domingo

Consuelo

Nada
         me queda
                         lejos,
digan
         a coro
                   aquellos
a quienes
               nada
                        queda.


(De Por qué sólo beso a las estatuas, Renacimiento, 2009)

martes

Dios


Dios me ve cuando cumplo con mis cotidianas abluciones en el baño y cuando hago el amor allá donde ello me sea posible, cuando miento por ladino interés o blanca caridad y cuando saco pecho para decir a voz en grito toscas verdades sonrojantes: Dios es el Gran Hermano de la Biblia y con su poco discreta actitud atenta de manera reiterada contra mi inviolable derecho a la intimidad, que creo que está recogido en algún críptico versículo de la misma Biblia o en un recóndito subapartado de la también sacrosanta Constitución.
Dios pega el ojo que todo lo ve a la cerradura de mi dormitorio como una chacha fisgona con plumero y cofia de reglamento y no se pierde un solo detalle de lo que pasa al mismo tiempo en el coqueto piso de la vecina porque, en fin, ya sabemos que es ubicuo. Dios está en todas partes, pero está como el que no está y en un alarde de mística capacidad para la Contemplación se limita a ver, oír y callar. Es verdad que eso es hacer tres cosas a la vez, pero no debemos olvidar que nuestro héroe cuenta para estos acrobáticos menesteres con la inestimable y mágica ventaja de ser uno y trino.
Dios es un mirón más que un padre vigilante y sigue con el hombre una estricta política de no intervención: estoy firmemente convencido de que si fuera testigo de un atraco a mano armada en plena calle se cruzaría de acera como un vulgar inspector con casco azul de las Naciones Unidas. Dios no se mete donde le llaman, se lava las manos como su archienemigo Poncio Pilatos, se inhibe como un miembro especialmente timorato o perezoso del Tribunal Supremo, se esconde en su neutral concha de caracol en cuanto las noticias anuncian que hay el más mínimo riesgo de lluvia, no vaya a ser que le falle el paraguas y le encoja la impoluta toga de los
domingos.
Si Dios nos hizo a su imagen y semejanza no puede ser trigo limpio. No hay más que vernos para darse cuenta. Dios se parece tanto a Gandhi y a la Madre Teresa como a Nixon y a Franco, lo cual me lleva a pensar que debería contratar a alguien con cierta experiencia en castings para que le ayude a elegir sus referentes. En general, haría bien en dejarse de personalismos absurdos e improductivos y empezar a delegar responsabilidades. Los griegos tenían varios dioses y les fue de cine: de hecho, si han pasado a la Historia ha sido precisamente por cuidar los pequeños detalles de orden político y organizativo como ése.
A Dios se le amontona el trabajo con el hombre, una especie de hijo extramatrimonial a quien los entendidos consideran su peor error caligráfico y del que no creo que se sienta demasiado orgulloso. Dios se precipitó al concedernos libre albedrío y ahora su infalibilidad le impide rectificar. Con cada una de las idioteces que hacemos su competencia queda en entredicho, pero Él es Él por su propia y caprichosa Gracia y no convoca elecciones cada cuatro años. Hace mal, porque sabiendo lo supersticiosa que es la gente y el respeto que tiene por lo sobrenatural y por los barbados personajes bíblicos estoy seguro de que ganaría con mayoría absoluta y sin quitarse la gorra.

lunes

Protagonista


Me siento muy incómodo en el teatro y los conciertos porque noto que los actores y los músicos me roban protagonismo. Trato de llamar la atención del respetable con aspavientos y gritos estentóreos, pero en los grandes auditorios hay mucho follón y no siempre lo consigo. Para colmo, el servicio de seguridad de estos establecimientos suele tratarme con bastante descortesía y rara vez me deja expresarme con libertad y lucir mi talento al cien
por cien.
Con los niños tengo más o menos el mismo problema: todo el mundo los mira y les hace cucamonas y se olvida de que yo estoy allí, vestido con mis llamativas ropas, improvisando ingeniosos comentarios y entonando variados e irresistibles cánticos. El gran público, que no está educado, disfruta con las cosas más tontas y, en general, porque algún éxito sí que he tenido, no sabe apreciar lo realmente sofisticado y bueno.
Los parroquianos y habitantes de los bares y hogares con televisor se empeñan en atender a los comentaristas de los partidos de fútbol o a los locutores de los informativos en lugar de hacerme caso a mí, que les puedo ilustrar con mucha más solvencia sobre las sutilezas tácticas del balompié y la situación política internacional que estos bien pagados profesionales. De nada sirve que yo alce la voz o dibuje croquis explicativos en un folio o una servilleta de papel: sólo les oyen a ellos, e incluso parecen molestarles mis por lo general atinadas intervenciones y hasta mi simple presencia.
Los viandantes dan generosas limosnas a los pedigüeños ancianos o tullidos y en cambio se cruzan de acera cuando yo los abordo con mi hucha, mi estudiada sonrisa y mis pasos de claqué. Las muchachas en edad de merecer y las ajadas bellezas otoñales se enamoran de las estrellas de cine y los boys de discoteca y rechazan mis galantes ofertas por mucho que hayan bebido, a pesar de que yo mantengo mi torso depilado y ungido con aromáticos aceites y empleo para dirigirme a ellas el más seductor de mis acentos franceses.
Quiero ser protagonista, centro de todos los comentarios y objeto de la pasmada atención de la concurrencia, pero Occidente ha perdido sus referentes estéticos y dirige su bizca mirada a donde no debe: a los falsos profetas, a los ídolos con pies de barro que lo ponen todo perdido porque no saben para qué sirve esa esterilla que hay en la puerta y a los niños, que por definición son bajitos e inmaduros, no tienen estudios ni criterio y por tanto están lejos de ser un buen ejemplo para los otros niños ni para nadie.

Tarzán


De todos los personajes históricos que conozco, Tarzán es mi favorito. Siempre he querido pasearme por ahí dando gritos en taparrabos. He podido cumplir mi deseo en alguna fiesta, pero la vida no es una fiesta, sino, en todo caso, una tómbola, y en las tómbolas el peluche grande siempre le toca a la señora gorda de al lado. Este mundo es un mundo para hombres duros, y no creo que nadie vaya a discutirme a estas alturas que Tarzán era un hombre duro.
Tarzán era un héroe todoterreno que igual se pegaba con los gorilas de la niebla que escalaba rascacielos en Manhattan. Tarzán era más nativo de la selva que los nativos de la selva y más señor que muchos truhanes que conozco. Tarzán no bebía ni fumaba. No salía de noche. No tomaba drogas. No. Lo de Tarzán tenía mucho mérito. No sé si han intentado ustedes matar un cocodrilo con las manos o ir de un punto ‘A’ a un punto ‘B’ saltando de liana en liana. Por ejemplo. Prueben. Ya me contarán.
Hay más. Tarzán consiguió ligar en la selva, con lo difícil que estaba la cosa antes del boom turístico. Tarzán fue el primer metrosexual de la historia: siempre iba perfectamente depilado, aunque nunca se le vio hacerse la cera. Creo. No sé si el secreto de su éxito con las nenas estaba en la depilación o en la educada rudeza con que las trataba. Porque Tarzán no era de esos conquistadores que seducen y abandonan: cuando encontraba a una mujer que le hacía caso, la tomaba como esposa y fundaba una familia.
Tarzán es el único hombre que ha impedido a sus hijos que vayan al colegio sin que se le echen encima los servicios sociales. Tarzán es la prueba de que no hace falta estar alfabetizado para tener éxito en la vida. El que alfabetiza a sus hijos les priva de la oportunidad de llegar a ser Tarzán. Cada uno tiene derecho a educar a sus hijos como quiere, y lo mejor para que el niño desarrolle una personalidad ruda, que tantos éxitos le proporcionará con las mujeres de la selva, es no alfabetizarlo

jueves

Cirugía


Estoy a favor de la cirugía estética y reparadora: debemos reparar los errores que ha cometido con nosotros la Madre Naturaleza. Uno no puede ponerle buena cara al mal tiempo si no tiene una buena cara. Me parece bien que quien quiera inyectarse silicona lo haga y que quien necesite retocarse la nariz le dé carta blanca para ello al cirujano. Creo que operarse debería ser gratuito y, en algunos casos, obligatorio: este mundo es demasiado feo como para que nosotros lo empeoremos con nuestra jeta.
La cirugía estética es buena para todos. Después de una operación, tanto el paciente como el médico están más a gusto consigo mismos. Al médico le saluda con más respeto el director de su sucursal bancaria y al paciente los niños no le insultan por la calle. Yo no me he operado, sólo hablo de oídas, y por eso no sé si, tras la intervención, te dan el trozo de nariz que te han quitado en un bote con formol o se limitan a pasarte la factura y a despedirte con una palmadita en la espalda. A nadie le viene mal una palmada en la espalda o en el hombro de vez en cuando: yo habría sido un adolescente más feliz si me hubieran administrado alguna que otra a su debido tiempo.
Nadie es buen cirujano de sí mismo. Tratar de arreglarse las orejas en el cuarto de baño con un cuchillo afilado y unas vendas es peligroso y probablemente no dé buenos resultados. Uno siempre debe ponerse en manos del mejor profesional que pueda permitirse, si es que puede permitirse ponerse en manos de un profesional: el nivel entre los cirujanos amateur está subiendo, pero todavía no se puede decir que operarse en una peluquería sea muy seguro.
Antes de los cuarenta uno tiene la cara que le ha tocado en suerte y después tiene la que puede pagarse. Todo el mundo estará de acuerdo conmigo en que es mejor ser rico que ser pobre y ser guapo que ser feo. La belleza y el dinero abren muchas puertas: los que las han cruzado afirman que al otro lado hay más belleza y más dinero, que sirven para abrir nuevas puertas. Etcétera. Si usted es cerrajero, lo suyo es que se opere cuanto antes: le recomiendo que se ponga en manos del mejor profesional que pueda permitirse.

miércoles

Fiestas


En verano nuestra geografía se llena de alegres fiestas durante las cuales la gente bebe y se pelea y le arranca la cabeza a un pollo vivo o le tira bengalas a un toro manso: en España sí que sabemos divertirnos. Todavía no hemos abandonado la ancestral costumbre de ir armados a los guateques, y cuando uno tiene un arma termina usándola, sobre todo si se ha metido entre pecho y espalda tres litros de vino dulce y un mozo del pueblo de al lado intenta quitarle la novia, que también ha bebido y se ha convertido en el centro de atención y oscuro objeto de deseo de toda la verbena y de toda la comarca. En todas las peleas en que he intervenido, la cosa ha seguido el mismo patrón: en algunos casos me ha tocado hacer de novio celoso, en otros de mozo del pueblo de al lado y en los menos de novia que ha bebido, pero eso era cuando todavía tomaba alucinógenos.
Por lo que pueda pasar, nunca le dirijo la palabra a las amigas de los tíos que tienen patillas de bandolero, ya que éstos tienden a tirar de navaja con bastante facilidad. Yo mismo me he dejado patillas para intimidar a los posibles rivales amorosos, y estoy intentando convencer a mi novia para que se las deje ella también, más que nada para despistar un poco. Cuando uno llega vivo a cierta edad aprende a comportarse en las verbenas y las fiestas patronales: hay una serie de reglas no escritas que nadie va a enseñarte y que uno deduce por el método de ensayo y error. Lo más sensato es quedarse en casa y no acudir a estos eventos, pero es que he nacido en el Mediterráneo y la sangre me tira mucho.
En el sofisticado Manhattan la gente no suele llegar a las manos y soluciona las cosas a base de miradas llenas de desprecio y mordaces comentarios entre canapé y canapé, pero nosotros no vivimos en Nueva York ni asistimos a ‘parties’ en las que el políglota camarero se pasea entre los invitados con una bandeja de ‘delicatessen’ en cada mano. En la fiesta de la cosecha puede uno ensayar sus despectivas miradas y prodigar sus ácidas pullas, pero lo más probable es que eso termine por cabrear a algún tipo con patillas que acaba de arrancarle la cabeza a un pollo, y yo prefiero no enfrentarme con rivales de esa talla ni de ninguna otra, a no ser que esa otra talla sea mucho más pequeña que la mía, y tener la fiesta en paz, si es que tal cosa es posible.

domingo

Polillas


Dejé vivir a la primera que vi en el salón. No me molestaba en absoluto: era una especie de mariposa proletaria, un invertebrado honesto y discreto. Cuando empezó a haber más decidí atraparlas en un bote y soltarlas por la ventana. De este modo mantenía mi conciencia tranquila y la casa libre de bichos. Después colonizaron la cocina. En la cocina hace falta higiene y las polillas no son unos insectos especialmente limpios. Por más que yo les brindaba una salida digna —la ventana— ellas seguían apareciendo por todas partes, así que tuve que tomar medidas extremas: rocié de veneno la despensa y pasé tres días con fiebre y temblores en la cama. Desde entonces las mato con saña y un periódico enrollado. A veces la crueldad con los animales es necesaria.
El que haya polillas implica la existencia de gusanos y crisálidas. Espero no encontrarme con ninguna crisálida que me hile con su seda un jersey de asco infinito. También espero que los gusanos no llenen mi ropa de agujeros. Las polillas copulan en las paredes y se dan la espalda para copular, como harían los viejos matrimonios si pudieran. Yo les pego con el periódico y mueren sin tiempo de preguntarse por qué ni de encomendarse a nadie —aunque a juzgar por las que aún quedan siempre que cae una nace otra que ocupa su lugar—. Mi psicoanalista me ha recomendado que no le dé importancia a la cosa y que la acepte como una consecuencia inevitable de la primavera, pero estamos en verano y creo que lo más lógico es pensar en una plaga bíblica.
Por supuesto que ya no me parecen mariposas ni proletarias. Las incluyo en la misma categoría biológica que a las chinches y en la misma categoría social que a los flautistas callejeros. No sé qué diablos comen, pero seguro que es algo que yo he ganado con el sudor de mi frente. Ayer desarticulé uno de los nidos y apliqué a sus integrantes una arbitraria ley antipolillas. He comprado una bolsa con bolas de naftalina y he formado un círculo con ellas a mi alrededor en medio del dormitorio. Según la tradición una polilla no puede entrar en ese círculo, pero dudo que éstas conozcan la tradición o tengan la intención de respetarla.

jueves

Certezas


Soy infalible, como Dios, que no inflable, como los globos, y por esa sólida e incontestable razón me puedo permitir el lujo de tener absolutas certezas sobre temas acerca de los cuales los demás no albergan sino hondas dudas que en los más de los casos los atormentan y no les dejan quedarse dormidos hasta bien entrada la madrugada, con el consiguiente e inmediatamente posterior menoscabo en su rendimiento laboral matutino. Puedo predecir, por poner un ejemplo, y con una exactitud que si no me lo impidiera la modestia no dudaría en calificar como asombrosa, todo lo que va a suceder a cinco minutos vista en cualquier película española o americana de cierto presupuesto aunque la esté disfrutando por primera vez: eso me ha llevado a ganar algunas nada despreciables sumas de dinero apostando con mi compañero de butaca y también ha hecho que el impaciente acomodador, a instancias de la parte más quisquillosa del resto del público, me eche con cajas destempladas de dos o tres salas de cine de cuyo nombre no quiero acordarme.
Es duro saberlo todo, ya que termina uno viéndose obligado a cargar con una no sé si merecida fama de repelente y granjeándose las antipatías de muchos hombres honestos con los que quisiera llevarse bien y salir a tomar copas en condiciones de igualdad y jugar a los acertijos con la emoción que le da a la cosa el no estar seguro de quién demonios va a salir victorioso en la partida. La gente es demasiado democrática y amante de la muy manida libertad, de la casi siempre pegajosa fraternidad y en especial de la horriblemente injusta igualdad, y por eso tiende a evitar a los que la superan de manera evidente en estatura y conocimiento del medio y a menospreciar o incluso humillar a quienes por razones genéticas o por culpa del cada día más deteriorado sistema educativo quedan por debajo de ella y la avergüenzan con sus comentarios no pertinentes y sus absurdas salidas de tono en reuniones de trabajo e informales saraos nocturnos: cuando los desempleados y entrados en años veteranos del barrio nos decían con aire paternal en los concurridos futbolines de media mañana eso de que en la mili no hay que ser ni el más listo ni el más tonto trataban de ilustrar precisamente el fenómeno que acabo de exponer, aunque juzgo muy improbable que fueran conscientes de que lo hacían y temo que se limitaran a repetir una resultona frase tópica que con toda seguridad habían aprendido durante su larga y forzosa estancia en el cuartel para cumplir con el mencionado y un millón de veces por ellos referido y exagerado servicio militar.
Aquellos de ustedes que no hayan sufrido en sus carnes los rigores de la LOGSE y dominen por lo tanto las oraciones interrogativas se estarán preguntando cómo es posible que si siempre acierto y nunca me equivoco me halle aquí dirigiéndoles la palabra a cambio de una retribución que un pobre de solemnidad tacharía de mísera y un ciudadano de clase media definiría como simbólica en vez de aprovechar el universo de posibilidades que me abre mi don y correr a cobrar el dineral que he ganado con las quinielas y comprar con él enormes yates en cuya semidesnuda cubierta retozar durante interminables horas cual tierno infante o gorrino asilvestrado y jugar con los verdes billetes que la Casa de la Moneda imprime para mí a modo de homenaje y en edición personalizada. La respuesta es tan sencilla como una canción de los Cuarenta Principales, pero a pesar de ello o tal vez precisamente por serlo da una muestra más de hasta dónde llegan cuando la ocasión lo requiere mi elefantiásica grandeza y mi cuasi omnímodo poder: de entre todas las perlas de sabiduría que atesoro en el disco duro de mi cabeza la que prefiero y contemplo con más asiduidad es la que me permite saber qué preguntas son las que no debo hacerme jamás para seguir manteniendo mi fabuloso récord y no perder mi condición de adivinador infalible, y les adelanto que las relacionadas con rifas y sorteos de otro tipo, predicciones bursátiles y deshojamientos amorosos de margarita ocupan un destacado lugar en el abultado y jamás menguante montón en que éstas se agolpan de la manera más promiscua y desordenada que uno pueda alcanzar a imaginarse y que ya ha llenado mi habitación y amenaza con crecer y crecer hasta ocupar por completo mi casa y el mundo y el tiempo y arruinar el hermoso paisaje que le sirve de marco a mi envidiable y por tantos comentaristas tachada de excesivamente frívola y disipada vida.

sábado

Fútbol


Dicen los ingleses, que son los que lo inventaron, que el fútbol es un deporte de nobles practicado por plebeyos, y a mí me parece que no les falta razón, pues por un lado eso de tratar a la gente y a los objetos a patadas siempre ha sido una cosa muy aristocrática y por otro la plebeyez de la mayor parte de los futbolistas que conozco por referencias o en persona es algo que está fuera de toda duda. Los mismos ingleses sostienen que en cambio el rugby, un juego paralelo al primero cuyas reglas ellos también se entretuvieron en fijar, es un deporte de patanes practicado por caballeros, y viendo la planta y la jeta de los jugadores no seré yo el que ose llevarles la contraria en esta afirmación ni en ninguna otra, sobre todo considerando que los caballeros acostumbran a tener estudios universitarios y por lo tanto son perfectamente capaces de averiguar con una rápida revisión de la cabecera de este texto cómo me llamo y con un par de sencillas reglas de tres dónde
vivo.
El futbolista medio no será un aristócrata, de acuerdo, pero tiene la ocasión de convertirse en un nuevo rico que además de disfrutar de la bendición del dinero goza de la equívoca caricia de la fama y algunas veces incluso la aprovecha: eso no le convierte en un gentleman pero le permite pagar a una legión de pelotas para que le repitan constantemente que lo es, justo lo contrario de lo que hacía el César al contratar bufones para que le recordaran entre tiento a la pata de cordero y mordisco al racimo de uvas que no era más que un simple mortal. Así, el popular deporte del balompié se puede convertir en un trampolín social para quienes lo practican, que en muchos casos pasan de jugar a las tragaperras en los billares del barrio a codearse con lo más florido de la ‘jet’ en exclusivas fiestas ibicencas, pero no en un medio de redención cultural: en los saraos de moda el futbolista se sigue comportando como el sencillo buscavidas que trataba de engañar al chico de la riñonera de cuero que da el cambio tras la ventanilla para sacarle unas monedas y echarse otra partida al Tetris, lo cual hace por cierto que se integre al instante con el resto de los poco cultivados ricachones y que encaje de maravilla entre ellos.
Si la Naturaleza lo dota de una pierna musculosa con la que patear balones con la fuerza y colocación necesarias para hacer que la meritoria estirada del guardameta sea infructuosa, ya puede olvidarse uno de pasar largas tardes ante los áridos libros de texto y de preocuparse por aprender a leer, escribir y hablar como Dios manda, pues se hallará en condiciones de acceder a todos los lujos imaginables sin necesidad de poner en práctica estas mundanas habilidades: hay mucho odio y bastante envidia en mis palabras y en mi corazón, es cierto, y si les recitara en vivo y en directo el presente párrafo ustedes advertirían en el quebrado timbre de mi voz un inequívoco matiz de resentimiento y un deje triste y amargo, pero esta mi desoladora circunstancia no le resta ni un punto de verdad a mi aserto ni hace que la realidad sea ni siquiera un poco menos terrible.
Con lo que un repeinado jugador del Madrid gana en un año yo podría montar un hospital en Biafra y vivir como un pachá durante una década con la pasta que me sobre. Para ello tendría que ponerme en evidencia contestando obviedades llenas de anacolutos en todas y cada una de las concurridísimas ruedas de prensa que se celebran después de los partidos, pero ese es el pequeño impuesto que hay que pagar para tocar el Cielo de los elegidos con las dos codiciosas manos: todo hombre tiene un precio, y yo estoy dispuesto a entregar en una bandeja de plata mi dignidad a cambio de la oportunidad de llevar una vida más placentera que la modesta pero honrada y por supuesto anónima existencia que hasta el momento vengo arrastrando por esos cafetines y esas bibliotecas y poder codearme con los ricos excéntricos y los artistas de variedades en la zona VIP de las discotecas donde atruena la inframúsica que pone banda sonora a las actividades sociales de la gente de posibles y aspirar a que un día ese desaseado sujeto con perro y flauta a quien bien los padres que lo concibieron una noche negra de tormenta o bien un enemigo cruel y traicionero con mano en el registro civil o la discográfica dieron en bautizar como Melendi me dedique una canción rebosante de llanos elogios que haga que mi nombre y mi imagen estén por lo que queda de siglo en los labios y en los sueños de todas las muchachitas.

jueves

Cánones


Pues yo a la Elsa Pataky la veo un poco demasiado fondoncilla. No es que me desagrade como objeto ornamental y mucho menos como ser humano, pero la verdad es que me excita más el rollo desnutrido: si no temiera la airada y probablemente justa reacción de la directora del Instituto de la Mujer, diría que las anoréxicas son unas jóvenes admirables a las que no importa poner en peligro su salud en exclusivo beneficio de la Belleza y que para mí esa es la máxima expresión del amor al Arte, en el sentido amplio de las palabras amor y Arte. Cada uno es como es, y yo siempre me he contado entre los que prefieren la sutileza a la rotundidad y lo etéreo a lo corpóreo: discrepo en este punto y no sé si en alguno más con los pintores flamencos del siglo XVII, que perdían el culo por chicas con el porte aproximado de una yunta de bueyes, contundentes damiselas que hoy tendrían serios problemas para ser aceptadas por sus compañeras de colegio y todos los papeles para ser señaladas como el vergonzante prototipo de ciudadano que no sabe comer en los programas sobre nutrición de la tele. O era eso o que, al igual que sucede ahora, las modelos flacas cobraban diez o veinte veces más que las otras y los por definición apurados artistas plásticos del momento no se podían permitir el asiático lujo de contratarlas y por culpa del vino y de su obligada fidelidad a una dieta baja en fósforo no se hallaban en condiciones de pintarlas de memoria.
Sí, estoy ciegamente a favor de las maniquíes livianas como plumas de cisne y opino que el impedirles que desfilen en las más selectas pasarelas es un ejercicio de discriminación de la peor especie. Es posible que con su delgadez estén dando un mal ejemplo a la juventud, pero eso es precisamente lo que han venido haciendo los Rolling Stones durante los pasados cuarenta y cinco años y sin embargo les tendemos la alfombra roja allá por donde van y para completar la jugada arrojamos a sus pies flores y pétalos de rosa. Los Beatles. Los Beatles también eran una referencia harto perniciosa para los adolescentes de su época y mire usted en el altísimo concepto que se les tiene ahora a los cuatro. No podemos andar denostando a lo tonto y a lo loco a la gente para después encumbrarla al cabo de los lustros porque si lo hacemos perderemos credibilidad y nos tomarán por una especie de veletas estéticos e intelectuales y tiraremos por la borda todo el crédito que nos hemos ido ganando con los años como jueces de lo que mola y lo que por el contrario no mola y nadie ya confiará en nuestra capacidad de discernimiento. Si vamos a machacar a las indefensas niñas escuálidas de la moda, hagamos antes hondo examen de conciencia y cerciorémonos de que pasado mañana no vamos a sentir el impulso de rectificar y ponerlas por las nubes, como por cierto opino que se merecen.
Creo que si me viera forzado a escoger entre la deglución de un bocadillo de jamón serrano y la pasiva contemplación del palmito de una modelo postadolescente rumana y no hiciera más de tres días que ingerí la última reconfortante ración de alimento sólido o de sopa caliente me decantaría sin dudarlo por la segunda alternativa, y lo más maravilloso de todo es que estoy seguro de que si ella tuviera que elegir entre el mismo sabroso bocadillo y cualquier otra vianda que engorde un poco menos incluyéndome por supuesto a mí también se decidiría por la opción B: vivimos en un mundo complejo y las personas y animales que según nuestro criterio nos resultan atractivas se rigen a su vez por un canon en el que en el mejor de los casos pues igual hasta ocurre que entramos nosotros y ahí es justamente cuando surgen como margaritas de entre el barro el fiero deseo y la carnal pasión. Las cosas casi nunca son blancas o negras y por lo general están sobriamente teñidas de toda una gama de grises y para colmo de confusiones aquí cada cual ve los colores de una manera y lo que para unos es amarillo que tira a verde para otros es más bien lo contrario. Aun a sabiendas de que la frase no termina de tener sentido y de que por lo tanto llevará a confusión a los lectores silábicos diré que todos somos daltónicos de nosotros mismos: hay una ley natural según la cual a nadie salvo a los hombres retorcidos de veras le puede parecer que sus hijos y nietos sean feos ni que el objeto de su desinteresado amor esté innoble y toscamente gordo o flaco como un galgo hambriento y no merezca desfilar donde le venga en gana o ser fotografiado en primer plano y sin recibir previamente la humanitaria visita de un hábil maquillador homosexual.

viernes

Dios salve a la Reina


Nunca he entendido eso de la flema británica. Según mi diccionario, que es muy completo y está actualizado, una flema es un gargajo. No obstante, los británicos, flemáticos o no, me caen muy bien, sobre todo por la humorística distancia con que se enfrentan al mundo y esas cosas. Tenemos mucho que aprender de ellos, y para hacerlo no nos queda más remedio que estudiar su curiosísima lengua, ya que de otra forma difícilmente le sacaremos el más mínimo provecho a las lecciones. Para empezar, y por ponernos una meta que podamos alcanzar sin entender aún ni una palabra del idioma de Shakespeare, deberíamos copiarles la bandera. La bandera de Gran Bretaña es un trapo la mar de cuco que luce igual de bien frente a la fachada de las Naciones Unidas que en la chaqueta de polipiel de un punki. En cuanto a diseño y garra visual, le da doscientas vueltas a la nuestra, que no obstante la supera en capacidad de acojone y colorido. Con la bandera británica se puede ir a cualquier lado, pero con la de España sólo a manifestaciones de la AVT y a los partidos que pierde la selección de fútbol.
Luego está el himno. El himno de Gran Bretaña es majestuoso y orquestal, y el nuestro parece una especie de pasodoble de verbena de pueblo. Cuando uno oye el Dios Salve a la Reina, que probablemente fue compuesto para conmemorar un histórico apuro regio que se suponía que sólo podría tener solución mediante providencial intervención divina, le entran ganas de acometer épicas gestas patrióticas, y cuando oye el otro lo que le apetece es sacar a una moza a bailar agarrado y tratar de meterle mano con disimulo y de convencerla para que se venga a la era: dos impulsos que por cierto guardan una relación directa con el papel que juega cada país en el concierto mundial. Los símbolos de una nación nos dicen mucho acerca de la esencia de la misma, y los del Reino Unido hablan de dignidad, saber estar y opíparos desayunos que incluyen huevos fritos y tres lonchas de bacon. Es fácil ir por ahí siendo de Londres: todos dan por sentado que eres un caballero y se esfuerzan por quedar bien contigo y por estar a la altura de las circunstancias.
Todo hombre con un hondo conocimiento del entorno y de las idiosincrasias de los mil territorios que uno encuentra en el mapamundi es al mismo tiempo francófobo y anglófilo. He nacido español y el odio al vecino de arriba se me supone como el valor a un recluta anónimo, de manera que quiero dejar aquí constancia de mi amor a lo inglés y por extensión a lo británico. Soy devoto de los sombreros hongo, las pintas de cerveza, los días nublados, el té con pastas a la hora del té con pastas, la cortesía cercana a la afectación y la puntualidad rayana en lo enfermizo, y si tengo que elegir entre el Big Ben, la Torre Eiffel y la plaza de toros de Las Ventas y ordenar los tres monumentos según mis preferencias, lo haré sin un rastro de duda en mi voz o con trazo firme si es que la encuesta se me presenta por escrito y pronunciaré o garabatearé primero el nombre del redondo reloj, luego el del mítico coso y por último y si no queda otra alternativa el de la aparentemente inacabada construcción parisina.
Por eso siempre me hago el tonto cuando un tipo vestido de bandolero se me acerca por la calle y me pide una firma para que nos devuelvan Gibraltar: para mí Gibraltar es y será guiri por mucho que un día la caprichosa legislación internacional lo pueda poner de nuevo en nuestras irresponsables manos, exponiendo con ello a sus habitantes a quién sabe qué castizas catástrofes vitales. Gibraltar es un trozo de la Gran Bretaña que late en nuestra tierra como mi corazón es una víscera que dice pom pom con acento de Surrey dentro de mi pecho. Me gustaría ser civilizado como los ingleses y la única manera de conseguirlo que se me ocurre es permitir que nos colonicen en condiciones, con submarinos nucleares y bases militares secretas rebosantes de aguerridos soldados, y no con vuelos de bajo coste repletos de hooligans y de septuagenarios que vienen a nosotros en busca de sexo fácil y bebida barata y que por efecto del alcohol o de los años han olvidado los bellos valores que inspiraron a los héroes que pusieron los cimientos de su patria.

lunes

Detective privado


Yo antes quería ser detective privado, pero el otro día me senté a reflexionar sobre la realidad de ese oficio y he cambiado de opinión y de intenciones. El detective es un tipo gris, pero su grisura está muy lejos de la épica mediocridad que nos muestran las películas de cine negro. La parte más vistosa de su trabajo consiste en sacarle fotos a maridos infieles abrazando a camareras rusas de veinticinco años y en perseguir a adolescentes descarriadas para después chivarse ante sus padres de que beben cubatas y fuman porros. Lo cual, sin duda, ha de hacer que se sienta como un gusano: el detective es lo más parecido al acusica de la clase que despachan en formato adulto, y comparte con éste, con el acusica, las nulas probabilidades de éxito a la hora de iniciar un acercamiento sentimental a las mencionadas adolescentes casquivanas, y eso lo va desgastando poco a poco por duro que sea y acendrada vocación que tenga y menoscaba su autoestima y mina su moral.
Ni siquiera, y dado que vivimos en un país subtropical y escasamente lluvioso, puede el detective lucir en la vida real una de esas gastadas gabardinas que tan bien le quedan en la gran pantalla, a no ser que quiera arriesgarse a que le tomen por tonto o por un exhibicionista de los de antes, que los de ahora ya han descubierto las ventajas del chándal como uniforme de faena. La existencia del detective es arrastrada, monótona y vacía de emociones, y ni los casos que se le plantean tienen nada que ver con los complejos problemas casi ajedrecísticos con que se desayunaban Hércules Poirot o Sherlock Holmes ni sus aventuras suelen culminar con una heroica persecución pistola en mano por las calles de una ciudad tan pinturera como Chicago o Nueva York, sino más bien con el interminable repaso de una miríada de documentos legales y obscenas polaroids en el despacho del juez encargado de repartir el botín de un
divorcio.
La policía jamás recurre, por más que la televisión y la literatura no dejen de hacer referencias al supuesto lance, a los detectives privados para que le resuelvan los crímenes que escapan a su entendimiento: para este menester prefieren los acreditados servicios de videntes y quiromantes, que además por regla general trabajan gratis bajo la amenaza de ser detenidos por actividad empresarial ilícita y estafa. Las mujeres fatales rara vez irrumpen en la oficina de un detective privado para pedirle que las ayude a encontrar al asesino de su acaudalado marido: en lugar de ello corren a las discotecas frecuentadas por futbolistas de Primera División e hijos de baronesas dueñas de palacios y vastas colecciones pictóricas para tratar de dar otro braguetazo antes de que el tiempo traicionero entre en la cocina de su belleza y provoque que se les pase el arroz y se les pegue dolorosamente a la sartén.
Por su condición de sujeto sigiloso, el detective vive y muere siendo un ser anónimo que no llama la atención de nadie y apenas se distingue del paisaje. Todas sus dudosas hazañas quedan en la esfera de lo privado y jamás serán referidas por los medios de comunicación ni glosadas en los libros de texto: en todo caso hallarán aburridos oyentes en los nietos que en el futuro sus hijos dejarán a su cuidado cuando se vayan con sus parejas de vacaciones a Mallorca, aunque habrá de exagerarlas convenientemente y de adornarlas con nuevos personajes, tales como gnomos y hadas, para hacerlas asequibles a los gustos infantiles y dotarlas de la dignidad que él sabe de sobra que nunca tuvieron. Quien se esfuerza a diario por pasar desapercibido tiene todas las papeletas para con los años terminar por conseguirlo y confundirse para siempre con el soso decorado de la vida como un insecto palo se camufla en el suelo lleno de hojas secas del bosque, y hay poca gloria en el currículo de los bichos de este tipo y en la biografía de los que se desviven por ocultar sus méritos en vez de sacar pecho e intentar anotarse los goles del vecino, como hacen los miembros de todos los demás gremios con la única y obvia excepción del de los espías y solemos hacer también los maleantes sin corazón y la mayor parte de los haraganes y los desocupados.

martes

Butano


Estoy convencido de que este fulano que emite desafinados alaridos en la calle anunciando su gaseosa mercancía es un tipo de lo más honrado, pero a mí me pone de los nervios. Tiene que haber una manera de pregonar el género sin necesidad de romper la relativa paz de media mañana con esa tosca exhibición de capacidad pulmonar y ese monótono y mil veces repetido grito inarticulado. El tristemente extinto afilador por lo menos adornaba el publicitario lance canoro que tan célebre le hiciera tocando una especie de armónica entre berrido y berrido y se preocupaba por dotar de una cierta melodía a su mensaje, pero aquí el tío del butano se lo monta a capella y sólo acompaña sus estridentes voces con el percusivo estruendo que provoca agitando en el mismo camión las por cierto explosivas bombonas y haciéndolas chocar entre sí o con la estructura metálica que las sujeta aunque veo que no protege de sus manos y golpeándolas con lo que desde el privilegiado balcón que ocupo y me sirve de atalaya me parece identificar como una barra de hierro.
O sea. Yo siempre he admirado a esos titanes con mono de faena y toleraba su expansividad y sus bramidos como quien soporta las manías de los genios a cambio de poder disfrutar de sus alardes de fuerza física: alguien capaz de cargarse una de esas pesadas cosas de color naranja al hombro y subir con ella cuatro pisos a pie sin despeinarse tiene bula para hacer con sus cuerdas vocales lo que le dé la gana y para desahogarse emulando a un Tarzán histérico y redundante cada vez que lo estime conveniente. Pero es que las bombonas de hoy en día no pesan nada: son como latas grandes y plateadas de cerveza y cualquier alfeñique podría levantar una en cada mano y llevarse las dos a casa como si en lugar de botellas repletas de peligroso combustible fueran una pareja de confiados escolares. Eso priva al butanero de coartada para sus fechorías y lo coloca en la misma categoría ontológica que los jovencitos que vuelan sobre las asfaltadas calles nocturnas de la ciudad a lomos de trucados ciclomotores sin tubo de escape y lo hace acreedor al llano y lícito odio de todos los ciudadanos de bien.
Ya no hay excusa ni porqué para tanto abuso. Las bombonas modernas son tan ligeras que las niñas de colegio de monjas las podrían vender de puerta en puerta como si fueran magdalenas para pagarse el próximo e inevitablemente iniciático viaje de fin de curso, y estoy seguro de que si ellas nos castigasen con esos zafios aullidos al ofrecernos la mandanga nosotros no sólo no se la compraríamos sino que las haríamos huir a cien por hora cual manada de gráciles gacelas valiéndonos de nuestra mayor talla física y una escoba. No es justo que estos antaño heroicos hombres sigan viviendo de las rentas y gozando de las prebendas que les fueron concedidas como pago a las tremendas, increíbles hazañas deportivas del pasado: debemos exigirles que se integren de manera efectiva en la comunidad y que no nos castiguen más con esos comportamientos disruptivos que hasta hoy y por razones coyunturales les hemos
tolerado.
España siempre ha levantado bombonas de veinte kilos. Si hoy somos Europa y nos hemos pasado al envase de aluminio ultraligero y hemos renunciado al llamativo pero poco sofisticado color naranja es hora también de que adoptemos el tono quedo de voz y los contenidos modales de nuestros amigos del norte. El butanero debe olvidar su añeja cantinela y acostumbrarse a llamar con educación al timbre y a utilizar el portero electrónico, artilugio que hace lustros que dejó de ser una novedad y que todos tenemos la cívica obligación de aprender a manejar cuanto antes. Yo he dado el primer paso y he puesto la piedra inaugural de la obra de la carretera de peaje que ha de conducirnos a la tranquilidad y a la concordia: sólo falta que alguien con capacidad para las relaciones públicas y la persuasión, don de gentes y cintura para esquivar los hipotéticos mandobles dibujados en el aire con el puño que sostiene la quizá no tan liviana bombona plateada baje a la calle ahora que llega el camión y le coloque el cascabel al robusto y viril gato.

A favor del burka


Si una imagen pornográfica es la que lo muestra todo y una imagen erótica la que deja partes del cuerpo a la fantasía, ¿no sería el burka el no va más del erotismo desatado? Creo que es por eso, por el modo en que estimula los rincones más recónditos de nuestra corteza cerebral y fomenta nuestros deseos secretos e impuros, y no por otra cosa, por lo que los políticos de derechas habrían de pedir que se ilegalizara en todo el planeta y se prohibiera tajantemente su fabricación industrial y se cerraran los talleres artesanales donde con tanto mimo se confeccionan las más sublimes y codiciadas de entre las prendas de su clase. Los políticos de izquierdas, que siempre han tenido fama de cachondos, deberían sin embargo abogar por la generalización forzosa y universal de su uso y proponer de inmediato su adopción como uniforme femenino de invierno en los institutos públicos, cuyos patios de recreo podrían así igualar en cuanto a ambiente y torridez a los de los privados y católicos, que ahora ostentan el título oficioso de templos de la sensualidad gracias al empleo abusivo por parte de la mitad femenina del selecto alumnado de esas falditas de tabla y esos diabólicos calcetines de encaje a juego.
Un burka bien cosido aguanta hasta tres temporadas sin estropearse y se puede utilizar tanto para ir a un elegante cóctel como para quedarse tranquila en casa oyendo la radio, y además libra a su afortunada propietaria de la esclava obligación de depilarse las interminables piernas y el rostro periódicamente, dos prácticas que amén de ser muy dolorosas se cuentan entre aquéllas a las que más tiempo dedican las coquetas mujeres occidentales y dan lugar a que a lo largo del año éstas pierdan decenas de horas de productivo trabajo doméstico o por cuenta ajena para desgracia de parientes y pequeños y medianos empresarios y perjuicio de la sociedad que todos conformamos. Reprochar a alguien que lo luzca o aconseje a los miembros femeninos de su familia que lo hagan es tratar de imponer la forma europea de entender la belleza y fomentar unos hábitos consumistas exagerados que tarde o temprano nos llevarán a la ruina fiscal y que ya nos han sumido en la decadencia moral: con lo que nos gastamos anualmente en cera tibia, vaqueros de talle bajo, ceñidísimas camisas que para colmo se transparentan cuando uno riega o arroja un cubo de casta agua fría a su propietaria, polvos de maquillaje más o menos llamativos y antialergénicos y carísimos y hay que decir que poco efectivos afeites varios nos llegaría para construir cientos de hospitales en Biafra y llenarlos de ingeniosos aparatos que ayuden a curar y hasta a erradicar los males de los negritos del África.
El burka es una prenda progresista que hace que todas las mujeres sean o parezcan iguales y evita que las menos atractivas se vean como hasta ahora viene sucediendo discriminadas a la hora de optar a un empleo en el caso de que como es casi norma obligada en estas situaciones la parte contratante haya colocado al frente del equipo de selección de personal de la empresa a lo que indistintamente podríamos definir como un esteta o un salido: exhorto desde aquí a las autoridades competentes a que pongan en marcha de manera inmediata una campaña de promoción del uso de tan democrática, solidaria y sexy joya textil y de concienciación de la descocada sociedad fascista acerca de las innumerables e insoslayables ventajas que para la moderna y joven profesional urbana tiene el calzársela cada mañana después de la jabonosa ducha y no quitársela hasta el feliz momento de meterse en la cama por la noche tras una fructífera jornada y hacer horizontal balance de todo lo acaecido y de las buenas acciones llevadas a cabo durante las últimas veinticuatro horas y para ponerle un broche de oro al día propinarle un amoroso ósculo a la persona o personas que tenemos al lado y apagar la luz para dormir y esperar entre soñados angelitos a que dentro de unas horas penetre por la ventana el nuevo sol.

viernes

Monarquías


Lo que a mí me llena de pasmo y hace que me lleve las manos a la cabeza y pierda horas de mi precioso tiempo pensando que las cosas no tienen sentido no es que a estas alturas de la Historia siga habiendo reyes y reinas y príncipes uniformados de marinero e infantas vestidas de tul, sino que en pleno siglo XXI aún haya legiones de monárquicos que aplauden la jugada y se tiran a la calle a celebrar el nacimiento de cada nuevo pequeño miembro de la Casa Real y se desgañitan con sentidos vítores en los que ponen toda su alma y su talento poético al paso de las triunfales comitivas regias que desfilan marciales rumbo a la catedral siempre que se celebra una de las frecuentes y ostentosas bodas con las que sus altezas y majestades suelen sellar los amores que las atan a otras altezas y majestades. Ya me chocaba la expectación que levantaban también a su paso los contusionados Cristos y las dolientes Marías de cartón piedra durante las populares y multitudinarias procesiones de Semana Santa, pero es que al menos a éstos, Crucificados y Vírgenes, se les supone una vida pródiga en penosos sacrificios y espectaculares milagros que les puede hacer acreedores a la admiración y la lisonja del populacho, y a los otros, monarcas y herederos mejor o peor situados en la vertical línea de sucesión, se les conoce una existencia disipada que esencialmente transcurre en pistas de esquí alpinas o pirenaicas o a bordo de lujosos y marineros bergantines.
Porque no se puede negar que los reyes viven como reyes, o hasta, en el caso de que su corona les otorgue el derecho a dar órdenes a los súbditos de varios países, como emperadores. El único inconveniente de tener sangre real en las azules venas es que a veces hay que aguantar que algún dibujante se descuelgue con una caricatura en la portada de una revista satírica y que la parte más levantisca de la plebe se eche unas risas a cuento de los defectillos de uno hasta que el juez de turno da un puñetazo en la mesa y manda cerrar con tres candados el chiringuito. Pero mientras ande yo caliente dentro de un anorak de importación y sobre unos lisos y veloces esquíes de competición ya se puede descojonar el personal, que seguro que pasa más frío que una rata en invierno aunque no venga a hacer elegante eslálom a Baqueira y se tenga que conformar con a lo sumo llegarse dos días a Sierra Nevada y tirarse por la ladera del blanco monte usando un plástico grande a modo de improvisado y rústico trineo y es tan primo que se paga el fin de semana de su propio bolsillo y vuelve pitando el domingo por la noche a casa para estar el lunes a primera hora de la mañana dando el callo en la oficina o en el andamio.
Daría un meñique por ser rey y convertir mi vida en un serial de amor y lujo y poder ponerme esos ternos militares llenos de medallas y esos polos de marca con bermudas y zapatos náuticos tan limpitos y tan informales, pero me arrancaría yo mismo todas las uñas de los dedos de los pies antes que hacerme monárquico. Una cosa es vivir del cuento y esquilmar a un pueblo soberano que además recibe el sablazo dando hondas muestras de satisfacción como si se tratara de un masoquista en mitad de una galopante crisis afectiva provocada por el síndrome de Estocolmo y otra es ser un miembro de ese pueblo soberano y esquilmado que para colmo adora y venera a quien se gasta en caviar y langosta el dinero de sus impuestos y besa el suelo que éste pisa y sueña con que un día él o alguno de sus apuestos familiares carnales o políticos rompa el protocolo y se acerque al expectante gentío que lo aclama detrás de la valla de seguridad y estreche precisamente su mano ignorando la de todos los demás e incluso lo distinga con un campechano y ennoblecedor abrazo. Hay dos formas de estar en este negocio y si me dejan elegir yo opto por la primera: siempre he preferido ser bota de futbolista a balón de reglamento, por más que como bota me halle estresado por los rigores de la etiqueta y no me permitan ir ni a la vuelta de la esquina sin guardaespaldas y como balón pueda ser despreocupadamente feliz y disfrute con los paisajes de papel cuché que descubro al volar por los aires después de recibir cada patada. O emparento ya por lo civil o por la Iglesia con la familia real o me lío la manta tricolor a la cabeza y me pongo a mandar mensajes de móvil exhortando a la gente a salir a la calle a pedir a megafónicas voces el inmediato advenimiento de una nueva República, a ser posible y si no es mucha molestia popular o federal, a ver qué es lo que pasa y si con un poco de suerte alguien me hace caso y nos podemos reír un rato con la pataleta de Jaime Peñafiel.

Petróleo


No es que el oro me vuelva loco. Siempre me ha parecido una horterada, tanto cuando lo he visto en pulseras o colgantes con la efigie de la Virgen del Rocío o Camarón como cuando lo he encontrado en la sonriente dentadura de algún ex presidiario o me lo han mostrado en sólidos lingotes con el nada cristiano fin de despertar mi codicia y mi envidia, pero eso de llamarle oro negro al petróleo se me antoja una hipérbole forzada y una metáfora difícilmente sostenible. El petróleo es un fluido que mancha todo lo que toca, como una especie de extraño y gorrino trasunto del rey Midas, y aunque a mí su olor me pueda parecer agradable o incluso estimulante creo que es justo y necesario que ponga un gesto grave para afirmar con absoluta solemnidad que apesta. Si no fuera porque una vez refinado permite que los coches anden y los jeques árabes y los magnates tejanos con corbatín de lazo y sombrero de cow-boy se forren y puedan dedicar sus vidas a beber té moruno y fumar de sospechosas pipas de agua sentados en ostentosas alfombras persas los primeros y a coleccionar todo tipo de objetos raros y hacerse traer piedra a piedra castillos medievales desde España los segundos, el petróleo sería un producto de poco tirón comercial y escasamente valorado por el público y su nombre apenas se escucharía en los noticieros de televisión ni tendría peso en nuestra cultura.
El petróleo se esconde bajo tierra, como los bichejos más repugnantes y las peores alimañas, y para extraerlo hay que emplear enormes taladros de aspecto fálico cuya presencia nunca podrá ser tolerada por los perplejos beduinos que transitan los inhóspitos desiertos a lomos de sus jibados y resistentes dromedarios y los conservadores campesinos de moral rígida que pueblan las vastas llanuras de la América profunda y levantan con sus propias y solidarias manos grandes casas de madera en las que los nuevos matrimonios que surgen dentro de la endogámica comunidad criarán a sus prolíficas descendencias. Después se distribuye por el mundo empleando un ingenioso sistema de tuberías al que algún hábil lingüista con cierta capacidad para la combinación de raíces latinas ha bautizado como oleoducto o se transporta en gigantescos barcos de tripulación por cierto exclusivamente masculina con tendencia a embarrancar y verter su precioso contenido en los mares, que ingratos lo arrastran con sus olas hasta las más o menos lejanas costas de Galicia y asfaltan de manera gratuita sus amplias y bellas playas como paso previo a su inevitable urbanización y a la lucrativa construcción de una batería de bloques de apartamentos con vistas al Cantábrico o al océano Atlántico.
Este pringoso líquido, además, y por si todo lo antedicho fuera poco, ha desbancado a la famosa perfidia femenina como primer generador histórico de conflictos bélicos. Los líderes de las poderosas naciones que antes se declaraban la guerra por el corazón de la Helena de Troya de turno ahora se tiran bombas por el control de los últimos yacimientos: eso priva a las campañas militares del inspirador trasfondo poético que un día tuvieron y las convierte en meras y estruendosas operaciones comerciales, por más que nos empeñemos en bautizarlas con nombres de novela de acción barata y hablemos de tormentas del desierto y libertades duraderas y por mucho que insistamos en comparar al mismo petróleo con el oro como si al fin hubiéramos dado con la archibuscada piedra filosofal. El petróleo se agotará un siglo de estos y entonces alguien encontrará otro milagroso chollo que haga que funcionen los motores y los raudos coches corran a la misma velocidad a la que se llenan sus bolsillos, pero hasta ese momento y según la infalible ley de la oferta y la demanda su precio seguirá subiendo a medida que las existencias vayan menguando y habrá cada día más tortas para hacerse con una lata de gasolina y esto terminará por parecerse de una forma bastante incómoda a la película ‘Mad Max’: el barril de crudo está por las nubes y a mí me da hasta miedo pensar a cuánto se pondrá cuando lo cocinen y qué demonios tendrá que hacer uno para conseguir que el fascista especulador o el organismo gubernamental marxista y quién sabe si leninista que controla las últimas reservas le recargue el mechero que necesita para encender el porro que le ayude a olvidar tanta miseria.

jueves

En la playa


Lo digo para aquellos habitantes del interior de la península que aún no tengan convenientemente afianzado el concepto pero se acerquen a él de manera intuitiva: la playa es ese sitio con arena que sale en los documentales y en las series con más éxito de la televisión y que está junto al mar, que es ese otro lugar al que según los poetas y los expertos en geografía física van a parar los ríos. Por alguna razón para mí de momento incomprensible, la playa se ha convertido en un gran centro de interés turístico y atrae como un imán a visitantes nacionales y extranjeros de toda edad y condición, que dejan pasar los semidesnudos días tumbados bajo un sol que alguien con más afición a los tópicos y las frases hechas no dudaría en definir como abrasador y que un astrónomo en cambio clasificaría como
estrella.
No sé qué es lo que busca esta gente en nuestras hermosas costas, que de no ser por las tumbonas y los chiringuitos no tendrían nada que envidiarle en cuanto a aridez y ausencia de servicios al más impopular de los desiertos africanos. Cualquiera de las cosas que puede hacer uno en la playa las puede hacer también de manera mucho más cómoda en su santa casa, en un moderno y relativamente económico solario o en un práctico y discreto peep show de los que funcionan con monedas. Sea lo que sea eso que a los turistas se les ha perdido aquí, parece evidente que no lo encuentran en su primera excursión, ya que vuelven tercamente verano tras verano a poblar de risas y carreras los pasillos de los hoteles de nuestro litoral y a descocarse en las discotecas anejas a éstos e incluso llegan a comprarse casitas en tal o cual localidad costera a precios es cierto que para ellos asequibles pero para nosotros abusivos y pasan en ellas y en bermudas y chanclas con rigurosos calcetines blancos los años dorados de su jubilación, que temo que serán de manera inevitable los últimos y más penosos de su ya larga y seguramente sosa vida. Creo que Dios creó la playa para los extranjeros y que todos los españoles de bien deberíamos comportarnos como si tan húmedo y arenoso enclave no existiera para no indisponernos con Él y mantener las patrióticas señas de identidad que nos distinguen de los demás pueblos: si no, nos arriesgamos a terminar siendo turistas en el país que nos vio nacer y a sufrir las estafas de los taxistas sin escrúpulos, los malos modos de los camareros sin conocimientos de inglés y francés y las crueles burlas de los críos.
(Reconozco que no soy pero que nada objetivo en mis valoraciones acerca de este tema. Guardo un recuerdo traumático de la playa que me impide acercarme a menos de cien metros de la misma y por tanto me incapacita para tomar baños de sol y agua salada. Cuando era más joven y aún me drogaba con LSD, y tras una agitada y psicodélica noche de loca jarana en la que los límites de la realidad quedaron bastante en entredicho, decidí llegarme dando un paseo hasta ella para disfrutar del entorno, pasmarme con la inmensidad del mar océano y entrar en comunión con la Naturaleza. Caminé descalzo por la orilla sintiendo el masaje de la arena húmeda en los pies, nadé desnudo en todos los estilos que conozco entre las cariñosas olas hasta casi desfallecer y tras hacerlo y tocar con mucho esfuerzo tierra firme dejé secarse las gotas de agua yodada que perlaban mi juvenil y extenuado cuerpo tumbado a la bartola sobre las cálidas dunas. Eran las doce de la mañana de un domingo de verano: cuando el sol me hizo volver milagrosamente en mí me di cuenta de que estaba rodeado por una vasta legión de atónitas familias y de que las abiertas bocas de niños y mayores no iban a cerrarse hasta que yo me vistiera y me fuese de allí para no volver nunca jamás.)

Vocaciones


Llega un momento en la vida de todo hombre en el que debe decidir a qué quiere dedicar dicha vida: por lo general esto ocurre cuando el mencionado hombre aún no es en rigor un hombre sino un atolondrado mozalbete de dieciséis o diecisiete años más preocupado de conseguir revistas con las que documentarse para practicar el autoerotismo en el cuarto de baño y de esconderlas bien para que no se las robe su padre que de sopesar las ventajas e inconvenientes de escoger uno u otro camino de entre los que parten de la metafórica encrucijada en que se halla. En esas condiciones tiene todas las papeletas para equivocarse y labrarse un futuro más incierto que esplendoroso y verse abocado a abrazar una manera de vivir que le deprima y le resulte molesta y le haga lamentarse por las esquinas y en la barra de los bares por el resto de sus monótonos e interminables
días.
Elegir un oficio o una carrera equivale a poner solemnemente la primera piedra de las obras de la carretera hacia el fracaso y la desilusión. La única forma de vida digna en toda la extensión de la palabra es la del millonario ocioso, y la sociedad reserva siguiendo las normas no escritas de una tradición milenaria la mayor parte de las plazas que encajan de alguna forma en esta categoría digamos laboral para los hijos primogénitos de los propios millonarios ociosos. Es posible alcanzar el estatus de rico desocupado y proclive a tomar el sol daiquiri en mano junto a su piscina particular jugando a la lotería o robando a manos llenas durante años, pero la primera actividad no es segura desde el punto de vista crematístico y la segunda no lo es desde el punto de vista policial y por lo tanto y por razones legales y sobre todo morales no puedo
recomendarlas.
Es cierto que hay oficios dignos y gratificantes más allá del mero no tener ni precisar oficio: los futbolistas viven como pachás sin pegar un palo al agua, pero no todo el mundo vale para jugar en Primera División y nadie puede hacerlo pasados los treinta y cinco o en casos extremos los cuarenta, y los actores pornográficos llevan una existencia francamente placentera y despiertan el deseo de los espectadores del sexo opuesto al suyo y la admiración y la envidia de los del propio, pero tampoco pueden mantenerse en el candelero hasta más allá de una cierta edad y a partir de ésta no hacen sino esperar la lejana muerte recordando tiempos mejores y contando las picantes historias del pasado a los compañeros de partida de petanca o dominó.
Con todo, lo normal es verse obligado a soportar un infierno de nueve a dos y de cinco a ocho a cambio de unas monedas que le permitan a uno comer a diario para mantenerse en pie y poder volver al tajo al día siguiente y beber para olvidar que tiene que hacerlo y dedicar el poco tiempo libre que el trabajo nos deje a fantasear con todo lo que hubiéramos querido ser y ya no seremos y sobre todo a lamentarnos por lo que somos y jamás hubiéramos querido ni debido ser: nunca me cansaré de decir que si no fuera porque el fútbol y los toros nos roban el tiempo y las energías nos levantaríamos de una vez por todas en armas y pondríamos en marcha una sangrienta, socialmente justa y francamente ruidosa revolución cuyo más que probable éxito no nos convertiría en ricos ociosos y en consecuencia felices pero que al menos sí convertiría a éstos en tristes exiliados o en pobres de solemnidad como nosotros.

viernes

Colores


Es fácil darse cuenta, a no ser que uno sea un toro o un perro, que son dos animales que al parecer han hecho del daltonismo extremo una forma de vida, y si esto no es cierto y hay por aquí algún toro o perro le ruego que muja o ladre y me corrija, es fácil darse cuenta, decía, de que el mundo está pintado con un arco iris de mágicos colores. Lo cual sin duda le resta cierto sobrio encanto al paisaje, que en blanco y negro probablemente se parecería a una elegante película de los años cuarenta y que tal y como están las leyes de la refracción luminosa, si es que son éstas las que determinan el color de los objetos y de la gente, que sospecho que no, y ruego que si hay por aquí algún científico loco éste tome la palabra y me saque de dudas y si le apetece de paseo, tal y como están las leyes ópticas, repito, tiene toda la pinta de ser el estudio de televisión en que se graba una de esas series americanas para
adolescentes.
Todo lo que nos rodea es de colores y me parece estupendo que lo sea, ya que éstos han demostrado que son muy útiles y le prestan impagables servicios a España y a la Humanidad. Sin ellos nos resultaría más difícil entender las señales que nos mandan los semáforos, especialmente si no tenemos claros los conceptos de arriba y abajo, y las ciudades se convertirían en un horroroso sindiós de peatones que hacen vida social en la calzada y de coches que siembran el caos y el desconcierto en las aceras. Sin colores nos sería prácticamente imposible distinguir en el supermercado los cartones blancos y azules de leche desnatada de los blancos y rojos de leche entera, sobre todo si no sabemos o no nos molestamos en leer las clarificadoras palabras que en ellos aparecen rotuladas, y difícilmente podríamos entender qué demonios está ocurriendo en los campos de fútbol durante los partidos y si es el equipo local o el visitante el que se halla en posesión de la pelota y amenaza con
marcar gol.
Hay todo un lenguaje y una ciencia de los colores y la gente que los conoce pinta las cosas de uno u otro dependiendo de lo que quiere comunicar o conseguir con ello. En los pueblos las casas se encalan para dar una falsa impresión de inocencia y pureza de sus habitantes y para que las blancas paredes reflejen la luz solar y ésta ciegue a los turistas y los convierta en presa fácil para los rateros y timadores. Los artistas de vodevil jamás se visten de amarillo porque es un color que ofende a la vista y además no combina con prácticamente nada que no ofenda también a la vista y por ende a lo que se viene llamando buen gusto. Los quirófanos son verdes. En teoría la visión de este color nos relaja porque lo asociamos con la naturaleza, pero yo no tengo muy claro que la campiña sea un entorno sedante ni por lo tanto que el verde tranquilice: a mí la verdad es que me recuerda a los hospitales. Pintar los quirófanos de verde es como teñirlos de rojo: hay pocas diferencias entre una de estas asépticas y clínicas salas y el horrendo cuarto de despiece de un clandestino matadero.

jueves

Resistencia hortícola


Soy consciente de que hacer la lista de la compra es una concesión al pequeño angelito burgués que todos llevamos dentro y que mantiene un constante tira y afloja dialéctico con el demonio comunista con cuernos y rabo que hay en el corazón de cada hombre y que le pide que robe sobre la marcha lo que le vaya haciendo falta sin pararse a pensarlo dos veces como haría un fascista especulador, pero es que si no apunto lo que necesito luego se me olvida y si no hago la compra no puedo comer ni beber y por lo tanto me pongo triste y languidezco. Sé que cuando me llevo un tomate a casa el comerciante, el mayorista y el intermediario se enriquecen inmoralmente a mi costa y a la del agricultor que lo sembró y lo hizo crecer con el sudor de su frente y con abono orgánico, pero no dispongo de huerto ecológico ni frecuento la compañía de generosos campesinos que me puedan proporcionar uno de estos frutos a un precio que coincida con su valor, de manera que no me queda más remedio que renunciar al tomate, y quien dice tomate dice alcachofa o huevo blanco o pinto de gallina, o entrar en la vertiginosa espiral capitalista y soltar la pasta que me pide una inflexible cajera que tampoco va a pillar demasiado cacho en el reparto.
Es difícil seguir siendo rojo y masón cuando uno tiene dinero en el bolsillo y hay una tienda de ultramarinos a la vuelta de la esquina. El hombre tiende por naturaleza a anteponer las necesidades primarias a las secundarias o terciarias y a los simples caprichos y la revolución sólo es una necesidad cuando se convierte en medio indispensable para conseguir el tomate que devoraremos a mordiscos y sin pan para matar el gusanillo antes de que éste nos mate a nosotros. Por otro lado, levantarse en armas es un deporte peligroso y cansadísimo y la resistencia pasiva que empieza por negarse a hacer la lista de la compra es una forma de lucha de lo más aburrido y que a la larga resulta tan perniciosa para la salud del que la practica como el combate cuerpo a cuerpo, aunque es cierto que las huelgas de hambre ayudan muchísimo a perder peso y a conservar la línea y bien publicitadas con la ayuda de los medios de comunicación afines a la ideología que uno defiende pueden hacer a su protagonista bastante famoso en determinados círculos masocas.
Los dictadores inteligentes, dentro de las limitaciones que su habitual condición de militares les impone, dan a su pueblo la cantidad justa de fruta y verdura para que a éste le parezca más cómodo quedarse en casa viendo el fútbol que lanzarse a la calle pancarta o escopeta en mano a cambiar para siempre la cosa o al menos a conseguir su chusco de pan. En este sentido, las democracias occidentales funcionan más o menos igual que las dictaduras, con la única aunque doble diferencia de que uno no sabe a ciencia cierta quién es el truhán que se está llevando su dinero calentito y de que si a alguien se le ocurre levantar la voz para hacer ver a los que le rodean la inmoralidad de lo que está sucediendo el resto de los demócratas lo llamarán golpista en lugar de tildarlo de revolucionario: todos estaremos de acuerdo en que en tales condiciones lo único que uno puede hacer sin arriesgarse a ir a la cárcel o a convertirse en un poco popular paria que no liga en los bares es dejarse arrastrar por la inercia y pagar religiosamente, sin rechistar o en todo caso refunfuñando de manera muy discreta y educada y regateando lo menos posible la larga, dura y escasamente justa cuenta del reaccionario supermercado.

viernes

Eufemismos


Estoy francamente a favor de los eufemismos, las perífrasis y las metáforas, que nos dan la posibilidad de revestir el lenguaje de una cierta dignidad que termina por hacer que nosotros mismos parezcamos también un poco más dignos. Una de estas figuras retóricas bien empleada en un texto o en una conversación permite que digamos algo y que al propietario de un oído no entrenado le parezca que estamos diciendo cualquier otra cosa y por lo tanto baje la guardia y quede a nuestra merced si es alguien débil o no se dé por aludido y no tome represalias si por el contrario es alguien fuerte y con capacidad de respuesta.
Por ejemplo, hablamos de fallos judiciales para referirnos a tal o cual sentencia dictada por un magistrado, cuando no es necesariamente cierto que dicho magistrado haya fallado al dictarla y por tanto entra dentro de lo factible el que haya acertado e incluso lo haya hecho de manera plena. Encabezamos las cartas de protesta a los directores de los periódicos cuya línea editorial no coincide con nuestra línea de pensamiento y a los que por tanto detestamos porque nos ponen inenarrablemente enfermos con un invariable “Estimado señor” que a duras penas oculta la inquina que le tenemos al destinatario de la con toda probabilidad airada misiva.
Decimos que nos lavamos las manos cuando nos desentendemos de manera cobarde y vil de un problema y dejamos a aquél que viene a pedirnos ayuda en la más negra estacada, un acto que difícilmente puede catalogarse como limpio y al que sí le va como anillo al mugriento dedo el calificativo de sucio. Hemos oído un millón de veces eso de que tal o cual fulano ha pasado a mejor vida cuando lo que quería dar a entender el que empleaba la manida oración era que el sujeto de la misma había abandonado para siempre este valle de lágrimas o en definitiva que la había palmado, seguramente entre atroces dolores, y que su cadáver estaba dispuesto para ser pasto de los bichos o de las llamas.
Más: definir a alguien como “un señor maduro” cuando hace ya treinta o cuarenta años que su cuerpo ha madurado y quince o veinte que ha enfilado la vertiginosa cuesta abajo que un día lo llevará a morir y a pudrirse poco a poco, y no forzosamente en este orden, no es en rigor mentir, pero se le acerca bastante y también está muy feo. Afirmar que un hombre es sensible a la belleza femenina es muy distinto a decir que es un cerdo y un baboso, y sin embargo ambas frases están expresando lo que en esencia es una sola idea y pueden ser aplicadas de manera indistinta a la misma persona según la circunstancia en que nos hallemos y lo lejos que aquélla se encuentre de nosotros.
Son cosas que se dicen y que prueban el poder que llegan a tener la palabra y la retórica en boca de un buen orador cuando éste carece de prejuicios o escrúpulos. No obstante, creo que la gran hazaña del lenguaje perifrástico ha sido conseguir que los medios de comunicación y la gente de la calle llamen “demócratas liberales” a los miembros más radicales de la extrema derecha de toda la vida, a quienes se reconoce al primer golpe de vista por el bigotillo, la gomina y los insultos que profieren contra todo el que les lleva la contraria: dos expresiones que en principio remiten a universos ideológicos opuestos terminan significando lo mismo y lavándole de paso la pétrea cara a los hijos más salvajes y menos libertarios del capitalismo extremo: que vivan muchos años y gocen para siempre de buena salud el habla eufemística y la santa madre que la vino a parir un día negro.

Los agravios de la edad


Los años nos pasan por encima como esas molonas máquinas apisonadoras que manejan los rudos obreros especializados que se dedican a construir las autopistas que cruzan llanas y veloces el suelo de todas nuestras comunidades autónomas y por extensión el de nuestra Patria, y van dejando huella en cada rostro y cada cuerpo como el enamorado que graba iniciales y corazones con un punzón en la corteza de un árbol milenario. Nadie escapa a esta suerte de maldición, y quienes por genética o contactos en el mundo de la cirugía plástica retrasan por unos lustros el momento de ver las delatoras arrugas en sus caras no pueden evitar que la edad los pudra y desgaste por dentro como inexorablemente hace con todo hijo de vecino.
El tiempo, que nos arrastra de los pelos hacia la tumba en lugar de quedarse quietecito dentro de los relojes, tiene un agravio específico para cada etapa de la vida: castiga a los niños con una especie de enanismo temporal y con una falta de criterio que les impide valerse por sí mismos y contraer matrimonio con adultos o mantener noviazgos informales con éstos sin empujarlos a un destino cien veces peor que la muerte y votar en elecciones generales o municipales y referéndums sin recurrir a un carné de identidad falso, convierte a los adolescentes en seres llenos de granos y de complejos a quienes una fuerza inexplicable lleva a forrar sus carpetas con fotos de malos actores sin camiseta en el caso de que pertenezcan a lo que tradicionalmente se ha venido llamando el sexo femenino y a pasar largas horas encerrados en el cuarto de baño explorando sus recién estrenados cuerpos si es que pertenecen al masculino, hace brotar pelo en las fosas nasales, los hombros y la espalda de los varones de mediana edad mientras de paso los deja calvos y les condena a una vida de trabajo y privaciones y deforma los antaño prietos cuerpos de sus esposas hasta desproveerlos de cualquier tipo de atractivo, algo que tampoco les duele mucho, a ellas, digo, ya que están demasiado ocupadas fregando platos y criando niños que no pueden valerse por sí mismos como para pensar en seducir o impresionar a nadie, y convierte a lo que el poeta llamó viejas de ambos sexos en montones temblorosos de piel y osteoporósicos huesos a quienes por suerte la razón ha abandonado evitando que se den cuenta de lo triste que es su sino.
El calendario es un objeto cruel que no cuenta los días que pasan dejando su carga de dolor sobre nuestros hombros, sino los que quedan hasta la fecha en que las cosas no puedan ir a peor y la muerte venga a poner su guinda vil en el pastel de infortunio que es toda existencia. Y a la Naturaleza fiera y el inclemente Dios no les basta con que nosotros seamos conscientes de en qué vergonzante estadío del desarrollo nos encontramos y de cuán cercano o lejano está el negro destino que al cabo del viaje nos espera: por eso o tal vez como parte de un juego macabro y sin sentido han dispuesto que cualquiera pueda hacerse una idea de lo jóvenes o viejos que somos con sólo mirarnos un segundo a la cara y calcular el tiempo de vida que nos resta contándonos las canas y las arrugas y haciendo una sencilla regla de tres y un par de multiplicaciones sin decimales. Lo peor no es ser un anciano decrépito, un hombre gris cuyo mañana es punto por punto igual que su hoy y sospechosamente parecido a su ayer, un adolescente granujiento y memo que desconoce las más básicas normas de urbanidad y pega a sus compañeros o es golpeado con frecuencia diaria por éstos o un niño sin fuerza física ni capacidad de raciocino y con una autonomía de acción comparable a la de un motocarro antiguo sin gasolina, sino que todo quisque pueda saber que lo eres y no tengas forma de negar que perteneces a uno de estos cuatro vergonzantes clubes sin verte forzado a admitir de manera implícita o explícita que eres socio de pleno derecho de alguno de los otros y que has sido o con casi entera probabilidad y con los años serás miembro de todos y cada uno de los demás.

jueves

Extraterrestres


Para creer que hay vida inteligente en otros planetas antes tendría que tragarme eso de que existen otros planetas, algo de lo que dudo tanto como de que haya un Dios omnipresente que todo lo puede y todo lo conoce. Nunca he visto un planeta más que en fotografía, que por cierto es más de lo que puedo decir de Dios y de cualquiera de sus santos de confianza, y para asumir su existencia habría de hacer un gigantesco acto de fe, que es el único gesto irracional que no está catalogado como tal en los manuales de psiquiatría. Tengo por norma no creer ni de coña lo que no veo con mis propios ojos y sin cristales de por medio e incluso dudar sistemáticamente de que lo que veo y toco sea real y no producto de una ilusión endógena o inducida: es lo que se llama espíritu científico: sin él el mundo no avanzaría y seguiríamos anclados en la superstición y la
ignorancia.
Aun poniéndonos en el caso de que efectivamente existieran los extraterrestres, no entiendo el porqué de este afán por conocerlos y esta manía de rastrear el espacio con sondas y telescopios y obligar a los ingenuos astronautas a embarcarse en peligrosísimas misiones tripuladas para ver si nos damos de bruces con ellos, con los extraterrestres. Sospecho que el amor del hombre hacia los marcianos es una de esas pasiones no correspondidas de las que tanto hablan los libros: dudo que los hipotéticos alienígenas dediquen a pensar en nosotros todo el tiempo que nosotros pasamos pensando el ellos como colegialas enamoradas que fantasean con seducir a su profesor de latín y romper su matrimonio y por extensión su hogar y quedarse a la larga con la mitad de lo que su ex mujer le deje tras el divorcio.
Habrá quien diga que los extraterrestres podrían revelarnos los secretos del Universo y que por eso es conveniente que nos pongamos en contacto con ellos a la mayor brevedad. Todavía no somos capaces de explicar los misterios que nos rodean, y estoy pensando en los calcetines sin pareja que llenan nuestros cajones y adornan los tendederos del mundo y en el éxito en los negocios y en la política que invariablemente tienen todos los hombres sin estudios, y sin embargo pretendemos conocer las verdades fundamentales de la Creación y el porqué último de todas las cosas: eso es empezar la casa por el tejado, comprar el collar sin haber robado el perro o abonar la consumición antes de que ésta nos sea servida y podamos comprobar si el licor está aguado o procede de un cien veces relleno garrafón.
Cuando uno trata de desentrañar un misterio, se arriesga a salirse con la suya y a que el resultado de sus pesquisas no le satisfaga y le suma en la decepción o, lo que es peor, en la depresión o en un océano de pánico y zozobra. Creo que la duda es mucho más poética y confortable que la certeza: es mejor no saber qué es lo que nos depara el enigmático futuro y qué es lo que hay más allá de la Luna en el caso de que finalmente haya algo. No me apetece encontrarme con una raza superior de alienígenas que pretenda utilizarme como juguete sexual o servirse de mí como alimento, con una civilización inferior a cuyos miembros nos veamos obligados a enseñar penosamente a leer y escribir para poder comunicarnos con ellos o con una especie más o menos tan fuerte o inteligente como la nuestra con la que tengamos que competir por la supremacía universal o guerrear por el control de los menguantes recursos naturales de la Tierra y de su remoto y aún desconocido planeta hasta que éste o aquélla terminen destruidos y convertidos en yermos páramos infértiles y ellos o nosotros acabemos extinguidos como individuos y por lo tanto y si la lógica no me falla como estirpe y con mala suerte nuestros hijos y con buena suerte los suyos no lleguen a nacer y por esa razón no estén en condiciones de ver la luz del Sol que tal vez ya no se eleve sobre el horizonte en el amanecer del hoy no tan lejano día de mañana.

Domicilio y hotel


No me importaría pasar el resto de mi vida en un hotel de dos o más estrellas: he tenido experiencias poco agradables en establecimientos hosteleros de inferior categoría que me han llevado recelar de la comodidad y salubridad de los mismos. Me gusta eso de que me hagan la cama como Dios manda y me limpien a conciencia el cuarto todos los días, que es algo que no ocurre en mi santa casa a no ser que sea yo quien se remangue y se ocupe personalmente de ello. Habrá excepciones, pero en la mayor parte de los casos los hoteles están atendidos por más o menos solventes profesionales y los domicilios particulares por simples aficionados sin preparación específica que no cobran un duro por su trabajo o directamente por lo que podríamos definir como nadie en absoluto. La cosa empeora bastante si para colmo de males y desgracia de todos los que lo visitan además de ser particular el hogar es familiar: estos suelen hallarse habitados por multitud de personas que casi siempre afirman haber adquirido ciertos derechos sobre uno y que uno ha contraído un buen número de obligaciones generalmente vitalicias con ellos y que no piensan renunciar a las molestas prerrogativas que la ley les otorga ni están predispuestos a liberar así porque sí a nadie del yugo de sus deberes
parentales.
Suponiendo que todavía sigan ahí, ustedes habrán levantado una ceja y el dedo índice de la mano derecha, si son diestros, o el de la izquierda, en el caso de que por el contrario sean zurdos, para decirme que todo esto está muy bien pero que yo no tengo cara, aunque probablemente sí porte, de millonario y que dormir en un hotel en el que el nuevo cliente no se encuentre de forma invariable con la doble y poco grata sorpresa de que hay una gruesa capa de polvo en la mesita de noche y manchas de excrementos en las paredes del único baño de toda la planta y con que de madrugada se celebran apasionantes y reñidas carreras de bien entrenadas y veteranas cucarachas por el suelo de la habitación, y les aseguro que les estoy describiendo una pensión en la que he tenido ocasión de pasar unos días y que me estoy ahorrando algunos de los detalles más sórdidos, sale pero que muy caro. Yo les respondo desde ya, antes de que formulen su lógica objeción, que sí, pero que vivir de alquiler o pagar una hipoteca tampoco es barato y que a ver por cuánto tiempo las tarifas hoteleras siguen resultando más gravosas que las letras de los pisos de cuarenta metros cuadrados más el agua, la luz y los gastos de la comunidad de vecinos, que son, los vecinos digo, otra figura que por lo general uno no tiene que soportar en los hoteles y sí en la propia casa por muy sagrada que sea ésta.
Los hoteles cuentan con la ventaja añadida de que casi siempre están en otra ciudad, de manera que el frecuentarlos lo convierte a uno en un tipo viajado y cosmopolita, y en no pocas ocasiones se encuentran en un país extranjero, y ya sabemos que por lo general éstos molan bastante más que el nuestro. Vivir en casa es un acto pueblerino y antiguo que debemos intentar no cometer si aspiramos a ser algún día ciudadanos europeos con todas las de la ley y a acceder a los mejores trabajos y dejar de currar como decimonónicos negros de limpiabotas y de humillantes cosas por el estilo, o incluso a ser ciudadanos americanos y a tener todo tipo de molones derechos avalados por el previo y religioso pago de nuestros impuestos y a disfrutar de un coqueto estudio amueblado en un barrio lleno de rascacielos sito junto a un caudaloso río cuyo nombre no somos capaces de pronunciar y a sufrir atentados con aviones suicidas y no con bombas normales y corrientes: a realizarnos plenamente como seres sociales y a identificarnos con los fulanos que salen en los reportajes sobre la Bolsa y en las sofisticadas teleseries ambientadas en la Costa Azul o Nueva York y no con los honestos agricultores que llegan a su cabaña sudados y comidos por los sabañones tras un duro día de trabajo en el campo y con esos simpáticos nativos de países remotos y septentrionales que suelen atravesarse un ornamental hueso en la nariz y que con tanta condescendencia son retratados por los autores de los lujosos documentales sobre el Tercer Mundo que produce esa benemérita y peregrina institución que por la razón que sea fue bautizada por sus británicos fundadores como National Geographic Society.

viernes

Desconfianza


He oído cien veces a los filósofos decir que la confianza da asco, así que procuro no fiarme de nadie por honesto que parezca y por muy buenas referencias y bien caligrafiadas cartas de recomendación que traiga. Trato de no darle nunca la espalda a la gente, lo cual me crea muchos problemas y me obliga a ejecutar movimientos muy extraños por la calle, que es un lugar inhóspito y transitado por personas no siempre comprensivas con las rarezas del prójimo, y jamás tomo alimento o cato vino que no haya probado un voluntario antes que yo, algo que por cierto me ha hecho muy popular entre los parroquianos de los bares en los que almuerzo y entre los indigentes y menesterosos del mundo
entero.
Pongo en duda por sistema las noticias que aparecen en los periódicos y dan en los informativos de la televisión, especialmente aquellas en cuya valoración positiva o negativa están de acuerdo los comentaristas de todos los diarios y cadenas. También sospecho de la sinceridad de las homilías del párroco de mi barrio, que probablemente esconda algo raro bajo la sotana y a quien a pesar de ello he confesado como ahora hago con ustedes que hay algunos puntos del Antiguo Testamento que me parecen más producto de la fantasía de sus autores que resultado de un minucioso trabajo de documentación.
Nunca hago caso a los horóscopos, aunque tengo que reconocer que a veces aciertan, y me tomo con todas las reservas las predicciones de brujas, quiromantes y oráculos, por mucho que éstos salgan en la tele, estén titulados en alguna universidad ignota y cobren cien euros por una sesión de media hora. Miro compulsivamente a izquierda y derecha antes de cruzar la carretera, algo que sólo hago en caso de que sea estrictamente necesario y utilizando los pasos de peatones habilitados al efecto, y siempre vigilo a los taxistas para que no manipulen el contador durante la carrera y les presiono para que no se entretengan más de la cuenta en los semáforos y para que no den demasiadas vueltas gratuitas para ellos y onerosas para mí por la ciudad.
Procuro no dejar muestras de ADN en los vestidos de mis amistades femeninas y me encargo personalmente de la recogida, inspección y destrucción del material profiláctico utilizado durante cada velada romántica, para evitar hipotéticos chantajes y embarazos no deseados por mi parte y sí por la de la futura madre. Obligo a dentistas y tatuadores a esterilizar ante mis ojos todo el instrumental y a lavarse por lo menos una vez las manos antes de cada tratamiento o sesión, y les pido que me muestren sus papeles y permisos de residencia y les bombardeo con preguntas trampa para ver si les pillo en un renuncio: prefiero pasarme un poco con estas cosas y poner la venda antes de que me hagan la herida a quedarme corto y ver cómo la mencionada herida queda al aire, expuesta a la indiscreta mirada del público y la crítica y al ataque de las traicioneras miasmas que todo lo infectan y todo lo corrompen.

Palabras


Las palabras son un invento diabólico que nos permite atormentar a los demás con la exposición pormenorizada de nuestras obsesiones y nuestros miedos. Sin ningún género de dudas, la Civilización avanza gracias al lenguaje, pero no tengo claro hacia dónde lo hace, avanzar. En general, y unos menos que otros, calladitos estamos bastante más guapos que hablando, aunque sea del tiempo, que según los ingleses es hablar de otra cosa. El idioma nos sirve para entendernos, pero no estoy completamente seguro de que eso de entendernos vaya a ser una buena idea: la de comprender cómo son y qué piensan los demás es una hazaña que con entera probabilidad nos conducirá a la decepción y al
hastío.
Todo el que tiene ciertas nociones de biología sabe que si los animales viven felices y contentos en el campo es entre otras cosas porque la mayor parte de ellos son mudos y no pueden decirse las verdades que duelen a la cara. Por esta razón en la naturaleza agreste reinan la paz y la concordia y la mayor parte de los entornos bucólicos también son idílicos. Abundando en la misma línea de pensamiento, podríamos concluir que los bebés de nuestra propia especie pasan ante los ojos de los adultos por seres encantadores y en definitiva nos resultan adorables porque solamente emiten vagos sonidos guturales: no tienen suficientes recursos lingüísticos como para tramar maldades ni disponen del talento verbal que les haría falta para insultar con coherencia y humillar con eficacia a sus padres y cuidadores.
Según los árabes, que al parecer sabían mucho de estos temas, nadie debería decir nada que no sea más bello que el silencio, aunque teniendo en cuenta que los adjetivos que con más frecuencia suelen acompañar al sustantivo “silencio” son “aterrador” y “sepulcral”, dar con una expresión que supere en hermosura a las imágenes que tales palabras nos traen a la cabeza no se antoja una tarea complicada sino más bien un sencillísimo juego de niños y una misión trivial que está al alcance de cualquiera que se haya tomado la molestia de sacarse el graduado escolar.
El diccionario es un libro nefasto y las autoridades competentes, si es que estos dos vocablos pueden emplearse en la misma frase sin dar lugar a la risa de todos y al general jolgorio, deberían iniciar los trámites pertinentes para prohibir su lectura en los centros educativos y su presencia en las bibliotecas públicas y aun en las particulares: en sus cientos de repletas páginas cualquier desaprensivo con un poco de tiempo libre puede encontrar todas las herramientas necesarias para mentir como un bellaco al mundo y engañarnos a usted y a mí como a inocentes chinos y para ofender, presionar y difamar al prójimo en abstracto o a un prójimo concreto y hacer corrosivo y lúdico escarnio de él, que está muy tranquilo en casa y no se ha metido con nadie, que yo sepa.
El poeta dijo que somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios, y aunque empleara un buen número de palabras para hacerlo creo que tenía más razón que un santo. Parece evidente que ser dueño de algo es preferible a ser esclavo de alguien, por más que ese algo sea una completa baratija y este alguien resulte ser un amo comprensivo que administra a sus subordinados amistosas palmaditas en la espalda en lugar de latigazos: es mejor que pongamos punto en boca en lugar de hacerlo sobre la i y nos mantengamos callados e impasibles ante las adversidades con que nos castiga la vida. Así por lo menos no diremos nada que haga empeorar las cosas y dejaremos en quienes nos observan la grata impresión de que somos unos tipos reservados y prudentes.

jueves

Realidad virtual


Me tiro tanto tiempo delante del ordenador que ya tengo problemas para distinguir lo que ocurre dentro de la pantalla de lo que sucede fuera de ella, del mismo modo que durante el año sabático que me tomé en mi juventud para dormir y meditar tenía dificultades para distinguir lo que me había ocurrido al bajar a la farmacia a comprar más Rohipnol de lo que había soñado, algo que por cierto me creó más de un problema con el boticario y su hija y con varios de los personajes que se pasean por los prados de mi fantasía. Gracias a Dios he madurado y he escapado de los posesivos brazos de Morfeo, lo cual me permite pasar gran parte del día lejos de la cama, pero dedico una parte muy importante de mi vida a matar cibernéticos marcianos y a navegar por las autopistas de la información, lo cual no deja de ser un contrasentido, ya que por las autopistas y las carreteras en general no se navega salvo en caso de tsunami o gota fría y en la habitación del ordenador no suele llover a no ser que éste sea portátil y su propietario un humilde vagabundo sin hogar.
Creo que la realidad virtual es tan real como la otra y que precisamente por eso se le llama realidad, aunque después se le añada un ambiguo adjetivo para confundir al lector u oyente. El poeta, que no sabía estarse callado, dijo que en este mundo, que a la sazón se le antojaba traidor, nada es verdad ni es mentira, y yo estoy en parte de acuerdo con él: opino que hay verdades que parecen y que por tanto merecen ser mentira y que hay trolas tan vívidas o repetidas o convenientes que han alcanzado la categoría honorífica de verdad. Distinguir en lo que se refiere a estos temas el grano de la paja y separar las ovejas churras de sus aristocráticas compañeras las merinas es un trabajo ímprobo que no suele tener recompensa y sí traer muchos disgustos al que se afana en él. Por lo general la realidad y la verdad son bastante dolorosas y en las más de las ocasiones es mejor no conocerlas: por eso he renunciado a afrontar la vida con espíritu crítico y tiendo a creerme cualquier cosa que me digan mirándome a los ojos y le doy validez a todo documento que lleve un sello oficial, que esté mecanografiado o escrito a mano y en mayúsculas o que me hayan enviado por correo electrónico.
Lo inteligente es no preocuparse de si los objetos que nos rodean son de verdad o de pega y de si las noticias son o no son un montaje y aplicarse en falsificar antigüedades y en inventar mentiras lucrativas para sacar partido de la confusa situación. Hay mil y una eficaces triquiñuelas para engañar al personal y convencerle de que el show o la información que uno despliega ante sus ojos es real. Los directores de cine que quieren darle un tono especialmente veraz a sus películas las ruedan en tres dimensiones, un acreditado sistema que obliga al espectador a ponerse unas ridículas gafas bicolores pero que a cambio lo lleva a un universo poblado por dinosaurios que parecen ir a saltar de la pantalla y por trogloditas con cachiporra que amenazan jocosamente con golpearnos de un momento a otro en la cabeza con resultado de muerte, y los periodistas que pretenden dotar de verosimilitud a una noticia no contrastada y los cientos de usuarios de agencias de contactos de Internet que desean sumarle un atractivo extra a su currículum suelen acompañar a éste o a aquélla de fotografías trucadas: por culpa de ese diabólico invento llamado Photoshop y de los hombres y mujeres sin escrúpulos que se valen de él para medrar y anotarse puntos con sus superiores o sus conquistas uno confunde el ser con el no ser, la verdad con la mentira, lo bonito con lo feo en todos los numerosos sentidos de ambas palabras y lo bueno con lo malo en general y va por el árido valle de lágrimas que es la vida con la picha hecha un lastimoso y acomplejante lío.

miércoles

Soldados


Hay un proverbio que reza que todo trabajo es digno siempre y cuando uno se consagre a él con nobleza: no voy a decir lo contrario para evitar represalias de los que se dedican a oficios que me parecen completamente indignos, aunque tampoco le voy a dar la razón al autor de la frase porque como a estas alturas habrán notado no considero que la tenga. Hay tareas que ponen a prueba la capacidad de sufrimiento y sacrificio del que se ve obligado a cargar con ellas y puestos de trabajo que quedarían eternamente vacantes si el ser humano no tuviera la molesta necesidad de comer por lo menos una vez cada dos o tres días. Trabajos que le pueden hacer a uno llevar una vida de lo más perra o incluso empujarlo a perderla.
Puesto a currar en algo que no me gusta, por lo menos le pido a Dios y a aquél que me contrate que me dejen llevar uniforme, que es una prenda o conjunto que luce un montón y que le abre a uno muchas puertas: se dice que todos los hombres están guapos vestidos de militar, y si no le he discutido la ocurrencia al tipo que parió lo de la dignidad laboral tampoco voy a entrar en polémica con el padre de este comentario, que me parece infinitamente más sensato y menos susceptible de ser utilizado por las cabezas pensantes de la patronal en la artera propaganda con que inundan los medios de comunicación en su loco empeño por hacernos picar piedra sin descanso para dominar el mundo.
El de soldado, por muy bien que le sienten a uno el quepis y la canana, nunca es un oficio grato, pero con suerte te pueden destinar a Cataluña, allá donde las niñas desean llegar con la vista tras haber crecido hasta ser tan altas como la Luna para ver a los reclutas y no digamos ya a los suboficiales, y no a lo que antes se llamaba Oriente Medio y ahora por alguna razón que escapa a mi entendimiento se llama Oriente Próximo: allá donde los integristas musulmanes campan a sus anchas y se mueven como peces en el agua entre otras cosas porque es la tierra que los vio nacer y entrenarse como comandos suicidas.
Desde que somos un país moderno y hemos asumido la responsabilidad que nos corresponde en la guardia y custodia de Occidente nuestros soldados han abandonado los patrios cuarteles en los que en el peor de los casos se podían morir de aburrimiento y no hacen más que meterse en peligrosísimas e ilegales guerras o apuntarse a remotas misiones humanitarias, que vienen a ser lo mismo que las primeras con la única diferencia de que en caso de que haya follón no les dejan disparar para defenderse sin echar tres o cuatro instancias y solicitudes antes y por lo tanto tienen pero que muchas probabilidades de palmarla en acto de servicio y con toda la dignidad del mundo justo un día antes de volver a casa: unas condiciones laborales que no resultan demasiado atractivas para la sobradamente preparada juventud que atesta las largas colas de la oficina del paro.
Propongo que se luche contra el más que previsible descenso de las vocaciones castrenses contratando a un buen equipo de diseñadores de moda que prepare una nueva colección de uniformes de paseo que le siente bien a todos los hombres en edad de dar la vida por su nación y haga soñar con crecer hasta la Luna a todas las muchachas de las inmediaciones de la comunidad autónoma catalana: muramos jóvenes y dejemos cadáveres extremadamente bien parecidos que hagan estremecerse de gozo estético a la parte femenina del público del velatorio y en especial a nuestras desconsoladas viudas, a quienes por cierto no les va a quedar mucha pensión con la que comprar revistas del corazón para entretenerse y ahogar la pena que las embargará durante el resto de su vida a no ser que las cosas cambien de forma radical y empiecen a hacerlo como que ya mismo.

Conducción responsable


Soy un hombre soberbio y orgulloso y creo que se me dan muy bien la mayor parte de las cosas y presumo de ello en voz alta en cuanto tengo la oportunidad de hacerlo, pero sin embargo me considero infradotado para determinadas actividades, sobre todo aquellas que requieren mantener la concentración durante periodos largos de tiempo, atender a varios estímulos sensoriales a la vez y utilizar simultáneamente los pies y las manos. No valgo para conducir y por lo tanto no se me ocurre, por una cuestión de ética y responsabilidad en general, ponerme a los mandos de un coche utilitario o deportivo y mucho menos a los de un autobús de dos plantas o un camión de cuatro ejes, ya que según tengo entendido éstos son los más grandes de entre los vehículos de su categoría y los que más problemas pueden ocasionar al conductor prójimo y mayor devastación pueden sembrar en la carretera y sus alrededores en el infortunado caso de que se produzca un accidente de circulación.
La experiencia que ya voy teniendo en el trato casual o cotidiano con el resto de la Humanidad me lleva a pensar que los demás integrantes de ésta, en su mayoría, y dejando a un lado a los pilotos de carreras y los habilidosísimos ladrones de autos que salen sin cesar de la inagotable cantera de nuestros barrios marginales, tampoco son capaces de conducir como Dios manda, esto es, sin hacer peligrar con cada maniobra su propia vida, que a decir verdad me la trae floja, y la de los demás, que me importa bastante más en tanto en cuanto al hablar de ella estoy hablando también de la mía y de mi casi segura muerte, y a explicarme el porqué de las altísimas cifras de siniestralidad que reflejan los datos que los locutores del telediario leen con voz monótona un lunes tras otro después de repasar los faxes que alguna oscura secretaria con el corazón ya helado envía a la redacción de informativos desde las oficinas de la Dirección General de Tráfico. Sin embargo, aquí todo el mundo conduce como si realmente valiera para hacerlo y se lanza a la carretera con el aire confiado del que conociendo a la perfección los pasos del fox-trot saltara a la pista de baile de una sala de fiestas de los años veinte.
Si la memoria no me falla, que probablemente sí, los accidentes de tráfico causan más muertos al año entre los miembros de determinados sectores de la población que los infartos de miocardio, el cáncer o el SIDA. Ponerse al volante del coche un sábado por la noche es más peligroso que practicar el sexo anal con un enfermo diagnosticado de hepatitis C sin utilizar el preservativo. Aprovecho esta tribuna para solicitar a las autoridades competentes el inmediato inicio de una campaña masiva de prevención de las conductas de riesgo al volante, es decir, de cualquier tipo de práctica automovilística, incluyendo las de arrancar, meter primera, segunda y sucesivas marchas, acelerar, frenar y por supuesto operar con el embrague, y a la Iglesia la inmediata condena y prohibición de todo acto de pilotaje salvo los realizados dentro del matrimonio, que habrán de llevarse a cabo sin cinturón de seguridad ni protección de ninguna otra clase y preferentemente de noche y con las luces largas, cortas y de cruce apagadas.

Tendencias suicidas


Me encantaría tener tendencias suicidas, pero por ahora no he conseguido plantearme el tema más que desde el punto de vista teórico. Prefiero la muerte a acabar yo mismo con mi vida. No le voy a dar una alegría a todos aquellos que envidian mi apostura y mi indudable talento y quieren verme muerto, que por cierto también me darían una gran alegría a mí si la palmaran: así como el amor rara vez se manifiesta como fenómeno bidireccional, las antipatías y los odios más o menos velados sí suelen ser recíprocos. Si en un caso hipotético me suicidara, procuraría fastidiar con mi decisión al mayor número posible de gente: el odio no me alcanza como para pensar en llevarme por delante a nadie, pero sí para que me apetezca implicar a más de uno en un falso asesinato o para darle un disgusto manchando de sangre su moqueta o de sesos la pared recién pintada del salón de su adosado.
No me estoy oponiendo con esto al suicidio ajeno y mucho menos a la eutanasia, que me parecen dos cosas justas y la mar de necesarias siempre y cuando el suicida tenga motivos de peso para volarse la cabeza y el dolorido enfermo desee realmente que le administren el liberador cóctel de barbitúricos o le desconecten por las bravas el respirador y le ayuden a cruzar la Laguna Estigia con un par de cachiporrazos en la cabeza: es sólo que me encuentro bastante bien y todavía no me llama la atención la idea de terminar con mi casi inexistente sufrimiento y que no creo que me vaya a sentir de aquí a unas décadas lo suficientemente mal como para adoptar la drástica resolución de ponerle punto final a toda esta historia con un tiro en la sien o una más limpia y socrática toma de cicuta. Decir de esta agua no beberé es algo muy arriesgado que seguramente me obligará a desdecirme o a beber agua a escondidas en un futuro para no quedar mal, pero afirmar que lo haré cuando ni tengo sed ni mi metabolismo tolera los refrescos con menos de un siete por ciento de contenido alcohólico me parece aún más temerario y además una tontería como un castillo medieval con foso y oso.
El no tener ganas de matarme me impide hablar con conocimiento de causa sobre las tendencias suicidas y amenazar constantemente con quitarme la vida a mis jefes y ex novias: cada uno tiene sus limitaciones y yo soy plenamente consciente de las mías, pero he aprendido a convivir con ellas y con el resto de las desgracias que me azotan y a sobrellevarlas con orgullo y dignidad, y en ningún momento me he planteado la posibilidad de abrir la espita del gas y esperar leyendo uno de esos prácticos manuales de autoayuda que tan de moda se han puesto en los últimos años a que llegue el dulce sueño de la muerte. Quien quiera asistir a mi entierro tendrá que encargarse él mismo de darme pasaporte o bien aguardar con paciencia a que la parca haga su negro y probablemente mal remunerado trabajo: puede procurar que parezca un infortunado accidente o rezar porque ocurra un accidente muy afortunado o sentarse a verme envejecer y por tanto sufrir y doblegarme poco a poco bajo el peso de mis lógicos achaques o casi mejor buscarse otra afición o hobby que lo mantenga entretenido y le haga sentirse realizado como hombre y no tenga nada que ver con mi quiero creer que aún lejano óbito o deceso.

Cultura y deporte


Viendo por la televisión cómo hablan y el modo en que se conducen las estrellas del deporte queda claro que el viejo eslogan que relaciona a una mente sana con un cuerpo igualmente saludable ha caducado y no tiene validez en los tiempos que corren, por cierto que se las pelan. Soy de la opinión de que es la actividad física y no como siempre se ha dicho el pan y la música pop lo que realmente embrutece al ser humano: no tengo noticias de que ninguno de los grandes cerebros que han destacado y llamado la atención de los redactores de las enciclopedias y de los ancianos suecos que organizan los premios Nobel haya pisado jamás un gimnasio, y sin embargo me consta que la mayor parte de las acémilas sin cultura y sin modales que asolan el país y el mundo como Atila y su caballo arrasaban por alguna razón todo lugar en que encontraban hierba prácticamente no salen nunca de estos locales.
Pondremos como ejemplo de deporte empobrecedor desde el punto de vista intelectual al fútbol, un juego que todo el mundo conoce y que más de uno que yo me sé ha practicado. No hace falta ser ningún lumbreras para darle una patada a un balón con la potencia suficiente como para que se introduzca sin remedio y a pesar de la felina estirada del guardameta en la portería del equipo rival provocando el desconsuelo de los infortunados jugadores que tienen ficha en vigor con éste y lo representan en el campo y el loco alborozo de lo que para abreviar llamaremos la propia hinchada: también para abreviar diremos que basta con tener una pierna hercúlea y la firme voluntad y determinación de patear objetos inertes. Quien se halla en feliz posesión de una extremidad convenientemente musculada no necesita cursar estudios primarios o superiores, recibir en casa lo que se viene llamando educación no reglada ni entrar en contacto de ninguna otra manera con los libros de texto para triunfar como Los Chichos en la vida, lo cual sin duda supone una ventaja para él pero con el tiempo se termina convirtiendo en una lacra y una condena para los que le rodean y tienen que sufrir su compañía y su presencia y soportar sus frecuentes y no siempre pertinentes alardes de fuerza y sobrellevar su necesariamente sosa conversación y su terco empeño en votar al centro reformista.
Hay un momento en la vida de todo ciudadano en el que éste tiene que decidir si muscula su pierna o se dedica a cultivar el espíritu. Por lo general es demasiado joven para elegir por sí mismo y lo hace inducido o forzado por sus señores padres, que si son de esas personas con un sentido práctico de la existencia que aspiran a vivir bien y cuanto antes de sus numerosos hijos lo empujarán a decantarse por la primera opción y si son unos modernos de mediana edad con gafas de pasta negra y camiseta de rayas le chantajearán emocionalmente para que escoja la segunda alternativa y le matricularán de paso y ya que estamos en un colegio bilingüe. Con los años el bebé de los segundos se convertirá en un hombre de provecho capaz de expresar su frustración en dos idiomas y el vástago de los primeros con mucha suerte en un patán millonario y caprichoso como una colegiala consentida y pizpireta y con poca suerte en un bulto con ojos a secas capaz de hacer notar a todos su ira con majestuosos puntapiés y enérgicos golpetazos en el velludo pecho: un completo y saludable deportista.

¡Sexo! ¡Sexo! ¡Sexo!


Estoy perdiendo el interés por el sexo a una velocidad que nos tiene alarmadísimos a mí, a mi santa esposa y a mis múltiples amantes ocasionales, y creo que la culpa no es de la edad, como tal vez alguien pueda haber pensado en un primer momento, sino más bien de la ola de erotismo que nos invade. Enciende uno la televisión, abre una revista o se asoma a la valla de una piscina pública y no ve más que culos y tetas, que son la manifestación carnal y palpable del amor mundano: lo malo de esta sobreexposición a unos en principio tan agradables estímulos es que cuando los mismos nos son presentados en el contexto de un encuentro erótico su visión ha dejado de ser novedad y de constituir el poderoso afrodisíaco que tan festiva e inconteniblemente burros nos pusiera a todos en el pasado.
Hace cien años, y es evidente que hablo de oídas o para ser preciso de leídas, ver por la calle una pantorrilla desnuda era un acontecimiento insólito que los albañiles celebraban con regocijo y que hacía sonrojarse a los niños y reír incontrolablemente a los clérigos. Hoy lo realmente difícil es tropezarse con una pierna cubierta hasta más abajo de la rodilla o vestida con un pantalón que permita una correcta y saludable circulación de la sangre. Las modas cambian y cada día resultan más rentables para las empresas textiles, que pueden confeccionar varios modelitos a la última con la tela que antes necesitaban para terminar uno o dos, dependiendo de la talla y por supuesto de la estación del año.
El sexo ha dejado de ser un placer más o menos privado para convertirse en un repetitivo espectáculo y en un negocio casi omnipresente: los publicistas utilizan el cuerpo desnudo de la gente para vender de todo, desde lencería hasta yogures con efecto laxante, pasando por colonias que presuntamente actúan como mágico reclamo amoroso y por veloces y multicolores coches con parabrisas, freno y marcha atrás, y las sex-shop y las tiendas de preservativos con sabor a fruta proliferan como hongos contagiosos en los bajos de los superpoblados bloques de edificios, por cierto cada vez más repletos de parejas que viven en pecado y de atípicas familias formadas por tres o más miembros y propensas al contacto físico y al incesto.
La culpa no es de los años, sino de la sociedad de consumo y de la selección natural y la dieta mediterránea, que engendran monstruos esculturales, y de los irresponsables padres que visten como visten a estos deseables monstruos. Creo que sigo siendo heterosexual, pero el intercambio deportivo de fluidos y el amor físico en general han dejado de llamarme la atención: cuando las nenas se desnudan ante mí en los moteles y en los servicios de los bares no sé si tengo que atender a la ya bastante remota llamada de la sangre y proceder a perpetuar la especie o comprarme un pack de seis yogures con bífidus activo, dos frascos de colonia de marca, un banco con tres patas para hacer abdominales y un coche deportivo que me pueda llevar lejos, allá donde el diablo y sus lascivas secretarias las tentaciones no tengan ganas de viajar para encontrarme.

Justicia y realidad


Cuando me haga mayor en toda la extensión de la palabra, quiero ser juez independiente: como hoy por hoy creo que no hay ninguno además de mayor me haré famoso y ganaré mucho dinero contando mis experiencias y explicándole a los periodistas de las revistas del corazón cómo me siento. Si la mujer del siglo XXI ha alcanzado la independencia, no veo por qué no lo van a hacer los jueces, que al menos mientras se celebran las audiencias también acostumbran a llevar enaguas y que en los países anglosajones además lucen unas pelucas que no puedo menos que calificar como monísimas.
Los jueces disfrutan del impagable privilegio de poder golpear el mobiliario de las salas de lo Penal y lo Civil con un martillo y delante de la policía sin que se les caiga el pelo en el caso de que aún lo conserven o en el de que hayan invertido una parte de sus cuantiosos ingresos en reimplantárselo. Generalmente lo hacen, golpear la mesa y los objetos que hay sobre ella, para llamar la atención a los asistentes a las vistas públicas cuando comen palomitas e inflan globos de chicle y para dictar sentencia a favor de los militantes del partido con que simpatizan.
Creo que a los jueces les ha llegado la hora de emanciparse, aunque me temo que les va a costar tanto lograrlo como a los mileuristas de treinta y nueve años que todavía dependen de la generosidad de sus progenitores para encontrar un techo bajo el que dormir la triste borrachera cada noche. Los jueces dependen de la de los gobernantes para acceder a las plazas vacantes en los tribunales que más molan, así que no es extraño que quieran hacer méritos y quedar bien con ellos o con los distinguidos integrantes de la feroz oposición, que previsiblemente un día alcanzarán el poder y estarán en disposición de repartir regalías y prebendas.
Creer en la independencia de los poderes del Estado es tan ingenuo como hacerlo en los Reyes Magos, Supermán, el ratoncito Pérez, el socialismo utópico, la economía de mercado, la generación espontánea, los viajes hacia atrás en el tiempo, la ciencia infusa, los votos matrimoniales, el amor eterno, la heterosexualidad de los franceses, la objetividad de los medios de comunicación, la paz mundial o Dios. Sin embargo, nos empeñamos en actuar como si los jueces no supieran nada de los políticos y viceversa y seguimos acicalándonos para ir a la iglesia todos los domingos y fiestas de guardar y permitiendo que nuestros hijos malgasten su tiempo y su ilusión en redactar largas cartas que ningún rey de Oriente recibirá. Mal hecho.
La de juez es una profesión llena de alicientes: se cobra un dineral y eso de tener la vida y el futuro de la gente en las manos y poder mandar a chicos y mayores a la trena y liberar a quien a uno le parezca para que ocupe el hueco que aquéllos dejan en la sociedad debe de ser un placer sólo comparable al que experimentan los reos recién puestos en la calle por decisión judicial al abandonar la jaula para dejar sitio a los nuevos perjudicados por una sentencia firme que implique insoslayable privación de libertad. Estoy convencido de que si además de disfrutar de los desmadrados privilegios que la legislación les otorga pudieran ejercer con tranquilidad su libre albedrío y gozar en público y en privado de su hoy solamente teórica independencia de los partidos políticos, los conspicuos miembros de la judicatura serían sin duda aún más felices de lo que en los para ellos prósperos tiempos que corren son y dictarían con juvenil voz autos benévolos y luminosos que nos harían sonreír a boca llena o incluso aplaudir con febril y poco disimulado entusiasmo a todos y a todas, inocentes y culpables.

Películas


Soy consciente de que tengo planta de galán de cine, por lo menos de galán español de posguerra, pero del mismo modo lo soy de que las dotes histriónicas no acompañan a mi inmejorable imagen y a mi turbador físico: Dios no me ha llamado por los caminos de la interpretación y me ha negado cruelmente la posibilidad de ser admirado y casi venerado por niños y mayores y deseado por un número de mujeres aún más alto del de las que hoy beben los vientos por mí como si éstos en lugar de ser fenómenos meteorológicos fueran botellines de agua mineral. Por culpa de mis es cierto que pocas pero también es cierto que evidentes limitaciones me he visto obligado a permanecer a este lado de la gran pantalla hasta el momento de escribir el texto que ahora tienen ante sus ojos y tan gozosamente degustan o paladean, lo cual me ha privado de ganar dinero fácil y de alcanzar la fama por la vía rápida pero me ha permitido aprovechar la oscuridad de las salas de proyección para cometer actos impuros en solitario y en pareja y para perpetrar pequeños robos que me han provisto del capital necesario para afrontar con desahogo los gastos diarios que por fuerza abruman a todo hombre sofisticado.
El haber participado como espectador y no como actor en el solemne ritual de exhibición de una gran cantidad de películas me ha dado además la oportunidad de formarme un criterio objetivo acerca de lo que es el Séptimo Arte y del sentido metafísico que tiene todo lo que le rodea: por eso puedo decir con la boca tan grande como ustedes quieran imaginarla que detesto el cine y que me gusta pero que muchísimo más ver las películas en casa y por la televisión. En casa nadie come ruidosas patatas fritas mientras yo trato de descifrar los susurros de los personajes secundarios de la confusa trama del moderno clásico con que me regalan los sentidos los frívolos responsables de la programación de la temporada ni se zampa bolsas familiares de palomitas de maíz o habla por el teléfono móvil a grito pelado para que su lejano interlocutor le oiga por encima del potente sistema de sonido del local y nadie me echa la bronca si soy yo el que sufre un súbito ataque de gula o de gusa justo en el momento en que el anciano moribundo le dice con voz trémula al protagonista herido de bala en el hombro dónde está el tesoro y se decide a calmarlo engullendo un cuarto de kilo de golosinas variadas y envueltas en papel de celofán o el que recibe una llamada urgente en pleno desenlace de la más dramática de las historias de suspense y no tiene ganas de levantarse para atenderla en el descansillo.
El videoclub es uno de los pocos clubes donde aún me admiten como socio, lo cual me ha hecho plantearme en más de una ocasión si es conveniente que siga perteneciendo al mismo o si por el contrario debo ofenderme y romper en mil pedazos el carné plastificado que me da derecho a llevarme una o varias películas a casa durante unos días a cambio de lo que pueden ser unas monedas o unos billetes dependiendo de lo que tarde en recordar que tengo que devolverlas, pero en cualquier caso me parece cien veces más seductora la idea de frecuentar estos honrados establecimientos que la de hacer lo propio con los llamados cineclubes, funestos lugares que suelen estar llenos hasta la bandera de sujetos con gafas de pasta que por alguna razón siempre me miran por encima del hombro y arrugan la nariz cuando paso a su lado como un hortelano que hubiera visto a un topo que pretende comerse sus cebollas. No me encuentro cómodo entre los estirados devotos del cine de autor ni me llaman la atención las películas de arte y ensayo en versión original: prefiero codearme con la luminosa vecina del cuarto y el desprejuiciado encargado de la ferretería mientras elijo tranquilamente el DVD que voy a disfrutar en la silenciosa soledad de mi salón y me atraen mucho más las cintas cuyos director y actores han ensayado lo suficiente antes de ponerse respectivamente detrás y delante de la cámara y dar inicio al tortuoso rodaje de una densa e inmarcesible obra de arte. He dicho.

Los pies de los caballos


Tengo los pies demasiado pequeños para mi estatura y eso hace que me resulte prácticamente imposible mantener el equilibrio a no ser que esté sentado o mejor tumbado. En los ágapes culturales y reuniones de la comunidad de vecinos doy la impresión de ser un hombre nervioso que está deseando largarse, pero lo que ocurre es que tengo que caminar en círculo para evitar caer redondo al suelo y en esas condiciones es difícil aparentar tranquilidad. Las señoras embarazadas y los ancianos que viven en mi barrio y por tanto me conocen suelen cederme el asiento en el autobús para evitar que me desplome y por culpa del tristemente célebre efecto dominó se produzca una desgracia.
Esta circunstancia mía me ha hecho pensar en el pie como concepto y como objeto material más de lo que cualquier hombre que no comparta mi problema o se dedique a la medicina especializada pensaría en toda su vida, y ha propiciado que el pie ocupe en mi universo interior un lugar tan destacado como el que el crucifijo y la foto del Rey Juan Carlos ocupan en el despacho y el dormitorio de todo español responsable y bien educado. Podría decir que el pie ha dejado en mi inconsciente una huella tan profunda como el foso de un castillo de Bretaña, y como soy un hombre decidido que no le teme a nada y mucho menos a hacer públicos sus pensamientos, lo digo: el pie ha dejado en mi inconsciente una huella tan profunda como el foso de un castillo de buen tamaño y de Bretaña.
Ninguna persona con pies me deja indiferente, para bien o para mal, y eso me ha llevado a estrechar lazos amistosos o a sostener enconadas e interminables disputas con la práctica totalidad de los hombres y mujeres que me rodean. Me cuesta mirar a la gente a la cara porque los ojos se me van a sus pies, y soy prácticamente incapaz de mantener una conversación coherente con nadie porque siempre me distraigo calculando mentalmente el número que calzan mis interlocutores: mi afición a los pies da lugar a todo tipo de fastidiosos malentendidos que hace mucho tiempo que no me molesto en tratar de deshacer aun a sabiendas de que un día no muy lejano supondrán mi ruina.
Los pies me obsesionan y en general me gustan, y en cierto modo se han convertido en el centro de mi existencia, pero a pesar de ello nunca me pongo a los pies de la señora de un conocido por más que éste me lo demande con palabras o con la mirada. Es que no estoy seguro de que ella o su marido no vayan a pisarme: la experiencia y la continua reflexión sobre dicha experiencia me han enseñado que ponerse a los pies de según qué gente, especialmente de aquélla que lleva zapatos rojos con tacones de aguja o calza sobrias botas militares, es exactamente lo mismo que tirarse a los pies de los caballos, animales que por cierto no están dotados en rigor de estas curiosas extremidades, quiero decir, de pies, sino de pezuñas, que como todo el mundo sabe o debería saber son muchísimo más bastas y resistentes a los paseos y caminatas.

La ley del silencio


Le tengo mucho respeto a la ley del silencio, que es la que impera entre los miembros de la mafia y en los hospitales, y por ello me preocupa que no se cumpla nunca en las grandes ciudades y cada día menos en los pequeños pueblos y sobre todo que se la pasen por el forro mis vecinos, que desde mi punto de vista y oídas son demasiado aficionados a las fiestas salvajes, dados a las discusiones a grito pelado y propensos a cambiar el suelo de la casa con cada paga extra y a mandar derribar tabiques y alicatar baños por vocingleros equipos de madrugadores albañiles. Los que me conocen saben que soy un hombre tranquilo y reservado que apenas habla y que emite los sonidos guturales estrictamente necesarios para conseguir que le den comida y agua y así llegar con vida y en buenas condiciones de salud al final del día, pero es cierto que he sido un joven muy ruidoso que ha martirizado de lo lindo al prójimo durante varios lustros con exóticas músicas a alto volumen y que en el pasado he protagonizado sonoras aunque inocuas riñas domésticas que de haber estado en el gobierno algún partido más afín a la Iglesia Católica o al tristemente célebre movimiento feminista sin duda me habrían llevado a los juzgados de cabeza y con pocas posibilidades de salir de ellos como un ciudadano libre y no por el contrario esposado y en
furgón.
Hoy por hoy, sin embargo, no doy ni un solo y accidental ruido y sufro como una viuda desconsolada con el que meten día y noche los demás, que parecen haberse puesto de acuerdo en alguna siniestra y multitudinaria reunión secreta para amargarme pero bien la vida. Creo que estoy pagando por los pecados que cometí en el pasado y que lo que me ocurre tiene algo que ver con el karma, que es esa cosa mística y oriental que provoca que tus malas acciones pretéritas reboten como pelotas de goma por las paredes del mundo a lo largo de los años y que un día vuelvan a ti y te golpeen de lleno en la boca del estómago o en el peor de los hipotéticos casos dos palmos más abajo: tal vez debería resignarme a purgar de esta dolorosa y lenta forma mis faltas hasta quedar en paz con el Destino, pero mi hereditaria jeta y mi festiva educación laica me empujan a no conformarme sin ni siquiera levantar el dedo para hacer una objeción con los más o menos merecidos castigos que de cuando en cuando me puedan imponer los siempre poco rigurosos jurados populares y la inevitablemente negra fatalidad.
Por eso he decidido rebelarme y tomar cartas en el asunto: carezco del valor necesario para hacerme extirpar quirúrgicamente los tímpanos emulando a aquel personaje que se arrancaba los ojos y los arrojaba lejos de sí con un frío gesto en un bello y aleccionador pasaje de creo que la primera parte de la Biblia, así que me estoy planteando la posibilidad de contratar por horas a unos gángsters para que me echen una mano con los vecinos más escandalosos y molestos, ellos que tienen experiencia en hacer callar de una vez y para siempre a los que se pasan de la raya o se van de la lengua. Las bandas japonesas son conocidas por su eficacia y por ser mucho más discretas que las latinas, cuyos miembros suelen acompañar los golpes con que machacan a la víctima o enemigo con cánticos e insultos y desconocen por completo la existencia de esos prácticos silenciadores que hacen que el sonido de los disparos se parezca más a una serie de amorosos y liberadores susurros que a la banda sonora de una fastidiosa batalla campal o de una rápida y cruel matanza en el rellano de la escalera del bloque de viviendas en que habito.

viernes

Baba de caracol


Lo raro no es que exista una empresa que se dedica a la televenta de baba de caracol, sino que el pueblo soberano corra como corre hacia el teléfono cada vez que se emite el anuncio para efectuar su pedido antes de que se agoten las existencias. Si alguien ofreciera en la teletienda una digamos pieza de fruta podrida pinchada en un palo y lo hiciera con convicción y con el suficiente desparpajo, no me cabe ninguna duda de que las líneas se saturarían y las cajas registradoras de la compañía fabricante comenzarían a tintinear locamente y de inmediato. Son ustedes capaces de pagar por cualquier cosa siempre que la voz en off que la anuncia parezca segura de lo que dice y la chica que demuestra las bondades de la mercancía esté como un tren y lleve poca ropa: los publicistas lo saben y buscan locutores de voz firme y poderosa e incomprensiblemente sonrientes modelos de lencería para que se ocupen de la noble tarea de sacarnos a todos los cuartos tan rápido como les sea posible.
Me juego lo que quieran a que si el tipo que dobla a Clint Eastwood apareciera de madrugada en la tele anunciando una pomada fabricada con por ejemplo mocos de cerdo mientras la hermana púber de Paula Vázquez hace posturitas para explicar cómo se emplea el producto, todo el mundo se mataría por comprarla, me refiero a la pomada. El escalón de plástico que sirve para subirse y bajarse y que en teoría desarrolla las piernas de los alfeñiques hasta convertirlas en las de un Sansón y la sartén china que fríe las cosas más deprisa que cualquier otro utensilio u objeto creado por la mano del hombre se venden como churros gracias a que a los dueños de la patente se les ocurrió la feliz idea de publicitarlos con este acreditado procedimiento: si una moza de buen parecer le muestra al respetable público sus glúteos para probar lo bien que le sienta al cuerpo hacer el gimnástico paripé con un taburete y un japonés de verdad finge que prepara en diez segundos un salteado de verduras y bambú en el wok y se lo zampa delante de la cámara para dejar claro que está rico o que por lo menos se puede comer sin sufrir un repentino cólico, al espectador de espíritu sensible le hará falta una gran fuerza de voluntad para resistir la tentación y no pedir de inmediato que le hagan llegar a casa por correo o mejor por mensajería urgente una flamante copia del artículo que tan arteramente le han metido por los ojos, traiga o no éste como regalo otro escalón igual de alto y sólido que el original o un juego de cuchillos indestructibles de cocina que sirven para cortar entre muchas otras cosas tornillos y zapatos viejos.
La constatación del éxito que tienen este tipo de negocios me lleva a tomar definitiva conciencia de lo grande que puede llegar a ser la credulidad del ser humano y a reformular osadamente la vieja y baqueteada ley de la oferta y la demanda: la gente siempre va a demandar cualquier baratija infame que se le ofrezca con un mínimo de convencimiento y a pagar lo que haga falta por ella sin rechistar y sin hacer un mal gesto ni poner una cara rara. Hay tantas oportunidades de forrarse ahí afuera como pardillos con un televisor ante los ojos, un teléfono al alcance de la mano y algo de dinero en la tarjeta de crédito. La publicidad es la llave para que sigan ganando pasta y mandando los mismos que lo han hecho siempre y la libertad de expresión es el derecho que les permite ahorrarse los mensajes subliminales y soltar la sarta de mentiras que les parezca conveniente en cada momento, vendernos la baba de caracol real o metafórica y luego irse a su casa a brindar con sus enjoyadas señoras y comerse un wok tal vez preparado y no sólo anunciado por un genuino cocinero oriental que estuvo al servicio del Emperador y reírse largamente de todos nosotros y en especial de todos ustedes.

jueves

Carta a la chica bisonte


Tengo una capacidad innata para hacer correr y chillar a las mujeres: cuando me mantengo sobrio y me muestro frío e indiferente acuden a mí al galope como bellas y equinas moscas a la golosa miel y permanecen a mi lado como hipnotizadas dando constantes muestras de arrobo y embeleso, pero cuando tomo tres o cuatro digestivos más de la cuenta y dejo salir y manifestarse al sociable conquistador que todos llevamos dentro corren como bisontes en estampida mientras maldicen entre dientes o me insultan en voz alta y hacen todo tipo de muecas y visajes. Creo que esto no es sino una muestra de la veletesca condición de los miembros del llamado sexo débil y de su falta de coherencia emocional y absoluta dependencia afectiva de las circunstancias: no son capaces de separar a mi persona de su incidentalmente penosa anécdota y me evitan como si yo fuera esa tambaleante y balbuciente bestia alcoholizada que ocupa por una noche mi lugar.
Tanto las mujeres frívolas que le dan su debida importancia a la gallardía y el atractivo físico, dos cualidades que jamás pierdo por perjudicado que me halle, como las más reflexivas y cerebrales que consideran que lo único que merece la pena es lo que paradójicamente se llama belleza interior deberían hacer caso omiso de las palabras y las miradas al escote que les dirijo cuando lo que el poeta llamó litros de alcohol corren por mis venas y o bien pasmarse con la griega perfección de las es cierto que desencajadas facciones del sujeto emisor de esas palabras o bien conmoverse con el recuerdo de la sensible persona que dicho individuo fue hasta hace no más de un par de horas y con la certeza de que al día siguiente le espera una sorda y dolorosa resaca que sin duda le hará reflexionar sobre su forma de entender la vida en sociedad. Sin embargo confunden lo contingente con lo sustancial, lo temporal con lo perenne, el fondo con la forma, lo efímero con lo duradero, la amarga corteza con la rica pulpa y en definitiva al hombre que hasta ayer fui y volveré a ser a partir de mañana con el fulano que les propone improvisar una orgía en el cuarto de baño a voces y sin emplear circunloquios ni parábolas, y como consecuencia de su grave aunque tal vez comprensible error de apreciación tratan al primero como si fuera el segundo y al segundo como al primo oligofrénico y beodo de Tony Genil.
En este país lo que falta es formación filosófica y apertura de miras y lo que sobran son injustificados melindres y prejuicios adquiridos a lo largo de cientos de años de tradición judeocristiana: aprovecho esta tribuna para decir a las nenas proclives a sonreírle al hombre sobrio y misterioso y a huir en desbandada ante las sinceras efusiones de su hermano gemelo el patán que hay que aprender a distinguir lo que en realidad es bueno de lo que a pesar de las serenas apariencias es malo y vitalmente empobrecedor para tener alguna posibilidad de alcanzar algún día la siempre esquiva felicidad y que muchas veces detrás del energúmeno que les canta boleros a oído con los pantalones en los tobillos y que lleva la camiseta empapada de vino tinto se esconde un ser cariñoso con un corazón de oro que sólo quiere que alguien lo abrace, le preste la atención que todo ser humano se merece y a ser posible lo invite a un par de tragos.

miércoles

Sobre la verdad y la mentira


Estoy a favor de la mentira por muchas razones: para empezar, sin ella no existiría la literatura, que es un arte noble que da de comer a muchas personas que de no vender libros morirían de hambre con toda seguridad, y los matrimonios hetero y homosexuales durarían bastante menos de lo que hoy por hoy duran. La verdad no suele resultar novelesca ni agradable de oír para el marido que vuelve extenuado a casa tras un duro día de trabajo o para la mujer que lo espera nerviosa en la cocina cuando éste tarda en llegar más de la cuenta ni para la mujer que vuelve inexplicablemente a deshoras de la peluquería o el marido que la aguarda tirado en el sillón con una bolsa medio vacía de patatas fritas sobre el pecho.
Creo que la realidad y la verdad son dos conceptos sobrevalorados. Mientras las fotos en color de los catálogos de lencería me parezcan intelectualmente estimulantes y las explosiones de las películas me diviertan, me será indiferente que los cuerpos de las modelos sean naturales o estén rellenos de silicona y que las bombas estén laboriosamente fabricadas a mano o todo haya sido simulado por ordenador. Tampoco me importa que una experiencia agradable resulte al final ser sólo un bonito sueño si éste ha sido creíble y ha terminado bien para mí y mal para mis enemigos y me da lo mismo que una promesa sea falsa o una explicación no sea tal sino sólo una excusa mientras yo no me entere del pastel: cuando los ojos no ven que a uno lo están engañando, el corazón no siente que el propietario del pecho en el que late es un pardillo.
Me gustan mil veces más los embustes piadosos que las verdades que ofenden, y por eso le miento constantemente a todo el mundo: sólo trato de construir un planeta mejor para mí y para los que me rodean. Nunca permito que la verdad me estropee un mal artículo ni que la realidad me eche a perder el día: no hay nada como un buen argumento falaz para provocar el aplauso del lector remiso ni hay nada como una amable bola a tiempo para ablandar el corazón de los caseros indignados y los acreedores en general y conseguir que los bastos se tornen oros y las amenazas y las caras largas dejen paso a las sonrisas, las muestras de condolencia por la falsa muerte del supuesto ser querido y los sentidos brindis.
Puede que en algunas culturas eso de decir las verdades a la cara de la gente se considere una virtud digna de elogio, pero a mí me parece una bajeza tan execrable como la de escupir a los desconocidos en el metro. La verdad es que ustedes me caen muy bien y son todos muy guapos y se nota que tienen dinero: creo que no les gustaría oírme decir lo contrario y que si lo hiciera se sentirían peor y yo probablemente sufriría al verlos pasarlo mal y al recibir sus insultos e hipotéticos golpes. Prefiero sembrar dulces mentiras a mi alrededor y dejar que las trolas ajenas acaricien mis oídos como música ambiental en lugar de abrumar al prójimo con fieles descripciones de la realidad y oír lo que éste piensa de mí de su propia boca y sin tapujos.

domingo

Decisiones en grupo


Según Pratchett, la inteligencia de una turba se calcula dividiendo el coeficiente del más tonto de sus miembros por el número de individuos que la integran. No soy tan inteligente ni tan culto como para saber quién diablos es el tal Pratchett, pero voto a bríos que sus palabras me parecen sensatas y llenas de razón. Tampoco soy tan listo ni estoy tan preparado como para entender qué diantre significa eso tan raro de voto a bríos, pero sí me considero dotado de las luces y los conocimientos necesarios para utilizar la expresión con desparpajo en reuniones de trabajo o charlas informales y así arrancar con ella el mudo aplauso de todos y ganarme la ferviente admiración y las simpatías de la parte más sensible de la concurrencia y provocar el desconcierto entre aquellos extranjeros allí presentes que no lleven en el bolsillo un buen diccionario abreviado o en el bolso o mochila uno de mayor peso y por lo tanto de más tamaño.
Cuando veo a un hombre solo tratar de resolver un problema, sobre todo si éste es uno de ésos con trenes que se cruzan a mitad de camino de dos ciudades de nombre arbitrario después de recorrer caprichosas distancias a diferente velocidad y que hay que resolver gestionando un complejo batiburrillo de ecuaciones formadas por un sinnúmero de equis e i griegas elevadas a diferentes potencias y multiplicadas y divididas por toda clase de extravagantes factores o denominadores, tiendo a pensar que va a equivocarse y que su error va a desencadenar de manera irremediable una larga serie de imprevisibles y sucesivos desastres que van a terminar por afectarme de alguna negra forma y en definitiva por hacerme la pascua, y cuando el que se enfrenta al problema es un más o menos nutrido grupo de hombres y no un solitario y atribulado individuo mis sospechas sobre el catastrófico resultado de las operaciones y la nefasta influencia que las desgracias derivadas de éste vayan a tener sobre mi vida presente y futura pasan a convertirse en absolutas certezas, lo cual me sume de inmediato en la más profunda depresión y si no hay demasiados testigos en el desolado llanto.
Esta desconfianza en el talento del populacho, que comparto con el difunto rey Luis XVI y el resto de la ociosa panda de Versalles, a quienes en cualquier caso sus recelos y las precauciones que sin duda tomaron movidos por los mismos no libraron de morir decapitados, me ha llevado en ocasiones a pensar que la democracia no puede ser el mejor sistema político y a estar tentado de defender en todos los foros en los que tengo la ocasión de intervenir la superioridad moral y práctica de otros como la dictadura chivatil y el despotismo ilustrado. No obstante, hasta el momento siempre he recapacitado y hoy por hoy sigo siendo el más firme valedor del derecho del pueblo a tomar sus propias decisiones y a enfrentarse sin ayuda a los líos que dichas decisiones le lleven a buscarse y de paso a buscarme a mí, que no tengo ninguna culpa y no conozco de nada a la mayor parte de los felices miembros del censo electoral ni a los grandes potentados que les controlan a través de la hipnosis y los medios de comunicación y mueven los hilos de nuestras vidas desde la sombra.

jueves

Protocolo y cortesía


Me cuelo en todas las fiestas, pero luego me comporto con educación y exhibo mis mejores modales antes de exhibir mi cuerpo desnudo, bien en su ebria totalidad o bien por partes. La alegría de la gente siempre es motivo de regocijo para mí y cuando me hallo en un entorno festivo o participo en una celebración prodigo con generosidad propia de un príncipe sonrisas y palmadas en la espalda de los que me rodean sin hacer distinciones en lo que respecta a la circunstancia de los destinatarios de las mismas. Mastico canapés a dos carrillos con el exclusivo propósito de corresponder a la magnanimidad del anfitrión y honrar a la siempre esforzada cocinera, y no olvido guardar algo de tortilla y de jamón en un táper para seguir correspondiendo a aquélla y honrando a ésta cuando se apagan las luces, cesa la música y yo vuelvo tambaleándome a
mi casa.
Procuro beber al menos un vaso o taza del contenido de cada botella de licor que los organizadores del evento hayan puesto a mi alcance y trato de experimentar mezclando de forma inusual distintos alcoholes y néctares: considero que no hacer lo primero sería una gran descortesía y que renunciar a lo segundo supondría traicionar al espíritu científico de que debe hacer gala todo hombre culto y educado. Me muestro lisonjero con todos los asistentes a la reunión y los piropeo al empezar y terminar cada una de las frases que les dirijo, y en cuanto tengo ocasión les manifiesto con palabras y si el ambiente lo pide con gestos mi plena disponibilidad para un hipotético encuentro sexual de carácter personal o preferentemente colectivo.
Si la fiesta se celebra en un domicilio particular intento visitar todos los rincones de la casa y busco en los cajones de las grandes y señoriales cómodas o las funcionales y modestas mesitas de noche información que me ayude a conocer mejor a aquéllos que lo habitan para así poder estrechar los más sólidos lazos de afecto y amistad con ellos. Me asomo a cuantas ventanas puedo abrir e invito empleando mi más seductora y potente voz a los viandantes de toda edad y condición a unirse al guateque, e impreco con dureza a los que rechazan mi generoso ofrecimiento para que entiendan que su negativa respuesta me ha ofendido y que no aceptar y agradecer la hospitalidad de los desconocidos es una cosa que está pero que muy fea.
Si por el contrario el lúdico acontecimiento tiene lugar en un local hostelero, sea éste un humilde bar o un más aristocrático salón de baile y sea un vulgar cumpleaños o una postinera boda real lo que en ellos se celebra, lo que hago es rebuscar en los bolsillos de las chaquetas y abrigos de toda la concurrencia y memorizar los datos que aparecen en los documentos de identidad de los miembros de la misma para poder llamar a cada quién por su nombre y visitarlo en casa. Por fin, cuando me marcho, bajo si la hay la persiana metálica y aseguro el cierre con dos sólidos candados que siempre llevo encima: así regalo a los que se quedan dentro unas cuantas horas extra de bailable música moderna, loca y comunal alegría y tonificante buen humor.

domingo

Hospitales


Circulan por ahí mil falsos rumores sobre los hospitales y yo voy a tratar de acabar con ellos. Por ejemplo, en los hospitales no se come ni mucho menos mal: lo que falla es el entorno y la decoración. Con un orinal en la mesilla de noche es imposible que a uno le siente bien el pescado a la plancha. Gracias a los orinales, los esputos sanguinolentos del tipo de la cama de al lado y los sordos lamentos de los moribundos, los centros hospitalarios convencionales también funcionan de maravilla como clínicas de adelgazamiento. Se supone, y éste es el segundo mito que voy a desmontar, que los hospitales son los sitios más asépticos del mundo, pero en su interior se puede uno tropezar con cientos de enfermos contagiosos que viven en preocupante régimen de semilibertad: lo justo sería decir que el hospital es el lugar más apropiado para contraer una infección después de la cárcel y los burdeles de Bangkok. La gente que frecuenta los hospitales es tan poco sana como la habitual de cualquiera de los after hours que jalonan el hermoso levante de nuestra península: en el hospital la gente no se afeita la cabeza por moda ni por cuestiones políticas, sino por culpa de los parásitos capilares y la molesta leucemia.
A los hospitales se les llama centros médicos, pero es tremendamente difícil ver a un médico en un hospital: la gestión de estos benéficos establecimientos queda de facto en manos de los ATS y los enfermos crónicos más veteranos. El doctor se deja caer por allí de vez en cuando, como un señor feudal que visita los establos para ver qué tal va todo: se le reconoce por la burlona sonrisa, la confiada forma de andar y el estetoscopio que lleva al cuello, no por la bata blanca. En el hospital todo hijo de vecino luce una de estas prendas, aunque yo opino que el blanco no es el mejor color para la ropa de faena de los profesionales de la salud ni para los carniceros y los policías porque no disimula bien las manchas de sangre. El uso de la bata no está regulado por ley como el de los uniformes castrenses y en consecuencia cualquiera se puede calzar una para pasearse por su santa casa o por el campo si le place, pero en los hospitales impera una ley casi militar que impone una rígida jerarquía que desciende peldaño a peldaño desde el ministro hasta el que pasa el mocho en los servicios. No obstante, ningún ministro de Sanidad empezó su carrera fregando retretes: en medicina las categorías son estancas y las posibilidades de ascenso o promoción, nulas.
Por supuesto, hablo de los hospitales públicos: nunca he estado en un uno de pago. Seguro que en éstos te tratan mejor: no es lo mismo ser un enfermo que ser un cliente. Además, hay que tener en cuenta que a la clínica particular le interesa que uno vuelva y a Sanidad que las listas de espera se reduzcan sea como sea. Me consta que en los hospitales privados cada enfermo tiene su propia habitación, mientras que en los públicos uno es uno y la penosa circunstancia de todos sus compañeros de cuarto, circunstancia que cristaliza en forma de constantes visitas de familiares que miran de reojo las bolsas de drenaje y cuentan en voz baja los telediarios que le quedan a cada enfermo. La habitación de un hospital público es un buen lugar para conocer gente. Es como el camarote de los hermanos Marx, pero los Marx no estaban sondados.

viernes

En el campo


Como ya habrán notado por la foto de arriba a la derecha y por el tono libertino de mi prosa, soy un sofisticado hombre de ciudad y un firme defensor de las bondades del hormigón y del asfalto, y por lo tanto acostumbro a mostrarme muy crítico con el mundo rural en general y con lo que es el campo en particular. Para quien nunca haya estado allí, diré que en el campo las comodidades de cualquier clase brillan como locos neones por su ausencia y que el suelo no está hecho de solería y alquitrán sino de tierra, que es ese polvo marrón que se encuentra en las macetas y que según el socialismo utópico pertenece a quien lo
trabaja.
El ser humano ha evolucionado y ya no se siente a gusto entre arbustos, chiringuitos y bancos de piedra, que son el tipo de cosas que hay en la naturaleza agreste. Probablemente como consecuencia del desconcierto en que le sume el salir de su hábitat urbano, al entrar en contacto con su lado salvaje comienza a comportarse del modo más extraño que uno pueda imaginar. Para empezar, deja por unas horas y por alguna extraña razón de ser omnívoro y abraza una estricta dieta a base de tortilla y filetes empanados: la relación que une al campo con los alimentos de este género es muy difusa y se me escapa, como la que hermana al roscón con los Reyes y a las uvas con la Nochevieja.
En el campo no hay mucho que hacer, aparte de recoger florecillas y oír cantar a los pájaros. Los hombres suelen entretenerse corriendo detrás del primer balón que se les cruza mientras las mujeres charlan o juegan al cinquillo: el póker bajo techo es un hobby o negocio masculino y las cartas al aire libre son un deporte eminentemente femenino. Si en el campo hay pinos, que los hay, es posible arrojar piñas para que las coja un perro, pero esto sólo resulta divertido durante un rato. Entonces se olvida uno de la piña o se la tira a la gente: está documentado que así comenzaron un par de guerras en la antigüedad, cuando el hombre vivía en tribus.
Un objeto que uno encuentra exclusivamente en el campo es el camping gas, que es una alternativa lúdica a la piña y sirve para quemar revistas, un pasatiempo muy divertido que sin embargo está mal visto por las organizaciones ecologistas y los agricultores. El campo tiene sus propias leyes, que no siempre coinciden con las de la ciudad: hay cosas que uno puede hacer en ésta y no en aquél, como cruzar la carretera o ser atracado por una cabina de teléfonos, y otras que pueden hacerse en aquél pero de ningún modo en ésta, como regar el coche o correr desnudo entre la fronda.
Algunas personas dicen que en el campo viven pequeñas criaturas fantásticas, como los gnomos y las hadas. Estas personas son las mismas que corren desnudas entre la espesura y defienden el uso recreativo de los psicotrópicos y la legislación holandesa en la materia. Es sabido que en los campos de Holanda abundan los gnomos y los tulipanes: por lo demás, son iguales que los de cualquier otro país del mundo y deben recibir exactamente el mismo tratamiento filosófico y literario y ser protegidos por el gobierno y cuidados como hijos deseados por todos nosotros.

domingo

Sangre azul


Voy a traicionar a mis firmes convicciones proletarias y a dejar de ser discreto por un día para contarles que, según están hoy por hoy las leyes, yo podría llegar a ser marqués si en una jugada maestra eliminara de la línea sucesoria a mi tío Curro y a toda su prole o descendencia reconocida. En ocasiones una voz interior me empuja a quitarlos de enmedio y a veces me he planteado la posibilidad de seguir los firmes dictados del propietario fantasma de esa voz, que parece tener las cosas muy claras y saber de lo que está hablando: no me vendría nada mal un título nobiliario para darle un empujoncito a mi carrera y para poner de paso un poco de glamour en mi vida. Y creo que a la nobleza también le sentaría bien que un agradable pimpollo como yo se incorporara a sus filas y trajera nuevos aires a sus poco ventilados salones de baile.
Porque la aristocracia y la jet-set en general ya no son lo que eran: las más que frecuentes bodas endogámicas que se celebran entre sus miembros han dado lugar al nacimiento de toda una generación de curiosos ejemplares que han dejado de servir de modelo para el pueblo y han pasado a convertirse en algo parecido a sus alegres e involuntarios bufones. Los Grandes de España antes hacían sobria vida palaciega y se consagraban al servicio de la patria y a benéficas actividades tales como el mecenazgo o la oración y ahora hacen vida nocturna en Ibiza y frecuentan en nutridos grupos los servicios de las discotecas de moda: todos sabemos gracias a las campañas del Ministerio de Sanidad que a los que se dan a este tipo de excesos se les termina metiendo un gusano enorme y asqueroso por la nariz y que si a pesar de ello siguen en sus trece luego tienen serios problemas para concentrarse en la escuela o en el trabajo, aunque no es probable que esto último, me refiero a lo de los potenciales conflictos académicos o laborales, sea algo que preocupe mucho a nuestros festivos millonarios.
Creo que cumplo con todos los requisitos necesarios para unirme a la gente guapa: soy bastante vago, por mis venas corre abundante sangre azul y no sé hacer absolutamente nada de provecho, aparte de cantar y bailar con los pantalones en los tobillos cuando estoy muy borracho y de intentar, por lo general sin éxito, provocar a las feministas radicales y a los curas con breves textos como el que ahora leen. Como detesto la violencia y no tengo a mano un frasco de polonio para obsequiar con su radiactivo contenido a mis nobles familiares, he decidido llegarme los fines de semana a Marbella a ver si encuentro por los bares a un buen partido que me haga feliz para siempre: me consta que las nenas de la alta sociedad suelen enamorarse de los guardaespaldas y de los domadores, así que me he comprado un traje oscuro, unas gafas de sol, una pistola, una casaca roja con botones dorados y un látigo y dedico las noches de los sábados a recorrer los garitos de Puerto Banús ataviado y equipado con ellos: sólo es cuestión de tiempo que caigan en mis redes una o dos ricas, moderadamente famosas y nada plebeyas herederas y yo pase por la vía política a mejor vida.

viernes

Francia


He nacido en España y soy un hombre que se viste por los pies, sobre todo cuando me pongo los pantalones, y por lo tanto odio a los franceses. Para quien nunca haya tenido la desgracia de tropezarse con uno, aclararé que me refiero a esos desagradables fulanos que salen en las películas de arte y ensayo y que hablan un extraño idioma lleno de graznidos e impronunciables vocales cerradas y lo hacen poniendo morritos, como si quisieran besar en la boca a alguien de su propio sexo. En el siglo XIX, capitaneados por el tal Napoleón, los franceses nos invadieron sin preguntar antes si nos apetecía que lo hicieran y trataron de imponernos una ignominiosa democracia republicana: por supuesto, nos levantamos en armas y los corrimos a gorrazos. Más recientemente, y con mucho más éxito, han contribuido de forma bien activa a popularizar entre nosotros esa cocina minimalista en cantidades pero maximalista en precio y número de ingredientes que tan de moda está y que tanto desagrada a los chefs de la vieja escuela y a los amantes de la buena mesa y del comercio justo.
Recuerdo que siendo joven sufrí y me indigné mucho al ver en un aciago telediario cómo los gabachos se divertían quemando en la frontera nuestros camiones de naranjas mientras brindaban con burbujeante champán y celebraban el lance con sonoras palmas y groseras risotadas. Eso hizo que mi inquina hacia todo lo que viniera de Burdeos o París, incluyendo por supuesto a los niños, creciera hasta extremos que mi primer psicólogo definió, creo que de manera acertada, como rayanos en la demencia: he de confesar que en alguna ocasión llegué, tras asistir al pase en versión original de una película de Godard o de Renoir, y Dios sabrá como resultado de qué alambicada asociación de ideas, a correr desnudo por la calle haciendo ondear sobre mi cabeza una bandera rojigualda mientras entonaba una selección patriótica de jotas especialmente
bravías.
Creo que he madurado y ya no me tomo las cosas tan a la tremenda, pero todavía odio a los franceses, su religiosamente injusta República y su cocina huérfana de potajes. Sin embargo, no tengo nada en particular contra sus compatriotas las francesas, que me parecen encantadoras cuando ponen morritos e incluso cuando graznan y que siempre se han portado bien conmigo: no sería un perfecto caballero andaluz si no dijera que si en alguna ocasión una de ellas me ha mirado por encima del hombro ha sido tan sólo porque la erótica naturaleza de la situación no le dejaba otra salida. A sus paisanos de género masculino los detesto, sí, pero tengo que reconocer que también los necesito, como un fresco parterre de rosas precisa que de cuando en cuando un jardinero de pulso firme esparza a su alrededor unas cuantas paletadas de abono orgánico: para sentirme vivo, para saber a ciencia cierta dónde está y en qué gargajeante idioma habla el enemigo, para ser español y dentro de lo que cabe ser feliz.

Bola de Navidad


No soy creyente, pero sí comprensivo, y por eso entiendo a la gente que celebra las Navidades con el mismo febril entusiasmo con que festejaría el triunfo de su equipo favorito de fútbol o la muerte de algún vecino particularmente molesto y ruidoso. Quien esté planeando correrse una juerga para conmemorar el cumpleaños del Niño Dios puede contar desde ya con mi apoyo y solidaridad e incluso con mi alegre participación en el guateque, siempre y cuando el mismo tenga lugar bajo techo y la sala se halle equipada con uno o dos braseros de carbón, que tampoco hay por qué pasar frío, pero que aplauda al vecino que aprovecha que estamos en Pascua para organizar una pequeña bacanal doméstica no implica que me gusten las Navidades ni que sepa a ciencia cierta cuál es el significado de algunas de las extravagantes cosas que hace el personal en estas señaladas fechas.
No le veo el sentido, por ejemplo, a esas reuniones familiares que tan populares se han hecho gracias a los anuncios televisivos de turrón: se supone que los hijos vuelven a casa por Navidad y que tanto ellos como sus progenitores disfrutan con el lance y se abrazan y se dan al emocionado llanto y a la risa, pero digo yo que si uno se ha largado del hogar paterno o ha echado a un hijo a patadas a la calle será por algo y que en esas penosas circunstancias lo mejor es no forzar el reencuentro y también que es muy peligroso llamar a la puerta de una casa que ya no es la propia y donde a uno no lo quieren y que al legítimo dueño de la misma no le conviene tender un puente de plata o una alfombra roja para que regrese ufano a su vera un enemigo del que ya creía haberse librado, probablemente esta vez apoyado por refuerzos en forma de nuera, más o menos feroces nietos a quienes para colmo hay que agasajar con golosinas y regalos y ladradora mascota.
Pero lo que realmente me confunde y me sume en la zozobra, y es a lo que iba desde el principio, es la existencia y profuso empleo ornamental de ese inquietante objeto que quienquiera que un día decidió poner nombre a las cosas dio en llamar bola de Navidad. Supongo que la de colgarla aquí y allá es una de esas tradiciones cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos y que es inútil preguntarse a qué viene y qué se pretendía en un principio conseguir con ella y si la bola simboliza algo en particular y qué demonios es entonces ese remoto algo, pero no puedo evitar sentir al mirar estos esféricos adornos de colores una perplejidad que mi bondadoso corazón traduce en curiosidad y en dulce morbo y que crece como un hijo dentro de mí y me da una sólida razón para seguir buscando el porqué de los prodigios que nos rodean y para en definitiva no tirar la toalla y no quitarme aún la vida.

Sobre la belleza


Soy un tipo culto y tan apuesto como un dios griego, no como uno egipcio, que ésos tenían cabeza de perro, y me consta que las muchachas y los hombres sin prejuicios se mueren por mis huesos, si bien soy consciente de que existe la posibilidad, remota, de que un día encuentre a alguien a quien mi viril belleza deje indiferente. Cada persona es un mundo y, aunque en contra de lo que dice el breve y desatinado refrán se han publicado toneladas de libros que hablan sobre el tema de los gustos y sobre otros parecidos, hay que reconocer que en lo que se refiere a estos trillados asuntos hay muchísima disparidad de criterios y que es tan cierto como que la Tierra se mueve que el mismo rostro, cuerpo u objeto que a un observador más o menos imparcial se le puede antojar delicioso y completamente irresistible a otro juez igualmente objetivo le puede parecer una cosa abominable y por tanto prescindible.
A mí, sin ir más lejos, las modelos despampanantes me vuelven loco, lleguen o no al peso o al índice de masa corporal que se les exige para desfilar en Cibeles, y considero que su delgadez no es más que una prueba de su fuerza de voluntad, su capacidad de sacrificio y su amor por la actividad física y el deporte, pero a las feministas radicales, que por cierto no suelen posar para los mejores fotógrafos del mundo ni copar las portadas de las revistas de moda, les parecen un monumento andante al mal gusto y unas ciudadanas dignas o merecedoras de la más firme reprobación.
Es evidente que la belleza está en el ojo del que mira, aunque éste sea estrábico y tenga vergonzantes legañas o sufra de conjuntivitis, y también que las preferencias estéticas de la gente han ido cambiando de manera drástica a lo largo de la Historia: todo el mundo sabe que los belgas de hace cuatro siglos perdían literalmente la cabeza por las chicas entradas en carnes y que a los antiguos griegos, cuyo criterio ornamental es el que hoy se considera clásico, les gustaban los efebitos más que comer con las manos, algo que en estos nuestros confusos tiempos podría llevarlos a la cárcel, lo de los efebos, no lo de comer con las manos, que eso no está penado aunque sí bastante mal visto según qué círculos
frecuente uno.
Por poner un ejemplo extremo y algo desagradable, recordaremos que a la Pantoja le gusta Julián Muñoz, cuyo físico dista mucho de acercarse al canon griego, y que a Julián Muñoz le gusta la Pantoja, que no tendría problemas para desfilar en Cibeles por falta de peso sino más bien por todo lo contrario y que además luce bismarquiano bigote, lo cual demuestra que Cupido es ciego y que aquí cualquiera se puede enamorar de cualquiera siempre y cuando el primer cualquiera tenga dinero y el segundo cualquiera te garantice que vas a ser famoso y vas a salir por la tele: a eso es a lo que los que no entienden de estas cosas le llaman erótica del poder y a lo que los pocos que entendemos le hemos venido llamando tradicionalmente allá donde han querido oírnos belleza interior.

jueves

Sobre el amor


He estado estudiando el tema toda la tarde y he llegado a la conclusión de que el amor es sólo un invento de las señoritas decimonónicas de buena familia para justificar los feos actos que se veían obligadas a cometer a escondidas empujadas por sus bajas pasiones: un montaje, sin duda urdido en secretas reuniones dominicales bajo las pérgolas y perfeccionado a lo largo de mil paseos vespertinos con carabina y quitasol, para instaurar un orden de cosas que les permitiera darse a la satisfacción de sus humanos apetitos sin quedar mal con sus papás o tutores ni consigo mismas.
Creo que el amor es esto y sólo esto, y no, como históricamente han venido proclamando los mejores oradores desde sus altas tribunas, un invento de los centros comerciales para vender cajas de bombones y frascos de colonia, por más que los citados centros comerciales, o más bien sus orondos y taimados propietarios, se aprovechen de la creencia del cliente en el amor y de la de los niños en Papá Noel para hacer su agosto como el mayordomo cleptómano de un millonario sordo y ciego se aprovecharía de su favorable circunstancia profesional para hacer de un modo discreto el suyo.
Nos pongamos como nos pongamos, y digan lo que digan los poetas y sus primos hermanos los curas, el amor es pura biología animal y el impulso erótico está por tanto libre de cualquier lastre lírico o connotación afectiva. La expresión más perfecta del amor físico, que es el único amor real, sería el sexo en grupo, que tan de moda se puso a finales del siglo pasado, tras el liberador descubrimiento de la penicilina y la oportuna invención de los pañuelos de papel, y que aun hoy sigue contando con numerosos practicantes entre los miembros más modernos de la aristocracia y los representantes del segmento no escolarizado del proletariado marginal.
En definitiva, tal y como dice la canción, el amor es mentira, y nos deja, al final, con las manos vacías, a no ser que tomemos la precaución de hacer separación de bienes: cuando Cupido nos pilla desprevenidos y nos hiere de pronóstico reservado con una de sus ponzoñosas flechas, lo más romántico puede ser correr a buscar un párroco predispuesto a celebrar matrimonios relámpago a cambio de unas monedas o unas copas, pero lo más inteligente, tal y como se está poniendo el patio, es contratar de inmediato a un abogado y suscribir un buen seguro de vida cuyo beneficiario sea cualquier persona del mundo menos nuestro futuro cónyuge.

sábado

Viva el capital


Ahora que las señoronas enjoyadas, los grandes empresarios y los curas se manifiestan por la calle pidiendo tierra y libertad, sólo falta que los peones de albañil, los parados de larga duración y los parias en general sean bendecidos con una lluvia de millones y puedan dedicar las soleadas mañanas de los martes a jugar al golf en lugar de dejarse los riñones en la obra o esperar la vejez y la muerte tirados en el ocioso sillón. El capitalismo no ha conseguido que los ricos y los pobres seamos iguales, ni tampoco lo pretendía, pero sí que a veces, según donde el realizador del telediario de Popular TV ponga la cámara, lo parezcamos.
Se dice que los sistemas políticos de izquierdas no triunfan porque no tienen en cuenta la naturaleza perversa del ser humano, que tiende sin remedio a trepar y a pisotear al vecino para sacar provecho económico y de paso reírse un rato. Yo creo que el capitalismo tampoco funciona y que si no lo hace es precisamente por la misma razón: porque los empresarios son unos seres tan humanos como el que más y por tanto, si nadie pone límite a sus actos, tenderán a sojuzgar y explotar sin compasión al vecino obrero hasta el día en que éste reúna a través del robo o el ahorro la pasta que le hace falta para pagar el cartón de vino tinto que le dará el valor para levantarse al fin en armas contra ellos. La intervención del Estado en la economía, que siempre ha puesto de los nervios a los banqueros y a los señoritos en general, es necesaria más que nada para impedir que la horda roja pase a las clases dominantes a cuchillo y manche las moquetas de sus palacetes de aristocrática sangre
azul.
Siempre ha habido revoluciones marxistas y probablemente las seguirá habiendo en el futuro, pero los miembros del clero y la burguesía están cada vez mejor informados y han descubierto que la manera más eficaz de defenderse de los ataques del populacho es utilizar sus propias armas: megáfonos, pancartas y palos de banderas no rojas, sino por supuesto rojigualdas. Las desaliñadas barbas y las raídas trenkas que tanto abundaban en las sentadas pacifistas, un adorno facial y una prenda que no hacían bonito pero bien que abrigaban, han dejado su lugar en las fotografías que acompañan en el periódico a las noticias de las revueltas y los disturbios callejeros a los recortados bigotes y los carísimos trajes que luce la gente de posibles: puede que las manifestaciones y algaradas de los partidos de derechas tengan un sentido político, no digo yo que no, y hasta una justificación ética, pero me temo que se mire como se mire la cosa no hay por dónde cogerla desde el punto de vista estético.

domingo

Hamburguesa vegetal


El hombre es un animal omnívoro, es decir, come de todo, pero hay hombres que sólo comen vegetales. A estos hombres se les llama vegetarianos y no hay que confundirlos con los enfermos de vegetaciones. Se pueden tener vegetaciones y ser o no ser vegetariano: son dos circunstancias que se dan de forma independiente en las personas. Un vegetariano, desde luego, no es un enfermo.
Voy a romper una lanza en favor de los vegetarianos. Un tipo que, con tal de no traicionar sus ideales, se arriesga a sufrir las burlas de sus compañeros de mesa cuando pide una ensalada de col en el restaurante, en lugar del buey asado que han encargado los demás, merece nuestra admiración y, por qué no, nuestro respeto. Ser vegetariano no es un pecado, sino una opción, como ser homosexual, por ejemplo, o como votar al centro reformista.
Ser vegetariano, decía, es una opción, pero no es la opción que yo he escogido. Las únicas ensaladas que me parecen divertidas son las ensaladas de tiros de las películas. Un cow-boy vegetariano tendría los días contados al oeste del río Pecos. No se puede entrar en una taberna de Tejas y pedir una ensalada y no se puede entrar en el ‘saloon’ y pedir un vaso de leche. La leche, aunque proviene o mana de la vaca, es una bebida bastante vegetariana.
Los vegetarianos son unos hombres muy contradictorios. No matan animales para comer ni para divertirse, pero sí plantas, que también son seres vivos y están mucho más indefensas. Yo nunca como nada que no sea capaz de comerme a mí si le doy la espalda. Es una cuestión de principios. (En la carta de algunos restaurantes ofrecen hamburguesas vegetales, dos palabras que suenan muy mal en la misma frase: hablar de hamburguesas vegetales es como hablar de inteligencia militar o de libertad condicional.)
Los vegetarianos son devotos de una religión que obliga a sus fieles a renunciar a la carne y al pescado. La Historia nos ha enseñado que el fundamentalismo religioso es malo, pero nosotros hemos olvidado la lección. Pido desde aquí a los vegetarianos y vegetarianas del mundo que recapaciten. Nos ha costado mucho alcanzar el puesto que ocupamos en la cadena trófica: no lo vamos a tirar todo por la borda ahora.

viernes

Hagan patria


Si todos hiciéramos lo que debemos en lugar de lo que nos viene en gana, las cosas, y ustedes ya saben a lo que me refiero, nos irían mucho mejor de como nos van ahora. Si los niños invirtieran en hacer algo productivo todo el tiempo que pierden en jugar a las canicas y en ver la televisión, por ejemplo, no me cabe pero que ninguna duda de que esta sociedad crecería más deprisa. Si utilizáramos a las mascotas como alimento en vez de limitarnos a acariciarlas y a volcar en ellas nuestros instintos maternales, en el caso de que nos hayamos quedado solteras, estaríamos más cerca de solucionar el problema del hambre en el mundo.
Si los artistas plásticos se dedicaran a encalar paredes en lugar de a embadurnar costosos lienzos con carísimas pinturas de colores, nuestros pueblos serían más blancos y en las salas de exposiciones quedaría más espacio para los ricos y nutritivos canapés. Si los niños y jóvenes no perdieran sus años dorados yendo a clase y empollando y se pusieran a trabajar cuando el Señor les da uso de razón, los creyentes, o cuando pueden mantenerse en pie, los otros, nuestras fábricas serían mucho más productivas y a los seductores de mediana edad no les haría falta preguntarle a las nenas en los bares si estudian o trabajan.
Si los adolescentes consagraran a arar y abonar los campos las horas que pasan encerrados en el baño explorando sus recién estrenados cuerpecitos y haciendo Dios sabe qué cochinadas con ellos, viviríamos en un país fértil y preparado para sembrar en él semillas de patata y de futuro. Si los pobres diseñaran edificios de cincuenta plantas y transbordadores espaciales en lugar de llorar y mendigar por las esquinas, saldrían rápidamente de la indigencia y además podrían vivir en los edificios y dejar de dormir en la calle y también podrían montarse en las naves espaciales y buscar mejores esquinas para pedir limosna en otro planeta o incluso en otra galaxia.
Si los filósofos cambiaran su pluma y sus voluminosos tratados sobre moral y metafísica por picos y por palas y aprendieran a utilizar estas nobles herramientas, en las obras nunca faltaría personal y nuestro bello planeta estaría ideológicamente menos contaminado. Si los futbolistas se dedicaran a pisotear los rastrojos que queman los campesinos y a hostigar a los enemigos de la patria con el mismo entusiasmo con que golpean el balón o discuten las decisiones del árbitro, aunque si es posible cobrando un poco menos, en este país no habría incendios forestales y los arriba citados enemigos nos temerían y respetarían más y tendrían mucho cuidado de no acercarse nunca, pero nunca, por un campo de fútbol.

jueves

Riesgo y deporte


Yo, y hablo en primera persona porque soy la primera persona que se me ha venido a la cabeza, no estoy de acuerdo con eso que dice la gente de que el deporte es una cosa muy sana. Cada vez que me doy una carrerita para coger el autobús o huir de un acreedor experimento unos síntomas que me parecen de lo más preocupante: sudores, dificultad para respirar, dolor agudo en el costado y hasta algún calambre en mis naturalmente bien torneadas pantorrillas. A veces he llegado incluso a echar las potas, expresión que, para los que no están familiarizados con el lenguaje médico, significa vomitar.
Se supone que el deporte, como el consumo inmoderado de yogur, alarga la vida, pero ni las ancianas vestidas de negro que se sientan a tejer en la puerta de sus casas en los pueblos del interior de la península ni los obispos católicos, que son dos de los grupos estadísticos más longevos, son precisamente conocidos por su amor a la actividad física. Para asegurarnos una vida larga y libre de sobresaltos, lo mejor que podemos hacer es estarnos quietos y pasar tumbados a la bartola y pensando en las musarañas o en cualquier otro concepto filosófico y abstracto y relajante todo el tiempo que nos sea posible: si hacemos deporte nos arriesgamos a sufrir un lamentable aunque probablemente cómico accidente y a rompernos la crisma, y las fracturas de ese tipo tienen pero que muy mal pronóstico, se lo digo yo que entiendo. Se mire como se mire, y estoy firmemente convencido de que lo mejor es hacerlo por la televisión, el deporte es algo malo y desaforadamente
peligroso.
(La práctica deportiva, además de facilitar las lesiones, hipertrofia músculos tan necesarios para el día a día como el corazón, y todo el mundo sabe que un corazón demasiado grande termina por explotar. Si no, que los más viejos del lugar, que seguramente nunca hayan hecho deporte, recuerden a los más jóvenes lo que pasó con el payaso Zampo, cuyos atribulados herederos sólo pudieron repartirse una nariz roja de plástico, un espejo mugriento rodeado de bombillas y cuarenta mil pesetas mal contadas de las de entonces. Zampo murió en la flor de la vida y no tuvo tiempo de hacer carrera, aunque tal vez sea eso, el morir joven, lo que, como antes que con él ocurriera con otros personajes que también descollaron en el mundo del espectáculo y el vodevil, y me refiero a Elvis y al Che Guevara, le haya convertido en la fabulosa e inquietante leyenda que es hoy en día y que tanto ha dado y dará que hablar.)
De entre todos los deportes, los peores son los llamados deportes de riesgo, como si esa expresión no encerrara una obvia redundancia en sí misma, que consisten en subir al Everest haciendo el pino o en tirarse a un río seco desde un puente con un peso atado a los tobillos. Cientos de alpinistas regresan a diario del Himalaya con medio cuerpo gangrenado por el frío y una extraña sonrisa en el rostro y reciben satisfechos los parabienes del médico que se ocupa de amputarles los dedos de los pies, que les asegura con una o dos palmadas en la espalda que acaban de prolongar su vida en un par de felices años: debe de ser porque soy sedentario y el corazón no me riega bien lo que son las meninges, pero les juro por lo que más quiero que no le encuentro la lógica a estas cosas por ninguna parte y que incluso he empezado a perder la fe y a dudar de que en realidad la tengan o en alguna lejana y caprichosa ocasión la hayan tenido.

Militar y obligatorio


Hoy voy a reivindicar el servicio militar, obligatorio, claro, porque algo que no es obligatorio no es militar ni es nada. Desde que no obligamos a nuestros jóvenes a hacer cosas, éstos, los jóvenes, nos han perdido el respeto y nos toman por el pito del sereno y se pasean por ahí pidiendo limosna con un perro y una flauta: donde estén los marciales pífanos y las cornetas que se quiten el resto de los instrumentos de viento, y donde esté la cabra de la legión que se quiten los famélicos cánidos callejeros.
La figura autoritaria del sargento es tan importante en el desarrollo afectivo y moral de la persona como la del padre y bastante más que la de la madre: quien llega a la madurez sin haberse visto forzado a obedecer a ciegas todo tipo de órdenes arbitrarias y sin sentido no está preparado para incorporarse al moderno mercado laboral, y quien no ha tenido la oportunidad de dormir en un barracón con otros ochenta veinteañeros de sudados pies y ronca respiración jamás sabrá apreciar la soledad y los placeres de la vida
hogareña.
La mili siempre ha sido la excusa ideal para salir del pueblo y conocer mundo, si es que a un cuartel en Melilla se le puede llamar mundo, y tener las primeras experiencias con el demonio, que se ocupa de cargar las armas de fuego antes de los desfiles y maniobras, y con la carne, que aguarda en esa especie de bares con lucecitas que nunca faltan cerca de los campamentos militares y las residencias de la tercera edad, pero los tiempos han cambiado y ahora cada uno tiene las experiencias iniciáticas por su cuenta y riesgo y a lo loco, y estarán ustedes de acuerdo conmigo en que eso ya no es lo mismo, sino algo bastante más prosaico y ajeno a lo que siempre ha sido España.
Llamo desde aquí a los que detentan el poder legislativo, lamentablemente, por cierto, separado de los poderes ejecutivo y judicial, a que tomen las medidas necesarias para que la mili vuelva a nuestras vidas. Jurar bandera, independientemente de lo higiénico o no que nos pueda parecer como acto físico, es una cosa la mar de bonita y no debemos privar de ella a nuestra alegre juventud, aunque jurar sea un pecado y de los gordos, que lo es. En la mili, los chicos se hacen hombres: el mundo está lleno de ajados cuarentones que se comportan y visten como adolescentes y creo que deberíamos preguntarnos si la moderna moda del ejército profesional y la vieja y cobarde objeción de conciencia no tienen algo que ver con ello.

viernes

El pelo


Todos tenemos pelo, unos más que otros, excepto los aquejados de enfermedades con las que uno lo pierde todo, todo el pelo, y los partidarios de la depilación integral, que es un trance de lo más doloroso, aunque pasar por él pueda resultar deseable o hasta imprescindible dependiendo del criterio estético y las costumbres sexuales de cada uno. El pelo se distribuye de manera caprichosa en los cuerpos de las personas y cubre variables extensiones de la piel de la cabeza, el tronco y las extremidades de éstas, las personas, sin que la Ciencia haya conseguido averiguar hasta ahora
para qué.
Con los años, el pelo se nos cae, también a unos más que a otros, de la azotea como las hojas caen de los árboles y nos brota, como una enfermedad contagiosa, en lugares tan impropios como los hombros y tan inaccesibles para la maquinilla de afeitar como la espalda: cuando el poeta rajaba de los agravios de la edad, estoy seguro de que se refería a esto y sólo a esto. El poeta, por cierto, ya que ha salido el tema, se ha valido del pelo para componer algunas de sus más memorables metáforas, como la que habla de no tener ni un pelo de tonto y la que dice aquello otro de no te pases ni
un pelo.
Hay una próspera industria que florece alrededor del pelo: los barberos nos cobran por cortarlo y las esteticistas por arrancarlo empleando una espátula y cera derretida, los cirujanos plásticos por tratar de reponerlo allá donde no queda y los laboratorios cosméticos por devolverle con tintes el juvenil color que un día tuvo. Se puede decir que el culto al pelo es el motor de nuestra economía y lo que permite que crezca nuestra patria, aunque hacerlo, o sea, decirlo, sería exagerar o directamente mentir como bellacos, colectivo social éste que se caracteriza entre otras cosas por el poco apego de sus miembros a la verdad.
No tengo claro si el pelo es una cosa buena o una cosa mala desde el punto de vista ético. Nos hace parecer jóvenes cuando aún lo somos, pero encanece y cae y nos deja en evidencia cuando llegamos arrastrándonos a la vejez: a eso se le puede llamar sinceridad capilar o se le puede llamar crueldad gratuita y hasta brutalidad policial. Los pelos de las rubias son como hilos delatores que se adhieren a las chaquetas de los ejecutivos infieles provocando, precisamente, que se les caiga el pelo en casa: a eso se le puede llamar justicia erótica o se le puede llamar negra traición, pero, dejando a un lado la semántica, es una guarrada que sin ninguna duda hará muy infelices tanto al ejecutivo como a su mujer como a las pobres chicas rubias que no sabían nada.

Niños


Una de las mayores ventajas de ser niño es que uno no es legalmente responsable de sus actos, y uno de los mayores inconvenientes es que nadie le avisa a uno de que no es legalmente responsable de sus actos. Si yo hubiera sido consciente del abanico de oportunidades que se abría ante mis recién estrenados ojos durante mi niñez, no les quepa duda de que habría sabido sacar partido de la situación ni de que ahora no estaría aquí escribiendo tonterías sino tomando el sol tumbado a la bartola junto a la enorme piscina de una de mis mansiones señoriales, que, como todo el mundo sabe, son las mejores mansiones.
La infancia es el momento más propicio para amasar una fortuna, y no es necesario ser Joselito o Marisol para hacerlo: basta con carecer de escrúpulos, y me temo que los niños, en general, salvo honradas y honrosas excepciones, nunca han sido unos tipos demasiado melindrosos. El niño es un discapacitado por razón de edad que goza, en el mejor sentido de la palabra, de unos privilegios que no estoy seguro de que se merezca y que me consta que no ha hecho nada para ganarse: el día, espero que lejano, en que sean conscientes de su superioridad legal sobre el resto de los hombres, los colegiales dominarán la Tierra.
Para un niño, robar pensando en el día de mañana es lo mismo que estudiar pensando en el día de mañana, con la diferencia de que si mete la pata en un examen lo pueden suspender pero si comete un delito y lo cogen no lo pueden meter en la cárcel. El crimen perfecto no es aquel tras el cual no es posible pillar al culpable, sino aquel otro tras el que da igual si se le pilla o no se le pilla porque no hay forma de castigarlo. El niño, tal y como están las leyes, es el delincuente ideal: una pequeña máquina infalible de robar, matar y extorsionar que además cabe por cualquier butrón o conducto de aire
acondicionado.
Todos los niños, todos, mienten como bellacos, y lo hacen constantemente y sospecho que lo harían sin pestañear ante un tribunal, pero nosotros preferimos decir que lo que pasa es que son fantasiosos e imaginativos, y para colmo les aplaudimos por serlo y les regalamos caramelos y les damos amistosos cachetitos en sus mofletes de delincuente satisfecho. Según la Ley, todos somos inocentes hasta que se demuestra lo contrario, salvo los niños, que siempre, hagan lo que hagan, resultan absueltos y son liberados cual teléfono móvil, aunque se les coja con sus infantiles manos en la masa y se pruebe más allá de cualquier duda razonable que son más culpables que Landrú.

jueves

Coros y danzas


Con tanta Europa y tanta democracia y tanta guasa nos estamos quedando sin referentes estéticos. Nuestro acervo cultural se empobrece cada día un poco más, como los jugadores de bolsa sin vista, la dieta de los vegetarianos o la economía de los países del Tercer Mundo. Hoy voy a hablar sobre un tesoro artístico y monumental que siempre ha estado muy presente en nuestras vidas y que por desgracia hemos perdido de manera tal vez irremediable: por supuesto, y como los más despiertos de ustedes probablemente ya habrán adivinado, me refiero a los bailes regionales.
Hasta hace poco, y eso me gustaba, no había en este país fiesta popular sin su jota o su sardana, dependiendo de en qué zona de la geografía patria se celebrara el evento, ni tranquila mañana de sábado ante el televisor sin sus coros y sus danzas. No había mozo ni muchacha que no guardara en su armario uno o dos trajes o vestidos típicos de su tierra y que no se sintiera orgulloso de lucirlos los domingos ni pueblo grande o pequeño sin su esforzada y nutrida agrupación folclórica. Entonces las cosas estaban más claras y uno podía saber de dónde era un desconocido simplemente fijándose en su forma de bailar: ahora sólo se puede saber, y no es poco, qué tipo de droga ha tomado.
Aquí ya no hay un dios que toque la gaita, la bandurria o el laúd, que son instrumentos nobles cuyo sonido hace exaltarse simultáneamente, como debe ser, los espíritus regional y nacional, y pocos de nuestros estudiantes podrían decir a la primera y sin tartamudear cuál es el baile típico de su provincia, en el suponer de que a alguien se le ocurriera preguntárselo. Hoy las niñas se apuntan a clases de aerobic o de lambada, que, como todo el mundo sabe, es un ritmo prohibido, en lugar de aprenderse los recatados pasos de las sevillanas, y los niños, si es que el ir a colegios mixtos no les ha sumido en una incapacitante crisis de identidad sexual, quieren ser doctores en filosofía o jugadores de baloncesto en lugar de soñar despiertos y dormidos con ser toreros, como
Dios manda.
El día en que los jóvenes escuchen a los ancianos y aprendan de ellos a hacer ese simpático ruido con una cuchara y una botella de anís, el día en que las chicas cambien sus provocativos tops y minifaldas por las viejas polainas y los castos pero femeninos refajos, el día en que los hombres dejen de beber ginebra y de fumar canutos y vuelvan a colocarse con la sidra y el vino de toda la vida mientras ven a las mozas bailar en corro, ese día, que por fortuna para los rojos y los masones y por desgracia para todos los demás presumo bastante lejano, ese día, decía, volveremos a ser el soleado imperio que en el pasado fuimos.

viernes

El pensamiento de las plantas


Que me perdonen los ecologistas, pero a mí las plantas me parecen los seres más inútiles de la creación, mucho más que los microbios y por lo menos tanto como las folclóricas. Hablo con conocimiento de causa: en mi loca juventud, y bajo los efectos desinhibidores de la droga, traté de entablar conversación con alguna de ellas, quiero decir, con alguna planta, y jamás obtuve respuesta por su parte, de manera que cada potencial diálogo quedó reducido a simple y poco enriquecedor monólogo. Es cierto que cuando me hallaba en esas condiciones otros seres vivos, como por ejemplo las mujeres, también se negaban a contestarme e incluso huían de mí, pero siempre me dio la impresión de que, si hubieran querido, me refiero a las mujeres, habrían podido dar réplica a mis beodos argumentos, y de un modo bien contundente, y con frecuencia advertí un brillo inteligente en sus asustados ojos.
Creo que la prueba definitiva de la necedad de los miembros del reino vegetal es el comportamiento de los girasoles: mirar cara a cara al Astro Rey siempre ha sido una cosa como de tonto del pueblo, y si al tonto del pueblo sus paisanos le han otorgado ese cargo y distinguido con ese apelativo será por algo. No se puede esperar nada sensato de un girasol ni hay forma de llegar a un entendimiento con una patata o una calabaza: ni siquiera es posible amaestrarlas como a las pulgas, que son los bichos con menos recursos cognitivos que hay. El único animal cuya fama de burro se acerca o aproxima a la de los vegetales es el chorlito, a quien la ciencia y el imaginario popular atribuyen una fuerza mental comparable a la del alcornoque.
A las personas con escaso entendimiento y pocas luces se les llama membrillos, y hay una poderosa razón detrás de este hecho. Las plantas nos superan ampliamente en número y a pesar de ello no han conseguido dominar el mundo, que hoy por hoy sigue en nuestras manos. Dicen que hace cien años uno podía cruzar España saltando de árbol en árbol, suponiendo que fuera dado a hacer tales cosas, pero hoy para ver a un bobo y poco cultivado vegetal en vivo y en directo hay que mirar en un tiesto y asegurarse de que las hojas no son de plástico, aunque, y es una verdadera lástima y probablemente una injusticia que así sea, el material de que están hechos no afecta en lo más mínimo al rendimiento intelectual de los geranios.

lunes

Países


En este mundo hay países grandes, países pequeños, países bonitos y feos, países amigos y países enemigos, países dentro de otros países. Esté uno donde esté, a no ser que nade en medio del océano, puede apostar a que está pisando el suelo de un país. Lo cual será, sin duda, tomado como una ofensa por los grupos nacionalistas: pisar las cosas, por muy moreno que esté uno y mucho garbo que le eche al pisotón, siempre ha sido una falta de respeto.
Me he estado informando y sé que no hay que confundir un país con una nación, aunque todavía no he entendido dónde está la diferencia. Tampoco hay que confundir el país con la Patria. Sólo hay dos tipos de patrias: la Patria y la patria chica. Los militares están obligados a darlo todo por la primera, pero no sé qué proporción de ese todo deben dar por la segunda: no hice la mili por falta de agallas y no conozco las interioridades del ejército.
Seguro que todo esto de la Patria y la nación es muy sencillo, pero yo no termino de verlo claro. Y eso que todavía no hemos hablado del pueblo. ¿Qué es un pueblo? Para algunos es abrir una ventana en la mañana y respirar y para otros es un sitio lleno de casitas blancas: todo es según el color del cristal con que se mira. Creo que lo mejor es mirar las cosas a pelo, sin cristal: eso no quiere decir que tengamos que abrir una ventana en la mañana y respirar, sino, más bien, todo lo contrario.
A los nativos de un país se les llama paisanos, siempre y cuando sean nativos del mismo país que uno. Si el país del que son nativos los paisanos es Estados Unidos, se dice que son ciudadanos americanos. A los habitantes de una ciudad, sea cual sea, también se les llama ciudadanos. Los ciudadanos no están obligados a darlo todo por su ciudad ni por su Patria: basta con que paguen sus impuestos. A no ser que se empadronen en Andorra: en ese caso se les considera ciudadanos del mundo y se les exime de sus obligaciones fiscales.

Deconstrucción


Entiendo de cocina, y por eso sólo como cosas deconstruidas. Es un problema, ya que, aunque entiendo de cocina, no soy muy bueno deconstruyendo: no es lo mismo saber de relojes que ser relojero. (En esta metáfora yo sería el que sabe de relojes y Ferrán Adriá, por ejemplo, el relojero. Los relojes serían la comida. Eso no quiere decir que yo coma relojes: no lo hago ni lo haría aunque fueran relojes blandos como los de Dalí. Pongan un poco de su parte y nos ahorraremos los malentendidos y las
explicaciones.)
Los tiempos y el menú están cambiando. Lo importante ya no es que la comida sea abundante, como opinaba el hombre medieval, ni que sea equilibrada, como creía el hombre del siglo XX. Lo importante es que esté deconstruida. Si usted va a un restaurante y quiere un filete con patatas, puede pedirlo, siempre que no parezca que pide un filete con patatas. Puede usted pedir, por ejemplo, espuma de filete con aire de patatas, aunque si traga aire probablemente tenga problemas de gases.
Sólo me gusta la comida deconstruida. Si me sirven, por ejemplo, unos huevos con chorizo sin deconstruir, pueden estar seguros de que no los probaré, por mucha hambre que tenga, y a la hora de comer suelo tenerla. Hambre. Los huevos con chorizo, es cierto, forman parte de nuestra tradición, pero a los que entendemos de cocina no nos gusta la tradición, sino la vanguardia, es decir, no nos gustan los huevos con chorizo, sino otra cosa. En cocina no debemos mirar hacia el pasado, sino hacia el futuro. Hacia el segundo
plato.
Hoy no se come para crecer, que es para lo que, como todos los niños saben, se ha comido siempre, sino para quedar bien. La comida debe entrar por la vista y, sobre todo, le debe entrar por la vista al vecino. Dime lo que comes y te diré, más o menos, lo que ganas. Comer es una forma como otra cualquiera de aparentar. Comer, hoy en día, sólo es fingir que se come.

Guerra


La guerra es el estado natural del ser humano: casi todos los países están casi siempre en guerra. Eso no quiere decir que la guerra sea buena: no todo lo natural es bueno ni todo lo artificial es malo. La muerte natural es tan definitiva como la otra muerte y la respiración artificial ha permitido a los médicos y a las enfermeras salvar muchas vidas a lo largo de la Historia. Mal por la muerte natural, bien por los médicos, las enfermeras, los celadores, el resto del personal hospitalario, la respiración artificial y la respiración asistida.
Decir a estas alturas que las guerras son inútiles es una redundancia, pero es verdad. Lo que no es verdad es que las guerras no las gane nadie: las ganan los petroleros y los fabricantes de armas, que son esos señores gordos que viven rodeados de chicas en biquini. Tal como está el mundo, lo mejor que puede hacer uno es invertir en vivienda o en bombas que destruyan las viviendas: dos negocios seguros.
Necesito un socio capitalista para montar una fábrica de armas o una inmobiliaria. Engordaremos juntos y viviremos rodeados de chicas en biquini que se comportarán como si no hubiéramos engordado: la erótica del poder es la erótica del poder. Fumaremos habanos y tomaremos daiquiris tumbados junto a la piscina. Odiaremos a los pacifistas y miraremos con condescendencia a los pequeños y medianos comerciantes, a los que veremos como copias honradas e imperfectas de nosotros mismos.
Cada uno cuenta la guerra como le ha ido en ella, y para que las cosas vayan bien lo más inteligente es ponerse del lado de los que siempre ganan: un club exclusivo en el que no nos aceptarían ni a Groucho Marx ni a mí, ni probablemente a ustedes, a no ser que ustedes sean chicas en biquini. En ese caso me gustaría que nos viéramos en persona para hablar de éste y de muchos otros temas: hay que abrir un debate social para acabar con las guerras y con el resto de las lacras de nuestro tiempo.

viernes

Bomberos


Sólo hay dos seres en la creación que corran hacia el fuego en lugar de huir de él: las polillas, en el extremo inferior de la escala evolutiva, y los bomberos, por supuesto, no hay más que verlos, en el superior. Pero mientras que las primeras hacen lo que hacen llevadas por su ciega memez, los segundos se mueven empujados por su valor y sus ideales. Cada vez que veo un bombero, y dado que cuando gritan fuego yo tiendo a huir en la dirección contraria a aquella de la que proviene el grito, me siento tan abyecto como una polilla, aunque bastante más inteligente que ésta.
El bombero es como un jardinero con testosterona que utiliza su manguera para apagar las feroces llamas en lugar de regar las mansas flores. Ambos profesionales comparten estatus de mito erótico con el fontanero, ya que la gente de todas las culturas tiende a hacer asociaciones mentales tanto entre herramientas y órganos sexuales como entre profesiones y actividades amorosas, pero de los tres, fontanero, jardinero y bombero, es éste el que goza de un mayor predicamento entre los miembros del sexo débil, probablemente en parte porque el peligro es una cosa que excita mucho, en parte porque todos los hombres estamos guapos de uniforme y en parte porque su sueldo, gracias al plus de peligrosidad, es el más alto.
Nunca he tenido vocación de héroe ni ganas de palmarla en un incendio, de manera que, ni siquiera en la infancia, que es cuando uno es más proclive a fantasear con estas cosas, se me ha pasado por la cabeza la idea de ser bombero, tal vez porque algún pariente protector acertó a decirme o explicarme a tiempo eso tan cierto y tan acojonante de que quien juega con fuego termina por quemarse, pero admiro y respeto, por muchas razones, a los miembros de este gremio, el de los bomberos, y he de reconocer que envidio sus velludos torsos y sus abultados bíceps, que son dos atributos que molan un montón, no como los velludos bíceps y los abultados torsos, que no molan nada.
Los bomberos, a pesar de su nombre, no son unos hombres que ponen bombas, sino algo que se parece mucho a todo lo contrario. Por ése y por varios otros motivos, como su sobrehumana habilidad para trepar por una cuerda o su talento para abrir puertas blindadas con una radiografía, se han hecho merecedores de nuestro homenaje y deben ser objeto del aplauso y la veneración de todos, por más que tengan derecho a allanar nuestras moradas en cuanto vean humo y por más que nos despierten, ellos sabrán por qué humanitaria razón, una noche sí y otra también haciendo sonar esas escandalosas y absurdas sirenas.

Viajar


No entiendo cómo a la gente le puede gustar viajar, con lo barato que es quedarse en casa. El poeta dijo que como en casa no se está en ninguna parte, y yo estoy completamente de acuerdo con esa afirmación. En casa no te roban las maletas, no hay lugareños hostiles, no te pierdes a no ser que vayas muy mamado y no te cobran seis eurazos por un pincho de tortilla. Es verdad que tampoco hay playas paradisíacas, a no ser que uno viva precisamente junto a una playa paradisíaca, ni museos, a no ser que uno sea la baronesa Thyssen, pero suele haber una bañera a cuyo grifo de agua caliente ya le tenemos cogido el truco y un bonito tapiz con una escena de caza colgado en la pared del comedor.
Si lo que usted quiere es ver mundo, puede comprarse un libro con fotos o ponerse un documental del National Geographic, una organización altruista formada por hombres que se dedican a viajar a países exóticos y a fotografiar todo lo que allí ven para ahorrarnos el trabajo a nosotros. Si lo que quiere es probar comidas raras, deje que cocinen sus hijos pequeños, si lo que desea es conocer gente, baje al bar, y si lo que le apetece es ver animales salvajes, eche un vistazo detrás de mi nevera. ¿Por qué salir a buscar fuera lo que tenemos al alcance de la mano?
Nos ha costado demasiado trabajo convertir este país en un lugar civilizado como para renunciar a sus comodidades e ir a pasar quince días al segundo o al tercer mundo. (Los mundos se numeran por orden de confortabilidad, y el tercero es el menos cómodo de todos.) Es cierto que podemos visitar países más avanzados que el nuestro, pero allí nos miran como si viniéramos de África y nos ofrecen los trabajos que ellos no quieren hacer, que son, salvo bien pagadas excepciones, aquellos en los que se suda o en los que hay que agacharse.
Nunca me he sentido extranjero en mi propia ciudad, algo que, según los testimonios de los que lo han experimentado, debe de ser horrible, pero me he sentido extranjero en otras ciudades y les aseguro que tampoco es muy agradable. En una ciudad extraña uno no sabe dónde están las cosas, quién es el que manda y en qué dirección debe correr si hay algún problema, que probablemente lo haya. Los exiliados no hacen más que llorar y lamentarse y decir que quieren volver a casa, y nosotros pagamos una pasta, porque viajar no es barato, a no ser que vaya uno a dedo y con la mochila al hombro, por exiliarnos: no me digan que no es raro.

Obras


Por alguna extraña razón, todo, la ciudad, el país y probablemente el mundo, está en obras. Las calles son tomadas por albañiles que cavan profundas zanjas que bien podrían servir como trincheras, los campos se pueblan de grúas que levantan muy urbanos edificios, los ayuntamientos conceden licencias a troche y moche (y a los constructores) y los vecinos deciden al unísono cambiar sus suelos de gres por otros de parqué y derribar las paredes que los separan de sus familiares más cercanos: parece que no nos gusta el paisaje que vemos y queremos borrarlo y pintar en su lugar otro que seguramente vaya a ser más moderno y funcional, si es que un paisaje puede ser tales cosas, que yo creo que no, pero que de momento sólo resulta más molesto y más ruidoso.
No sé si pecamos de pensamiento y palabra, pero desde luego lo hacemos de obra, y más por exceso que por defecto. Si al hombre se le conoce por sus obras, a nuestro contemporáneo se le va a conocer exhaustivamente en el futuro. Los arqueólogos de dentro de diez siglos se van a poner las botas con nosotros, en el mejor sentido de la expresión: estamos dejando más huella en el planeta que los egipcios, los mayas y los dinosaurios juntos. Un día, y no me refiero al de mañana sino a uno un poco más lejano, alguien excavará en alguna parte y encontrará los restos perfectamente conservados de una vivienda unifamiliar adosada. Si está bien informado sobre la arquitectura de nuestro siglo, cavará al lado y encontrará otra idéntica.
El hombre moderno es un ser paradójico que destruye todo lo que ve a su alrededor para construir todo lo que ve a su alrededor. No sólo ha perdido el respeto por la obra de la madre Naturaleza, que no hay más que una y a la otra mi padre la encontró en la calle, sino que también lo ha perdido por su propia obra, que declara en ruinas y derriba a las primeras de cambio. Nos esforzamos como burros en rehabilitar a los delincuentes, que, unos más que otros, algo habrán hecho, y no movemos un dedo para arreglar las fachadas, que estaban ahí quietecitas sin meterse con nadie.
No seré yo el que niegue que echar abajo muros es divertido, sobre todo si uno utiliza una de esas bolas gigantes de acero, que cavar hoyos desahoga y ejercita tanto los músculos del tren superior como los del inferior, que la correcta colocación de ladrillos es un arte y una ciencia y que el trabajo de los albañiles es un espectáculo incomparable del que han disfrutado como felices niños los jubilados de todas las épocas, pero creo que nos estamos pasando un poco de la raya con tanto ruido y tanta zanja y tanta licencia y tanta carretera y tanto pantano y tanta obra y tanta gaita.

Tabaco


No sé si estoy a favor o en contra de la ley antitabaco: me gusta ver sufrir a la gente y sé que con esta ley la gente lo hace, sufrir, pero detesto que me prohiban cosas. Se supone que no debo fumar porque es malo para mi salud y la de los que me rodean. Cuando me rodean me pongo muy nervioso: me acuerdo de esa película en la que los indios rodean al Séptimo de Caballería y no dejan títere con cabeza ni soldado con cabellera. Si el tabaco me ayuda a evitar que me rodeen, estoy a favor del
tabaco.
No. No nos pueden privar del incomparable placer de hacer volutas y echar el humo por la nariz. El humo es lo más digno que un ser humano puede echar por la nariz o por la boca. No nos pueden impedir esperar fumando al hombre que yo quiero, sobre todo ahora que está en glorioso vigor la ley de matrimonios homosexuales. Somos un país moderno: aquí un hombre puede casarse con otro hombre y una mujer puede casarse con otra mujer siempre que el padrino de la boda no reparta puros durante el
banquete.
A partir de hoy no podremos fumar después de hacer el amor, sobre todo si hacemos el amor en un lugar público, y tampoco podremos abandonar el domicilio familiar con la excusa de salir a por tabaco. No podremos ofrecer fuego a una chica para ligar con ella, lo cual, bien mirado, nos ahorrará más de un chasco y más de dos. Si vamos a la cárcel, y tal y como se está poniendo la cosa lo más probable es que tarde o temprano vayamos, los amigos y familiares no nos podrán llevar tabaco los fines de semana.
La ley antitabaco reduce de forma drástica el abanico de cosas que podemos hacer en la vida. Hagamos lo que hagamos, no luciremos en el trance un relajante cigarro entre los labios, a no ser que el cigarro esté apagado. No somos polvo, aunque probablemente nos convirtamos en polvo algún día: somos humo, o al menos hasta ahora lo éramos. Si ustedes son andaluces y le hacen caso a la letra del himno de su Comunidad, querrán volver a ser lo que fueron y fumarán. Fumarán.

Exámenes


Echo de menos los exámenes por la misma razón por la que echo de menos las vacaciones de tres meses o los muñecajos de La Bola de Cristal: porque entonces era más joven y tenía muchas menos responsabilidades. Si me pillaban haciendo trampa en un parcial, me suspendían y punto: si ahora me cogen engañando a la Seguridad Social o a Hacienda me puede caer un paquete bastante más gordo. No hay nada como ser insolvente y menor de edad para escapar del largo brazo de la Ley: la juventud es la edad dorada del hombre por eso y sólo por eso, digan lo que digan los poetas.
De entre todos los exámenes que he tenido que superar, guardo un recuerdo especialmente grato del de Selectividad. Es estupendo que un tribunal decida por ti cuál va a ser tu futuro: siempre me ha costado mucho tomar determinaciones tan importantes. Nunca he tenido una vocación clara, y elegí mi carrera de entre las más fáciles a las que podía acceder con la nota que había sacado. Reconozco que aprobé copiando, empollando con apuntes prestados e hipnotizando con la mirada a las profesoras más sensibles a este tipo de magia. ¿Que no?
Dejé muy pronto de ponerme nervioso en los exámenes, por una cuestión de estética y porque la idea de suspender y en consecuencia alargar mi vida de estudiante no me parecía tan desagradable. De hecho, me las he apañado para seguir haciendo vida estudiantil después de terminar la carrera, lo cual me ha ayudado a mantener este lozano aspecto pero me ha impedido convertirme en un hombre de provecho con tarjeta Visa, familia e hipoteca. La vida bohemia es cómoda, pero poco lucrativa: si lo que quieren es ganar dinero, olvídense de las camisetas de rayas y las fiestas en coquetos
áticos.
No entiendo la prisa de nuestros jóvenes por incorporarse al mercado laboral, que es el mercado más negro que conozco. (Tampoco entiendo este pánico a los exámenes: a mí me encanta que me examinen, sobre todo si lo hace una doctora vestida de conejita con un fonendoscopio con forma de corazón.) El poeta dijo, y creo que aquí acertaba, que con la prisa no se va a ninguna parte. Yo prefiero llegar el último a la madurez, a la vejez y sobre todo a la muerte, que según tengo entendido es un trance de lo más desagradable, mucho peor que un examen.

lunes

Marbella


Soy un hombre sin escrúpulos para lo moral y para lo sexual, que son dos cosas completamente distintas, y si me hubiera visto en la piel de alguno de los diversos y sucesivos alcaldes y concejales de Marbella habría trincado como el que más, que creo que ha sido el tal Roca. Eso no quiere decir que el bueno de Cachuli y sus satélites me caigan bien: me parecen una panda muy cutre de chorizos sin estudios ni luces, pero es que, todo hay que decirlo para evitar malentendidos, tampoco tengo una buena opinión de mí mismo. Pónganme delante una hucha del Domund y júrenme que no hay testigos y verán cómo saco de inmediato el abrelatas y qué maña me doy con él, y olviden un maletín con un par de kilos en billetes pequeños en la calle y a mi alcance y tengan la completa seguridad de que no haré el más mínimo esfuerzo para localizar a su legítimo propietario.
O sea: si algún día me presento a alcalde o a diputado y desean lo mejor para sus municipios o países, signifique esta última palabra lo que signifique, no me voten. Aunque, conociéndolos a ustedes, no me extrañaría que, a pesar de mi declaración de principios e intenciones, lo hicieran, votarme, tal y como votaron a los hoy célebres inquilinos de la aristocrática prisión de Alhaurín, sabiendo de lo que iba el tema, o sea, sabiendo de qué pie cojeaban los angelitos y de qué manera lo hacían, cojear. Porque si eligieron a esta alegre cuadrilla de bandoleros pensando, por un lado, que eran los hombres y mujeres mejor preparados para el puesto, que manda huevos, y por otro que eran honestos y se preocupaban por el bienestar de su pueblo, que también, harían mejor en quedarse en casa el día en que se celebren las próximas elecciones: a eso se le llama abstención responsable y practicarla es muestra de honradez y prueba de que existe un saludable conocimiento de las propias limitaciones.
Ya puestos a hacer el canelo, les sugiero, nunca les ordeno, que cojan el dinero de sus impuestos y tasas municipales, lo metan en un sobre con uno o dos sellos y lo remitan a mi nombre a la dirección que encontrarán en la guía telefónica: les aseguro que sabré qué hacer con él y que lo invertiré con buen criterio. Prometo no comprar ningún chalé y decorarlo con cabezas de animales muertos ni empezar una colección de relojes de lujo o gastarme una pasta en joyas para seducir a una folclórica con bigote: faltaría más, habiendo como hay cadenas y colgantes de oro, apartamentos en primera línea de playa y supermodelos postadolescentes y anoréxicas adictas al sexo y a la cocaína.

viernes

Contra el arte


A mí eso de que pintar óleos, esculpir bustos o escribir novelas sea una cosa excelsa y eso otro de que quienes lo hacen o hacemos merezcan o merezcamos que nos aplaudan y nos subvencionen por ello me parecen dos enormes tonterías. El arte es la actividad más improductiva del mundo: de hecho, incluso dudo de que sea una actividad. Sé que estoy tirando piedras contra mi propio tejado, ya que yo o soy artista o no soy nada, pero es que hoy me siento especialmente autodestructivo y además no se me ocurre otra cosa que decir, o sí, pero creo que es mejor que me la calle en beneficio de todos.
Hay muchas profesiones que respeto: por ejemplo, la de médico, la de encofrador y esa otra que consiste en arrancar con una espátula los chicles pegados en la acera. Sin las personas que desempeñan estos trabajos la vida sería mucho más difícil. Sin Goya o Velázquez, por poner a dos pintores de los que lo hacían bien, las cosas nos irían más o menos igual, y sin la mayor parte de los artistas plásticos contemporáneos las cosas nos irían bastante mejor: nadie debería estar autorizado a exponer un cuadro que no sea más bello y funcional que una pared desnuda.
Si el hombre de Altamira se hubiera dedicado a cazar bisontes en lugar de a pintarlos, probablemente hoy todavía siguiera viviendo en Altamira. El arte frena el progreso y distrae a las masas de lo que realmente importa, sea esto lo que sea. La frase ‘Escuela de Arte y Oficios’, que tantas veces encontramos rotulada en la fachada de nuestros edificios públicos, encierra una tremenda contradicción: una cosa es el arte y otra muy distinta, la opuesta, los oficios. Hablar del oficio del artista es como hablar de la muerte digna, la inteligencia militar, las hamburguesas vegetales o la libertad condicional: un contrasentido.
Me dirán ustedes que el arte sirve para entretener a la gente, pero miren lo que pasó con la liebre y la tortuga: aquélla se entretuvo más de la cuenta y tuvo que ver cómo la carrera era ganada injusta y cómicamente por ésta. Recuerden también la fábula de la cigarra y la hormiga: si quieren que sus hijos no se mueran de hambre y de frío cuando llegue el invierno y de paso les apetece vivir tranquilos y disfrutar del silencio de su hogar, impídanles que toquen la guitarra y edúquenlos para que hagan algo productivo: por ejemplo, arrancar con una espátula todos estos chicles que hay pegados en la acera.

martes

Farmacia


Hoy voy a hablar de los medicamentos, y lo voy a hacer en términos elogiosos. Eso de que te comas una píldora blanca y deje de dolerte la cabeza o de que te tragues una azul y recuperes la juventud perdida me parece cosa de magia, y tal vez lo sea. Soy un hombre enfermizo física y moralmente y a lo largo de mi vida he tomado todo tipo de pastillas y bebido todo tipo de jarabes, de los que se dispensan con receta y de los que se compran por consejo de una vecina. Tanto los unos como los otros me han parecido excelentes productos, y los efectos secundarios que me haya podido ocasionar su consumo me han resultado de lo más llevadero y en ningún momento me han hecho plantearme la triste posibilidad de suspender el tratamiento y consultar con mi médico o
farmacéutico.
Cuando entro a una farmacia se me iluminan los ojos, como a un niño en una juguetería o a un septuagenario en un sex-shop. En la farmacia encuentro el mismo consuelo que en el bar o en la consulta del psicólogo, con la ventaja de que al día siguiente me levanto fresco como una rosa y la de que no tengo que dar detalles acerca de mi vida íntima a alguien que probablemente se lo vaya a contar todo esa misma tarde a sus colegas de profesión y esa misma noche a sus compañeros de timba. El farmacéutico, también conocido como boticario, es una especie de barman con estudios y está sujeto a un código deontológico que en teoría le impide servirte prozac de garrafón. Además, lleva bata blanca, y eso hace que su noble figura me inspire mucha más confianza que la del psicólogo, que, es cierto, también tiene código deontológico.
Estoy a favor de los paraísos, tanto si son naturales como si son artificiales. Para encontrar los primeros uno tiene que viajar al Tercer Mundo, que es un lugar de lo más incómodo, pero para disfrutar de los segundos basta con buscar un camello, que es un acto de legalidad dudosa que por supuesto no recomiendo a nadie, o con llegarse a la farmacia más cercana. En los paraísos naturales suele haber hormigas y turistas, y los artificiales los disfruta uno solo con sus felices circunstancias, lo cual siempre, al menos a mi juicio, es una ventaja. Bajo al centro de salud a fingir un par de síntomas, que hoy está el médico suplente y a lo mejor pica y me receta algo fuerte que me ayude a sobrellevar esta penosa y monótona existencia.

sábado

Ciclismo


Del mismo modo que considero que el fútbol es una metáfora de la vida y que la Liga me parece un acontecimiento filosófico trascendental, tengo que decir que no entiendo el ciclismo. Opino que la bicicleta es un objeto absurdo y que montar en ella es un acto más que temerario: la ciencia ha demostrado que es imposible mantener el equilibrio en un vehículo de menos de tres ruedas, y las bicicletas, si las cuentas no me fallan, que no sé por qué van a fallarme, solamente tienen dos.
Cuando dan ciclismo por la televisión (los ciclistas tienen la extraña costumbre de programar sus carreras a la hora de comer), cambio de cadena y pongo un documental de leones. Reconozco que sí seguía el Tour en la época de Induráin, pero es que me gustaba verlo humillar a los franceses en su propia casa: cualquier persona que se dedique a hostigar gabachos cuenta y contará con mis simpatías e incondicional apoyo. Si hay algo que une y define a los españoles, sea lo que sea eso de España, es el odio africano (África empieza en los Pirineos) a todo lo que venga de Francia, excepto a los niños que vienen de París.
La bicicleta debió pasar a la Historia el día en que se inventó el motor de explosión; sin embargo, se ven docenas de ellas por la calle, lo cual demuestra que el hombre le da la espalda al progreso. La de montar en bicicleta es una práctica obsoleta y peligrosa: en un choque frontal entre una bici y un camión de cinco ejes, la bicicleta y su piloto llevan todas las de perder. No pienso aprender a montar en bici ni pienso ponerme uno de esos ajustados pantalones de ciclista, aunque estoy seguro de que esta coqueta prenda resaltaría mucho mi enorme atractivo natural.
De todos los medios de locomoción, y dejando a un lado el patinete, tan de moda hoy entre nuestra realeza y nuestros jóvenes ejecutivos, la bicicleta es el más rústico. Prefiero un millón de veces el transporte público: en un coche de línea se suda casi lo mismo que subiendo un puerto de montaña, pero si uno se cae al suelo puede tener la seguridad de que no le va a pasar otro coche de línea por encima. Además, en el autobús se conoce gente: en el que yo suelo coger para ir al trabajo se han forjado sólidas amistades y se ha concebido más de un niño que crece sano y feliz y a quien sus padres, tarde o temprano, terminarán regalando una flamante y absurda bicicleta.

miércoles

Libros


Me gustaría animar a la gente a que lea, aunque es obvio que la gente que esté leyendo esto ya lee. En la historia de la Humanidad no ha habido mejor momento para leer que el que vivimos. Hoy en día los libros son de papel: eso puede ser malo para la selva amazónica, no digo yo que no, pero es una bendición para la espalda de los lectores empedernidos, que son, qué duda cabe, los mejores lectores.
Los mesopotámicos escribían en tablillas, y cualquier libro de más de diez tablillas era un tocho imposible de manejar, ilegible. Los egipcios grababan símbolos en la piedra, de manera que el que quería leer tenía que ir a la montaña, en lugar de esperar a la montaña en casa, como hacía Mahoma. Un horror. Hoy en día nadie es mesopotámico y casi nadie es egipcio: corren buenos tiempos para la lectura.
Sin embargo, la práctica totalidad de los menores de cinco años no ha leído nunca un libro, y me temo que al menos la mitad de los mayores, tampoco. Exhorto a la gente a que lea y animo a los que no sepan hacerlo a que aprendan. Leer es mucho más fácil de lo que parece. Quien más, quien menos, todo el mundo se sabe el alfabeto: partiendo de ahí sólo hay que profundizar en los conocimientos y perseverar. La pe con la a, y así hasta el infinito.
Saber leer tiene muchas ventajas. Uno entiende las instrucciones de los electrodomésticos y le puede sacar todo el partido al televisor. También puede estudiar los prospectos de los medicamentos caducados y repasar la letra pequeña de los contratos leoninos antes de firmarlos. No me malinterpreten: es posible llegar muy lejos en la vida sin saber leer ni una palabra, muy lejos, mucho, pero esto de la lectura es como el carné de conducir: nunca viene mal.
Nunca sabe uno cuándo le van a exigir que tenga coche propio o que sepa escribir correctamente su nombre. La vida está muy difícil, y cualquier habilidad, por superflua que nos parezca, puede ser de utilidad para salir de un apuro. Lean. Háganme caso. El saber leer y escribir les hará ganar puntos sobre los que no saben: todos los menores de cinco años y, calculo, la mitad de los mayores.