domingo

Hamburguesa vegetal


El hombre es un animal omnívoro, es decir, come de todo, pero hay hombres que sólo comen vegetales. A estos hombres se les llama vegetarianos y no hay que confundirlos con los enfermos de vegetaciones. Se pueden tener vegetaciones y ser o no ser vegetariano: son dos circunstancias que se dan de forma independiente en las personas. Un vegetariano, desde luego, no es un enfermo.

Voy a romper una lanza en favor de los vegetarianos. Un tipo que, con tal de no traicionar sus ideales, se arriesga a sufrir las burlas de sus compañeros de mesa cuando pide una ensalada de col en el restaurante, en lugar del buey asado que han encargado los demás, merece nuestra admiración y, por qué no, nuestro respeto. Ser vegetariano no es un pecado, sino una opción, como ser homosexual, por ejemplo, o como votar al centro reformista.

Ser vegetariano, decía, es una opción, pero no es la opción que yo he escogido. Las únicas ensaladas que me parecen divertidas son las ensaladas de tiros de las películas. Un cow-boy vegetariano tendría los días contados al oeste del río Pecos. No se puede entrar en una taberna de Tejas y pedir una ensalada y no se puede entrar en el ‘saloon’ y pedir un vaso de leche. La leche, aunque proviene o mana de la vaca, es una bebida bastante vegetariana.

Los vegetarianos son unos hombres muy contradictorios. No matan animales para comer ni para divertirse, pero sí plantas, que también son seres vivos y están mucho más indefensas. Yo nunca como nada que no sea capaz de comerme a mí si le doy la espalda. Es una cuestión de principios. (En la carta de algunos restaurantes ofrecen hamburguesas vegetales, dos palabras que suenan muy mal en la misma frase: hablar de hamburguesas vegetales es como hablar de inteligencia militar o de libertad condicional.)

Los vegetarianos son devotos de una religión que obliga a sus fieles a renunciar a la carne y al pescado. La Historia nos ha enseñado que el fundamentalismo religioso es malo, pero nosotros hemos olvidado la lección. Pido desde aquí a los vegetarianos y vegetarianas del mundo que recapaciten. Nos ha costado mucho alcanzar el puesto que ocupamos en la cadena trófica: no lo vamos a tirar todo por la borda ahora.

viernes

Hagan patria


Si todos hiciéramos lo que debemos en lugar de lo que nos viene en gana, las cosas, y ustedes ya saben a lo que me refiero, nos irían mucho mejor de como nos van ahora. Si los niños invirtieran en hacer algo productivo todo el tiempo que pierden en jugar a las canicas y en ver la televisión, por ejemplo, no me cabe pero que ninguna duda de que esta sociedad crecería más deprisa. Si utilizáramos a las mascotas como alimento en vez de limitarnos a acariciarlas y a volcar en ellas nuestros instintos maternales, en el caso de que nos hayamos quedado solteras, estaríamos más cerca de solucionar el problema del hambre en el mundo.

Si los artistas plásticos se dedicaran a encalar paredes en lugar de a embadurnar costosos lienzos con carísimas pinturas de colores, nuestros pueblos serían más blancos y en las salas de exposiciones quedaría más espacio para los ricos y nutritivos canapés. Si los niños y jóvenes no perdieran sus años dorados yendo a clase y empollando y se pusieran a trabajar cuando el Señor les da uso de razón, los creyentes, o cuando pueden mantenerse en pie, los otros, nuestras fábricas serían mucho más productivas y a los seductores de mediana edad no les haría falta preguntarle a las nenas en los bares si estudian o trabajan.

Si los adolescentes consagraran a arar y abonar los campos las horas que pasan encerrados en el baño explorando sus recién estrenados cuerpecitos y haciendo Dios sabe qué cochinadas con ellos, viviríamos en un país fértil y preparado para sembrar en él semillas de patata y de futuro. Si los pobres diseñaran edificios de cincuenta plantas y transbordadores espaciales en lugar de llorar y mendigar por las esquinas, saldrían rápidamente de la indigencia y además podrían vivir en los edificios y dejar de dormir en la calle y también podrían montarse en las naves espaciales y buscar mejores esquinas para pedir limosna en otro planeta o incluso en otra galaxia.

Si los filósofos cambiaran su pluma y sus voluminosos tratados sobre moral y metafísica por picos y por palas y aprendieran a utilizar estas nobles herramientas, en las obras nunca faltaría personal y nuestro bello planeta estaría ideológicamente menos contaminado. Si los futbolistas se dedicaran a pisotear los rastrojos que queman los campesinos y a hostigar a los enemigos de la patria con el mismo entusiasmo con que golpean el balón o discuten las decisiones del árbitro, aunque si es posible cobrando un poco menos, en este país no habría incendios forestales y los arriba citados enemigos nos temerían y respetarían más y tendrían mucho cuidado de no acercarse nunca, pero nunca, por un campo de fútbol.

jueves

Riesgo y deporte


Yo, y hablo en primera persona porque soy la primera persona que se me ha venido a la cabeza, no estoy de acuerdo con eso que dice la gente de que el deporte es una cosa muy sana. Cada vez que me doy una carrerita para coger el autobús o huir de un acreedor experimento unos síntomas que me parecen de lo más preocupante: sudores, dificultad para respirar, dolor agudo en el costado y hasta algún calambre en mis naturalmente bien torneadas pantorrillas. A veces he llegado incluso a echar las potas, expresión que, para los que no están familiarizados con el lenguaje médico, significa vomitar.

Se supone que el deporte, como el consumo inmoderado de yogur, alarga la vida, pero ni las ancianas vestidas de negro que se sientan a tejer en la puerta de sus casas en los pueblos del interior de la península ni los obispos católicos, que son dos de los grupos estadísticos más longevos, son precisamente conocidos por su amor a la actividad física. Para asegurarnos una vida larga y libre de sobresaltos, lo mejor que podemos hacer es estarnos quietos y pasar tumbados a la bartola y pensando en las musarañas o en cualquier otro concepto filosófico y abstracto y relajante todo el tiempo que nos sea posible: si hacemos deporte nos arriesgamos a sufrir un lamentable aunque probablemente cómico accidente y a rompernos la crisma, y las fracturas de ese tipo tienen pero que muy mal pronóstico, se lo digo yo que entiendo. Se mire como se mire, y estoy firmemente convencido de que lo mejor es hacerlo por la televisión, el deporte es algo malo y desaforadamente peligroso.

(La práctica deportiva, además de facilitar las lesiones, hipertrofia músculos tan necesarios para el día a día como el corazón, y todo el mundo sabe que un corazón demasiado grande termina por explotar. Si no, que los más viejos del lugar, que seguramente nunca hayan hecho deporte, recuerden a los más jóvenes lo que pasó con el payaso Zampo, cuyos atribulados herederos sólo pudieron repartirse una nariz roja de plástico, un espejo mugriento rodeado de bombillas y cuarenta mil pesetas mal contadas de las de entonces. Zampo murió en la flor de la vida y no tuvo tiempo de hacer carrera, aunque tal vez sea eso, el morir joven, lo que, como antes que con él ocurriera con otros personajes que también descollaron en el mundo del espectáculo y el vodevil, y me refiero a Elvis y al Che Guevara, le haya convertido en la fabulosa e inquietante leyenda que es hoy en día y que tanto ha dado y dará que hablar.)

De entre todos los deportes, los peores son los llamados deportes de riesgo, como si esa expresión no encerrara una obvia redundancia en sí misma, que consisten en subir al Everest haciendo el pino o en tirarse a un río seco desde un puente con un peso atado a los tobillos. Cientos de alpinistas regresan a diario del Himalaya con medio cuerpo gangrenado por el frío y una extraña sonrisa en el rostro y reciben satisfechos los parabienes del médico que se ocupa de amputarles los dedos de los pies, que les asegura con una o dos palmadas en la espalda que acaban de prolongar su vida en un par de felices años: debe de ser porque soy sedentario y el corazón no me riega bien lo que son las meninges, pero les juro por lo que más quiero que no le encuentro la lógica a estas cosas por ninguna parte y que incluso he empezado a perder la fe y a dudar de que en realidad la tengan o en alguna lejana y caprichosa ocasión la hayan tenido.

Militar y obligatorio


Hoy voy a reivindicar el servicio militar, obligatorio, claro, porque algo que no es obligatorio no es militar ni es nada. Desde que no obligamos a nuestros jóvenes a hacer cosas, éstos, los jóvenes, nos han perdido el respeto y nos toman por el pito del sereno y se pasean por ahí pidiendo limosna con un perro y una flauta: donde estén los marciales pífanos y las cornetas que se quiten el resto de los instrumentos de viento, y donde esté la cabra de la legión que se quiten los famélicos cánidos callejeros.

La figura autoritaria del sargento es tan importante en el desarrollo afectivo y moral de la persona como la del padre y bastante más que la de la madre: quien llega a la madurez sin haberse visto forzado a obedecer a ciegas todo tipo de órdenes arbitrarias y sin sentido no está preparado para incorporarse al moderno mercado laboral, y quien no ha tenido la oportunidad de dormir en un barracón con otros ochenta veinteañeros de sudados pies y ronca respiración jamás sabrá apreciar la soledad y los placeres de la vida hogareña.

La mili siempre ha sido la excusa ideal para salir del pueblo y conocer mundo, si es que a un cuartel en Melilla se le puede llamar mundo, y tener las primeras experiencias con el demonio, que se ocupa de cargar las armas de fuego antes de los desfiles y maniobras, y con la carne, que aguarda en esa especie de bares con lucecitas que nunca faltan cerca de los campamentos militares y las residencias de la tercera edad, pero los tiempos han cambiado y ahora cada uno tiene las experiencias iniciáticas por su cuenta y riesgo y a lo loco, y estarán ustedes de acuerdo conmigo en que eso ya no es lo mismo, sino algo bastante más prosaico y ajeno a lo que siempre ha sido España.

Llamo desde aquí a los que detentan el poder legislativo, lamentablemente, por cierto, separado de los poderes ejecutivo y judicial, a que tomen las medidas necesarias para que la mili vuelva a nuestras vidas. Jurar bandera, independientemente de lo higiénico o no que nos pueda parecer como acto físico, es una cosa la mar de bonita y no debemos privar de ella a nuestra alegre juventud, aunque jurar sea un pecado y de los gordos, que lo es. En la mili, los chicos se hacen hombres: el mundo está lleno de ajados cuarentones que se comportan y visten como adolescentes y creo que deberíamos preguntarnos si la moderna moda del ejército profesional y la vieja y cobarde objeción de conciencia no tienen algo que ver con ello.

viernes

El pelo


Todos tenemos pelo, unos más que otros, excepto los aquejados de enfermedades con las que uno lo pierde todo, todo el pelo, y los partidarios de la depilación integral, que es un trance de lo más doloroso, aunque pasar por él pueda resultar deseable o hasta imprescindible dependiendo del criterio estético y las costumbres sexuales de cada uno. El pelo se distribuye de manera caprichosa en los cuerpos de las personas y cubre variables extensiones de la piel de la cabeza, el tronco y las extremidades de éstas, las personas, sin que la Ciencia haya conseguido averiguar hasta ahora para qué.

Con los años, el pelo se nos cae, también a unos más que a otros, de la azotea como las hojas caen de los árboles y nos brota, como una enfermedad contagiosa, en lugares tan impropios como los hombros y tan inaccesibles para la maquinilla de afeitar como la espalda: cuando el poeta rajaba de los agravios de la edad, estoy seguro de que se refería a esto y sólo a esto. El poeta, por cierto, ya que ha salido el tema, se ha valido del pelo para componer algunas de sus más memorables metáforas, como la que habla de no tener ni un pelo de tonto y la que dice aquello otro de no te pases ni un pelo.

Hay una próspera industria que florece alrededor del pelo: los barberos nos cobran por cortarlo y las esteticistas por arrancarlo empleando una espátula y cera derretida, los cirujanos plásticos por tratar de reponerlo allá donde no queda y los laboratorios cosméticos por devolverle con tintes el juvenil color que un día tuvo. Se puede decir que el culto al pelo es el motor de nuestra economía y lo que permite que crezca nuestra patria, aunque hacerlo, o sea, decirlo, sería exagerar o directamente mentir como bellacos, colectivo social éste que se caracteriza entre otras cosas por el poco apego de sus miembros a la verdad.

No tengo claro si el pelo es una cosa buena o una cosa mala desde el punto de vista ético. Nos hace parecer jóvenes cuando aún lo somos, pero encanece y cae y nos deja en evidencia cuando llegamos arrastrándonos a la vejez: a eso se le puede llamar sinceridad capilar o se le puede llamar crueldad gratuita y hasta brutalidad policial. Los pelos de las rubias son como hilos delatores que se adhieren a las chaquetas de los ejecutivos infieles provocando, precisamente, que se les caiga el pelo en casa: a eso se le puede llamar justicia erótica o se le puede llamar negra traición, pero, dejando a un lado la semántica, es una guarrada que sin ninguna duda hará muy infelices tanto al ejecutivo como a su mujer como a las pobres chicas rubias que no sabían nada.