
No me importaría pasar el resto de mi vida en un hotel de dos o más estrellas: he tenido experiencias poco agradables en establecimientos hosteleros de inferior categoría que me han llevado recelar de la comodidad y salubridad de los mismos. Me gusta eso de que me hagan la cama como Dios manda y me limpien a conciencia el cuarto todos los días, que es algo que no ocurre en mi santa casa a no ser que sea yo quien se remangue y se ocupe personalmente de ello. Habrá excepciones, pero en la mayor parte de los casos los hoteles están atendidos por más o menos solventes profesionales y los domicilios particulares por simples aficionados sin preparación específica que no cobran un duro por su trabajo o directamente por lo que podríamos definir como nadie en absoluto. La cosa empeora bastante si para colmo de males y desgracia de todos los que lo visitan además de ser particular el hogar es familiar: estos suelen hallarse habitados por multitud de personas que casi siempre afirman haber adquirido ciertos derechos sobre uno y que uno ha contraído un buen número de obligaciones generalmente vitalicias con ellos y que no piensan renunciar a las molestas prerrogativas que la ley les otorga ni están predispuestos a liberar así porque sí a nadie del yugo de sus deberes parentales.
Suponiendo que todavía sigan ahí, ustedes habrán levantado una ceja y el dedo índice de la mano derecha, si son diestros, o el de la izquierda, en el caso de que por el contrario sean zurdos, para decirme que todo esto está muy bien pero que yo no tengo cara, aunque probablemente sí porte, de millonario y que dormir en un hotel en el que el nuevo cliente no se encuentre de forma invariable con la doble y poco grata sorpresa de que hay una gruesa capa de polvo en la mesita de noche y manchas de excrementos en las paredes del único baño de toda la planta y con que de madrugada se celebran apasionantes y reñidas carreras de bien entrenadas y veteranas cucarachas por el suelo de la habitación, y les aseguro que les estoy describiendo una pensión en la que he tenido ocasión de pasar unos días y que me estoy ahorrando algunos de los detalles más sórdidos, sale pero que muy caro. Yo les respondo desde ya, antes de que formulen su lógica objeción, que sí, pero que vivir de alquiler o pagar una hipoteca tampoco es barato y que a ver por cuánto tiempo las tarifas hoteleras siguen resultando más gravosas que las letras de los pisos de cuarenta metros cuadrados más el agua, la luz y los gastos de la comunidad de vecinos, que son, los vecinos digo, otra figura que por lo general uno no tiene que soportar en los hoteles y sí en la propia casa por muy sagrada que sea ésta.
Los hoteles cuentan con la ventaja añadida de que casi siempre están en otra ciudad, de manera que el frecuentarlos lo convierte a uno en un tipo viajado y cosmopolita, y en no pocas ocasiones se encuentran en un país extranjero, y ya sabemos que por lo general éstos molan bastante más que el nuestro. Vivir en casa es un acto pueblerino y antiguo que debemos intentar no cometer si aspiramos a ser algún día ciudadanos europeos con todas las de la ley y a acceder a los mejores trabajos y dejar de currar como decimonónicos negros de limpiabotas y de humillantes cosas por el estilo, o incluso a ser ciudadanos americanos y a tener todo tipo de molones derechos avalados por el previo y religioso pago de nuestros impuestos y a disfrutar de un coqueto estudio amueblado en un barrio lleno de rascacielos sito junto a un caudaloso río cuyo nombre no somos capaces de pronunciar y a sufrir atentados con aviones suicidas y no con bombas normales y corrientes: a realizarnos plenamente como seres sociales y a identificarnos con los fulanos que salen en los reportajes sobre la Bolsa y en las sofisticadas teleseries ambientadas en la Costa Azul o Nueva York y no con los honestos agricultores que llegan a su cabaña sudados y comidos por los sabañones tras un duro día de trabajo en el campo y con esos simpáticos nativos de países remotos y septentrionales que suelen atravesarse un ornamental hueso en la nariz y que con tanta condescendencia son retratados por los autores de los lujosos documentales sobre el Tercer Mundo que produce esa benemérita y peregrina institución que por la razón que sea fue bautizada por sus británicos fundadores como National Geographic Society.


