jueves

Cacas de perro

La ley obliga a los propietarios de perros a recoger sus cacas de la calle. Como lo oyen. En caso de que no lo hagan, se arriesgan a ser duramente multados y a sufrir la desaprobación de los vecinos. Esta situación jurídica hace que sea frecuente ver a señores hechos y derechos arrodillados en la acera y toqueteando una caca de perro con la única protección de un guante desechable. Esos hombres recogen el mullido residuo de la digestión de sus mascotas y dejan la dignidad en el lugar que este ocupaba. Es posible que elijan horas inauditas y parajes recónditos para llevar a cabo el ritual, pero ninguno de ellos estará completamente seguro de que no lo vaya a ver un niño, un vecino o la joven que, si lo hubiera conocido en cualquier otra situación, habría podido llegar a ser la mujer de su vida.

 Es cierto que, en una mañana fría, el tacto en la mano de una majada recién puesta, cálido a través del finísimo plástico, puede resultar turbiamente reconfortante, pero este dudoso placer no compensa la pérdida de fuerza moral que el hombre experimenta cada vez que consuma el acto bochornoso. También lo es (cierto) que existen una especie de recogedores automáticos que facilitan la tarea al condenado, y que le permiten mantenerse erguido durante el proceso y prescindir de relacionarse directamente con el controvertido producto orgánico, pero esto no es más que un modo de encubrir la humillación: un hombre que trinca una bosta con una pinza unida a un palo sigue siendo un hombre que trinca una bosta, por más que interponga higiénicos objetos entre él mismo y su destino y finja que maniobra con naturalidad e indiferencia.

 Prefiero un millón de veces ver la calle sembrada de excrementos (que son un abono inmemorial y la prueba de que hay vida en el asfalto) a asistir a la genuflexión diaria del propietario del perro de turno. El civismo y el amor a los animales son dos cosas que están muy bien, pero no justifican determinados gestos. Ninguna ley debería forzar a un hombre a coger cacas en público y nada debería obligarnos a nosotros a ser testigos de esa blanda, cotidiana y sibilina vejación. Esquivar de vez en cuando una caca en gallardo slalom es preferible a tener que esforzarse por borrar de la memoria la imagen del mártir arrodillado o aprender a convivir con ella: hay mojones que nos molestan de un modo físico y otros que estorban en la conciencia, y los primeros son más fácilmente saltables o rodeables que los segundos, que se nos vuelven a materializar delante, casi tridimensionales y corpóreos, por más que intentemos pensar en otra cosa.

2 comentarios:

Maira Bones dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

tu si que eres una caca y también un perro, ambos, las dos cosas.