miércoles

Dinero

El tintineo de unos céntimos en el platillo del mendigo cojo activa, como la campana del perro de Pavlov, alguna conexión dormida en mi cabeza y me hace pensar en lo redundante del hecho de que existan las monedas, fraccionarias o no. Desde que el hombre abandonó el franco trueque e introdujo, no sé, los sestercios en el protocolo comercial, la vida ha ganado en impostura y ha perdido en transparencia y en naturalidad. El tener se ha convertido en una metáfora del tener y la riqueza en un concepto abstracto y al mismo tiempo cuantificable, que es una cosa a la que seguro que los matemáticos llaman de alguna forma. En los viejos tiempos podíamos tasar nuestra grandeza utilizando el sistema métrico: las tierras, el trigo e incluso las vacas que uno poseía eran perfectamente expresables en metros cuadrados o cúbicos. Alguien ha conseguido que renunciemos a lo tangible, y probablemente a lo real, y que nos conformemos con exhibir e intercambiar trocitos de papel, como si la vida fuera un gigantesco Monopoly. Es como si de repente nosotros tampoco fuésemos nosotros, sino una especie de 'clicks' de Playmobil a medida del universo económico de bolsillo que hemos creado. Lo que siempre fue un acto físico (trocar o robar alimentos u objetos que nos resultaban necesarios para sobrevivir o nos hacían disfrutar de la existencia) se convierte en un gesto simbólico que en ocasiones ni siquiera precisa de la mediación del billete bancario o la calderilla. Hemos asumido el estado de las cosas hasta el punto de que la mera posesión del dinero como tal, o la constancia de que disponemos de una determinada cantidad en la cuenta de ahorro, aunque no tengamos la intención de comprar con ella nada útil, nos hace tan felices como en el pasado lo hubiéramos sido si nos entregan una choza y cuatro bueyes, y lo hemos asumido todos, incluso aquellos a quienes las circunstancias han dejado al margen del sistema. Porque si al mendigo del plato le doy un par de euros se deshace en reverencias y bendiciones, pero si le pongo en los brazos una gallina lo mismo me persigue a muletazos hasta casa.