
Sólo hay dos seres en la creación que corran hacia el fuego en lugar de huir de él: las polillas, en el extremo inferior de la escala evolutiva, y los bomberos, por supuesto, no hay más que verlos, en el superior. Pero mientras que las primeras hacen lo que hacen llevadas por su ciega memez, los segundos se mueven empujados por su valor y sus ideales. Cada vez que veo un bombero, y dado que cuando gritan fuego yo tiendo a huir en la dirección contraria a aquella de la que proviene el grito, me siento tan abyecto como una polilla, aunque bastante más inteligente que ésta.
El bombero es como un jardinero con testosterona que utiliza su manguera para apagar las feroces llamas en lugar de regar las mansas flores. Ambos profesionales comparten estatus de mito erótico con el fontanero, ya que la gente de todas las culturas tiende a hacer asociaciones mentales tanto entre herramientas y órganos sexuales como entre profesiones y actividades amorosas, pero de los tres, fontanero, jardinero y bombero, es éste el que goza de un mayor predicamento entre los miembros del sexo débil, probablemente en parte porque el peligro es una cosa que excita mucho, en parte porque todos los hombres estamos guapos de uniforme y en parte porque su sueldo, gracias al plus de peligrosidad, es el más alto.
Nunca he tenido vocación de héroe ni ganas de palmarla en un incendio, de manera que, ni siquiera en la infancia, que es cuando uno es más proclive a fantasear con estas cosas, se me ha pasado por la cabeza la idea de ser bombero, tal vez porque algún pariente protector acertó a decirme o explicarme a tiempo eso tan cierto y tan acojonante de que quien juega con fuego termina por quemarse, pero admiro y respeto, por muchas razones, a los miembros de este gremio, el de los bomberos, y he de reconocer que envidio sus velludos torsos y sus abultados bíceps, que son dos atributos que molan un montón, no como los velludos bíceps y los abultados torsos, que no molan nada.
Los bomberos, a pesar de su nombre, no son unos hombres que ponen bombas, sino algo que se parece mucho a todo lo contrario. Por ése y por varios otros motivos, como su sobrehumana habilidad para trepar por una cuerda o su talento para abrir puertas blindadas con una radiografía, se han hecho merecedores de nuestro homenaje y deben ser objeto del aplauso y la veneración de todos, por más que tengan derecho a allanar nuestras moradas en cuanto vean humo y por más que nos despierten, ellos sabrán por qué humanitaria razón, una noche sí y otra también haciendo sonar esas escandalosas y absurdas sirenas.