
Soy consciente de que hacer la lista de la compra es una concesión al pequeño angelito burgués que todos llevamos dentro y que mantiene un constante tira y afloja dialéctico con el demonio comunista con cuernos y rabo que hay en el corazón de cada hombre y que le pide que robe sobre la marcha lo que le vaya haciendo falta sin pararse a pensarlo dos veces como haría un fascista especulador, pero es que si no apunto lo que necesito luego se me olvida y si no hago la compra no puedo comer ni beber y por lo tanto me pongo triste y languidezco. Sé que cuando me llevo un tomate a casa el comerciante, el mayorista y el intermediario se enriquecen inmoralmente a mi costa y a la del agricultor que lo sembró y lo hizo crecer con el sudor de su frente y con abono orgánico, pero no dispongo de huerto ecológico ni frecuento la compañía de generosos campesinos que me puedan proporcionar uno de estos frutos a un precio que coincida con su valor, de manera que no me queda más remedio que renunciar al tomate, y quien dice tomate dice alcachofa o huevo blanco o pinto de gallina, o entrar en la vertiginosa espiral capitalista y soltar la pasta que me pide una inflexible cajera que tampoco va a pillar demasiado cacho en el reparto.
Es difícil seguir siendo rojo y masón cuando uno tiene dinero en el bolsillo y hay una tienda de ultramarinos a la vuelta de la esquina. El hombre tiende por naturaleza a anteponer las necesidades primarias a las secundarias o terciarias y a los simples caprichos y la revolución sólo es una necesidad cuando se convierte en medio indispensable para conseguir el tomate que devoraremos a mordiscos y sin pan para matar el gusanillo antes de que éste nos mate a nosotros. Por otro lado, levantarse en armas es un deporte peligroso y cansadísimo y la resistencia pasiva que empieza por negarse a hacer la lista de la compra es una forma de lucha de lo más aburrido y que a la larga resulta tan perniciosa para la salud del que la practica como el combate cuerpo a cuerpo, aunque es cierto que las huelgas de hambre ayudan muchísimo a perder peso y a conservar la línea y bien publicitadas con la ayuda de los medios de comunicación afines a la ideología que uno defiende pueden hacer a su protagonista bastante famoso en determinados círculos masocas.
Los dictadores inteligentes, dentro de las limitaciones que su habitual condición de militares les impone, dan a su pueblo la cantidad justa de fruta y verdura para que a éste le parezca más cómodo quedarse en casa viendo el fútbol que lanzarse a la calle pancarta o escopeta en mano a cambiar para siempre la cosa o al menos a conseguir su chusco de pan. En este sentido, las democracias occidentales funcionan más o menos igual que las dictaduras, con la única aunque doble diferencia de que uno no sabe a ciencia cierta quién es el truhán que se está llevando su dinero calentito y de que si a alguien se le ocurre levantar la voz para hacer ver a los que le rodean la inmoralidad de lo que está sucediendo el resto de los demócratas lo llamarán golpista en lugar de tildarlo de revolucionario: todos estaremos de acuerdo en que en tales condiciones lo único que uno puede hacer sin arriesgarse a ir a la cárcel o a convertirse en un poco popular paria que no liga en los bares es dejarse arrastrar por la inercia y pagar religiosamente, sin rechistar o en todo caso refunfuñando de manera muy discreta y educada y regateando lo menos posible la larga, dura y escasamente justa cuenta del reaccionario supermercado.


