientan al lado en estos autocares casi siempre son moros, aunque no resulta del todo descartable que en la rifa te toque en gracia un simio, si bien lo normal es que se trate de uno más parecido a un orangután que a cualquiera de esos monitos que alegran con sus juegos y pequeños hurtos la vida en la colonia británica.

La ocupación del espacio conflictivo se suele realizar con disimulo: aprovechando un bostezo con desperezamiento, se estira uno y luego deja caer el brazo sobre el objetivo, esto es, sobre el reposabrazos. Igual que los adolescentes de las comedias americanas hacen cuando van al cine con sus ligues para echarles la mano al hombro, pero con un fin muy diferente, no erótico, sino supervivencial: no es un furtivo lote entre las brumas, con viable aunque improbable paja como guinda, lo que está en juego, sino algo mucho más trascendente. Como decían en aquella otra película de boxeo, esto es una cuestión de dignidad: tratamos de ganarnos la nuestra arrebatándole al contendiente la suya. Pero la gloria del vencedor y la vergüenza del derrotado en esta pugna no son tan efímeras como en el cuadrilátero: si tras un combate de pesos pesados a doce asaltos se cumplimenta el ritual de levantar el puño del vencedor ante su cabizbajo adversario y después se manda a cada cual a su casa, aquí el vencedor y su vencido son obligados a permanecer juntos, bajo el mínimo foco de la lámpara de lectura, tomando conciencia de quién es quién y de todo lo que ello implica, durante cinco, seis, siete interminables horas, el tiempo que el autobús tarda en alcanzar su siempre lejano destino, tras traquetear por las autovías con la velocidad de un vehículo que transita caminos vecinales.

El viaje, por lo común, se realiza en silencio. Durante el mismo, nos convertimos en una especie de discapacitados globales, condenados al mutismo y la inmovilidad, aunque por desgracia no privados del sentido del olfato, y como a tales sólo nos queda resignarnos y matar las horas viendo caminar a la gente que sí puede en la película del televisor de a bordo, suponiendo que lo haya, mientras intentamos olvidarnos de la presencia del odioso tipo de al lado, sobre todo si nos ha ganado la partida, y rezamos porque se baje en alguna de las paradas intermedias. Es posible aprovechar una de estas, si es de las que incluyen descanso de quince minutos para estirar las piernas y tomar café en un área de servicio, y dar un golpe relámpago de Estado que revierta el orden de las cosas: basta con volver al vehículo antes que el enemigo y esperarlo cómodamente repantigado, con una sonrisa que tanto puede ser de saludo como de superioridad, para disfrutar a partir de entonces de las mieles del triunfo y una postura más cómoda. Pero no es usual que esto ocurra: la posesión del apoyabrazos le infunde a uno moral, como si en lugar de un cacho de plástico fuera la mismísima espada Excalibur recién arrancada de la roca, y le hace sentirse tan superior al rival (abrumado y desmoralizado, a su vez, por la ignominiosa derrota) que lo más frecuente es que el statu quo se mantenga hasta el término del trayecto.
                                                                                    
Entonces, al final del recorrido, llega el momento del adiós. El ganador y el derrotado (siempre hay uno de cada clase en una pareja) se levantan, se estiran, ahora con sinceridad, para desentumecerse, recogen su equipaje de mano (uno de los dos se lo puede alcanzar al otro, en ofrenda sumisa o regalo de desagravio) y se despiden con gesto más o menos hosco. Del autobús se apean treinta campeones y otros tantos perdedores, con la frente alta o meditabundos, según corresponda a su condición, que descienden a un mundo donde la guerra y la pareja serán algo muy diferente a lo que han sido durante las últimas horas. La gran botella de la vida girará para buscarles amores que duren más que un viaje y ellos, irremediablemente, tendrán que pelearse aquí y allá por ganarse un apoyabrazos conceptual, ficticio, metafórico, hecho del mismo material con el que se forjan los sueños, porque si alguna moraleja extraemos de este texto es que para estar bien casi siempre hay que fastidiar a algún vecino y para quedarse a gusto no hay nada como molestar un poco al prójimo.

lunes

Proletariado


A pesar de lo que pudieran sugerir mi elegante indumentaria y mis exquisitos modales, formo parte del proletariado, y eso me obliga a ingerir periódicamente raciones completas de huevos con patatas y chorizo y a ponerme ciego de vino en cartón. Uno ha de ser fiel a su clase y no debe dejarse seducir por las tentaciones que abundan en los mundos que no le pertenecen: mi innata elegancia y mi apostura me han abierto mil veces las puertas de los salones de la alta sociedad, pero nunca he caído en la trampa de creerme un miembro de pleno derecho de la misma y siempre he recordado que mi cuerpo pertenece a las comunitarias calles (y mi estómago a los establecimientos que ofrecen menú económico a cinco euros y que dejan que el hambriento repita el primer plato).

Aunque algún bromista con acceso al ropero de una señorita vista a un mono hembra con prendas de la más fina seda, éste seguirá siendo un mono y conservará su tendencia a comer plátanos y su costumbre de defenderse arrojando sus propios excrementos a aquellos que osen acercarse por sus dominios. Cada uno es lo que es y será inútil que luche por aparentar que es otra cosa, pues siempre habrá un gesto, un lapsus o un desliz de distinta naturaleza que lo delate. Lo mejor es aceptar las desgracias con deportividad, asumirlas según van viniendo y alzar la frente para admitir ante el mundo con real o fingido orgullo lo que hay: a todos digo aquí y ahora y para que quede constancia de ello lo hago por escrito  que yo soy proletario y obrero en el sentido amplio de la expresión, ya que mis delicadas manos no me permiten serlo en el otro.

Es cierto que el hábito no hace al monje, aunque ayuda mucho a reconocerlo, y mis cuidados ropajes no deben confundir a nadie: soy un peón del pueblo oprimido y albergo en mi fuero interno tanta ciega ira contra el clero y la patronal como es posible desde el punto de vista médico. Cuando veo a un tipo vestido de etiqueta fumarse un habano de los buenos siento incontrolables impulsos homicidas, y me pasa algo muy parecido cuando me presentan a alguien con nombre raro y apellido compuesto. Opino que la guillotina fue el invento más útil y revolucionario de su época, y mis deseos de tomar nuevamente La Bastilla sólo son comparables a los de hacer lo mismo con el Palacio de Invierno, cuidando esta vez de que no se escape ninguna infantil y adorable Anastasia por la puerta de atrás. Los proletarios somos así y la enseñanza secundaria obligatoria no va a cambiarnos.

Soy capaz de tararear la Internacional de corrido y puedo levantar el puño izquierdo con tanta convicción como el que más, que creo que hoy por hoy sigue siendo Fidel Castro, un hombre al que por cierto sí perdono que fume todos los puros habanos que quiera y la salud le permita. Me sé al menos veinte chistes verdes sobre la monarquía, que probablemente harían reír como niños a estos afables Borbones a quienes nadie confundiría con una familia de obreros (aunque salieran todos juntos a la calle en camiseta interior sin mangas y con un casco amarillo y una riñonera), y puedo cantar el himno de España de cabo a rabo sustituyendo la añeja y mil veces recordada letra de Pemán por esa otra tan graciosa en la que aparece el mismo Franco y se hace alusión a una marca de detergente.

Ya voy olvidando los eslóganes anticapitalistas porque el tiempo no pasa en balde y el contenido lírico de las manifestaciones de los últimos años se ha vuelto un tanto ecléctico, pero pongo a Lenin por testigo de que conocía un buen montón y acostumbraba a entonarlos con seguridad y entusiasmo en cuanto se me presentaba la oportunidad, en ocasiones valiéndome de una melodía de apoyo y un megáfono para subrayar la innegable verdad que había en ellas. Todavía tengo conciencia de clase, que es la forma de conciencia más superficial y menos comprometedora que existe pero que es conciencia al fin y al cabo, y eso en los tiempos que corren no es poco: soy consciente de cuál es mi papel en el trágico teatro de la vida y del modesto lugar que ocupo en la empinada pirámide social, y me paseo por los clubes hípicos y me pavoneo en las recepciones del embajador con el aire chuleta y confiado del que sabe que puede beber como un cosaco (y pasarse con la gente tanto como le apetezca) porque no le importa un pimiento que los guardas jurados lo levanten por los sobacos y lo pongan de patitas en la calle.

domingo

Semáforos


El silbido con que el semáforo acompaña la señal verde que permite cruzar al peatón me recuerda al de un hombre que llama a un perro. El semáforo nos silba y nosotros cruzamos, solícitos, la carretera, apretando el paso como si al otro lado nos esperase una golosina. El semáforo es nuestro amo, y seguimos sus órdenes sin cuestionar ni por un momento su oportunidad. Nos dice “Venid, bonitos, venid” y allá que vamos, sin detenernos un momento para mirarnos y decir “Eh, pero ¿qué es esto?”. Somos el perro de Pavlov de la Dirección General de Tráfico, que hace con nuestros cuerpos lo que quiere. Títeres. Usted es un títere, señora, un muñeco articulado que se juega una fractura de cadera al correr sobre el asfalto mojado cada vez que una máquina con luces de colores se lo ordena. Su caso es comprensible porque la última vez que oyó un silbido humano por la calle tenía treinta años y de eso hace otros tantos, y la nostalgia y el querer volver a ser lo que uno fue son dos estímulos poderosos que a veces nublan la razón, pero ¿yo? Yo cruzo aún más rápido, con toda la velocidad que me permiten mis jóvenes piernas, hacia el semáforo exigente. Aquí estamos los dos, pasando del trote al galope porque el semáforo se impacienta y empieza a meter ruido del bueno. No es una carrera entre ambos, sino una prueba contra nosotros mismos y una cuestión personal con algo que no es una persona: corremos porque no podemos decepcionar a ese autoritario y callejero mueble, a quien le basta con silbar para conseguir que obedezcamos, cuando a un guardia urbano de los de siempre se le exigían también gestos y profusión de manoteos. Da la impresión de que respetamos más a un montón de hierros y de cables que a un padre de familia que llevaba porra y estaba autorizado para arrearnos con la misma, de cintura para abajo, a la primera salida de tiesto, y el reflexionar sobre ello nos puede ayudar a entender a qué incomprensible punto de degeneración están llegando las cosas.

Mírese, señora, y míreme a mí. Parecemos los camellos mecánicos de esa vieja atracción de feria, que corrían a medida que el jugador iba lanzando pelotas a un agujero voraz, pero aquí nadie tiene que afinar la puntería ni dejarse los cuartos para que movamos el culo: cada silbido del semáforo es una bola que da en el blanco y nos obliga a caminar a toda prisa. Somos víctimas de la tecnología que hemos creado (usted no ha creado nada, lo sé, pero permítame la licencia), más en concreto estamos siendo sojuzgados por una desgarbada máquina con vago aspecto de ayuda de cámara inglés, un mayordomo mecánico que se ha acostumbrado a mandar y nos ordena la vida en lugar del cajón de las corbatas. Este robot vertical y pasivo ha dado un discretísimo golpe de Estado, ha ocupado las calles sin que se note y de momento lleva todas las de ganar en una batalla que nadie sabe que existe. A nosotros sólo nos queda oponernos a la dictadura de las máquinas con las armas que tenemos, es decir, desarmados: abrazar una resistencia pasiva que tarde o temprano desembocará en una ola de atropellos que diezmará más nuestras filas cuanto más prietas estén. Eso o resignarnos a seguir las reglas del juego y correr como conejos cuando se nos manda, que es, dese usted cuenta, lo que estamos haciendo en este preciso instante: apretemos el paso, señora, que ya vuelve a silbar el hombre de hierro, sigamos sus órdenes aunque sepamos que al alcanzar la meta no vamos a recibir una medalla, ni una felicitación ni absolutamente nada y que, como de costumbre, las prisas solo nos servirán para descubrir que esta vez tampoco hemos llegado a ninguna parte.

jueves

Cacas de perro

La ley obliga a los propietarios de perros a recoger sus cacas de la calle. Como lo oyen. En caso de que no lo hagan, se arriesgan a ser duramente multados y a sufrir la desaprobación de los vecinos. Esta situación jurídica hace que sea frecuente ver a señores hechos y derechos arrodillados en la acera y toqueteando una caca de perro con la única protección de un guante desechable. Esos hombres recogen el mullido residuo de la digestión de sus mascotas y dejan la dignidad en el lugar que este ocupaba. Es posible que elijan horas inauditas y parajes recónditos para llevar a cabo el ritual, pero ninguno de ellos estará completamente seguro de que no lo vaya a ver un niño, un vecino o la joven que, si lo hubiera conocido en cualquier otra situación, habría podido llegar a ser la mujer de su vida.

 Es cierto que, en una mañana fría, el tacto en la mano de una majada recién puesta, cálido a través del finísimo plástico, puede resultar turbiamente reconfortante, pero este dudoso placer no compensa la pérdida de fuerza moral que el hombre experimenta cada vez que consuma el acto bochornoso. También lo es (cierto) que existen una especie de recogedores automáticos que facilitan la tarea al condenado, y que le permiten mantenerse erguido durante el proceso y prescindir de relacionarse directamente con el controvertido producto orgánico, pero esto no es más que un modo de encubrir la humillación: un hombre que trinca una bosta con una pinza unida a un palo sigue siendo un hombre que trinca una bosta, por más que interponga higiénicos objetos entre él mismo y su destino y finja que maniobra con naturalidad e indiferencia.

 Prefiero un millón de veces ver la calle sembrada de excrementos (que son un abono inmemorial y la prueba de que hay vida en el asfalto) a asistir a la genuflexión diaria del propietario del perro de turno. El civismo y el amor a los animales son dos cosas que están muy bien, pero no justifican determinados gestos. Ninguna ley debería forzar a un hombre a coger cacas en público y nada debería obligarnos a nosotros a ser testigos de esa blanda, cotidiana y sibilina vejación. Esquivar de vez en cuando una caca en gallardo slalom es preferible a tener que esforzarse por borrar de la memoria la imagen del mártir arrodillado o aprender a convivir con ella: hay mojones que nos molestan de un modo físico y otros que estorban en la conciencia, y los primeros son más fácilmente saltables o rodeables que los segundos, que se nos vuelven a materializar delante, casi tridimensionales y corpóreos, por más que intentemos pensar en otra cosa.

Democracy

No es que yo tenga nada a favor de la democracia, que me parece una cosa así como proletaria y sudorosa y que, si nos lleva a alguna parte, será a un lugar poco selecto y lleno de familias con dos niños y coche verde, pero oye uno a Cohen recitar su canción y parece que el concepto se dignifica. Porque Cohen infunde verdadera solemnidad a ítems que en principio no la tienen, y lo hace escogiendo con tino de orfebre las palabras, inyectando en ellas la dosis justa de resultón cripticismo y recurriendo, de manera tan invariable como eficaz, a una parsimonia justo al borde de lo exasperante. Cohen nos enseña que hables de lo que hables, si lo haces suficientemente despacio y con una voz apropiadamente profunda (sin incurrir en guturalidades paródicas), el objeto de tu discurso ascenderá a la categoría de lo que merece la pena, caerá sin remisión en el saco de lo que amamos. La eficacia de la maniobra depende de cómo se jueguen las cartas, que es como decir de quién lo haga: en este caso, como en tantos otros, el cantante es tan importante como la canción. Si la chica de Amaral entona histriónicamente la palabra “Tiananmen”, aparte de grima, a uno le dan ganas de pilotar un tanque y llevarse por delante a tres o cuatro estudiantes chinos. Si Cohen la dicta del modo en que acostumbra, con la pausa y la firmeza que requieren los guisos caseros y los polvos de despedida, de repente Tiananmen es algo que me importa, de repente resulta que los chinos se dejaban matar por una causa que tenía algún sentido y de repente la democracia, en fin, es una circunstancia deseable.

La democracia sólo es un estado de las cosas reivindicable allá donde las cosas están en otro estado: no es muy distinta del amor, por ejemplo, material poético de primera pero contingencia vital problemática como ninguna. No es posible poetizar el amor pleno o la democracia consumada sin que el almíbar de la obviedad lo inunde todo y nos ahogue, a no ser que lo hagamos en clave de comedia absurda. A la democracia, además, hay que cantarle muy despacio para que todo funcione: el amor, por su cualidad hormonal y emotiva, sí acepta ganchos pegadizos y estribillos saltarines. Y, como decimos, hay que trovar siempre a su ausencia, a la del amor, a la del gobierno popular: la canción de la democracia es elegíaca por fatalidad y por definición. Cohen se lamenta por la falta de democracia en los lugares a los que no ha llegado y sobre todo en aquellos en los que pretendidamente sí existe, que es como llorar, tan despacio como a uno le es posible, el desamor o el amor falso. Temas, sí, folclóricos hasta el extremo, pero es que la tradición no es sino un compendio de obsesiones intemporales, y ya me dirán ustedes qué hay menos perecedero que eso del querer y no tener o haber perdido. Lo de Cohen, en el fondo, es copla de la de toda la vida, pero en fino y en judío: con una bata de cola uno puede presentarse sólo en ciertos sitios, pero todos convendrán conmigo en que con un Holocausto bien documentado a cuestas se va a cualquier parte.


 Originalmente publicado en el especial sobre Leonard Cohen de Standdart

martes

Vacas


Si tengo que escoger entre el ganado cimarrón y el ganado estabulado, me quedo con el segundo sin ningún género de dudas. Un caballo percherón luce muy bonito piafando sobre una loma, pero todos estaremos más seguros si se le confina en un recinto adecuado. Esta afirmación cobra especial sentido cuando hablamos de animales provistos de esos hirientes apéndices llamados cuernos. Puede resultarnos muy divertida la imagen del pastor persiguiendo, taburete y cubo en mano, a la vaca por el prado con el propósito de ordeñarla, pero la vida será más fácil para todos si el voluminoso animal reside en una casita oportunamente acondicionada para alojar rumiantes.

Hemos heredado un planeta hermoso y nuestra obligación no es la de preservar esa hermosura, sino la de mejorarlo, y en el mundo ideal de mis sueños los seres potencialmente peligrosos están separados de mí por un foso o más de tres pulgadas de metacrilato. Si no son capaces de donar su leche y su miel civilizadamente, y a todas luces parece que en efecto no lo son, habrá que tomar medidas para que la situación siga siendo sostenible, la botella aparezca cada mañana junto a mi puerta, el campo sea un lugar seguro por el que pasear junto a alguien y al ganadero una vaca no le arranque los cojones de una coz cuando este le eche mano a las ubres, y para ello lo más seguro es atarle las patas.

Por supuesto que quiero que el día de mañana mis hijas puedan ver caballos, bueyes y todo tipo de fauna (espero que a mis hijos no les dé por esas sensiblerías y estén jugando al fútbol y a la guerra), pero para eso se crearon las granjas escuela y los parques zoológicos. La historia del mundo es la historia de la lucha de especies y nosotros hemos ganado la pelea: ocupemos con orgullo la cúspide de las pirámides legal y alimenticia y pongamos un poco de orden en el patio antes de que haya un disgusto, sin crueldad pero con la mano firme que se hace necesario exhibir para tratar con las bestias. Porque a ver si os creéis que una piara de gorrinos iba a tener compasión de vuestros hijos lactantes si se los encontrasen a la salida de un bar de moda.


Originalmente publicado en La Columnata

miércoles

Dinero

El tintineo de unos céntimos en el platillo del mendigo cojo activa, como la campana del perro de Pavlov, alguna conexión dormida en mi cabeza y me hace pensar en lo redundante del hecho de que existan las monedas, fraccionarias o no. Desde que el hombre abandonó el franco trueque e introdujo, no sé, los sestercios en el protocolo comercial, la vida ha ganado en impostura y ha perdido en transparencia y en naturalidad. El tener se ha convertido en una metáfora del tener y la riqueza en un concepto abstracto y al mismo tiempo cuantificable, que es una cosa a la que seguro que los matemáticos llaman de alguna forma. En los viejos tiempos podíamos tasar nuestra grandeza utilizando el sistema métrico: las tierras, el trigo e incluso las vacas que uno poseía eran perfectamente expresables en metros cuadrados o cúbicos. Alguien ha conseguido que renunciemos a lo tangible, y probablemente a lo real, y que nos conformemos con exhibir e intercambiar trocitos de papel, como si la vida fuera un gigantesco Monopoly. Es como si de repente nosotros tampoco fuésemos nosotros, sino una especie de 'clicks' de Playmobil a medida del universo económico de bolsillo que hemos creado. Lo que siempre fue un acto físico (trocar o robar alimentos u objetos que nos resultaban necesarios para sobrevivir o nos hacían disfrutar de la existencia) se convierte en un gesto simbólico que en ocasiones ni siquiera precisa de la mediación del billete bancario o la calderilla. Hemos asumido el estado de las cosas hasta el punto de que la mera posesión del dinero como tal, o la constancia de que disponemos de una determinada cantidad en la cuenta de ahorro, aunque no tengamos la intención de comprar con ella nada útil, nos hace tan felices como en el pasado lo hubiéramos sido si nos entregan una choza y cuatro bueyes, y lo hemos asumido todos, incluso aquellos a quienes las circunstancias han dejado al margen del sistema. Porque si al mendigo del plato le doy un par de euros se deshace en reverencias y bendiciones, pero si le pongo en los brazos una gallina lo mismo me persigue a muletazos hasta casa.


 Originalmente publicado en La Columnata

Ortodoxia

Si coges La casa de Bernarda Alba, cambias a Bernarda por un travesti y metes tres chistes de pedos, tienes una película de Almodóvar. Si coges La casa de Bernarda Alba, cambias a Bernarda por un San Bernardo rabioso y a sus hijas por un grupo de habitantes de Connecticut, tienes Cujo, de Stephen King. No recuerdo qué teórico sostenía que el número de situaciones dramáticas es limitado y que narrar viene a ser repetir una y otra vez los mismos esquemas, pero coincido con él en que contar una historia es contar otra vez la historia de siempre: tenemos en la cabeza algo parecido a un croquis de cómo deben ocurrir las cosas y nos gusta que quien venga se limite a completar los espacios en blanco. Cuando un perturbado o visionario los rellena con material poco corriente, decimos que ha nacido una vanguardia: entonces nos las damos de sinceros y aseguramos que no entendemos nada o nos ponemos la medalla de que lo comprendemos todo. Al poco, las aguas vuelven a su cauce y el género humano al confort de lo ya sabido, o por lo menos eso es lo que ha venido pasando hasta ahora.

Supongo que este mecanismo es el que hace que los niños exijan que les cuenten siempre el mismo cuento y reaccionen con desconcierto o ira si uno cambia aquí o allá algún detalle, porque si no ya me explicarán a qué responde tan rígida conducta, confirmada por siglos de observación pediátrica. Tratemos con menores o con adultos, proceder contra natura puede ser doloroso, y aunque llega un momento en que la experimentación es necesaria para avanzar, lo mejor es asentarla sobre las bases de lo mil veces probado. La moraleja de todo esto es que, si queremos que la obra de arte que tenemos entre manos funcione, haremos bien en ceñirnos un corsé de ortodoxia bajo la camiseta de la innovación y sacar un solitario pie del tiesto, con el otro bien plantado en tierra fértil. Con eso suele bastar, y con tener los cuatro conceptos básicos claros, algo que no siempre ocurre. Porque Almodóvar cree que una menopáusica que se tira pedos es poesía, y todo el que ha leído a Becquer sabe que las cosas no son así.


Originalmente publicado en La Columnata

lunes

Tenis

El tenis será todo lo deporte de caballeros que se quiera, pero uno cierra los ojos durante un partido y lo que oye, al margen del cloc rítmico del choque de raquetas y pelotas, es una sucesión de gritos selváticos. Gritan los jugadores, grita el árbitro y gritan, tan inarticuladamente como los demás, los jueces de línea. Los centenares, miles de miembros del distinguido público son obligados, en cambio, a guardar un temeroso silencio: no sólo a no gritar selváticamente, sino también a no reírse de los gritos ajenos, a no toser, a respirar sólo cuando toque y sin ostentaciones.

Unos (pueblo, al fin y al cabo) callan como aristócratas tras cita galante y otros (élite millonaria, carne de club de tenis) se conducen como ese energúmeno que anima con gutural ímpetu el Mambo nº 7 de Pérez Prado. Una inversión de papeles que recuerda a una suerte de gala de Carnaval reglada y absurda, que en esta época protagonizan actores como Novak Djokovic, en el papel de perfecto animador de boda de barrio, o nuestro Rafael Nadal, que se atavía como un nativo de las islas Fidji e invierte gran parte del tiempo que pasa sobre la pista en trastear con la goma de su ropa interior, en un gesto parecido al de un indígena del Amazonas que se sintiera incómodo con los primeros calzoncillos que le obligan a usar en el mundo civilizado.

Todo pose, todo posturas para la foto y todo, a la postre, liberadora máscara. Los de la grada, dejando a un lado a las celebridades presentes y a los inquilinos de las localidades más caras, siguen siendo plebe y los de la pista no dejan de ser gente educada y de bien, que, pese al circo y la parafernalia silvestre, arregla sus diferencias manteniendo una prudente distancia y metiendo una red por medio. En el tenis, la tecnología (la red, la raqueta) se interpone entre el hombre y su animalidad. El instinto de golpear la bola, que ni siquiera es el enemigo, sino apenas la redonda metáfora de este, queda mediatizado, suavizado por la presencia de esos dos objetos. No te pego a ti, ni siquiera toco tu pelota: empuño una raqueta, que es a la vez el agente último de la agresión y el gestor diplomático de mi ira. Es normal que con tanta pijada a uno le entren ganas de aullar como un mandril.


Originalmente publicado en La Columnata

domingo

Camarón en Estocolmo

No hay nadie que con dos copas encima sea capaz de negar que si dice que le gusta el flamenco es por una sola razón: porque los gitanos le dan miedo. Que sí, que vale, que ver a un fulano llorando anacolutos en una silla de enea puede tener su gracia y su interés antropológico, pero de ahí a que a uno le entre por la oreja lo que canta va un trecho. Es algo parecido a lo que pasa con el ‘blues’ primitivo: no el que los blancos (y los negros que querían ser como ellos) domesticaron y masticaron en los sesenta, sino el de antes. Robert Johnson grabó unas canciones rasposas e indisfrutables por el oído humano, pero, cojones, era negro, y a ver quién se pone delante de un hermano de Harlem y se caga en sus raíces. Además, adornó su leyenda con historias sobre pactos con el diablo, algo que siempre garantiza la transigencia de la propia generación y de las futuras: nosotros no creemos en estas cosas, pero las dejamos quietas por si acaso. Lo mismo pasa con el ‘hip-hop’, y cuando digo que lo mismo pasa quiero decir que es otra mierda, pero por algo los MC del ramo se preocupan de consignar en sus rudimentarias letras que llevan pistola y son de gatillo fácil, además de tener la piel tirando a café con leche. Que si yo he escrito lo que aquí pone es porque me consta que 50Cents no sabe leer y no se va a enterar de que lo he dicho: si no, otro gallo nos cantara, mejor o peor que él.

Se entiende que todo esto es atávico, una cosa cocinada en el genoma al fuego lento de los milenios: los gitanos de hoy no van a venir a ajustarnos las cuentas porque difícilmente van a encontrar el camino a la civilización desde sus poblados, y los negros no son peligrosos porque están demasiado ocupados intentando que les dejen sentarse en la parte de delante de los autobuses como para pasar a reivindicaciones secundarias, como la de que se aplaudan sus ancestrales gorgoritos. Pero, por difuso que sea, el pavor que infunden sigue ahí, dando lugar tanto a genocidios como a reportajes a cuatro páginas en el Rockdeluxe. Es muy fácil decir que no os gusta Madonna, porque ella, como sus equivalentes del ayer, no tiene dos hostias y sus 'fans' (homosexuales de mediana edad, exclusivamente) son gente centrada que no tira de 'spray' de pimienta o tronchapitos así por las buenas. Pero atreveos con los jinchos y con los morenos, que llevan el peligro pigmentado en la piel, como las avispas. Y sí, ahora alguien dirá que con Camarón se le ponen los vellos de punta y que el sonido de un dobro del Misisipi le hace cerrar los ojos y oler los campos de algodón del viejo Sur. No voy a ocultar que a mí también me pasa, pero seguro que eso tiene un nombre y está relacionado de alguna manera con el síndrome de Estocolmo.


Originalmente publicado en La Columnata

miércoles

MTV

La MTV ha cambiado y, en lugar de emitir sin interrupción videoclips que ilustran éxitos de radiofórmula con imágenes de chicas en actitud insinuante, hace lo propio con ‘realities’ en los que las referidas chicas van más allá de la insinuación gestual y entablan relación física con varones de mentalidad similar a la suya. Esto supone un avance y una adaptación al signo de los tiempos: dejamos atrás a la mujer como icono pasivo y objeto de deseo y le damos voz y papel en el televisado teatro de la vida. De la mujer florero a la mujer flor, que crece y se abre, curiosa y receptiva, al entorno. Lo que no sé es cómo encaja en todo esto el nombre de la MTV, con esa eme inaugural y mayúscula que significa “música”, pero tampoco lo tenía muy claro antes, porque en la mayor parte de los casos las canciones que ponían guardaban sólo una relación tangencial con tan excelso arte sonoro.

Uno de los ‘realities’ estrella de la actual MTV ha sido bautizado con el turbador título de Embarazada a los 16. Cuando una flor se abre al entorno y le da muestras de receptividad suelen pasar estas cosas, y la MTV, que es testigo y fedataria de los hechos que conforman nuestra época, no podía sino dejar constancia de ello. Ojeando la parrilla de la cadena, vemos que en su fuego se cocina otro espacio llamado Teen mom 3, que presuntamente aborda una temática similar, aunque no estoy seguro de que no se trate del mismo, rebautizado así para captar a un público anglófilo.  A este programa le sigue el ‘reality’ Ya no estoy gordo, cuyo nombre arroja suficientes pistas acerca de los pormenores de su argumento. También está ese otro sobre la vida en común de Alaska y Mario Vaquerizo: es una reposición de hace dos o tres años, pero no importa, porque hay personas eternas que son a la vez el ayer y el hoy, la flor y el florero, la adolescente y la madre y el antes y el después del régimen de adelgazamiento.

En España siempre hemos ido con retraso en estas cosas y tradicionalmente recibíamos las novedades culturales cuando en sus focos de origen habían dejado de serlo hace tiempo, de manera que bastaba con encender la parabólica para ver el futuro, es decir, para enterarse de qué tendencia era la que imperaba en la poderosa América y nos iba a apabullar pasado mañana, pero la globalización y la TDT parecen haber cambiado las normas y hoy la ciencia y el progreso llegan a la vez a todos los rincones del universo. Vivimos, por lo tanto, en la zozobra y cualquier predicción acerca del porvenir será arriesgada, en lo que se refiere al mundo y en lo que se refiere a su reflejo en la MTV, cuyos contenidos de 2015 son ahora mismo un arcano. Según la lógica bíblica, a la Sodoma y Gomorra de ‘atrezzo’ en la que audiovisualmente habitamos debería seguirle una lluvia de fuego de guardarropía, pero vaya usted a saber. Yo, precisamente porque la incertidumbre es el signo de los tiempos, auguro una explosión definitiva del ya pujante fenómeno de las pitonisas. Es sólo una conjetura sin mayor fundamento: tres años son muchos y ni siquiera es del todo seguro que Alaska vaya a estar con nosotros para entonces.


Originalmente publicado en La Columnata

lunes

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Lo que hace que las películas resulten más redondas y creíbles que la vida, al margen de la pericia canónica de los guionistas, generalmente escrupulosos con aquello del planteamiento, el nudo y el desenlace, lo que hace, decía, que la película del sábado por la tarde funcione mejor que el propio sábado por la tarde, es la música. O más bien: la adecuación de la música a lo que en cada instante ocurre. En una película, por mala que sea, oiremos música más o menos siniestra cuando sale el malo, música de follar cuando toca follar y música trepidante en los minutos de acción. En la vida real no impera esa lógica y lo más probable es que la agonía de tu abuela se vea amenizada por el reguetón de la vecina de abajo. A las verdaderas rupturas amorosas nadie les pone violines melancólicos y durante las mismas uno sólo oye el runrún de sus negros pensamientos, lo cual, hay que admitirlo, hace que el trascendente momento se parezca a un anticlímax de Lars Von Trier. Con los hitos bélicos ocurre tres cuartos de lo mismo: sin una fanfarria que ayude a clarificar las cosas, uno no sabe si el neutralizar en solitario un nido de ametralladoras es una hazaña o una gilipollez, y lo malo es que los agazapados infantes de marina que ejercen de público tampoco, y así es difícil que recompensen tu arrojo con su aplauso y su respeto. Siempre nos queda el recurso de canturrear entre dientes para ambientar la escena, pero eso nos desconcentraría al avanzar hacia el búnker granada en mano, irritaría aún más a la chica que nos está dando boleto y sembraría el desconcierto entre los testigos del último aliento de la yaya, que seguramente estén acostumbrados a gestionar su aflicción siguiendo procedimientos no musicales. Es una lástima que los días no vengan con auriculares y una lista de Spotify adjunta, como en el cine hay sonido cuadrafónico para amplificar las calculadas intervenciones de la orquesta: una banda sonora bien dosificada subraya las acciones y justifica todas las poses, y una película sin música resulta sosa y ambigua por parecerse demasiado a la vida, que poco más o menos consiste en tratar de romper un silencio incómodo.


Originalmente publicado en La Columnata

Pronto en su ciudad

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Protagonista


Me siento muy incómodo en el teatro y los conciertos porque noto que los actores y los músicos me roban protagonismo. Trato de llamar la atención del respetable con aspavientos y gritos estentóreos, pero en los grandes auditorios hay mucho follón y no siempre lo consigo. Para colmo, el servicio de seguridad de estos establecimientos suele tratarme con bastante descortesía y rara vez me deja expresarme con libertad y lucir mi talento al cien por cien.

Con los niños tengo más o menos el mismo problema: todo el mundo los mira y les hace cucamonas y se olvida de que yo estoy allí, vestido con mis llamativas ropas, improvisando ingeniosos comentarios y entonando variados e irresistibles cánticos. El gran público, que no está educado, disfruta con las cosas más tontas y, en general, porque algún éxito sí que he tenido, no sabe apreciar lo realmente sofisticado y bueno.

Los parroquianos y habitantes de los bares y hogares con televisor se empeñan en atender a los comentaristas de los partidos de fútbol o a los locutores de los informativos en lugar de hacerme caso a mí, que les puedo ilustrar con mucha más solvencia sobre las sutilezas tácticas del balompié y la situación política internacional que estos bien pagados profesionales. De nada sirve que yo alce la voz o dibuje croquis explicativos en un folio o una servilleta de papel: sólo les oyen a ellos, e incluso parecen molestarles mis por lo general atinadas intervenciones y hasta mi simple presencia.

Los viandantes dan generosas limosnas a los pedigüeños ancianos o tullidos y en cambio se cruzan de acera cuando yo los abordo con mi hucha, mi estudiada sonrisa y mis pasos de claqué. Las muchachas en edad de merecer y las ajadas bellezas otoñales se enamoran de las estrellas de cine y los boys de discoteca y rechazan mis galantes ofertas por mucho que hayan bebido, a pesar de que yo mantengo mi torso depilado y ungido con aromáticos aceites y empleo para dirigirme a ellas el más seductor de mis acentos franceses.

Quiero ser protagonista, centro de todos los comentarios y objeto de la pasmada atención de la concurrencia, pero Occidente ha perdido sus referentes estéticos y dirige su bizca mirada a donde no debe: a los falsos profetas, a los ídolos con pies de barro que lo ponen todo perdido porque no saben para qué sirve esa esterilla que hay en la puerta y a los niños, que por definición son bajitos e inmaduros, no tienen estudios ni criterio y por tanto están lejos de ser un buen ejemplo para los otros niños ni para nadie.

Tarzán


De todos los personajes históricos que conozco, Tarzán es mi favorito. Siempre he querido pasearme por ahí dando gritos en taparrabos. He podido cumplir mi deseo en alguna fiesta, pero la vida no es una fiesta, sino, en todo caso, una tómbola, y en las tómbolas el peluche grande siempre le toca a la señora gorda de al lado. Este mundo es un mundo para hombres duros, y no creo que nadie vaya a discutirme a estas alturas que Tarzán era un hombre duro.

Tarzán era un héroe todoterreno que igual se pegaba con los gorilas de la niebla que escalaba rascacielos en Manhattan. Tarzán era más nativo de la selva que los nativos de la selva y más señor que muchos truhanes que conozco. Tarzán no bebía ni fumaba. No salía de noche. No tomaba drogas. No. Lo de Tarzán tenía mucho mérito. No sé si han intentado ustedes matar un cocodrilo con las manos o ir de un punto ‘A’ a un punto ‘B’ saltando de liana en liana. Por ejemplo. Prueben. Ya me contarán.

Hay más. Tarzán consiguió ligar en la selva, con lo difícil que estaba la cosa antes del boom turístico. Tarzán fue el primer metrosexual de la historia: siempre iba perfectamente depilado, aunque nunca se le vio hacerse la cera. Creo. No sé si el secreto de su éxito con las nenas estaba en la depilación o en la educada rudeza con que las trataba. Porque Tarzán no era de esos conquistadores que seducen y abandonan: cuando encontraba a una mujer que le hacía caso, la tomaba como esposa y fundaba una familia.

Tarzán es el único hombre que ha impedido a sus hijos que vayan al colegio sin que se le echen encima los servicios sociales. Tarzán es la prueba de que no hace falta estar alfabetizado para tener éxito en la vida. El que alfabetiza a sus hijos les priva de la oportunidad de llegar a ser Tarzán. Cada uno tiene derecho a educar a sus hijos como quiere, y lo mejor para que el niño desarrolle una personalidad ruda, que tantos éxitos le proporcionará con las mujeres de la selva, es no alfabetizarlo

jueves

Cirugía


Estoy a favor de la cirugía estética y reparadora: debemos reparar los errores que ha cometido con nosotros la Madre Naturaleza. Uno no puede ponerle buena cara al mal tiempo si no tiene una buena cara. Me parece bien que quien quiera inyectarse silicona lo haga y que quien necesite retocarse la nariz le dé carta blanca para ello al cirujano. Creo que operarse debería ser gratuito y, en algunos casos, obligatorio: este mundo es demasiado feo como para que nosotros lo empeoremos con nuestra jeta.

La cirugía estética es buena para todos. Después de una operación, tanto el paciente como el médico están más a gusto consigo mismos. Al médico le saluda con más respeto el director de su sucursal bancaria y al paciente los niños no le insultan por la calle. Yo no me he operado, sólo hablo de oídas, y por eso no sé si, tras la intervención, te dan el trozo de nariz que te han quitado en un bote con formol o se limitan a pasarte la factura y a despedirte con una palmadita en la espalda. A nadie le viene mal una palmada en la espalda o en el hombro de vez en cuando: yo habría sido un adolescente más feliz si me hubieran administrado alguna que otra a su debido tiempo.

Nadie es buen cirujano de sí mismo. Tratar de arreglarse las orejas en el cuarto de baño con un cuchillo afilado y unas vendas es peligroso y probablemente no dé buenos resultados. Uno siempre debe ponerse en manos del mejor profesional que pueda permitirse, si es que puede permitirse ponerse en manos de un profesional: el nivel entre los cirujanos amateur está subiendo, pero todavía no se puede decir que operarse en una peluquería sea muy seguro.

Antes de los cuarenta uno tiene la cara que le ha tocado en suerte y después tiene la que puede pagarse. Todo el mundo estará de acuerdo conmigo en que es mejor ser rico que ser pobre y ser guapo que ser feo. La belleza y el dinero abren muchas puertas: los que las han cruzado afirman que al otro lado hay más belleza y más dinero, que sirven para abrir nuevas puertas. Etcétera. Si usted es cerrajero, lo suyo es que se opere cuanto antes: le recomiendo que se ponga en manos del mejor profesional que pueda permitirse.

miércoles

Fiestas


En verano nuestra geografía se llena de alegres fiestas durante las cuales la gente bebe y se pelea y le arranca la cabeza a un pollo vivo o le tira bengalas a un toro manso: en España sí que sabemos divertirnos. Todavía no hemos abandonado la ancestral costumbre de ir armados a los guateques, y cuando uno tiene un arma termina usándola, sobre todo si se ha metido entre pecho y espalda tres litros de vino dulce y un mozo del pueblo de al lado intenta quitarle la novia, que también ha bebido y se ha convertido en el centro de atención y oscuro objeto de deseo de toda la verbena y de toda la comarca. En todas las peleas en que he intervenido, la cosa ha seguido el mismo patrón: en algunos casos me ha tocado hacer de novio celoso, en otros de mozo del pueblo de al lado y en los menos de novia que ha bebido, pero eso era cuando todavía tomaba alucinógenos.

Por lo que pueda pasar, nunca le dirijo la palabra a las amigas de los tíos que tienen patillas de bandolero, ya que éstos tienden a tirar de navaja con bastante facilidad. Yo mismo me he dejado patillas para intimidar a los posibles rivales amorosos, y estoy intentando convencer a mi novia para que se las deje ella también, más que nada para despistar un poco. Cuando uno llega vivo a cierta edad aprende a comportarse en las verbenas y las fiestas patronales: hay una serie de reglas no escritas que nadie va a enseñarte y que uno deduce por el método de ensayo y error. Lo más sensato es quedarse en casa y no acudir a estos eventos, pero es que he nacido en el Mediterráneo y la sangre me tira mucho.

En el sofisticado Manhattan la gente no suele llegar a las manos y soluciona las cosas a base de miradas llenas de desprecio y mordaces comentarios entre canapé y canapé, pero nosotros no vivimos en Nueva York ni asistimos a ‘parties’ en las que el políglota camarero se pasea entre los invitados con una bandeja de ‘delicatessen’ en cada mano. En la fiesta de la cosecha puede uno ensayar sus despectivas miradas y prodigar sus ácidas pullas, pero lo más probable es que eso termine por cabrear a algún tipo con patillas que acaba de arrancarle la cabeza a un pollo, y yo prefiero no enfrentarme con rivales de esa talla ni de ninguna otra, a no ser que esa otra talla sea mucho más pequeña que la mía, y tener la fiesta en paz, si es que tal cosa es posible.

domingo

Polillas


Dejé vivir a la primera que vi en el salón. No me molestaba en absoluto: era una especie de mariposa proletaria, un invertebrado honesto y discreto. Cuando empezó a haber más decidí atraparlas en un bote y soltarlas por la ventana. De este modo mantenía mi conciencia tranquila y la casa libre de bichos. Después colonizaron la cocina. En la cocina hace falta higiene y las polillas no son unos insectos especialmente limpios. Por más que yo les brindaba una salida digna —la ventana— ellas seguían apareciendo por todas partes, así que tuve que tomar medidas extremas: rocié de veneno la despensa y pasé tres días con fiebre y temblores en la cama. Desde entonces las mato con saña y un periódico enrollado. A veces la crueldad con los animales es necesaria.

El que haya polillas implica la existencia de gusanos y crisálidas. Espero no encontrarme con ninguna crisálida que me hile con su seda un jersey de asco infinito. También espero que los gusanos no llenen mi ropa de agujeros. Las polillas copulan en las paredes y se dan la espalda para copular, como harían los viejos matrimonios si pudieran. Yo les pego con el periódico y mueren sin tiempo de preguntarse por qué ni de encomendarse a nadie —aunque a juzgar por las que aún quedan siempre que cae una nace otra que ocupa su lugar—. Mi psicoanalista me ha recomendado que no le dé importancia a la cosa y que la acepte como una consecuencia inevitable de la primavera, pero estamos en verano y creo que lo más lógico es pensar en una plaga bíblica.

Por supuesto que ya no me parecen mariposas ni proletarias. Las incluyo en la misma categoría biológica que a las chinches y en la misma categoría social que a los flautistas callejeros. No sé qué diablos comen, pero seguro que es algo que yo he ganado con el sudor de mi frente. Ayer desarticulé uno de los nidos y apliqué a sus integrantes una arbitraria ley antipolillas. He comprado una bolsa con bolas de naftalina y he formado un círculo con ellas a mi alrededor en medio del dormitorio. Según la tradición una polilla no puede entrar en ese círculo, pero dudo que éstas conozcan la tradición o tengan la intención de respetarla.

jueves

Certezas


Soy infalible, como Dios, que no inflable, como los globos, y por esa sólida e incontestable razón me puedo permitir el lujo de tener absolutas certezas sobre temas acerca de los cuales los demás no albergan sino hondas dudas que en los más de los casos los atormentan y no les dejan quedarse dormidos hasta bien entrada la madrugada, con el consiguiente e inmediatamente posterior menoscabo en su rendimiento laboral matutino. Puedo predecir, por poner un ejemplo, y con una exactitud que si no me lo impidiera la modestia no dudaría en calificar como asombrosa, todo lo que va a suceder a cinco minutos vista en cualquier película española o americana de cierto presupuesto aunque la esté disfrutando por primera vez: eso me ha llevado a ganar algunas nada despreciables sumas de dinero apostando con mi compañero de butaca y también ha hecho que el impaciente acomodador, a instancias de la parte más quisquillosa del resto del público, me eche con cajas destempladas de dos o tres salas de cine de cuyo nombre no quiero acordarme.

Es duro saberlo todo, ya que termina uno viéndose obligado a cargar con una no sé si merecida fama de repelente y granjeándose las antipatías de muchos hombres honestos con los que quisiera llevarse bien y salir a tomar copas en condiciones de igualdad y jugar a los acertijos con la emoción que le da a la cosa el no estar seguro de quién demonios va a salir victorioso en la partida. La gente es demasiado democrática y amante de la muy manida libertad, de la casi siempre pegajosa fraternidad y en especial de la horriblemente injusta igualdad, y por eso tiende a evitar a los que la superan de manera evidente en estatura y conocimiento del medio y a menospreciar o incluso humillar a quienes por razones genéticas o por culpa del cada día más deteriorado sistema educativo quedan por debajo de ella y la avergüenzan con sus comentarios no pertinentes y sus absurdas salidas de tono en reuniones de trabajo e informales saraos nocturnos: cuando los desempleados y entrados en años veteranos del barrio nos decían con aire paternal en los concurridos futbolines de media mañana eso de que en la mili no hay que ser ni el más listo ni el más tonto trataban de ilustrar precisamente el fenómeno que acabo de exponer, aunque juzgo muy improbable que fueran conscientes de que lo hacían y temo que se limitaran a repetir una resultona frase tópica que con toda seguridad habían aprendido durante su larga y forzosa estancia en el cuartel para cumplir con el mencionado y un millón de veces por ellos referido y exagerado servicio militar.

Aquellos de ustedes que no hayan sufrido en sus carnes los rigores de la LOGSE y dominen por lo tanto las oraciones interrogativas se estarán preguntando cómo es posible que si siempre acierto y nunca me equivoco me halle aquí dirigiéndoles la palabra a cambio de una retribución que un pobre de solemnidad tacharía de mísera y un ciudadano de clase media definiría como simbólica en vez de aprovechar el universo de posibilidades que me abre mi don y correr a cobrar el dineral que he ganado con las quinielas y comprar con él enormes yates en cuya semidesnuda cubierta retozar durante interminables horas cual tierno infante o gorrino asilvestrado y jugar con los verdes billetes que la Casa de la Moneda imprime para mí a modo de homenaje y en edición personalizada. La respuesta es tan sencilla como una canción de los Cuarenta Principales, pero a pesar de ello o tal vez precisamente por serlo da una muestra más de hasta dónde llegan cuando la ocasión lo requiere mi elefantiásica grandeza y mi cuasi omnímodo poder: de entre todas las perlas de sabiduría que atesoro en el disco duro de mi cabeza la que prefiero y contemplo con más asiduidad es la que me permite saber qué preguntas son las que no debo hacerme jamás para seguir manteniendo mi fabuloso récord y no perder mi condición de adivinador infalible, y les adelanto que las relacionadas con rifas y sorteos de otro tipo, predicciones bursátiles y deshojamientos amorosos de margarita ocupan un destacado lugar en el abultado y jamás menguante montón en que éstas se agolpan de la manera más promiscua y desordenada que uno pueda alcanzar a imaginarse y que ya ha llenado mi habitación y amenaza con crecer y crecer hasta ocupar por completo mi casa y el mundo y el tiempo y arruinar el hermoso paisaje que le sirve de marco a mi envidiable y por tantos comentaristas tachada de excesivamente frívola y disipada vida.

sábado

Fútbol


Dicen los ingleses, que son los que lo inventaron, que el fútbol es un deporte de nobles practicado por plebeyos, y a mí me parece que no les falta razón, pues por un lado eso de tratar a la gente y a los objetos a patadas siempre ha sido una cosa muy aristocrática y por otro la plebeyez de la mayor parte de los futbolistas que conozco por referencias o en persona es algo que está fuera de toda duda. Los mismos ingleses sostienen que en cambio el rugby, un juego paralelo al primero cuyas reglas ellos también se entretuvieron en fijar, es un deporte de patanes practicado por caballeros, y viendo la planta y la jeta de los jugadores no seré yo el que ose llevarles la contraria en esta afirmación ni en ninguna otra, sobre todo considerando que los caballeros acostumbran a tener estudios universitarios y por lo tanto son perfectamente capaces de averiguar con una rápida revisión de la cabecera de este texto cómo me llamo y con un par de sencillas reglas de tres dónde vivo.

El futbolista medio no será un aristócrata, de acuerdo, pero tiene la ocasión de convertirse en un nuevo rico que además de disfrutar de la bendición del dinero goza de la equívoca caricia de la fama y algunas veces incluso la aprovecha: eso no le convierte en un gentleman pero le permite pagar a una legión de pelotas para que le repitan constantemente que lo es, justo lo contrario de lo que hacía el César al contratar bufones para que le recordaran entre tiento a la pata de cordero y mordisco al racimo de uvas que no era más que un simple mortal. Así, el popular deporte del balompié se puede convertir en un trampolín social para quienes lo practican, que en muchos casos pasan de jugar a las tragaperras en los billares del barrio a codearse con lo más florido de la ‘jet’ en exclusivas fiestas ibicencas, pero no en un medio de redención cultural: en los saraos de moda el futbolista se sigue comportando como el sencillo buscavidas que trataba de engañar al chico de la riñonera de cuero que da el cambio tras la ventanilla para sacarle unas monedas y echarse otra partida al Tetris, lo cual hace por cierto que se integre al instante con el resto de los poco cultivados ricachones y que encaje de maravilla entre ellos.

Si la Naturaleza lo dota de una pierna musculosa con la que patear balones con la fuerza y colocación necesarias para hacer que la meritoria estirada del guardameta sea infructuosa, ya puede olvidarse uno de pasar largas tardes ante los áridos libros de texto y de preocuparse por aprender a leer, escribir y hablar como Dios manda, pues se hallará en condiciones de acceder a todos los lujos imaginables sin necesidad de poner en práctica estas mundanas habilidades: hay mucho odio y bastante envidia en mis palabras y en mi corazón, es cierto, y si les recitara en vivo y en directo el presente párrafo ustedes advertirían en el quebrado timbre de mi voz un inequívoco matiz de resentimiento y un deje triste y amargo, pero esta mi desoladora circunstancia no le resta ni un punto de verdad a mi aserto ni hace que la realidad sea ni siquiera un poco menos terrible.

Con lo que un repeinado jugador del Madrid gana en un año yo podría montar un hospital en Biafra y vivir como un pachá durante una década con la pasta que me sobre. Para ello tendría que ponerme en evidencia contestando obviedades llenas de anacolutos en todas y cada una de las concurridísimas ruedas de prensa que se celebran después de los partidos, pero ese es el pequeño impuesto que hay que pagar para tocar el Cielo de los elegidos con las dos codiciosas manos: todo hombre tiene un precio, y yo estoy dispuesto a entregar en una bandeja de plata mi dignidad a cambio de la oportunidad de llevar una vida más placentera que la modesta pero honrada y por supuesto anónima existencia que hasta el momento vengo arrastrando por esos cafetines y esas bibliotecas y poder codearme con los ricos excéntricos y los artistas de variedades en la zona VIP de las discotecas donde atruena la inframúsica que pone banda sonora a las actividades sociales de la gente de posibles y aspirar a que un día ese desaseado sujeto con perro y flauta a quien bien los padres que lo concibieron una noche negra de tormenta o bien un enemigo cruel y traicionero con mano en el registro civil o la discográfica dieron en bautizar como Melendi me dedique una canción rebosante de llanos elogios que haga que mi nombre y mi imagen estén por lo que queda de siglo en los labios y en los sueños de todas las muchachitas.

jueves

Cánones


Pues yo a la Elsa Pataky la veo un poco demasiado fondoncilla. No es que me desagrade como objeto ornamental y mucho menos como ser humano, pero la verdad es que me excita más el rollo desnutrido: si no temiera la airada y probablemente justa reacción de la directora del Instituto de la Mujer, diría que las anoréxicas son unas jóvenes admirables a las que no importa poner en peligro su salud en exclusivo beneficio de la Belleza y que para mí esa es la máxima expresión del amor al Arte, en el sentido amplio de las palabras amor y Arte. Cada uno es como es, y yo siempre me he contado entre los que prefieren la sutileza a la rotundidad y lo etéreo a lo corpóreo: discrepo en este punto y no sé si en alguno más con los pintores flamencos del siglo XVII, que perdían el culo por chicas con el porte aproximado de una yunta de bueyes, contundentes damiselas que hoy tendrían serios problemas para ser aceptadas por sus compañeras de colegio y todos los papeles para ser señaladas como el vergonzante prototipo de ciudadano que no sabe comer en los programas sobre nutrición de la tele. O era eso o que, al igual que sucede ahora, las modelos flacas cobraban diez o veinte veces más que las otras y los por definición apurados artistas plásticos del momento no se podían permitir el asiático lujo de contratarlas y por culpa del vino y de su obligada fidelidad a una dieta baja en fósforo no se hallaban en condiciones de pintarlas de memoria.

Sí, estoy ciegamente a favor de las maniquíes livianas como plumas de cisne y opino que el impedirles que desfilen en las más selectas pasarelas es un ejercicio de discriminación de la peor especie. Es posible que con su delgadez estén dando un mal ejemplo a la juventud, pero eso es precisamente lo que han venido haciendo los Rolling Stones durante los pasados cuarenta y cinco años y sin embargo les tendemos la alfombra roja allá por donde van y para completar la jugada arrojamos a sus pies flores y pétalos de rosa. Los Beatles. Los Beatles también eran una referencia harto perniciosa para los adolescentes de su época y mire usted en el altísimo concepto que se les tiene ahora a los cuatro. No podemos andar denostando a lo tonto y a lo loco a la gente para después encumbrarla al cabo de los lustros porque si lo hacemos perderemos credibilidad y nos tomarán por una especie de veletas estéticos e intelectuales y tiraremos por la borda todo el crédito que nos hemos ido ganando con los años como jueces de lo que mola y lo que por el contrario no mola y nadie ya confiará en nuestra capacidad de discernimiento. Si vamos a machacar a las indefensas niñas escuálidas de la moda, hagamos antes hondo examen de conciencia y cerciorémonos de que pasado mañana no vamos a sentir el impulso de rectificar y ponerlas por las nubes, como por cierto opino que se merecen.

Creo que si me viera forzado a escoger entre la deglución de un bocadillo de jamón serrano y la pasiva contemplación del palmito de una modelo postadolescente rumana y no hiciera más de tres días que ingerí la última reconfortante ración de alimento sólido o de sopa caliente me decantaría sin dudarlo por la segunda alternativa, y lo más maravilloso de todo es que estoy seguro de que si ella tuviera que elegir entre el mismo sabroso bocadillo y cualquier otra vianda que engorde un poco menos incluyéndome por supuesto a mí también se decidiría por la opción B: vivimos en un mundo complejo y las personas y animales que según nuestro criterio nos resultan atractivas se rigen a su vez por un canon en el que en el mejor de los casos pues igual hasta ocurre que entramos nosotros y ahí es justamente cuando surgen como margaritas de entre el barro el fiero deseo y la carnal pasión. Las cosas casi nunca son blancas o negras y por lo general están sobriamente teñidas de toda una gama de grises y para colmo de confusiones aquí cada cual ve los colores de una manera y lo que para unos es amarillo que tira a verde para otros es más bien lo contrario. Aun a sabiendas de que la frase no termina de tener sentido y de que por lo tanto llevará a confusión a los lectores silábicos diré que todos somos daltónicos de nosotros mismos: hay una ley natural según la cual a nadie salvo a los hombres retorcidos de veras le puede parecer que sus hijos y nietos sean feos ni que el objeto de su desinteresado amor esté innoble y toscamente gordo o flaco como un galgo hambriento y no merezca desfilar donde le venga en gana o ser fotografiado en primer plano y sin recibir previamente la humanitaria visita de un hábil maquillador homosexual.

viernes

Dios salve a la Reina


Nunca he entendido eso de la flema británica. Según mi diccionario, que es muy completo y está actualizado, una flema es un gargajo. No obstante, los británicos, flemáticos o no, me caen muy bien, sobre todo por la humorística distancia con que se enfrentan al mundo y esas cosas. Tenemos mucho que aprender de ellos, y para hacerlo no nos queda más remedio que estudiar su curiosísima lengua, ya que de otra forma difícilmente le sacaremos el más mínimo provecho a las lecciones. Para empezar, y por ponernos una meta que podamos alcanzar sin entender aún ni una palabra del idioma de Shakespeare, deberíamos copiarles la bandera. La bandera de Gran Bretaña es un trapo la mar de cuco que luce igual de bien frente a la fachada de las Naciones Unidas que en la chaqueta de polipiel de un punki. En cuanto a diseño y garra visual, le da doscientas vueltas a la nuestra, que no obstante la supera en capacidad de acojone y colorido. Con la bandera británica se puede ir a cualquier lado, pero con la de España sólo a manifestaciones de la AVT y a los partidos que pierde la selección de fútbol.

Luego está el himno. El himno de Gran Bretaña es majestuoso y orquestal, y el nuestro parece una especie de pasodoble de verbena de pueblo. Cuando uno oye el Dios Salve a la Reina, que probablemente fue compuesto para conmemorar un histórico apuro regio que se suponía que sólo podría tener solución mediante providencial intervención divina, le entran ganas de acometer épicas gestas patrióticas, y cuando oye el otro lo que le apetece es sacar a una moza a bailar agarrado y tratar de meterle mano con disimulo y de convencerla para que se venga a la era: dos impulsos que por cierto guardan una relación directa con el papel que juega cada país en el concierto mundial. Los símbolos de una nación nos dicen mucho acerca de la esencia de la misma, y los del Reino Unido hablan de dignidad, saber estar y opíparos desayunos que incluyen huevos fritos y tres lonchas de bacon. Es fácil ir por ahí siendo de Londres: todos dan por sentado que eres un caballero y se esfuerzan por quedar bien contigo y por estar a la altura de las circunstancias.

Todo hombre con un hondo conocimiento del entorno y de las idiosincrasias de los mil territorios que uno encuentra en el mapamundi es al mismo tiempo francófobo y anglófilo. He nacido español y el odio al vecino de arriba se me supone como el valor a un recluta anónimo, de manera que quiero dejar aquí constancia de mi amor a lo inglés y por extensión a lo británico. Soy devoto de los sombreros hongo, las pintas de cerveza, los días nublados, el té con pastas a la hora del té con pastas, la cortesía cercana a la afectación y la puntualidad rayana en lo enfermizo, y si tengo que elegir entre el Big Ben, la Torre Eiffel y la plaza de toros de Las Ventas y ordenar los tres monumentos según mis preferencias, lo haré sin un rastro de duda en mi voz o con trazo firme si es que la encuesta se me presenta por escrito y pronunciaré o garabatearé primero el nombre del redondo reloj, luego el del mítico coso y por último y si no queda otra alternativa el de la aparentemente inacabada construcción parisina.

Por eso siempre me hago el tonto cuando un tipo vestido de bandolero se me acerca por la calle y me pide una firma para que nos devuelvan Gibraltar: para mí Gibraltar es y será guiri por mucho que un día la caprichosa legislación internacional lo pueda poner de nuevo en nuestras irresponsables manos, exponiendo con ello a sus habitantes a quién sabe qué castizas catástrofes vitales. Gibraltar es un trozo de la Gran Bretaña que late en nuestra tierra como mi corazón es una víscera que dice pom pom con acento de Surrey dentro de mi pecho. Me gustaría ser civilizado como los ingleses y la única manera de conseguirlo que se me ocurre es permitir que nos colonicen en condiciones, con submarinos nucleares y bases militares secretas rebosantes de aguerridos soldados, y no con vuelos de bajo coste repletos de hooligans y de septuagenarios que vienen a nosotros en busca de sexo fácil y bebida barata y que por efecto del alcohol o de los años han olvidado los bellos valores que inspiraron a los héroes que pusieron los cimientos de su patria.

lunes

Detective privado


Yo antes quería ser detective privado, pero el otro día me senté a reflexionar sobre la realidad de ese oficio y he cambiado de opinión y de intenciones. El detective es un tipo gris, pero su grisura está muy lejos de la épica mediocridad que nos muestran las películas de cine negro. La parte más vistosa de su trabajo consiste en sacarle fotos a maridos infieles abrazando a camareras rusas de veinticinco años y en perseguir a adolescentes descarriadas para después chivarse ante sus padres de que beben cubatas y fuman porros. Lo cual, sin duda, ha de hacer que se sienta como un gusano: el detective es lo más parecido al acusica de la clase que despachan en formato adulto, y comparte con éste, con el acusica, las nulas probabilidades de éxito a la hora de iniciar un acercamiento sentimental a las mencionadas adolescentes casquivanas, y eso lo va desgastando poco a poco por duro que sea y acendrada vocación que tenga y menoscaba su autoestima y mina su moral.

Ni siquiera, y dado que vivimos en un país subtropical y escasamente lluvioso, puede el detective lucir en la vida real una de esas gastadas gabardinas que tan bien le quedan en la gran pantalla, a no ser que quiera arriesgarse a que le tomen por tonto o por un exhibicionista de los de antes, que los de ahora ya han descubierto las ventajas del chándal como uniforme de faena. La existencia del detective es arrastrada, monótona y vacía de emociones, y ni los casos que se le plantean tienen nada que ver con los complejos problemas casi ajedrecísticos con que se desayunaban Hércules Poirot o Sherlock Holmes ni sus aventuras suelen culminar con una heroica persecución pistola en mano por las calles de una ciudad tan pinturera como Chicago o Nueva York, sino más bien con el interminable repaso de una miríada de documentos legales y obscenas polaroids en el despacho del juez encargado de repartir el botín de un divorcio.

La policía jamás recurre, por más que la televisión y la literatura no dejen de hacer referencias al supuesto lance, a los detectives privados para que le resuelvan los crímenes que escapan a su entendimiento: para este menester prefieren los acreditados servicios de videntes y quiromantes, que además por regla general trabajan gratis bajo la amenaza de ser detenidos por actividad empresarial ilícita y estafa. Las mujeres fatales rara vez irrumpen en la oficina de un detective privado para pedirle que las ayude a encontrar al asesino de su acaudalado marido: en lugar de ello corren a las discotecas frecuentadas por futbolistas de Primera División e hijos de baronesas dueñas de palacios y vastas colecciones pictóricas para tratar de dar otro braguetazo antes de que el tiempo traicionero entre en la cocina de su belleza y provoque que se les pase el arroz y se les pegue dolorosamente a la sartén.

Por su condición de sujeto sigiloso, el detective vive y muere siendo un ser anónimo que no llama la atención de nadie y apenas se distingue del paisaje. Todas sus dudosas hazañas quedan en la esfera de lo privado y jamás serán referidas por los medios de comunicación ni glosadas en los libros de texto: en todo caso hallarán aburridos oyentes en los nietos que en el futuro sus hijos dejarán a su cuidado cuando se vayan con sus parejas de vacaciones a Mallorca, aunque habrá de exagerarlas convenientemente y de adornarlas con nuevos personajes, tales como gnomos y hadas, para hacerlas asequibles a los gustos infantiles y dotarlas de la dignidad que él sabe de sobra que nunca tuvieron. Quien se esfuerza a diario por pasar desapercibido tiene todas las papeletas para con los años terminar por conseguirlo y confundirse para siempre con el soso decorado de la vida como un insecto palo se camufla en el suelo lleno de hojas secas del bosque, y hay poca gloria en el currículo de los bichos de este tipo y en la biografía de los que se desviven por ocultar sus méritos en vez de sacar pecho e intentar anotarse los goles del vecino, como hacen los miembros de todos los demás gremios con la única y obvia excepción del de los espías y solemos hacer también los maleantes sin corazón y la mayor parte de los haraganes y los desocupados.

martes

Butano


Estoy convencido de que este fulano que emite desafinados alaridos en la calle anunciando su gaseosa mercancía es un tipo de lo más honrado, pero a mí me pone de los nervios. Tiene que haber una manera de pregonar el género sin necesidad de romper la relativa paz de media mañana con esa tosca exhibición de capacidad pulmonar y ese monótono y mil veces repetido grito inarticulado. El tristemente extinto afilador por lo menos adornaba el publicitario lance canoro que tan célebre le hiciera tocando una especie de armónica entre berrido y berrido y se preocupaba por dotar de una cierta melodía a su mensaje, pero aquí el tío del butano se lo monta a capella y sólo acompaña sus estridentes voces con el percusivo estruendo que provoca agitando en el mismo camión las por cierto explosivas bombonas y haciéndolas chocar entre sí o con la estructura metálica que las sujeta aunque veo que no protege de sus manos y golpeándolas con lo que desde el privilegiado balcón que ocupo y me sirve de atalaya me parece identificar como una barra de hierro.

O sea. Yo siempre he admirado a esos titanes con mono de faena y toleraba su expansividad y sus bramidos como quien soporta las manías de los genios a cambio de poder disfrutar de sus alardes de fuerza física: alguien capaz de cargarse una de esas pesadas cosas de color naranja al hombro y subir con ella cuatro pisos a pie sin despeinarse tiene bula para hacer con sus cuerdas vocales lo que le dé la gana y para desahogarse emulando a un Tarzán histérico y redundante cada vez que lo estime conveniente. Pero es que las bombonas de hoy en día no pesan nada: son como latas grandes y plateadas de cerveza y cualquier alfeñique podría levantar una en cada mano y llevarse las dos a casa como si en lugar de botellas repletas de peligroso combustible fueran una pareja de confiados escolares. Eso priva al butanero de coartada para sus fechorías y lo coloca en la misma categoría ontológica que los jovencitos que vuelan sobre las asfaltadas calles nocturnas de la ciudad a lomos de trucados ciclomotores sin tubo de escape y lo hace acreedor al llano y lícito odio de todos los ciudadanos de bien.

Ya no hay excusa ni porqué para tanto abuso. Las bombonas modernas son tan ligeras que las niñas de colegio de monjas las podrían vender de puerta en puerta como si fueran magdalenas para pagarse el próximo e inevitablemente iniciático viaje de fin de curso, y estoy seguro de que si ellas nos castigasen con esos zafios aullidos al ofrecernos la mandanga nosotros no sólo no se la compraríamos sino que las haríamos huir a cien por hora cual manada de gráciles gacelas valiéndonos de nuestra mayor talla física y una escoba. No es justo que estos antaño heroicos hombres sigan viviendo de las rentas y gozando de las prebendas que les fueron concedidas como pago a las tremendas, increíbles hazañas deportivas del pasado: debemos exigirles que se integren de manera efectiva en la comunidad y que no nos castiguen más con esos comportamientos disruptivos que hasta hoy y por razones coyunturales les hemos tolerado.

España siempre ha levantado bombonas de veinte kilos. Si hoy somos Europa y nos hemos pasado al envase de aluminio ultraligero y hemos renunciado al llamativo pero poco sofisticado color naranja es hora también de que adoptemos el tono quedo de voz y los contenidos modales de nuestros amigos del norte. El butanero debe olvidar su añeja cantinela y acostumbrarse a llamar con educación al timbre y a utilizar el portero electrónico, artilugio que hace lustros que dejó de ser una novedad y que todos tenemos la cívica obligación de aprender a manejar cuanto antes. Yo he dado el primer paso y he puesto la piedra inaugural de la obra de la carretera de peaje que ha de conducirnos a la tranquilidad y a la concordia: sólo falta que alguien con capacidad para las relaciones públicas y la persuasión, don de gentes y cintura para esquivar los hipotéticos mandobles dibujados en el aire con el puño que sostiene la quizá no tan liviana bombona plateada baje a la calle ahora que llega el camión y le coloque el cascabel al robusto y viril gato.

A favor del burka


Si una imagen pornográfica es la que lo muestra todo y una imagen erótica la que deja partes del cuerpo a la fantasía, ¿no sería el burka el no va más del erotismo desatado? Creo que es por eso, por el modo en que estimula los rincones más recónditos de nuestra corteza cerebral y fomenta nuestros deseos secretos e impuros, y no por otra cosa, por lo que los políticos de derechas habrían de pedir que se ilegalizara en todo el planeta y se prohibiera tajantemente su fabricación industrial y se cerraran los talleres artesanales donde con tanto mimo se confeccionan las más sublimes y codiciadas de entre las prendas de su clase. Los políticos de izquierdas, que siempre han tenido fama de cachondos, deberían sin embargo abogar por la generalización forzosa y universal de su uso y proponer de inmediato su adopción como uniforme femenino de invierno en los institutos públicos, cuyos patios de recreo podrían así igualar en cuanto a ambiente y torridez a los de los privados y católicos, que ahora ostentan el título oficioso de templos de la sensualidad gracias al empleo abusivo por parte de la mitad femenina del selecto alumnado de esas falditas de tabla y esos diabólicos calcetines de encaje a juego.

Un burka bien cosido aguanta hasta tres temporadas sin estropearse y se puede utilizar tanto para ir a un elegante cóctel como para quedarse tranquila en casa oyendo la radio, y además libra a su afortunada propietaria de la esclava obligación de depilarse las interminables piernas y el rostro periódicamente, dos prácticas que amén de ser muy dolorosas se cuentan entre aquéllas a las que más tiempo dedican las coquetas mujeres occidentales y dan lugar a que a lo largo del año éstas pierdan decenas de horas de productivo trabajo doméstico o por cuenta ajena para desgracia de parientes y pequeños y medianos empresarios y perjuicio de la sociedad que todos conformamos. Reprochar a alguien que lo luzca o aconseje a los miembros femeninos de su familia que lo hagan es tratar de imponer la forma europea de entender la belleza y fomentar unos hábitos consumistas exagerados que tarde o temprano nos llevarán a la ruina fiscal y que ya nos han sumido en la decadencia moral: con lo que nos gastamos anualmente en cera tibia, vaqueros de talle bajo, ceñidísimas camisas que para colmo se transparentan cuando uno riega o arroja un cubo de casta agua fría a su propietaria, polvos de maquillaje más o menos llamativos y antialergénicos y carísimos y hay que decir que poco efectivos afeites varios nos llegaría para construir cientos de hospitales en Biafra y llenarlos de ingeniosos aparatos que ayuden a curar y hasta a erradicar los males de los negritos del África.

El burka es una prenda progresista que hace que todas las mujeres sean o parezcan iguales y evita que las menos atractivas se vean como hasta ahora viene sucediendo discriminadas a la hora de optar a un empleo en el caso de que como es casi norma obligada en estas situaciones la parte contratante haya colocado al frente del equipo de selección de personal de la empresa a lo que indistintamente podríamos definir como un esteta o un salido: exhorto desde aquí a las autoridades competentes a que pongan en marcha de manera inmediata una campaña de promoción del uso de tan democrática, solidaria y sexy joya textil y de concienciación de la descocada sociedad fascista acerca de las innumerables e insoslayables ventajas que para la moderna y joven profesional urbana tiene el calzársela cada mañana después de la jabonosa ducha y no quitársela hasta el feliz momento de meterse en la cama por la noche tras una fructífera jornada y hacer horizontal balance de todo lo acaecido y de las buenas acciones llevadas a cabo durante las últimas veinticuatro horas y para ponerle un broche de oro al día propinarle un amoroso ósculo a la persona o personas que tenemos al lado y apagar la luz para dormir y esperar entre soñados angelitos a que dentro de unas horas penetre por la ventana el nuevo sol.

viernes

Monarquías


Lo que a mí me llena de pasmo y hace que me lleve las manos a la cabeza y pierda horas de mi precioso tiempo pensando que las cosas no tienen sentido no es que a estas alturas de la Historia siga habiendo reyes y reinas y príncipes uniformados de marinero e infantas vestidas de tul, sino que en pleno siglo XXI aún haya legiones de monárquicos que aplauden la jugada y se tiran a la calle a celebrar el nacimiento de cada nuevo pequeño miembro de la Casa Real y se desgañitan con sentidos vítores en los que ponen toda su alma y su talento poético al paso de las triunfales comitivas regias que desfilan marciales rumbo a la catedral siempre que se celebra una de las frecuentes y ostentosas bodas con las que sus altezas y majestades suelen sellar los amores que las atan a otras altezas y majestades. Ya me chocaba la expectación que levantaban también a su paso los contusionados Cristos y las dolientes Marías de cartón piedra durante las populares y multitudinarias procesiones de Semana Santa, pero es que al menos a éstos, Crucificados y Vírgenes, se les supone una vida pródiga en penosos sacrificios y espectaculares milagros que les puede hacer acreedores a la admiración y la lisonja del populacho, y a los otros, monarcas y herederos mejor o peor situados en la vertical línea de sucesión, se les conoce una existencia disipada que esencialmente transcurre en pistas de esquí alpinas o pirenaicas o a bordo de lujosos y marineros bergantines.

Porque no se puede negar que los reyes viven como reyes, o hasta, en el caso de que su corona les otorgue el derecho a dar órdenes a los súbditos de varios países, como emperadores. El único inconveniente de tener sangre real en las azules venas es que a veces hay que aguantar que algún dibujante se descuelgue con una caricatura en la portada de una revista satírica y que la parte más levantisca de la plebe se eche unas risas a cuento de los defectillos de uno hasta que el juez de turno da un puñetazo en la mesa y manda cerrar con tres candados el chiringuito. Pero mientras ande yo caliente dentro de un anorak de importación y sobre unos lisos y veloces esquíes de competición ya se puede descojonar el personal, que seguro que pasa más frío que una rata en invierno aunque no venga a hacer elegante eslálom a Baqueira y se tenga que conformar con a lo sumo llegarse dos días a Sierra Nevada y tirarse por la ladera del blanco monte usando un plástico grande a modo de improvisado y rústico trineo y es tan primo que se paga el fin de semana de su propio bolsillo y vuelve pitando el domingo por la noche a casa para estar el lunes a primera hora de la mañana dando el callo en la oficina o en el andamio.

Daría un meñique por ser rey y convertir mi vida en un serial de amor y lujo y poder ponerme esos ternos militares llenos de medallas y esos polos de marca con bermudas y zapatos náuticos tan limpitos y tan informales, pero me arrancaría yo mismo todas las uñas de los dedos de los pies antes que hacerme monárquico. Una cosa es vivir del cuento y esquilmar a un pueblo soberano que además recibe el sablazo dando hondas muestras de satisfacción como si se tratara de un masoquista en mitad de una galopante crisis afectiva provocada por el síndrome de Estocolmo y otra es ser un miembro de ese pueblo soberano y esquilmado que para colmo adora y venera a quien se gasta en caviar y langosta el dinero de sus impuestos y besa el suelo que éste pisa y sueña con que un día él o alguno de sus apuestos familiares carnales o políticos rompa el protocolo y se acerque al expectante gentío que lo aclama detrás de la valla de seguridad y estreche precisamente su mano ignorando la de todos los demás e incluso lo distinga con un campechano y ennoblecedor abrazo. Hay dos formas de estar en este negocio y si me dejan elegir yo opto por la primera: siempre he preferido ser bota de futbolista a balón de reglamento, por más que como bota me halle estresado por los rigores de la etiqueta y no me permitan ir ni a la vuelta de la esquina sin guardaespaldas y como balón pueda ser despreocupadamente feliz y disfrute con los paisajes de papel cuché que descubro al volar por los aires después de recibir cada patada. O emparento ya por lo civil o por la Iglesia con la familia real o me lío la manta tricolor a la cabeza y me pongo a mandar mensajes de móvil exhortando a la gente a salir a la calle a pedir a megafónicas voces el inmediato advenimiento de una nueva República, a ser posible y si no es mucha molestia popular o federal, a ver qué es lo que pasa y si con un poco de suerte alguien me hace caso y nos podemos reír un rato con la pataleta de Jaime Peñafiel.

Petróleo


No es que el oro me vuelva loco. Siempre me ha parecido una horterada, tanto cuando lo he visto en pulseras o colgantes con la efigie de la Virgen del Rocío o Camarón como cuando lo he encontrado en la sonriente dentadura de algún ex presidiario o me lo han mostrado en sólidos lingotes con el nada cristiano fin de despertar mi codicia y mi envidia, pero eso de llamarle oro negro al petróleo se me antoja una hipérbole forzada y una metáfora difícilmente sostenible. El petróleo es un fluido que mancha todo lo que toca, como una especie de extraño y gorrino trasunto del rey Midas, y aunque a mí su olor me pueda parecer agradable o incluso estimulante creo que es justo y necesario que ponga un gesto grave para afirmar con absoluta solemnidad que apesta. Si no fuera porque una vez refinado permite que los coches anden y los jeques árabes y los magnates tejanos con corbatín de lazo y sombrero de cow-boy se forren y puedan dedicar sus vidas a beber té moruno y fumar de sospechosas pipas de agua sentados en ostentosas alfombras persas los primeros y a coleccionar todo tipo de objetos raros y hacerse traer piedra a piedra castillos medievales desde España los segundos, el petróleo sería un producto de poco tirón comercial y escasamente valorado por el público y su nombre apenas se escucharía en los noticieros de televisión ni tendría peso en nuestra cultura.

El petróleo se esconde bajo tierra, como los bichejos más repugnantes y las peores alimañas, y para extraerlo hay que emplear enormes taladros de aspecto fálico cuya presencia nunca podrá ser tolerada por los perplejos beduinos que transitan los inhóspitos desiertos a lomos de sus jibados y resistentes dromedarios y los conservadores campesinos de moral rígida que pueblan las vastas llanuras de la América profunda y levantan con sus propias y solidarias manos grandes casas de madera en las que los nuevos matrimonios que surgen dentro de la endogámica comunidad criarán a sus prolíficas descendencias. Después se distribuye por el mundo empleando un ingenioso sistema de tuberías al que algún hábil lingüista con cierta capacidad para la combinación de raíces latinas ha bautizado como oleoducto o se transporta en gigantescos barcos de tripulación por cierto exclusivamente masculina con tendencia a embarrancar y verter su precioso contenido en los mares, que ingratos lo arrastran con sus olas hasta las más o menos lejanas costas de Galicia y asfaltan de manera gratuita sus amplias y bellas playas como paso previo a su inevitable urbanización y a la lucrativa construcción de una batería de bloques de apartamentos con vistas al Cantábrico o al océano Atlántico.

Este pringoso líquido, además, y por si todo lo antedicho fuera poco, ha desbancado a la famosa perfidia femenina como primer generador histórico de conflictos bélicos. Los líderes de las poderosas naciones que antes se declaraban la guerra por el corazón de la Helena de Troya de turno ahora se tiran bombas por el control de los últimos yacimientos: eso priva a las campañas militares del inspirador trasfondo poético que un día tuvieron y las convierte en meras y estruendosas operaciones comerciales, por más que nos empeñemos en bautizarlas con nombres de novela de acción barata y hablemos de tormentas del desierto y libertades duraderas y por mucho que insistamos en comparar al mismo petróleo con el oro como si al fin hubiéramos dado con la archibuscada piedra filosofal. El petróleo se agotará un siglo de estos y entonces alguien encontrará otro milagroso chollo que haga que funcionen los motores y los raudos coches corran a la misma velocidad a la que se llenan sus bolsillos, pero hasta ese momento y según la infalible ley de la oferta y la demanda su precio seguirá subiendo a medida que las existencias vayan menguando y habrá cada día más tortas para hacerse con una lata de gasolina y esto terminará por parecerse de una forma bastante incómoda a la película ‘Mad Max’: el barril de crudo está por las nubes y a mí me da hasta miedo pensar a cuánto se pondrá cuando lo cocinen y qué demonios tendrá que hacer uno para conseguir que el fascista especulador o el organismo gubernamental marxista y quién sabe si leninista que controla las últimas reservas le recargue el mechero que necesita para encender el porro que le ayude a olvidar tanta miseria.